Contaba Borges, en un brevísimo prólogo a los Cuentos de Julio Cortázar, que una tarde, hacia mil novecientos cuarenta y tantos: “...un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa tomada con dos ilustraciones a lápiz de Nora Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación..."
Casa tomada No sé si habréis leído el sobrecogedor relato de Casa tomada. Yo lo conservo en una edición muy particular, a gran formato, publicado por la Editorial Sudamericana, sobre una genial maqueta de Julio Ortega; toda una lección de cómo llevar un texto al papel con maestría e imaginación. Resulta sintomático que Borges descubriera a Cortázar a través de Casa tomada. Dos estilos dispares que sin embargo confluyen en un difuso punto o atmósfera bastante difícil de definir. Tal vez en el Aleph, ese punto del espacio que contiene todos los puntos y que se encuentra olvidado en un ángulo del sótano de un relato de Borges. “...el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Tal vez en Irene y su hermano, protagonistas de Casa tomada perdiendo territorio a través de las habitaciones hasta alcanzar el zaguán y más tarde la calle, tirando la llave a la alcantarilla. “...no fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada".
La complicidad de las lecturas Descubrir a Borges y a Cortázar, como encontrarse por primera vez con las páginas de Kafka, produce en el lector una atractiva complicidad que de modo irremediable deriva en peligrosa adicción. A mi generación al menos, que con lecturas conseguimos abrir los constreñidos diques que nos ocultaban el otro lado de la imaginación, se nos quedaron grabados en la memoria todos y cada uno de los momentos en que conocimos aquellos escritores que nos han marcado para siempre. A Julio Cortázar nos lo mostró, por vez primera, nuestra admirada Ana María Matute a través de un prólogo esclarecedor a La isla a mediodía y otros relatos, publicada en aquella mítica colección RTV de Salvat, que por cinco duros semanales nos abrió las puertas de la más exquisita literatura.
Receta para combatir a tanto autor fatuo Con Julio Cortázar logramos pasar al otro lado del espejo, al país de las maravillas donde la literatura se convertía en un juego, un juego de escritura cómplice, trufada de humor y sorpresas, alejada de solemnidades, de ampulosas retóricas. Éramos jóvenes y por tanto, desde el primer momento, encontramos en aquellos textos irreverentes, la apoyatura necesaria para combatir a tanto autor fatuo, solemne, muerto en vida y sobre todo: aburrido.
Siempre ahondando en el surrealismo de lo cotidiano, con unos personajes deliberadamente triviales que sin embargo acababan desbocados, a través de lo insólito, en finales sorpresivos, imprevisibles. Cortázar nos dotó de una nueva mirada, admirábamos al personaje, con esa especie de juventud perpetua. Nos afiliamos irremisiblemente al partido cortazariano y a pesar de la edad que ya vamos acarreando, aún poseemos con orgullo ese agudo sentido de la vista que nos permite vislumbrar, con un particular sentido del humor, las estupideces cotidianas de nuestro alrededor.
Cronopios y famas Siempre dando la brasa,he recomendado encarecidamente a las generaciones más jóvenes, la lectura de Cortázar y Monterroso. Tal vez desde la peligrosa evocación de mi propia juventud, sin tener en cuenta que a lo mejor sugería lecturas ya desfasadas para nuevos planteamientos vitales. Sin embargo el experimento casi nunca ha fallado y aún me encuentro con jóvenes, ya maduritos, que me recuerdan que un día lejano les recomendé a Cortázar y que desde entonces cada día se siguen topando con cronopios, famas y esperanzas. Para aquellos que aún no se han acercado al sugerente mundo cortazariano tan sólo aclarar que Los famas son unos tipos conformistas, bien adaptados a todo. Los esperanzas unos personajes inadaptados, ingenuos, que suelen llevarse todas las bofetadas. En cuanto a los cronopios, son unos seres anarquistoides, iconoclastas, imaginativos... Ahora que cada uno busque su sitio.
Papeles inesperados Con su muerte, tan estúpida como inesperada, una legión de huérfanos se extraviaron por el mundo. Habíamos perdido al personaje de las manos grandes, aquel al que se le enredaban las erres en el habla y que nos explicaba como nadie a qué sabían la notas de Thelonius Monk o Charlie Parker. Hubo unos años confusos en que parecía como si se desdibujase su figura, sin embargo la complicidad de la literatura como juego, la generosa herencia de claves que dejó en muchos de nosotros, inevitablemente hace que lo tengamos siempre tan cercano y así, cuando crecen escritores tan fatuos a nuestro alrededor, siempre nos preguntamos: ¿...y a esta rata, quién la mata? ¿...que diría papá cronopio de este bicho? Recientemente Aurora Bernárdez (una de sus viudas) y Carles Álvarez Garriga, han editado en Alfaguara un generoso regalo para la desconsolada legión de huérfanos. Con el título de Papeles inesperados, veinticinco años después de su muerte, recibimos cuatrocientas cincuenta páginas de inéditos. Se reabre el diálogo con aquel escritor que nos mostró el lado más lúdico de la literatura.
El libro recomendado: Un viaje infinito Cualquier librero que se precie es un cronopio irremisible. Él sabrá, mejor que nadie, conducirte por los estantes para presentarte al Cortázar, múltiple. Pregúntale simplemente por las Historia de cronopios y famas por Rayuela, por sus Relatos o por esos juegos reunidos atrapados bajo las cubiertas de La vuelta al día en ochenta mundos o Último round. El librero y nosotros, su legión de incondicionales, te profetizamos un viaje infinito.
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