Espíritu Jorge Sepúlveda
por Uno de la Redacción

LUNES 15 DE MARZO DE 2010 A LAS 10:41 HORAS
Opinión > Política
 
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ANTONIO CAMPUZANO


El Palacio Arzobispal se ha sacudido la naftalina y se ha convertido en un espacio de proyección, de discurso, de ideas. Ole con ole. El jueves, los focos cenitales del final de la sala hacían unos rostros de resonancia magnética al alcalde Bartolo González, introductor de ceremonias; Joaquín Leguina, autor de la obra presentada La luz crepuscular; y Gustavo Villapalos, recuperado para la significación pública. Leguina devolvía el cumplido de su presentación del libro de Esperanza Aguirre Discursos por la libertad.

Villapalos se gustó y las gentes allí esparcidas acrecentaban el temor que el ex-rector ordenase salir de la sala al alcalde Bartolo y al autor cántabro para quedarse él con todo lo demás: cuarenta y dos minutos de abigarrada intervención con notas a pie de página. Leguina enfatizó cuando había que hacerlo y compensó los modos maratonianos del prologuista. Pero todo ello quizá no sea lo más importante.

Lo que lo era podía ser el ambiente, la atmósfera. La sala estaba ‘acordonada’ por las huestes del PP por los cuatro puntos cardinales de su patria que estaban allí para alumbrar el acto, naturalmente, y también para dar cariño a Joaquín Leguina, que anda con sus literaturas encomiables y con sus abiertas críticas a su conmilitón Rodríguez Zapatero. El aire respirado era de buena calidad habida cuenta que Leguina conoce perfectamente el papel jugado por quienes salena a escena: él y el PP.

Lejos, muy lejos, personajes como Rosa Díez, la política que llegó de Sodupe y de la ikurriña, en el sentido menos peyorativo del término. El cántabro Joaquín está muy quejoso por lo que él llama el corte en seco del cono de edad del Partido Socialista bajo la égida de Zapatero. Ese corte ha segado conocimientos y futuros aún.

Probablemente el del propio Leguina. Naturalmente ese lamento quiere ser aprovechado por el Partido Popular para sus múltiples causas. Lo de Díez es cosa bien distinta: ella sólo quiere foco, mucho foco, y poder, mucho poder. Al final, entre tarareos interiores de la canción de Jorge Sepúlveda, que da título al libro, “la dicha que perdí yo sé que ha de tornar, y sé que ha de volver a mí, cuando yo esté mirando al mar, bajo el palio de la luz crepuscular, cuando el cielo va perdiendo su color...".

Así, amarraditos los dos, el obispo Juan Antonio Reig y el bondadoso Pepe Macías hablaban del Rey de España, de leyes de aborto, y de convivencia, todo ello entre sonrisas con brackets perfectamente invisibles, que están de moda. Y la simpatiquísima Isabel Ruiz quería aportar su coche al final de la concordia.


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