“¡Cómo cambian los tiempos! … … … No hubo desgracia ni duelo que en verso no describiera... ¡Si estaba pidiendo al cielo que la gente se muriera! … … …” Vital Aza 1815 - 1911
Estos versos me asaltan desde un rincón de la memoria a la mente consciente, con frecuencia, desde hace años, cuando abro las páginas de los periódicos o miro la pantalla de televisión y me topo con ciertas imágenes macabras.
¿La muerte vende porque la vida asusta? ¿Tienen alguna relación los circos romanos con la truculencia de las muertes en los medios de comunicación? ¿Vende más la muerte de los documentales que la de las películas? ¿Es la muerte la que nos constata que estamos vivos? ¿Es imprescindible la muerte lejana y ajena para despertar nuestras atenciones? ¿La sangre roja atrapa nuestras retinas de animal depredador y mueve nuestras fibras de humano compasivo o justiciero? ¿Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid… es posible que Haití se transforme en un jardín de los Estados Unidos de América? Si el proyecto HAARP tiene algo que ver con el incidente, el Mundo tiene un grandísimo problema. ¿Hasta qué punto somos buitres carroñeros?
En este asunto, como en casi todos, son más las preguntas que las respuestas.
La tragedia ocurrida es inevitable. Son hechos consumados. Sólo queda socorrer en lo posible. Y eso se hizo desde el primer momento hasta el punto de colapsar el aeropuerto, a las pocas horas de ocurrido el terremoto. La respuesta internacional ha sido muy superior a lo que era capaz de absorber una comprensible población en estado de shock. A nada que se dispare la imaginación, es fácil trasladarse al epicentro de la catástrofe y sentir el hedor de la muerte penetrar por la pituitaria entre gritos de dolor y caras angustiadas. Un dolor tan alto que todos deseamos que sea irrepetible aunque tenemos la firme certeza que la próxima vez que la Tierra se desperece un poco, volveremos a sentir la misma impotencia, el mismo dolor por todos los devorados por los escombros.
La pregunta que se me queda sin resolver es la de cuántas ciudades del cinturón de fuego son susceptibles de sufrir otra enorme tragedia como la de Haití, cuántas muertes se pueden evitar con simples normas de construcción, y una seria revisión de lo construido. Somos raudos a la hora de solucionar un grave problema al vecino; seamos generosos, además, y evitemos en lo posible que el vecino tenga problemas.
Esperamos que los tiempos cambien y el tiempo nos cambia.
La muerte nos deja abiertos los ojos.
Existe la técnica. La humanidad en su evolución ha encontrado maneras para soportar los estornudos de la tierra de cierta intensidad.
Haití ha de ser el ejemplo de cómo actuar ante una gran catástrofe. Es un gran banco de ensayos. De lo que se aprenda, dependerá también el progreso de la humanidad. La humanidad estará en deuda con Haití a menos que les aportemos, también, nuestros conocimientos y nuestros medios para evitar que caigan más edificios, en sucesivos terremotos.
Uno de la muga
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