El color de los dioses
por José Manuel Lucía Megías

JUEVES 4 DE FEBRERO DE 2010 A LAS 10:57 HORAS
Opinión > Cultura
 
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Quién no se ha sentido emocionado al colocarse delante del pórtico de una catedral? ¿Seguir las figuras, intentar descubrir detrás del mármol un programa iconográfico que nos dé pistas de otra época, de otro momento, de cómo veían el mundo nuestros antepasados? Las siluetas en las esculturas marrones, blancas, sus gestos y sus detalles nos llenan de emoción imaginando otra época. Una época que se dibuja en nuestro imaginario como oscura, como falta de color. 


El Partenón se alza majestuoso sobre la geografía de Atenas. Sus esculturas, las que fueron modelo para toda una civilización, están en el British Museum, en una de sus salas centrales. Cuando uno se encuentra delante de estas piezas, ahora colocadas a ras de suelo, con la posibilidad de un diálogo de tú a tú, un escalofrío te recorre la espalda. Recuerdo que me emocioné viendo el montaje audiovisual que habían preparado en una sala lateral, un montaje en que las piezas que ha dejado el tiempo, la erosión y los vándalos a nuestra disposición, se iban completando hasta llegar a formar la imagen de un tiempo pasado que ya no es posible ver de manera real, tan sólo virtual. Seguro que aquel audiovisual, uno de los primeros realizados con tecnología informática, se habrá completado hasta límites insospechados. Pero ahí, estaba delante de nuestros ojos curiosos el Partenón tal y como lo habían visto los atenienses de su tiempo. Ese mármol victorioso, inmaculado. 


Muchos de los cuadros que hemos conservado del pasado medieval y renacentista nos devuelven la época oscura en sus trazos y en su oscuridad. Ahí está el espejo de una época que nos la ha retratado siempre con los prejuicios de unos estudiosos del siglo XIX que se creían tocados por el dedo indivisible de la verdad científica. Sólo ellos volverían a recuperar la “verdad" más allá de las creencias, de las leyendas, de los saberes recogidos y difundidos durante tanto tiempo. Así sucedía con la Capilla Sextina o así ha sucedido hasta hace bien poco con ‘Las Meninas’ de Velázquez.

 

Pero el justo proceso de restauración de estas obras, como la de tantas otras, nos han recuperado la luz original, los colores brillantes de otra época, que habían quedado sepultados bajo las capas de la contaminación del aceite de las velas, de los barnices protectores, y de tantos prejuicios artísticos que se habían ido superponiendo año a año, siglo a siglo. Y después de esta labor de limpieza, las obras nos ofrecen una imagen colorista, llena de luz y de armonía, como así fue la época medieval, nada de Edad oscura, nada de ese rosario de falsedades y mitos que se siguen perdurando, se siguen manteniendo.


Ante el Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela uno recuerda que estas estatuas, que ahora ofrecen su piedra al descubierto, tuvieron por un tiempo color, que la escultura no se terminaba hasta que el pintor le diera su forma definitiva. Pero, ¿cómo imaginar este pasado luminoso a partir de la ausencia, de esta piedra desnuda que nos emociona en su forma original? Imposible imaginarlo... pero ahora es posible verlo.

 

El Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares ofrece una oportunidad única para adentrarse en los colores del pasado más clásico e ibérico hasta el 18 de abril, gracias a la exposición ‘El color de los dioses’, comisariada en la parte española por Manuel Bendala Galán. Es impresionante ver cómo las estatuas se visten, como algunos de los torsos desnudos en realidad son corazas doradas, que se hacían ceñidas al cuerpo de quien debían llevarlas.

 

Una exposición que no sólo recoge estupendos ejemplos de esculturas clásicas, con un interesante epílogo ibérico, sino también el proceso científico que, desde el siglo XIX, ha llevado a una reconstrucción virtual a partir del análisis de los pigmentos, de los restos que se han conservado en las estatuas que nos ha legado el pasado. Y ante estas reconstrucciones, ante esta imagen virtual del pasado uno se da cuenta de lo gris de nuestro tiempo, de la falta de color de nuestra época; de cómo nos hemos equivocado al apreciar el pasado, esa oscuridad que sólo estaba en nuestra mirada.

 

‘El color de los dioses’  es una exposición que se disfruta en su visita, en sus ejemplos; y es una exposición que te hace reflexionar sobre nuestros medios de conocer el pasado, y, por tanto, de aprender de él... ¿Cuánto nos queda por aprender y cuántos tópicos y mitos es necesario destruir? Con ‘El color de los dioses’ ahora sí que uno tiene la impresión de haber hecho un verdadero viaje en el tiempo. Después de verla uno no puede seguir viendo las esculturas del pasado con los mismos ojos.


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