“Dictador, tirano Un dictador, un déspota tirano sin compasión por ningún ser humano arrastra y arrasa tritura y despedaza en su mezquindad y egoísmo destruye hombres, mujeres y niños no se detiene ante nada en su afán de saciarse golpea y separa despiadada e implacablemente pueblos, hogares, familias.
… … …”
Raithé Sybal Panamá 1972-
 Foto Tonywieczorek
Murió el tirano a regañadientes y muy a pesar de sus beneficiados. El secretismo le regaló una muerte indigna y merecida.
Se le enterró en su mausoleo acompañado de partidarios y enemigos. La huella de las muertes truculentas permanece y perdurará a través de los siglos para que nadie olvide las trágicas consecuencias de resolver los desacuerdos con las balas.
En eterno juicio final, el tirano y los caídos por su causa se levantan cada noche de sus tumbas. Francisco no es capaz de mirar a los ojos a José Antonio. Nacionales y republicanos exponen sus ideas y sufrimientos con la serenidad y el sosiego de los muertos. Francisco intenta justificarse pero su voz no tiene fuerza moral, para explicar la muerte de represaliados, en tiempos de posguerra. En la basílica no caben los cañones que apuntalaban sus razones.
Pedro le ha cerrado las puertas de los cielos; le ha condenado, por toda la eternidad, a escuchar los reproches de sus víctimas, cada noche, para poner en su sitio su gran complejo de inferioridad.
El valle de los caídos, ese gran juzgado supra terrenal, excavado en la roca granítica es y será símbolo de la estupidez humana, amparada por los dioses.
Uno de la muga
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