¿Quién manda en el mundo?
por José Manuel Lucía Megías

MIÉRCOLES 23 DE NOVIEMBRE DE 2011 A LAS 23:54 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Se sentó en el sillón del despacho. Más bien, se dejo abrazar por el cuero del sillón, ese que no se había cambiado desde que lo ocupara Felipe González. Se sentó y llamó a su secretaria: que no le pasaran llamadas ni le interrumpieran en la siguiente hora. Quería tranquilidad. Necesitaba tranquilidad.

 

Había dejado a su mujer y a sus hijos en la nueva residencia y, como ellos, él también se vio en la necesidad de recorrer el espacio, la geografía que iba a ser su hogar, su casa, su despacho en los próximos cuatro años. Quería tranquilidad. Necesitaba tranquilidad para apoderarse de ese nuevo despacho, de ese nuevo espacio del que tendría que tomar las decisiones más importantes de su vida.

 

Lo primero que pensó nada más sentarse, nada más quedarse solo, nada más dejar dicho que nadie le molestara es lo pequeño que ahora le parecía ese despacho soñado, ese despacho tan anhelado desde que a los veinticinco años decidió abandonar su carrera de notario para avalanzarse a los brazos de la política. ¡Cuántos años habían pasado desde entonces! ¡Cuántos sueños se habían ido cayendo, uno a uno, desde entonces, cuántas ilusiones! ¡Cuántas personas había dejado en el camino, cuántos amigos y parientes no podrían ahora compartir ese momento con él, ese momento de triunfo total, absoluto!

 

Le entraron ganas de furmarse un puro, de poner los pies sobre la mesa, en que no había todavía ni un papel, y fumarse un puro mientras dejaba que esa hora se consumiera en el ritmo paciente de la ceniza. En más de una ocasión había pensado tirar la toalla, dejar la política activa, esa que le obligaba a estar en la primera línea de salida, tan solo para dejarse llevar por una de sus grandes pasiones: el no hacer absolutamente nada. Ese dejar que las horas pasen, que los días pasen, que los meses pasen, que los años pasen con la certeza de que lo que tiene que pasar, pasará sin duda, aunque nos empeñemos en negarlo, aunque nos empeñemos en activarlo… todo es como tiene que ser.

 

Y cerró los ojos y se imaginó a sí mismo fumándose un cigarro y dejando pasar la hora que se había dado para hacerse con este nuevo espacio, una hora de la tranquilidad que no había tenido en los últimos años, una hora de la tranquilidad que no podrá tener en los próximos cuatro años. Pero abrió los ojos –no sabe si en la realidad o en su imaginación- y comenzó a examinar los pocos objetos que formaban parte de su despacho, esos objetos que eran del lugar y no de la persona, de las personas que lo habían ido ocupando en los últimos años: Zapatero, Aznar, González, Calvo Sotelo, Suárez…

 

Y miró encima de la mesa, y se sorprendió de no encontrar teléfonos rojos, teléfonos secretos… y se acordó que durante todo el día había estado esperando la visita de alguien, del propio presidente Zapatero, que le diera, en un susurro, las claves secretas de una serie de informaciones a la que no tenían acceso el resto de los mortales.

 

Pero nada de eso había sucedido. Nada de lo que había leído en sus relatos de espionaje que tanto le gustaban, nada de lo que había imaginado –y que ninguno antes se había atrevido a confesar- que debía pasar cuando las puertas presidenciales se cerraban a su espalda. Se dijo, para consolarse, que no todo iba a suceder en el primer día, que también habría un protocolo para ir conociendo los entresijos de un mundo que él, como ministro, había ya intuido, había ya disfrutado. Y sonrió. Y sonrió acordándose de la famosa libreta azul de Aznar y de esa letrita pequeña, diminuta casi, en que marcaba a fuego lento los nombres de quienes formarían su gobierno. Él no necesitaba libretas ni cuadernos. Él no necesitaba ni entrevistas ni cenas. Ya tenía decidido quién podía y quién no estar en su equipo, en su grupo de colaboradores más íntimo. Y sonrió porque iba a ver sorpresas. Muchas sorpresas. ¡Y eso era solo el principio!

 

Y se levantó, y se paseó por el enorme despacho del presidente, que ahora era de él, y que a él le parecía pequeño en relación a su ambición. Y quiso tocarlo todo, como si con ese simple gesto fuera dando nombre a su nuevo espacio. Y entonces sonó el teléfono. Un teléfono casi escondido en una esquina de la mesa, y se volvió como asustado. Un teléfono amarillo, como de otra época, con los números grandes como gritos. Y se enfadó. Se enfadó porque no le hubieran respetado la hora de tranquilidad, esa que quería y que necesitaba.

 

Pero el enfado inicial se convirtió en nerviosismo cuando recordó el único consejo que Zapatero le había dado antes de abandonar el despacho, antes de dejarle solo en su nuevo reino: todo lo puedes hacer ahora, todo menos una cosa: no descolgar el teléfono amarillo cuando suena. No se puede dejar de atender a quien realmente gobierna el mundo. Y ahora estaba allí, ahora se encontraba ahí, delante del pequeño teléfono amarillo, con su tono antiguo e insistente. Y lo levantó y no escuchó nada. Y se lo puso más cerca de la oreja y siguió sin escuchar nada. Pero algo en su corazón le dijo que no había vuelta atrás: detrás de aquella línea estaba quien realmente gobernaba el mundo, quien hacía y deshacía los números de las primas y de las bolsas. Y el despacho presidencial se hizo cada vez más pequeño, más pequeño, hasta convertirse en lo que realmente era: una madriguera.


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