Estados Unidos siempre le dice algo así a sus ciudadanos: si usted ha decidido comprarse una casa de seis habitaciones; si usted conduce un coche de 200 caballos; si usted cena fuera de casa seis veces por mes y tiene un abono a los Nicks o a los Red Sox, ¿cómo va a pedirle a los Estados Unidos que se encargue, por completo y sin su propio esfuerzo, de su sanidad y su educación? El sueño americano es, sobre todo, una fenomenal campaña de implicación del beneficiario en el esfuerzo previo que Kennedy resolvió con su famosa apelación: "Pregúntate qué puedes hacer tú por América". Es un eslogan que derriba barreras raciales, económicas, culturales, religiosas y territoriales: vale para todo y para todos; es el nexo de unión en un país formidablemente grande, joven y plural que no padece, sin embargo, los problemas identitarios, lingüísticos o nacionalculturales que se sufren en otros más pequeños y manejables, como España. El reverso de un discurso público tan extraordinario -elige a la carta tu fe, escoge tu camino, habla como quieras, gasta donde puedas... y luego, por encima siempre, está América- es la criminalización del que no llega y su exclusión endémica del sistema: si no estás dentro, viene a pensarse, es por culpa tuya, en un reflejo de intolerancia que se ubica en el tuétano del calvinismo congénito de una nación que premia el éxito pero castiga el fracaso como nadie.
La reforma sanitaria de Obama entregará casi un billón de dólares extra a las empresas de seguros de su país, una concesión que en el caso de España provocaría un escándalo mayúsculo y que allí se presenta como una victoria del Estado a favor del necesitado: sin entender que millones de personas carecen de seguro médico y otras tantas lo tienen pero sólo les cubre un constipado, es imposible valorar el alcance real de una reforma que no altera la típica visión americana del esfuerzo y la recompensa pero introduce matices compensatorios.
El contraste entre lo que hace la primera democracia y el primer mercado del mundo con lo que hace España produce pasmo. Aquí, con más paro, menos dinero y más demagogia; se discute hasta la elemental restricción del gasto farmacéutico, un escándalo que se alimenta de la ligereza del usuario, la irresponsabilidad retribuida del médico, la indolencia de la Administración y la voracidad del sector farmacéutico.
O se estigmatiza la creación de un ‘euro sanitario’, eminentemente disuasorio, que se impone ya desde la próspera Cataluña hasta la pobre Senegal. O se confunde el gasto médico con el gasto en personal administrativo de la sanidad a costa de la precariedad de quienes sí nos curan, según confiesan desde el Ministerio de Sanidad del PSOE hasta los consejeros del ramo de cualquier comunidad, esté gobernada por socialistas, populares o nacionalistas.
O se esconde la evidencia de que, con el mismo dinero, se pueden abrir dos hospitales u ocho según se elija una estructura funcionarial convencional o se permita la participación del sector privado, aunque al largo plazo esta opción pueda salir más cara. Y todo ello sin contraponer a esas medidas, discutidas y discutibles, una alternativa que necesariamente pasa por autoreformar la Administración para no cargar en el usuario ni las taras del derroche ni la salida de la privatización.
La sanidad no es privatizable, por mucho que se confunda al ciudadano con cánticos obtusos que sólo aspiran a mantener un estatus intolerable –el que subordina el Estado de Bienestar al bienestar de los que viven del Estado- y a lograr un fin político. Pero sí se puede deteriorar hasta americanizarla: basta con que sea económicamente insostenible para que se convierta en un servicio caritativo cuyos usuarios sólo serán aquellos que no puedan pagarse un seguro privado.
A estas alturas, no basta con apelar a inexistentes pero ideales derechos divinos sobre la sanidad, la educación, las pensiones o los subsidios para que se sostengan y sean universales: hay que añadir cómo se logra y cómo se defiende asumiendo el desajuste entre la financiación de las arcas públicas y las obligaciones que éstas han de atender.
Obama lo ha resuelto con una medida histórica y plausible que no resiste, sin embargo, el análisis de un español acostumbrado a otra cosa. Pero estamos más cerca de transformarnos en cualquiera de los protagonistas de Sicko, el espeluznante documental de ese gran periodista que es Michael Moore sobre las miserias del sistema sanitario americano, que de disfrutar sine die del nuestro: en este ámbito, y en cualquiera de los que definen la maravillosa pero amenazada democracia del bienestar española.

La resistencia que el presidente americano ha encontrado para aplicar justicia poética y práctica a los suyos se destila aquí para proteger privilegios, sostener equívocos paternales, avalar la demagogia oportunista y, finalmente, sembrar de nubarrones un futuro asistencial que no depende de la buena o la mala voluntad de nadie ni tampoco de la ideología de los gestores; sino de algo tan simple como las Matemáticas de primaria: si el debe es mayor que el haber, el resultado es negativo.
En un país que prefiere subir el IVA, extender la vida laboral o sugerir pensiones privadas para los exhaustos 14 millones de contribuyentes y las zaheridas pymes de supervivencia; que congelar el sueldo en la Administración, limpiarla de chiringuitos estériles a precio de trufa y empezar a decirle la verdad a la gente; no resulta sencillo confiar en su capacidad de reforma. Ayer mismo, mientras Obama defendía el sueño americano aceptando sus pesadillas, los policías locales de Madrid se manifestaban cortando el tráfico en una imagen metafórica que sintetiza el adocenamiento colectivo y presagia mucho, pero nada bueno.
Aquí no se pregunta siquiera qué puedes hacer por tí mismo: seguimos en el qué puedes hacer por mí, coreado por quienes, en realidad, más se benefician de un sistema en cuarentena y más sencillo se lo están poniendo a quienes, por aritmética o ideología, más apuestan por la externalización: al menos ellos tienen un relato, un plan y un objetivo que, en la otra orilla, se limita a proteger el privilegio de casta aun a riesgo de amenazar el derecho colectivo de quienes lo financian. No tanto por maldad cuanto por ser esclavos de un discurso tan efectista como insostenible que utiliza la esperanza del ciudadano para sostener un oasis particular en el que cada día caben menos. |