| Los bárbaros |
| por Karim Shaker |
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| VIERNES 4 DE DICIEMBRE DE 2009 A LAS 15:19 HORAS |
| Opinión > Ciencia |
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Una vez más sacamos pecho ante la injusticia y la depravación. De nuevo alzamos nuestras hoces y antorchas para proceder juntos contra El Monstruo. En la cálida seguridad que nos ofrece la muchedumbre, uno se encuentra a gusto, muy a gusto. Es la ancestral necesidad de confirmación de pertenencia al grupo, a la manada. Ceños fruncidos y miradas indignadas que se devuelven recíprocamente con exagerada complicidad.
Esta semana hemos podido presenciar, vía medios de comunicación, el linchamiento popular al que se ha sometido a una persona presuntamente culpable de un homicidio. La noticia se ha distribuido como mercancía de primera y el pueblo se ha volcado en tratar a ese criminal como se merece. Podemos imaginar perfectamente lo que sentiría un caballero de la Santa Inquisición, actuando con aplomo y crueldad para una justicia más alta que la humana. La mano que castiga actúa sin vacilar con una decisión y rectitud imposibles para alguien que se juzgue a sí mismo como responsable último.
A principios de los 60 se llevó a cabo un experimento en la Universidad de Yale llamado el experimento Milgram. En él se puso a prueba la capacidad de infligir dolor a nuestros semejantes bajo la orden de una autoridad superior. Resultó que dos de cada tres participantes no tenían mayor problema en aplicar descargas eléctricas a discreción del psicólogo a cargo de la investigación. Este revelador experimento puso de manifiesto la capacidad para obrar mal de la mayoría de nosotros cuando la responsabilidad de la acción parece diluirse en la multitud o cuando se nos ordena hacer algo. Automáticamente el valor moral de nuestras acciones queda anulado, o suspendido momentáneamente exculpándonos a nosotros mismos de toda consecuencia derivada de nuestros propios actos. Este mecanismo psicológico es el que explica cosas como la industria de la muerte del Tercer Reich, donde toda una nación se implicó en el exterminio sistemático y metódico de una parte de su comunidad. Ya sea por la obediencia a una autoridad, o por el anonimato, la ausencia de sentimiento de culpa saca lo más oscuro que hay en nosotros. La máxima no desees para otros lo que no deseas para ti se revela aquí como un principio reactivo al instinto primitivo de: No le hagas a otros lo que luego te podrían hacer a ti.
Es cierto queridos amigos. Lo que más nos gusta es asomarnos, si no embadurnarnos de la desgracia ajena, porque en la obscuridad de su culpa, nuestras insignificantes vidas brillan inusitadamente con una luz, aunque débil, suficiente para ser espejismo de bien. Necesitamos culpables. Esta en nuestra naturaleza (como vimos en el episodio anterior) buscar causas para todo lo que sucede, porque no podemos soportar la certeza de la incertidumbre. Es muy fácil dejarse arrastrar por esos cantos de sirenas de alarma o, ahora, voces de pánico mediático. Antes de lapidar a más Diegos y crear un trastorno irreversible a una persona, deberíamos pensar que tal vez lo que más venda sea un culpable con nombre y cara. A los medios nunca les importó errar en su precipitado juicio, pues más aún que un culpable vende un mártir. Por favor, seamos críticos.
Una vez probado que el linchado era inocente ¿Ahora qué? Agachamos la cabeza y retornamos cada cual a su guarida con el sabor todavía fresco de la tibia sangre en las fauces. La vergüenza es un trago amargo, pero dura menos que el eco del trauma. El pueblo recobra la normalidad sin llegar nunca a aprender que aunque como buenos pastores, nos vestimos de oveja, homo homini lupus. La más cruel de las intuiciones deja al trasluz lo que ya insinuara Alessandro Baricco en su ensayo homónimo de este post; Los bárbaros... somos nosotros. |
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| Comentarios |
| uno de la muga |
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| jueves 7 de enero de 2010 a las 01:17 horas |
| karim, un placer la lectura. Se agradecen los remansos reflexivos como el que propones. |
| pablo cruz |
littlepaulcross@hotmail.com |
| lunes 14 de diciembre de 2009 a las 17:03 horas |
jeremias bentham, higienista y pensador, ideó el panóptico.
Esta extraña clase de ingenio arquitectónico, inspirador de mil y un carceles y de unos pocos hospitales, se basa en la idea de que es la observación, la mirada directa del otro atento, la que nos limita en nuestras actitudes y nos dirije hacia el comportamiento social.
Si es la multitud, (no hace falta la masa...) la que actúa, ese desenfoque del individuo nos libera de la responsabilidad personal, nadie nos mira a nosotros... quiza el orden social, la justicia y la verdad sean inventos contranatura de nosotros, seres humanos, y a veces ese dificil equilibrio deja caer una pieza por la que se cuelan los instintos del animal, y con ellos el miedo. |
| Merche |
merchidalgo@gmail.com |
| lunes 14 de diciembre de 2009 a las 15:25 horas |
| Creo que es el mejor post, al menos para mí. Analiza y desmenuza los entresijos de la malvada naturaleza del Hombre cuando se siente libre para obrar con total impunidad. Toda una lección. |
| j0n3 |
jone79@gmail.com |
| miércoles 9 de diciembre de 2009 a las 17:12 horas |
| "¡Es una bruja!¡a la hoguera!" Versión 2.0 |
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