El viernes pasado coincidieron en el tiempo dos noticias económicas importantes: la propuesta de reforma del Gobierno para garantizar las pensiones del futuro y la situación del mercado de trabajo en España, conocida gracias a la Encuesta de Población Activa del último trimestre. Parece que un documento de reflexión con un horizonte de largo plazo no casa bien con una noticia que ofrece la pobre coyuntura del desempleo en el cuatro trimestre del año. Pero todo depende, como diría un economista.
Es cierto que las pautas demográficas en Europa y, especialmente en España nos urgen a encarar, más pronto que tarde, el reto del envejecimiento. Es cierto que el aumento de la esperanza de vida y las reducciones muy significativas de las tasas de natalidad han supuesto que las pirámides de población dejen de ser eso, pirámides, para estar cada vez más erosionadas por la base y ensanchadas en su parte central.
Lo anterior ha supuesto que los sistemas de pensiones se vean presionados financieramente, en la medida en que los dependientes aumentan en relación con los cotizantes. Y esto no es sólo relevante en los sistemas de reparto, como el nuestro, sino también en un sistema de capitalización, aunque en nuestro caso quizá tengamos mayores urgencias.
La solución que se ha conocido estos días supone bajar ya las pensiones. ¿Cómo? Aumentando el cómputo de los años necesarios para calibrar la pensión y retrasando la edad de jubilación legal. ¿Es esta la solución? Si lo es, en todo caso, es parcial. Aumentar los años (para incluirlos todos) acerca el valor de la pensión a su valor actuarial generando menores presiones para las generaciones futuras (es asimilarlo más al sistema de capitalización). Retrasar la edad de jubilación, podría suponer también un cierto reequilibrio si, en media, todos los jubilamos más tarde. Pero la realidad hace que esta medida parezca un brindis al sol. La edad media efectiva de jubilación en España está en los sesenta y tres años, dos menos que la legal.
Y esto me sirve para ligar el problema de las pensiones con el del mercado de trabajo. Los cuatro millones de parados existentes no cotizan para su pensión y esto es especialmente significativo para aquellos que son parados de larga duración (que han crecido más del 80% en este último año). Se puede argumentar que esto es fruto de una crisis pasajera (todo pasa y todo llega, dice el poeta) pero lo que tiene raíces profundas en España es un mercado de trabajo claramente dualizado y con tasas de actividad bajas.
La tasa de actividad (personas trabajando o en búsqueda de trabajo en relación con la población) es del 59%, es decir hay 41 personas que existen que nacieron en su momento que no están activas. Entre los mayores de 55 años, 79 personas no están activas, no aportan a la producción, ni generan derechos. Este dato es el reflejo de los ajustes productivos que recaen sobre la población de más edad, por el lado del empleo. Y esto es un problema social grave, no sólo por la presión para el sistema público sino porque es un desperdicio de talento, conocimiento y trabajo que no nos podemos permitir.
Entre los más jóvenes, el panorama laboral tampoco es muy alentador. Entre los menores de 25, sólo 47 personas están activas. Se podrá decir que muchos se están formando pero esta falta de actividad supone que serán pensionistas con pobres pensiones (no tendrán tiempo para cotizar lo suficiente) si se incorporan tarde al mercado, muchas veces de forma irregular y después la crisis de turno les pre-jubila a los 55 años. Los cálculos no dan.
Volvamos a los aspectos demográficos. ¿Realmente es un problema de nacimientos? Sí y no. La primera cuestión es obvia: si no hay trabajadores no hay contribuyentes a las pensiones (nótese que digo contribuyentes que no cotizantes porque parte de las pensiones se podrían pagar con impuestos). Aquí, de nuevo la EPA nos muestra algunas señales de alarma. La tasa de paro entre los jóvenes (menores de 25 años) es casi del 40%.
Con estos datos, el problema de las pensiones del futuro no es una falta de jóvenes es de falta de empleo y de empleo cualificado. Tenemos a casi 60 jóvenes que existen, que nacieron es su día y quieren trabajar y no encuentran trabajo. Ahí está la clave.
Sin trabajo y sin perspectivas, es difícil la emancipación y la formación de una familia y, consecuentemente, el planteamiento de la maternidad y paternidad.
Por todo ello, señores políticos, cuando hablen de las pensiones piensen en todo. No es una cuestión de envejecimiento sólo. Es una cuestión de empleo para España especialmente. Hablen del mercado de trabajo también y, aunque parezca poco progre, hablen de la familia. Todo depende.
Y no estoy pensando en el concepto conservador de familia (biparental, numerosa y de misa de domingo), respetable por otra parte. Hablo de los nuevos retos de las nuevas familias. Muchas monoparentales, que se forman con cierto retraso, que quieren tener hijos pero que no lo ven claro. Ellas necesitan no los 2.500 euros. Necesitan que se hable de las dificultades al acceso de un primer empleo, de la educación de 0 a 3 años de calidad, de las medidas serias de conciliación, etc. Es necesario reconocer y apoyar a la familia como la institución básica para la generación de oportunidades para las personas. Si no encaramos esto, dentro de unos años tendremos que hablar de los pensionistas ‘ni-ni’ y de las nuevas formas de pobreza.
|