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Ninguno de los imputados del Gürtel en la Comunidad de Madrid ostenta un cargo público en nombre del PP ni conserva su militancia desde hace un año, en algunos casos. Es lo mínimo que puede esperarse de un dirigente decente cuando, a su vera, florece la corrupción: no merece pues un aplauso Esperanza Aguirre por ello, pero sí el reconocimiento de que ha llegado hasta donde podía con la máxima rapidez posible. Los golfos, bien poco presuntos, que conservan el acta de diputado o concejal lo hacen con el amparo de la ley, pero no con la protección de sus siglas: la legislación impide la expulsión total de las instituciones al considerar que las actas son personales e intransferibles. Eso es lo que permite que López Viejo, González Panero o cualquiera de los indeseables señalados por el juez Pedreira sigan en su escaño para indignación de todos y vergüenza de las instituciones.
Por eso hay que quitarles todo amparo –y no dejarles que actúen en nombre de nadie, como sucede en Villalbilla– y, a continuación, presionarles para que abandonen sus puestos por completo: ayer lo hizo Aguirre en la Asamblea de Madrid, para esquivar toda sombra de complicidad; pero por contra no lo ha hecho Rajoy con Bárcenas. Que renuncie a la militancia y al despacho pero siga de senador es una vergüenza y un desprecio al ciudadano, al que seguirá representando con un escaño que además le protege.
Lo peor de todo es que estas prácticas corruptas y sus respuestas cobardes terminan beneficiando a ambas orillas del endogámico sistema de partidos que nos gobierna. Los mediocres que sólo están para medrar ven a la ciudadanía hartarse de los partidos por los que ellos han trepado: menos competencia para el futuro porque si ser político tiene mala prensa es seguro que menos gente querrá aventurarse. Y los cuadros dirigentes, que tratan de sortear la corrupción en lugar de aniquilarla, saben que siempre y cuando el mal esté generalizado el daño electoral será asumible. El recurso del “y tú más” puede ser muy cutre, pero cuando se sabe que los argumentos propios sobre la corrupción o cualquier otro asunto no valen ni el papel en el que quedan escritos, es una vía de escape acudir a peleas de espadachines en el parlamento en las que algunos gritan, casi todos ríen y algunos expertos ponen el cazo. |