Quizás no seamos plenamente conscientes de lo que representan, pero este año se celebran los centenarios de dos hitos que cambiaron completamente nuestra percepción del mundo, alterando los pilares del pensamiento, la filosofía, la ciencia e incluso la religión en sus respectivas épocas. Hablemos primero del más antiguo. Fue en el otoño de 1609 cuando Galileo Galilei, aprovechando el invento de un alemán que había desarrollado un artilugio con el que poder ver objetos lejanos con mayor grado de detalle que a simple vista, pensó que quizás sería más interesante apuntar hacia el cielo. Tomó un tubo hueco, le acopló dos lentes pulidas y dirigió su mirada hacia el firmamento. Había nacido la observación espacial moderna. El telescopio de Galileo, con una resolución de 30 aumentos, le permitió descubrir cuatro lunas en Júpiter (los denominados satélites galileanos: Io, Europa, Ganímedes y Calisto), describir las fases de Venus y cartografiar la Luna, entre otras curiosidades. Pero la trascendencia de sus descubrimientos va más allá del plano científico.
Recientemente fui invitado a una exposición que el Museo Nobel de Estocolmo dedica a Galileo, bajo el título de El instrumento que cambió el mundo. Allí tuve la oportunidad de charlar con Paolo Galluzzi, director del Museo de Historia de la Ciencia de Florencia sobre el modo en que aquel rudimentario telescopio cambió el mundo. “Cambió el concepto de la posición del hombre en el cosmos. Este descubrimiento no sólo afectó a la ciencia, sino también a la filosofía y a la religión, porque con el telescopio dejamos de ser el centro del universo. Fue un instrumento que cambió totalmente los pilares del conocimiento que se creían inamovibles desde hacía milenios”, me explicaba Galluzzi. Ciertamente, antes de la llegada de Galileo y Copérnico la Tierra era un astro especial, el más especial de todos. El Sol y los demás planetas giraban a su alrededor y el firmamento había sido concebido en función de nosotros. Pero Galileo dio al traste con todo aquello. Ahora resultaba que la Tierra era tan sólo un planeta más, que daba vueltas sobre sí mismo y sobre el Sol, y que eso significaba dejar de tener un papel protagonista en el universo. Su descubrimiento supuso una auténtica revolución. Al menos nos quedaba la satisfacción de pensar que los seres humanos seguíamos siendo la última joya de la creación, y eso aún nos confería un carácter especial.
Pero ahí es donde llega el segundo de los hitos que se conmemoran este año: el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida. Éste era el titulo del libro con el que Darwin desafió, 250 años después de Galileo, los pilares de su sociedad. Con Darwin perdimos el último atisbo de especialidad al que podíamos aferrarnos. A bordo del Beagle, constató durante su viaje cómo la adaptación a los diferentes ecosistemas no se debía a una especie de lucha por la vida entre las especies. Aunque Darwin no mencionó en su libro la palabra evolución, su teoría fue el punto de partida para certificar que, en última instancia, no somos más que un subgrupo de homínidos, primates que han evolucionado por un camino distinto al de gorilas y chimpancés. Aquello de que el hombre provenía del mono fue un cisma que sacudió todas las esferas del conocimiento, desde la filosofía a la religión.
En su momento, ni Galileo ni Darwin buscaban revolucionar nada. Fue tan sólo la curiosidad, de mirar al cielo en uno, y de estudiar el comportamiento de las especies animales en otro, lo que les llevó a percatarse de que algo fallaba en el esquema de conocimientos y valores de sus respectivas épocas. Eso es, en última instancia, lo que persigue la ciencia. No se trata de dar una explicación del mundo, sino simplemente de observar, analizar y describir lo que sucede en él. Quizás otra revolución se esté gestando. |