Crear una ficción a partir de la vida de personajes reales es siempre tentador tanto para el cine como para otros medios (El perseguidor, Amadeus, From Hell). El público suele responder bien, sobre todo si la especulación opta por el chismorreo o por el romanticismo. Nada más lejos del director canadiense David Cronenberg, que en su última película, Un método peligroso, basada en una obra teatral del guionista Christopher Hampton, que a su vez se basó en un libro de John Kerr, presenta a Carl Gustav Jung, Sigmund Freud y Sabina Spielrein durante la década anterior (1904-13) al suicidio de Europa.
El doctor Jung (Michael Fassbender) comienza en paralelo el tratamiento de una paciente rusa (Keira Knightley) en una clínica de Suiza y su correspondencia con el doctor Freud (Viggo Mortensen) en Viena. Ambas relaciones evolucionarán sustancialmente con los años. Con la primera, una vez dada de alta, mantendrá un romance extramatrimonial discontinuo y con el segundo irá de la admiración profesional mutua a la ruptura desagradable e irreversible pasando entremedias por la amistad, la duda y la desconfianza.
A Un método peligroso le perjudica esa bitonalidad porque la oscilación entre la pasión sexual y la pasión intelectual, aunque retrate bien al protagonista, no termina de centrar la historia. La densidad de la primera está más cerca de lo que esperamos de Cronenberg que la persuasión de la segunda. Con su trayectoria (Promesas del este, Inseparables, eXistenZ, M. Butterfly) no cuesta imaginar la película que podría hacer desde la fuga del doctor Gross (Vicent Cassel) del psiquiátrico hasta su muerte en el Berlín hambriento, derrotado y revolucionario de 1919. Antes Gross cambiará la vida de Jung, que repite en varias ocasiones que no existen las coincidencias, al ejercer de catalizador para desinhibir su conducta.
La ambientación es tan lujosa como cabe esperar (inolvidable el despacho de Freud repleto de libros, vitrinas y estatuillas) y hay varios momentos ivorianos en el lago en Zúrich, pero sobresale aún más todo el reparto, algo siempre interesante cuando se acerca la carrera anual de los Oscars. Mortensen, como Freud interesado en el sexo y en la posteridad y no en ese orden; Cassel, como duende dionisiaco; Knightley, como enferma mental capaz de rehacer su vida varias veces; y, muy en particular, Fassbender, impasible y contenido mientras escucha con respeto, concomido por los remordimientos y capaz de sumergirse en una primera conversación de trece horas con su mentor.
Grados de separación
Gracias a los avances de ciencias como la bioquímica ahora conocemos la importancia de la oxitocina o de la falta de litio en el comportamiento humano, pero es indiscutible que Sigmund Freud fue uno de los personajes más influyentes en el siglo XX. Además es uno de sus grandes escritores. Prueba de ello es el sugerente acercamiento de Harold Bloom que defiende una lectura shakesperiana de Freud y no una lectura freudiana de Shakespeare. Los interesados en leer a Freud pueden probar con el breve El chiste y su relación con lo inconsciente. Ya saben que lo bueno si breve, dos veces breve [sic].
Fundido a negro
El 27 de noviembre ha fallecido el director y guionista inglés Ken Russell a los ochenta y cuatro años. Su momento de mayor repercusión fue durante los pasados años setenta gracias a adaptaciones como Mujeres enamoradas (1969) de D. H. Lawrence o Tommy (1975) de Peter Townshend. También le dieron fama sus peculiares biopics sobre Liszt (Lisztomania) y Chaikovski (La pasión de vivir). Reconocible por su estilo siempre desmadrado por una vez con cierto humor, es El cerebro de un millón de dólares (1966) de la serie del antiheroico espía Harry Palmer (Michael Caine). |