ALONSO GUERRO
Ni los padres de la Constitución tuvieron reparos en aceptar que la pluralidad del Tribunal Constitucional suponía su politización. Ahora, los periódicos de todo el país aguardan a que el Tribunal se pronuncie sobre el Estatuto de Cataluña, un Tribunal cuyo mandato ha expirado, o ha sido recusado, o no será renovado porque nadie se plantea el más mínimo acuerdo político. ¿Qué se espera, entonces? Simplemente, evitar que los tipos que hemos elegido tengan que legislar. Los enterados coinciden en que es mejor no presionar a un Tribunal que en sí mismo representa las presiones del poder político y el económico, porque si lo presionamos corremos el riesgo de fracturar la separación de poderes, y sentar en un mismo pupitre a la libertad, la igualdad y la fraternidad.
Este país que, para no renunciar a la memoria histórica, representa una guerra civil cada cuatro años, se planta ante la ley con todo su conformismo de escarapela. En otras naciones de Europa existen tribunales constitucionales, pero sólo la nuestra necesita una sentencia para saber si somos una o varias naciones, y si se puede hablar en todas la misma lengua. Zapatero habla de “una gran sentencia", y la prensa catalana, como los piratas de Somalia, espera a que se pague “un gran rescate".
Haga lo que haga el Alto Tribunal, se equivocará. Las presiones casi diría que emanan de él, y estamos llegando a una situación en que sería mejor cambiar los mecanismos encargados de solucionar problemas fundacionales en nuestra Carta Magna, como el de las nacionalidades y regiones. Nada de tribunales contaminados, mejor una pelea de perros, por ejemplo. Sería ilegal, pero encarnaría la realidad a las mil maravillas. De una parte, el Gos D'Atura catalán, pastor reconvertido en vigilante de masías republicanas de lujo. De otra, el podenco milrazas español, alimentado en la escudilla de las Cortes con las sobras de la financiación. Quizá de ese combate de muecas y respingos saliesen soluciones más serias. Sabríamos, al menos, si hay que cascar el huevo por la parte estrecha o por la ancha. |