El diablo y el héroe
por Karim Shaker

JUEVES 25 DE FEBRERO DE 2010 A LAS 14:54 HORAS
Opinión > Ciencia
 
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Uno no puede quedarse impasible ante casos como el de Miwa. Es de ley. Un imperativo categórico del ser humano. De nuevo la realidad nos golpea, a unos más que a otros, con el rancio y familiar sabor de la maldad per se. La maldad humana, la violencia y sus múltiples expresiones son algo que cautiva mi atención especialmente. Son sólo unas pocas 'manzanas podridas' o es que realmente todos llevamos dentro un Jekill y un Hyde, un Yin y un Yang. Echemos un vistazo al cesto.

Solemos pensar que la línea que separa las buenas personas de las malas es algo fijo e impermeable. Esta creencia tiene que ver con  la tendencia a lo estático de nuestra percepción de la realidad, para hacerla más manejable y predecible. Phil Zimbardo, profesor emérito de la facultad de psicología de Standford, lleva toda su vida investigando las causas que pueden llevar a una persona normal a cometer actos terribles. Él es de la opinión de que esa línea divisoria entre el bien y el mal, es móvil y lo que es más importante, permeable: nadie está a salvo del poder seductor del mal. La maldad, sostiene, no es otra cosa que la expresión del poder. El profesor Zimbardo ha llamado a este proceso 'Efecto Lucifer' (ya hablamos de él anteriormente en Los Bárbaros). Lo realmente interesante de este proceso es su carácter bidireccional; niños con tendencia a la maldad pueden volver a llevar una vida sana en sus hábitos de conducta y pensamiento, si se les coloca bajo las circunstancias adecuadas, se les ayuda y rehabilita. Claro que esta perspectiva dista mucho de las condiciones en las que se les mantiene en muchas residencias para niños problemáticos o reformatorios.

Pasamos por la vida insensibles, ciegos a lo que nos rodea sumergidos en nuestros pensamientos, en nuestros asuntos, sin prestar atención a lo que pasa a nuestro alrededor. Como mucho agachamos la cabeza ante los abusos e injusticias esperando que la colleja se la lleve otro. Ya nos lo decían de pequeños; 'no te metas donde no te llaman', y expresiones por el estilo ¿verdad? Debemos alejarnos de este viejo e insatisfactorio modelo de actitud individualista extrema y reconocer que existen fallos en nuestro sistema que propician el 'Efecto Lucifer'. Los prejuicios, la intimidación, la violencia sólo se podrán erradicar cuando adoptemos un nuevo paradigma de sentir como seres humanos. Este nuevo paradigma nace de un cambio profundo en la conciencia que, frente a una misma situación, elige el valor para distinguirse y revelarse ante el disfavor del otro. Desde aquí se empiezan a trazar nuevas rutas de convivencia y un nuevo personaje entra en escena: el héroe. El profesor Zimbardo ha puesto en marcha una plataforma en la que promueve el heroísmo en todas sus formas, frente al Mal en el mundo.

Este héroe no tiene nada que ver con el superhombre de poderes extraordinarios e inclinación innata por la defensa del débil, que la cultura del cómic a extendido. Nosotros, meros mortales, sentimos miedo, mucho miedo ante la idea de la muerte o de una amenaza cualquiera. No tenemos ningún instinto de defensa más allá de nosotros mismos ni poseemos superpoder alguno, pero lo que sí tenemos es magia. Una magia llamada conciencia. La conciencia nos da el poder de elegir. Elegir quien queremos ser, por encima de las circunstancias.
El valor de actuar cuando nadie más actúa, es una decisión personal y trascendente más allá de nuestra importancia como individuos. Si la disolución de la responsabilidad por medio de la obediencia puede arrastrarnos al lado oscuro, el actuar en defensa del débil, del que necesita ayuda, aún a riesgo de nuestra propia integridad, puede lanzarnos a otro plano. En él, la acción valerosa perpetra la metamorfosis del hombre-héroe. Éste es un héroe de carne y hueso, que teme y sangra. No viene de Krypton, si no de una ciudad como la nuestra y no tiene un nombre raro; bien podría llamarse Jesús Neira, por ejemplo.

Cada nuevo amanecer nos da la posibilidad infinita del cambio. Deshacerse de todas nuestras adicciones emocionales, pensamientos automáticos y demás trazas negativas de la propia personalidad, no es un camino fácil ni corto, pero el premio es lo bastante grande como para arriesgarse. ¿O no?


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