Los nuevos garcilasistas
por Uno de la Redacción

VIERNES 20 DE NOVIEMBRE DE 2009 A LAS 18:10 HORAS
Opinión > Cultura
 
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ALONSO GUERRERO

En esta cadena de etiquetado que mueve al país, tipo Tiempos modernos, en la que sólo trabajan aquellos hombres-anuncio que prohibió Gallardón, repartiendo El capital en las colas del paro, la política no usa ya las ideas, sino la genética. Vivimos en un Gattaca que nos discrimina según seamos de derechas o de izquierdas, según optemos por el ruido del manicomio o por el silencio de la sala de autopsias. Tan limitadas son nuestras opciones que hemos tenido que cambiar el ideólogo por el anunciante. Así que proliferan, desde hace tiempo, esos opinadores con anilla en la pata que tanto se parecen a los garcilasistas del franquismo. Ha vuelto el garcilasismo, no para defender al partido, sino para impedir que nadie lo tache de ser un Régimen.

Hay garcilasistas en los tribunales y en la prensa. Ocupan cátedras en la televisión, a veces con más share que los Jonas Brothers, a base de copiar sus puestas en escena. Escriben con mucha seriedad en periódicos sinérgicos, y pasean por la calle con el cubo de engrudo que utilizan en las elecciones, para borrar de las paredes aquello de la imaginación al poder. Muchos apelan a la libertad, pero siempre a aquélla de la que abusan los opositores. Nunca se había visto la vida de los otros, es decir, la nuestra, más colgada de  una subvención o una hipoteca. Observando el papel de los artistas, las cucañas de los platós y las manifestaciones de los sindicatos, llenas de las bestias acomplejadas y parlantes del Mago de Oz, uno preferiría ser un noble arruinado, entre las ruinas de su inteligencia.

Este país recupera a sus garcilasistas. Mala señal. Algunos no tienen ojos, otros están desorejados o mudos, o escriben novelas históricas, o se han ganado a pulso sus puestos de liberados. La parada de los monstruos. No mirar al pasado ni al futuro, sólo a la cuneta de Lorca. No arrepentirse jamás, como si la tribuna del Congreso fuera el escenario de Edith Piaf, y escribir como si la consigna fuera postergarlo todo, hasta la cabezada del domingo electoral.


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