García Márquez se llevó los aplausos por crear el realismo mágico, pero es la justicia quien hace el trabajo sucio de mantenerlo con vida. Qué sería, me pregunto, de nuestro músculo de la indignación si sólo las fechorías de los malhechores nos hiciesen frotarnos los ojos ante la realidad. El hombre puede ser un lobo para otro hombre, reza el clásico, pero para ser un cabronazo redomado hijo de mil padres hace falta haber atendido a las clases en económicas, derecho, periodismo o supersticiones por el estilo.
Un juez me ha alegrado la mañana cuando me he enterado de que no considera que zorra sea un insulto. Podríamos institucionalizarlo como título nobiliario o, mejor, oficio al cual se accediese por oposición. Si el Estado, o la Iglesia, controlase el negociete del metesaca por dinero los pecados seguirían existiendo pero al menos no correrían senderos turbulentos. Es la monogamia, y en concreto el matrimonio, el que pese a sus ventajas mantiene viva esta profesión tan antigua. Así que sus albaceas podrían ser los mismos que velan por los sacramentos y los legajos del registro civil.
En un país tan abochornado por su bandera como el nuestro, es una suerte que todavía nos atrevamos a enarbolar a la madre: aunque sea a la de nuestro enemigo. 'Zorra' es un insulto desde el amargo desconocimiento carnal, con reminiscencias de granja y basado en otro topicazo sexual, según el cual el femenino de 'campeón' es 'puta'.