Si el IVA lo pagan todos los ciudadanos, pudientes o no, con trabajo o en el paro, con un gran sueldo o una modesta pyme; ¿no es ya de entrada un contrasentido subirlo para atender a quienes en realidad van a padecerlo? Buscar liquidez para atender responsabilidades estructurales eligiendo un camino que penaliza el consumo es, simplemente, equivocado: si se compra menos, por una mezcla entre el sobreprecio fiscal y el temor subjetivo, se acaba castigando la producción y con ello se echa tierra sobre la imprescindible creación de empleo.
En otras palabras, el Gobierno adopta una medida desesperada para ganar una pequeña batalla a costa de perder la guerra contra la recesión y hacer más difícil una pronta recuperación. Que esta medida cuente con la oposición de los empresarios debiera ser suficiente para descartarla: a diferencia de otras de corte laboral que pueden presentarse, no sin demagogia, como un intento de extraer ganancias del río revuelto, en este caso no habría damnificados de ser escuchados. Simplemente dicen, con una sensatez elemental, que si tienen que cobrar más por el mismo producto, es muy probable que no lo puedan vender y que, en consecuencia, necesiten menos mano de obra. Y la historia estadística indica que una mayor presión fiscal puede reducir la recaudación: los que pagan, pagan más; pero hay muchos que lo hacían que se convierten en morosos.
Con todo, lo más indignante no es que se suba el IVA en lugar del IRPF, que condiciona al nivel de renta el esfuerzo fiscal de cada ciudadano, sino que una vez más se recurra a los mismos para salir del atolladero: en los dos años de crisis que venimos sufriendo, se ha echado en las espaldas de los 14 millones de trabajadores de la empresa privada, y de éstas, un esfuerzo que debiera repartirse más y mejor.
A ellos se les sube el IVA, se les amenaza con ampliar la edad de jubilación, se les invita a suscribir un plan de pensiones e incluso se pone en duda el futuro de éstas. Pero mientras, no se introduce ni una sóla reforma en la propia Administración, que tendría que dar ejemplo: el gasto público en sí misma sigue disparado, la multiplicación de sistemas financieros autonómicos es un hecho, y en cada Universidad, Ayuntamiento, Comunidad o Diputación se sigue manteniendo el mismo estatus de quienes trabajan y quienes las dirigen, ajeno al contexto general e insolidario con el sacrificio de unos pocos, cada vez más extenuados. Si subir el IVA es negativo, hacerlo para mantener ese modelo es indignante: cuando al burro se le sobrecarga, termina por pararse.
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