ALONSO GUERRERO
Al fin sabemos que Marx tenía razón: la moral de una época se gesta en los foros económicos, no en los cineclubs, ni en los bujíos sin luz donde se lee poesía, ni en los conciertos de Lady Gaga. Ello quiere decir que nos han arrebatado la voz, la participación. No nos queda ni la palabra. Sólo el silencio, y el gesto de poner la televisión para volver a ver Alguien voló sobre el nido del cuco. Todos somos los locos de aquel manicomio. Unos se creen la triple A de Standard & Poors, y otros van de puerta en puerta, sin tener donde caerse muertos, hasta llegar a la cola de Doña Manolita.
En efecto, la vida está en otra parte. Price Waterhouse-Cooper dice que la electricidad tendría que subir un 40% en los dos próximos dos años, y en Durban nos acaban de robar el planeta. Si el planeta hubiera ya cruzado una línea de no retorno hacia su destrucción, nos enteraríamos por una nueva subida de la gasolina. No tenemos ya voces que podamos dirigir a los que nos gobiernan, porque da la impresión de que también ellos están atados, como el perro de tres cabezas que impedía que nadie escapase del infierno.
Hay que pagar más, sencillamente. Hasta ahora nos habían trinchado con impuestos directos e indirectos. A partir de ahora habrá que sacrificar también parte de nuestra felicidad, si se diera el caso extraño de que, haciendo snorkeling en los libros de autoayuda, se nos ocurriese divisarla en la distancia. No se nos pide que vivamos, sino que organicemos un belén navideño donde todo el mundo esté en el lugar que le corresponde. Los madrileños, en la mesa de Black Jack de Las Vegas que quiere montar Aguirre, aunque para ello tenga que construir un desierto alrededor.
Quietud y desmemoria, a eso se reduce todo. Podemos rechazar la primera, pero la desmemoria será inevitable si es verdad que la fabricación de discos duros ha disminuido por causa de las inundaciones en Tailandia. Sin discos duros, ¿cómo vamos a acordarnos de los derechos que una vez tuvimos?
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