Corbacho parece más de lentejas que de vichyssoise, pero al hablar de pensiones se deconstruye: dice una obviedad inquietante, pero la presenta gasificada, envuelta, adornada y confusa para que se note menos el tocino y la oreja que le da sabor.
Básicamente ha hablado antes de pensar, algo tan sugerente como peligroso: ha aconsejado un plan de pensiones privado, una sutil manera de revelar el temor a la quiebra de las pensiones públicas. Conviene explicar que éstas no dependen del buen rollito de ningún presidente, sino de una regla elemental que usted mismo aplica con su despensa: para pagarlas, tiene que haber más cotizantes que jubilados. Ahora hay 14 millones en el primer grupo y unos 25 en el segundo. Hasta un niño de cinco años lo entendería: que traigan a uno, pediría Groucho Marx.
La subida del IVA, que penaliza el consumo y por tanto la producción y en consecuencia el empleo; es el reverso de la misma moneda: aspira a sostener un modelo, el que sea, compensando la insuficiencia de recursos con la presión a los contribuyentes y el abuso a quienes no lo son. Si el Estado fuera una tienda, subiría los precios en lugar de buscar nuevos clientes, con el riesgo de que los pocos compradores que le queda dejen de serlo en su establecimiento o en cualquiera: algo válido para salvar ese mes; pero insuficiente para garantizar la supervivencia del negocio.
Corbacho ha huido de la legumbre, pero ha dejado su aroma, completado por una frase de la ministra Salgado que desata definitivamente el terror: “Si no subimos el IVA, ¿cómo vamos a mantener el Estado del Bienestar?".
Aquí nadie parece plantearse ya cómo multiplicar los panes y todos se conforman con lograr la maña del cirujano para dividirlos en infinitas porciones compradas por los pocos que no son detenidos por insolventes al entrar en la panadería.
Si la antítesis del romanticismo es el realismo, con sus derivadas revolucionarias y conservadoras como reflejo agudo del cambio de era, la gastronomía no puede quedarse al margen: más que un plan de pensiones, hay que ir pensando en el bocata de garbanzos.
Aunque Milan Kundera pasó a la posteridad por una notable novela, La insoportable levedad del ser, esa joya imprescindible que filosofa sobre la condición humana y retrata la degradación del comunismo en la Europa sovietizada, tal vez el libro que le permite codearse con Kafka como la segunda gran K de la literatura mundial es La vida está en otra parte.
A diferencia del mítico escritor checo que optaba por visualizar las miserias de la vida y del momento convirtiendo a un ser humano en un insecto una mañana cualquiera, Kundera opta por evitar la metamorfosis física y recrearla con una vida de penurias, contradicciones y miserias descritas por Carlos Fuentes como nadie: los personajes no necesitan amanecer transformados en un repugnante bicho, como Gregorio Samsa, para ser tratados como si lo fueran.
En el libro, el protagonista es un sentido poeta, dotado de la sensibilidad y la tendencia al autoflagelo de Rimbaud, que experimenta con infinita crueldad la colisión entre sus elevados principios y sus mundanas necesidades: de un lado quiere escribir con la conciencia; de otro colabora con la policía estalinista para sobrevivir, describiendo un círculo vital imposible de cuadrar cuyo epílogo conviene no desvelar. Ese choque entre lo que quiero ser y lo que debo hacer para poder ser resume la esencia más íntima del ser humano y actualiza el viejo debate planteado por Marx sobre si es la conciencia la que modela las circunstancias o son las circunstancias las que modelan la conciencia. El choque del cuerpo y el alma, o lo que el médico y ensayista inglés Thomas Browne resumía ya en el siglo XVII con mucha más gracia: "Dentro de mí hay un hombre que está contra mí".
Esa necesaria colaboración entre el posibilismo y los principios alcanza su cénit cuando el objetivo personal está condicionado por el escrutinio público: el pacto entre lo que uno sabe y lo que los demás esperan o lo que hace falta condiciona inevitablemente el discurso, la estrategia, los medios y, tal vez, los propios fines. No hay que bucear ni muy lejos ni muy atrás para encontrar ejemplos bien célebres: desde el Felipe González que incorpora a España a la OTAN hasta el Aznar que nos embarca en Irak o el Zapatero que pacta un Estatuto de Cataluña insolidario para mantener su equilibrio parlamentario o el Moratinos que disculpa la enésima bravuconada del inenarrable monigote venezolano; la historia reciente arroja una miriada de estampas infumables de colisión entre la ética y el interés.
Más cerca, en la Universidad de Alcalá, se ha repetido la historia: tenemos a un personaje solvente y encantador, con la dulzura canaria, el rigor castellano y la flema británica, al borde de convertirse en el rector que vino del trópico. Pero nos queda la sensación, casi empírica, de que le han ganado las Elecciones: hasta el aspirante a delegado de aula del más recóndito college del suburbio más residual del Nueva York más profundo sabe que no tiene opciones de ganar si ni siquiera se deja ver por clase: la apasionante peripecia del doctor Galván, ejerciendo desde Oxford de líder de los filólogos ingleses como Harry Potter desde Howards de los magos, es indiciaria de su nivel profesional y sus atributos personales; pero en principio incompatible con las ocupaciones y tareas inherentes a un ganador que, como dice Esperanza Aguirre en su célebre y arrabalero lema electoral, necesita siempre de pico y pala.
Él, en fin, tiene condiciones sobradas para ser un gran rector; pero no lo hubiera sido de no haber cavado otros la zanja de los votos en su nombre. Ésos que ya le eligieron antes de una dimisión como vicerrector que ya le consagró como sucesor de Virgilio Zapatero; ésos que han presumido desde su indiscreción de haber ganado las Elecciones antes de ser siquiera convocadas; ésos que conocían como nadie cada teléfono, cada miseria, cada interés y cada punto débil de cada votante. Y esos, en fin, que siendo conocedores como nadie de un sistema que no deciden ellos, han ganado con toda la legalidad y legitimidad a dos personajes tan sugerentes como Antón Alvar y José Morilla y otro tan contradictorio como Manuel Peinado que, en los tres casos, hubieran usado igual el sistema si el sistema les hubiera elegido a ellos.
En el caso del ex alcalde es procedente insistir en ello, pues su pírrico paso a la segunda vuelta obliga a analizar su trayectoria, intenciones y objetivos con la misma lupa que su rival con cara de ganador: si la hipótesis de que Galván ha triplicado a Alvar y Morilla o duplicado a Peinado por su cara bonita es ridícula; la de que Peinado puede darle la vuelta a la tortilla sin servirse de las mismas herramientas que sus chicos denuncian en los foros de internet entre eructos clandestinos (oigan, señores candidatos, si tanta corrupción hay, ¿por qué no la denuncian en el tribunal de la opinión pública y en el de la justicia raudo y veloz?) es, sin más, abracadabrante.
Con el añadido inquietante de que, en ese viaje del todo vale, se demuestre definitivamente que algunos de sus colaboradores se toman las elecciones a la Universidad como un anticipo de las del Ayuntamiento y terminen enfrentando a la institución cisneriana con la municipal y la autonómica en una lucha cierta o aparente letal, pero en todo caso letal para la UAH.
Tenemos, en fin, un sistema capaz de hacer que el poeta parezca un delator y el delator se crea un poeta, con un epígrafe que las novelas de Kafka y Kundera percibían y confirmó luego la historia: siempre llega un momento en que la única solución es el fin del sistema. Ojalá lo vea el rector y contradiga, por una vez, los designios de la ficción.
Aunque fue Amenábar quien firmó la espléndida Los Otros, la autoría moral de Hitchcock y Kubrick está bien presente en la combinación del relato dramático, la tensión escénica, el uso de la fotografía y los planos y la elección de las actrices, empezando por una Grace Kelly reencarnada es una formidable Nicole Kidman.
Si la vida es una commentatio mortis, como decía ese mismo Cicerón tan del gusto del ex rector Zapatero que también concluía que la verdadera libertad consiste en ser esclavo de la ley, la negación de la misma está en la esencia del ser humano: la resistencia a fallecer, o incluso la imposibilidad de entender que se ha muerto, enlaza un discurso filosófico por el que discurren desde Platón hasta Amenábar a lomos de soportes tan distintos como el discurso o la película.
La imagen final de Bruce Willis exhalando el vaho frío de un muerto refleja que, al final del viaje, y sean cuales sean los espejismos previos, la triste realidad se impone con un flashback sobrevenido que actualiza en dos segundos los errores de percepción cometidos, con un discurso sin palabras escrito en su estupefacto semblante: “Estaba muerto, desde hace tiempo, y aunque no hice caso de las señales que lo indicaban, ahora las recuerdo todas de golpe”.
La Universidad española, y en consecuencia la de Alcalá, aún no ha sido abatida a tiros por un ladrón mientras dormía bajo su plácido edredón, pero ya ejerce de Willis: sólo es cuestión de tiempo, si no refuerza sus alarmas, que cualquiera de los tiros que sobrevuelan la urbanización entre por la ventana y le acierte de lleno.
Éste es el contexto de la Universidad de Alcalá y, por ende, el futuro de cualquiera de los cuatro catedráticos que aspiran al rectorado tras una campaña en la que ha predominado el guante blanco en público, el navajazo arrabalero en privado y la preponderancia del debate gremial -fruto del lamentable sistema interno resumido en el mítico “¿Qué hay de lo mío?”- sobre el discurso estructural, necesariamente reformista, imprescindiblemente sacrificado.
Porque hoy la Universidad opera en un país en crisis, sin dinero para lo elemental, al borde de un cambio global que sitúe los bueyes delante del carro sin pienso que llevarse a la boca. En ese escenario donde se pone en entredicho el trabajo estable, la edad de jubilación, la financiación de la sanidad, el sistema de pensiones y casi hasta el comer para muchos; ¿alguien en su sano juicio cree sostenible un modelo universitario que produce parados, cuesta un riñón, funciona de martes a jueves y hasta las tres de la tarde, impide el fichaje de los mejores, no sabe el producto que fabrica y no vende el que logra fabricar, tiene a alumnos de más -cuatro de cada diez no aprueban y lo dejan- y a la vez de menos -su gigantismo obliga a incorporarlos a todos y a buscarlos si no los hay-; imparte estudios que no hacen falta y evita otros que son necesarios no sea que el profesor tenga que adaptarse un poco; no incorpora al inglés a sus enseñanzas; multiplica grados en cada pueblo a capricho del alcalde o rector de turno; rechaza el debate; esconde su voz en todo lo que mueve al mundo; carece de liderazgo intelectual o político; que fracasa en la investigación, en las salidas laborales, en la integración en la sociedad civil y en la transformación del universitario en un ser íntegro y pleno que lo es más allá de las aulas y del horario lectivo?.
Y que, finalmente, cuesta un riñón en el mismo país donde demasiada gente malvive ya con una pensión no contributiva de 400 euros. La liturgia es el atrezzo de quienes, a falta de argumentos, recurren a la historia, los mitos y las leyendas: apenas un código estético para camuflar la oquedad si no se rellena con medidas concretas el espíritu que se proyecta con ornamentos. Sólo la Iglesia y la Universidad manejan este negociado con habilidad, pero en tiempos de penumbra financiera no llega con echar selecta colonia al reseco sudor si se quiere disipar el olor a rancio. Y ya no vale con emular a las viejas plañideras o apelar a los nobles objetivos de la institución para convencer al Estado: cuando hay escasez, no basta con la voluntad.
Poco se ha hablado de todo esto en la campaña cerrada, en la que todo parece circunscribirse al guión de la ceremonia de los Óscar o, tal vez mejor, a la gala final de Gran Hermano. Pero más allá de la curiosidad de adivinar si va a ganar el valiente Morilla, el carismático Alvar, el sagaz Galván o el brillante Peinado; y si lo hará impulsado por un aparato episcopal o una respuesta obamiana inesperada; queda la sensación de que el mejor doctor posible para estos duros tiempos no se presentaba. Se apellida House, y gane quien gane va a tener que ponerse su disfraz si a la gloria efímera de su victoria quiere añadirle la trascendencia de su institución. Con ese rector, aunque no sea simpático, iré yo.
Posdata. Una concesión mínima y temporal, hasta mañana no más, a esos 'universitarios' que piensan con faltas de ortografía y escriben en los foros con esguinces. Aquí tienen, ahora, la posibilidad de preguntar lo que quieran, sobre este periódico y, en general, sobre lo que estimen oportuno. Ni siquiera es necesario que salgan demasiado de su cloaca, ni que cumplan demasiado con la obligación elemental de decir quiénes son, qué les mueve y por qué se esconden si tan nobles son sus objetivos e intenciones. Basta con entender que el insulto es poco universitario. Ni uno de éstos se atreverá a quitarse la penosa careta; las curiosidades que tenga el resto sobre cada candidato, el famoso debate, nuestras relaciones con la UAH o lo que sea; serán bienvenidas y modestamente respondidas.
No hay ningún dirigente político, comunicador con oficio, delegado sindical, representante académico, profesor de luces, rector en ciernes o empresario sensato; en ningún ámbito geográfico, moral, ideológico o emocional que, en la intimidad de una conversación sincera, niegue, rechace o se oponga de verdad a las tres reformas inevitables que están en la mente de todos: una laboral, tendente a derribar las barreras vigentes para contratar; otra de la edad de jubilación, que la demore para acompasar la esperanza de vida real a la resistencia del sistema de pensiones; y una más en la Administración, que acabe con el desfalco legalizado, la hipertrofia y el exceso y concentre el gasto en la inversión y el sostenimiento del Estado de Bienestar.
Nadie, más allá de principios, colores y sentimientos, niega esta certeza; y todo el mundo sin excepción asume que el debate queda anulado y la capacidad de respuesta disminuida si se formula la pregunta incorrecta, desoyendo la evidencia que recoge la recurrente fábula de las lentejas: mientras se inquiera a la gente sobre qué menú prefiere comer; se le esconderá la obviedad de que está en juego la simple posibilidad de hacerlo.
Horrenda y cotidiana imagen: parece un Pacto de Estado; pero fue un concurso cutre
España sufre una crisis económica profunda, sustentada en ciclos internacionales, causas endógenas, errores propios, taras estructurales, excesos inducidos y factores importados a la que añade una más de índole ético, tal vez en la base de la anterior: nadie dice la verdad, casi todo el mundo con algo de responsabilidad incluye sin pestañear el derecho a mentir como parte de su oficio y, en el viaje de garantizar el estatus propio, se manejan los recursos generales con la habilidad y la falta de escrúpulos de un prestidigitador que ofrece un espejismo glorioso a cambio de obtener un lleno en su próxima función.
El espectáculo político que ofrece cada día Zapatero tiene por reverso la patética actitud de Rajoy: el uno espanzurra cadáveres conduciendo sin luces por la carretera; el otro aguarda en el arcén hasta que se acumule suficiente carroña. Tal vez las responsabilidades técnicas son distintas, en tanto en cuanto uno gobierna y el otro no, pero las éticas, políticas y morales son siempre idénticas. Sólo en ese escenario de degradación extrema puede entenderse la prolongación de un estatus que simplemente no puede permitirse el Estado, por mucho que nos asuste o indigne: a nadie le gusta tener cáncer, pero peor que sufrirlo e intentar curarlo es recibir un diagnóstico benévolo pero falseado para evitar el disgusto y esquivar la terapia. Lejos de curarse; sobreviene la metástasis.
Los efectos de esa laxitud hipócrita son bien visibles, y tienen reflejo en el más nimio episodio de la actualidad cotidiana con distinta gravedad pero idéntica ausencia de decoro. En otro contexto nadie osaría proteger a un diputado de la comisión de Seguridad Vial que conduce bebido; ni a un mando de Interior que da un soplo ETA; ni a un presidente autonómico que se mueve de Bigotes; ni a un rector que dimite para irse a una Caja de Ahorros; ni a un sindicalista que se manifiesta en día laborable para que no vaya nadie; ni a un dirigente empresarial que no tiene empresas o las hunde premeditadamente. Pero aquí todo es posible: basta con mirar arriba para encontrar excusa y echarle la culpa a un rapero analfabeto que dice en la tele lo que todos ellos demuestran con su silencio.
Es muy probable que a Uriarte le adornen muchas virtudes intelectuales, personales y profesionales, pero su currículo narrado por él mismo limita su actividad remunerada a la política: ha de saber hacer otras cosas, tal vez, pero a sus incipientes 29 años sólo ha hecho una. Presidir Nuevas Generaciones y, por ello y desde ello, lograr un puesto a la vera del patrón y un acta de diputado por Valencia. No muy exigente, salvo que su juventud fornida le permita salir de copas un jueves hasta la madrugada de un viernes técnicamente laboral.
Su accidente, a bordo de un Golf y con una merluza o pescadilla de copiloto, pone fácil el escarnio -¿Se hirió también el cocodrilo del niqui?-, pero sería tan injusto hacerlo como esquivar que el precio de la comprensión es la dimisión plena: cualquiera puede ser Uriarte, pero para decir esto sinceramente y ponerse en su pellejo primero debe dejar sus puestos.
Como decía García Márquez en 'Memorias de mis putas tristes', somos lo que piensan de nosotros; y lo que van a pensar de él tras hacer doctrina de lo que ahora ha incumplido le invalida como ejemplo cívico, que es el primer deber de un cargo público: si no sirve para estar en la comisión parlamentaria de Seguridad Vial tras este peculiar trabajo de campo; no vale tampoco para representar a los valencianos en las Cortes, por mucho que allí estén ya acostumbrados a casi de todo.
En la resistencia de Rajoy a pedirle lo obvio se explica algo más, bastante más grave, que la incompatibilidad entre la conducción, la dipsomanía ocasional y la representación ciudadana remunerada: la subordinación absoluta del mérito y la capacidad a la lealtad ciega en un partido político y la elevación máxima de ese bovino criterio en los estatutos oficiosos de cualquier formación moderna con las subsiguientes consecuencias. Falta de debate interno, estigmatización del disidente, profesionalización sectaria, expulsión de los mejores, alejamiento de la sociedad y, por todo ello, pérdida de la autoridad en beneficio del mero poder.
Uriarte no ha tenido tiempo de hacer casi de nada, pero su sensibilidad a la vara de cerezo del pastor de su rebaño le ha concedido la bula de un acta de diputado por una circunscripción que conoce, y perdón por la nueva broma, de alguna noche veraniega en Cullera, todo lo más. No es único, ni excepcional: su corta biografía puede trasladarse a muchos otros de su quinta o superior, en su partido y en el otro, que han transformado en oficio una vocación renunciando a su esencia para garantizar su nómina.
La crisis que vivimos, la galopante falta de ideas, la instalación en lugares comunes, la jerarquía del dogma sobre el argumento, la ausencia de puentes, la ligereza intelectual, la astenia política y la degradación del mejor oficio posible según Azaña son efecto, directo, de la transformación de los partidos en politburós cerrados y sin democracia donde sólo corre el aire cuando se abre la ventana para oxigenar un poco la melopea.
No hace falta irse lejos para encontrar uriartes: mire cerca, allá donde viva o trabaje, y encontrará a izquierda y derecha personajes inenarrables que han convertido el medio colectivo en un fin personal recubierto de gritos y consignas, sin otra Seguridad Social que la emanada de la ubre pública o sus aledaños, y no tienen el detalle de accidentarse en la rotonda más cercana para que al menos podamos decírselo con cierto bochorno. Uriarte, en fin, es un símbolo.
Ésta es la cuenta: en España hay 14 millones de personas trabajando en la empresa privada y otros 25 entre parados, pensionistas o niños que dependen de los anteriores: otros tres millones se sitúan entre medias de ambos colectivos; pues de un lado cobran de los primeros, en su calidad de funcionarios, liberados sindicales o cargos públicos; y de otro atienden a los segundos; en su condición de bomberos, enfermeras, jueces, soldados, maestros o bedeles.
La esperanza de vida ronda ya los 80 años, y el reparto y gestión de los recursos públicos depende y se encauza de unos pocos factores sencillos de medir: el sistema fiscal, que es la herramienta para redistribuir la renta en el ámbito individual y dotar al Estado en sus tres ámbitos administrativos del dinero con el que atender sus responsabilidades a través de la inversión, las transferencias y el gasto corriente; y la capacidad de endeudarse para sostener el sistema cuando los ingresos son inferiores a los débitos.
Todo esto son datos, que a grandes rasgos y a falta de matices, confirman un escenario económico determinado en el que un Gobierno, central, autonómico o municipal, simplemente opera con un margen estrecho, el contable, y unos requisitos formales predeterminados, contenidos genéricamente en la Constitución y desarrollados por las leyes emanadas del poder legislativo. La regla de tres, en fin, o la cuenta de la vieja, siguen sirviendo a efectos de entender qué se puede hacer, hasta dónde se puede llegar y qué límites no se pueden traspasar.
En teoría, al menos: la política ha descubierto que, al circunscribir su radio de acción al plazo corto que dibuja la separación entre dos elecciones, su discurso debe obviar las consecuencias y efectos de lo que se decida más allá de cuatro años.
Actúa, piensa, decide y prevé sin vislumbrar nada más que el siguiente reto en las urnas, ignorando la evidencia de que hay vida más allá de los comicios, más allá de la victoria o más allá de la derrota. Si el presidente del Gobierno, cualquier presidente y cualquier Gobierno, fuera el protagonista de la célebre serie ‘Perdidos’, se comería los escasos víveres en dos días y vendería a sus compañeros de extravío la idea de que puede hacer lo mismo sin explicarles las dificultades futuras de la alicaída despensa.
Se transforma así una discusión sobre posibilidades materiales en un debate semántico sobre principios, con trucos retóricos de preescolar que sin embargo convencen a la hinchada: es más sencillo y productivo proclamar reiteradas declaraciones de buenas intenciones para el prójimo que gestionarle su miseria con criterios de supervivencia, especialmente si en caso de victoria se conservan los resortes y en el de derrota se desaparece.
En estos últimos años España, pues, ha conformado el siguiente paisaje: vivimos mucho más y trabajan muchos menos que dependen de los anteriores; el déficit amenaza la concesión de crédito al Estado para sostenerse a sí mismo y a quienes en él viven y de lograrse es a costa de la necesidad de financiación de quienes crean empleo; consumimos a coste directo cero una miriada de servicios públicos contenidos en el sacrosanto concepto de Bienestar, que es un derecho sobrevenido de las cuentas y no emanado desgraciadamente de una ley natural; duplicamos o triplicamos administraciones y dotamos a cada una de ellas de un sistema financiero y laboral propio y no necesariamente compensando con el otro ni con el anterior ni con el siguiente; dependemos de un mercado energético exterior como pocos y exportamos menos que casi nadie; carecemos de liderazgo en nuevos ámbitos empresariales de futuro y nos hundimos en los industriales por la pujanza de un mundo nuevo y, ya puestos; nos condiciona pero no nos ayuda un mercado global, financiero o legal, que en breve revalorizará el precio del dinero cuando menos podemos pagarlo sin transmitirnos el conjunto de normas, leyes, ordenamientos o discursos que más allá de los Pirineos ha comenzado a revertir la crisis.
Mientras se siga formulando la pregunta incorrecta, por ejemplo sobre la edad sensata de jubilación -¡mejor a los 58!-, se estará esquivando la cuestión de fondo, cada día más inevitable. ¿Y si mañana no tiene médico ni profesor ni universidad ni pensión ni subsidio ni trabajo ni casi de nada?
El incauto que siga creyendo que esto depende la voluntad de Zapatero, o de la falta de ella de Díaz Ferrán; o de los planes ocultos de Rajoy o los visibles de Cándido Méndez estará más cerca que nunca de llevarse una de esas sorpresas que invierten el sabio consejo de Sun Tzu: en este caso, esquivar la guerra propia adhiriéndose a caducos placebos es una invitación directa a una derrota sin haber combatido mientras el líder espiritual, que le prometía un edén y le decía que era suyo sólo por merecerlo, se queda en paños menores y declama el muy quevediano "para lo que me queda en el convento...".
"Yo soy un hombre sincero de donde crecen las palmas. yo soy un hombre sincero de donde crecen las palmas. y antes de morir yo quiero cantar mis versos del alma"
Celia Cruz
Guantanamera
Primo Levi murió en Auschwitz, aunque siguió respirando hasta tres décadas después. Sobrevivió al campo de exterminio donde los judíos eran gaseados entre tenues acordes de violín. Y escribió un libro indispensable para entender aquel horror que no tuvo éxito hasta tiempo después y le obligó a trabajar en una fábrica.
Pero cada noche hasta el 11 de abril de 1987 tuvo el mismo sueño recurrente, narrado en ‘La tregua’, la primera entrega de su mítica trilogía sobre el genocidio. Cuando cerraba los ojos y dormía profundamente, regresaba a Auschwitz, hacinado en uno de los gélidos barracones, para escuchar el frío, escueto y metálico mensaje con el que eran despertados al alba: “Wstawáck”. A levantarse.
La Shoah, como se define en hebreo al Holocausto, fue un hecho material narrado por Claude Lanzmann en una película documental de imprescindible visionado, pero también un concepto que excedía de los términos geográficos y las latitudes temporales en las que se perpetró con un sistema de campos de exterminio y de métodos de asesinato en masa perfectamente sincronizado cuya huella aún puede visitarse. “Auschwitz es el hecho”, decía George Bataille.
Guantánamo también es un concepto, además de una cárcel. Acoger a un preso, o a cinco como ofrece el Gobierno de España, no lo anula: lo extiende, lo legitima. Este penal no es un horror por su situación geográfica, sino por su concepción moral de la justicia, por consagrar la sospecha como causa de internamiento, por negar el derecho a la defensa y por crear un limbo procesal que cambia el número tatuado en el antebrazo por un mono naranja animalizante.
No se puede estar contra Guantánamo y justificar la exportación a suelo patrio de algunos de sus internos; como no se puede escandalizar uno con Irak y anunciar 100 millones de euros de gasto extra para enviar más tropas a Afganistán. Cuando los principios son livianos, dejan de ser principios para transformarse en herramientas.
Primo Levi recordaba en una entrevista concedida poco antes de morir que las raciones de comida en Auschwitz contenían 1.600 calorías: una cifra insuficiente para vivir bajo el frío y tras largas jornadas de cruel trabajo pero válida para malvivir los tres meses de labor que los capos del campo esperaban de los presos sanos. Ya sólo falta que Moratinos salga diciendo, para justificar el impresentable contradiós, que en nuestra Alcalá-Meco guantanamera la dosis calórica será estupenda y que incluso barajan poner natillas de postre.
Posdata. Inenarrable respuesta política a la crisis, visualizada en el Parlamento, aunque pudo ser en cualquier bar. Un Gobierno que no quiere gobernar y una oposición que no quiere opositar. Los nacionalistas, esa antigualla que ha provocado la crisis al impedir salidas europeas, por ejemplo, asisten al penúltimo espectáculo de Rajoy y Zapatero con ese tipo de sonrisa que presagia una inminente visita al huerto.
La obligación de un alcalde es pedir, protestar, añorar, reclamar, ofrecer y lograr. En ese sentido, los del Sur de Madrid han sido unos alcaldes estupendos, con el de Getafe, Pedro Castro, convertido ya en símbolo: como el personaje acaba abduciendo a la persona, esa mezcla de Martínez Soria, Adenauer de andar por casa y Jesús Gil sin caballo encarna el ideal de alcalde de pueblo que transforma en vergeles los páramos y modela, tacita a tacita, el pequeño mundo que le ha tocado gobernar.
En los últimos 20 años, los tres Gobiernos democráticos de la Comunidad de Madrid, a izquierda y derecha, han respondido con generosidad y sentido de la justicia al desafío constante que les llegaba de Getafe, Móstoles, Fuenlabrada, Alcorcón, Parla o Leganés. Leguina, Aguirre y Gallardón, por convicción o por temor, han dado la vuelta al calcetín, transformando uno de los patios traseros de Madrid en una gran metrópolis conjunta con todos los servicios.
Dos universidades públicas, la red de Metro, las mejores carreteras y los más modernos polígonos empresariales, el gran parque de ocio y aventura de España, las zonas verdes más amplias y mejor catalogadas de la región y una miriada de proyectos que, por hacerse allí, no se hacían en otro lado.
Durante ese tiempo, ningún alcalde, de cualquier color, en ninguna de las otras circunscripciones anímicas de Madrid, ha expresado una queja o un lamento: de una forma u otra, todos entendieron que el Sur se lo merecía y que el equilibrio general de la región era inviable sin una puesta previa intensa por la gran corona metropolitana que allí surgía, entre mitos obreros y realidades sociales.
Los que cedían, pues el dinero no es como los biblicos panes ni los evangélicos peces, perdían su oportunidad y se ponían a la cola sin decir ni mú. No hablamos de las acaudaladas ciudades del norte o la sierra madrileñas, sino de los complejos ecosistemas urbanos del Corredor del Henares: Majadahonda puede ser paciente con Getafe, si acaso lo es, ¿pero y la Torrejón herida tras la marcha de los americanos? ¿Y la Coslada asfixiada por la falta de suelo y la sombra de Barajas? ¿Y la monumental Alcalá, que debe ser tratada como Oxford pero tan a menudo recibe lo inherente a una pedanía?
Todas esas grandes ciudades, durante dos décadas, no han levantado su voz de queja contra nada de lo que le daban a sus homólogas sureñas mientras aguardaban turno, con una mezcla de solidaridad y bobaliconería de sus alcaldes, palomas de la paz o tiernos colibrís al lado de los halcones y los buitres de la otra acera.
Por eso es injusto y peligroso que, en plena crisis, con los cuartos contados; el Castro patrio se lance a una revolución absurda que sólo busca réditos electorales a costa de dañar tal vez las aspiraciones de quienes supieron entender o en todo caso no dijeron nada cuando todas las lentejas iban al mismo plato.
El llamado 'Plan del Sur' es sólo una milonga para promocionar a Castro como relevo de Gómez o a Gómez como relevo de sí mismo y para recuperar el aire de trinchera que siempre hubo en ese rompeolas madrileño donde viven más almas que en el poema de Dámaso Alonso: es normal que tengan miedo al PP, que le hagan jugarretas a Aguirre y que, a un año de las Elecciones, intenten orinar en su territorio como el león viejo que quiere ahuyentar al joven.
Pero en el viaje no vale todo, y frente a su amnesia autoinducida queda nuestra hemeroteca. Y allí aparece que el Sur es, amén de un logro de los buenos alcaldes de la zona, un milagro conjunto de la Comunidad de Madrid y de las otras grandes ciudades de la región que no supieron, no quisieron y no pudieron mirarse igual de bien a su legítimo ombligo.
Habla el Rey, que lo es también de las generalidades y las obviedades, mientras retiran al yerno caído del Museo de Cera, trasladado en una carretilla como Anibal Lecter en 'El Silencio de los corderos'.
La apelación vaga al consenso y la minimanifestación de los sindicatos por la maxijubilación de los currantes son las dos pruebas de toque de la estrategia del momento: diluir la responsabilidad al máximo para alcanzar un consenso de mínimos.
Don Juan Carlos nunca tiene nada que decir, y en ese viaje se resume la grandeza y a la vez la irrelevancia de la Corona, pero todo el mundo sabe que cuando dice algo lo hace por indicación del Ejecutivo de turno: desmochada la teoría de la conspiración, pueril en su intento de presentar como una excepción especulativa lo que es vieja norma del dinero, toca ahora repartir la carga del error previo pese a haber hecho lo imposible por hacer el viaje en solitario.
Da algo de entrañable lástima escuchar otro discurso navideño casi en marzo desde una institución que, ante envites similares sobre la concepción territorial, anímica, lingüística, económica, educativa o social de España, se limitaba a "cesar temporalmente" su actividad, aprovechando al parecer el comunicado redactado para la ya divorciada infanta; pero como la otra opción es aún peor -un Rey operativo y autónomo, tocado por la historia y bautizado en azul sangre-, convendremos en que simplemente no hay que tener en cuenta demasiado lo que diga: si no habla de nada, malo; si habla de algo, peor; y si habla pero no dice nada, simplemente produce indiferencia.
Don Juan Carlos sólo hace el trabajo que le reclama el patrón, en fin, y eso dice tanto bueno de su respeto a las normas como malo de su discurso, tan adaptable como la cera a moldear en un rincón o en otro del museo que es la vida.
Posdata. No menos lamentable que la estampa del Rey, que sólo aspira a serlo termine España en Logroño o comience en Casablanca, haciendo de becario de Zapatero es la de los tribunales persiguiendo a Garzón por perseguir a Franco. Como en este país todo funciona al revés, y estamos rodeados de alguaciles sin alguacilar, queda aún otra estampa impagable: la de Aznar, a estas alturas y con estos yernos, dando lecciones de lo que hay que hacer sin que nadie le pregunte, antes de nada, por lo que él hizo.
El mercado no conspira, actúa: intenta comprar barato, vender con ganancias, producir a un coste razonable y evitar riesgo. No es bueno ni malo, carece de alma, pero también de veneno. La política navega en parecidos mares, e intenta llegar a la playa provocando grandes tempestades con las que agitar el voto de los tripulantes de su amplia nave para que no se bajen sin pagar un peaje al capitán.
Hablar de conspiración para explicar la imagen económica de España es, en fin, un sandez que vuelve a poner en entredicho el tímido propósito de enmienda expresado por el Gobierno y demuestra su inefable capacidad de volver a las andadas: buscar un enemigo imaginario es un recurso mediocre para esconder las deficiencias propias que no es privativo de Zapatero ni de España ni de nuestro tiempo pero que, ahora y aquí, se practica con una intensidad sin parangón en el resto del mundo.
Como los Reyes Católicos con los judíos o Franco con los masones, por no salir del terruño, la identificación de un rival inexistente pero verosímil forma parte de las estrategias políticas más elementales en tiempos de crisis que ahora vive su apoteosis: la simbiosis entre la falta de escrúpulos de quien dirige, la indolencia intelectual de los medios y la proliferación de canales de comunicación permite, como nunca, la difusión masiva del mensaje y convierte las experiencias pretéritas –todas las guerras del siglo XX incluidas- en un ensayo del porvenir.
Lo único cierto es que España es menos fiable que Alemania para recibir un préstamo, y que eso no se debe a gustos personales sino a estrictos criterios contables: como debemos más, tenemos menos, gastamos más que nadie, lo negamos como ninguno, nos resistimos a las reformas como el que más y esperamos que nos lo pague el resto, el mercado se contrae según un esquema que cualquiera aplicamos en nuestras vidas: usted, y yo, no le vendería su casa a nadie que no le demostrara primero que puede pagársela.
El grito de hastío no lo ha dado el Financial Times, ni ninguno de los grandes periódicos del mundo que, a derecha e izquierda, se ha fijado en el caso español; sino ese club reservado de dirigentes internacionales que no soporta la demagogia insolidaria de su homólogo y se ha cansado de pagarle las copas: una vez más, usted y yo no soportaríamos quitarnos una caña mientras su vecino de barra invita a una ronda con su dinero a todos los clientes.
El verbo sustantivo de un presidente es “poder”, pero Zapatero siempre conjuga el “gustar”: le habla de comida a la gente cuando toca hacer recuento de filetes y tapa la insuficiencia de carne con una emocionante declaración sobre el derecho a un plato caliente.
A cualquier homínido en su sano juicio le gusta más una vida laboral corta y una larga jubilación subsidiada; un mercado laboral estable y bien remunerado; una sanidad universal, gratuita y de calidad; una enseñanza pública competente y plena y, siguiendo en esa estela, una vivienda digna y a un precio razonable; un desarrollo pleno de las inquietudes y talentos individuales; un mundo sin delincuentes y, por qué no, una vida de amor, salud y alegría.
Sólo un malvado o un psicópata querría algo distinto; así que convendremos en que esa premisa es insuficiente: en cómo lograr eso, en cómo garantizarlo y en qué hacer para que no peligre cuando peligra, con diagnósticos sinceros y tratamientos concretos, está la clave de un buen gobernante. Que no busca enemigos imaginarios mientras provoca enfermos reales oscilando, como decía Cioran, entre el oportunismo y la desesperación mientras cree que, de él para abajo, sólo hay analfabetos.
Encuestas electorales. Cuando Rajoy decía lo que pensaba, perdía Elecciones. Ahora que no sabemos bien qué quiere ni qué haría, supera a Zapatero en valoración y su partido le saca 5 puntos al PSOE. Cuando Zapatero no hacía nada pero decía mucho, ganaba Elecciones y gozaba de una saludable valoración popular: ahora que reconoce lo que pasa y sugiere medidas, se desploma.
Huelga general. Los sindicatos se resisten a convocarla. En todas las anteriores, con Felipe González y Aznar, había menos paro y nunca se combinaron con tanta intensidad las adversidades económicas y la previsible doble reforma laboral y del sistema de pensiones. En los últimos años han crecido de forma espectacular los fondos y subvenciones a las centrales y a la Patronal: es un dato, el juicio luego es libre.
Paro. En España hay más de cuatro millones de desempleados y se han cerrado, en pocos meses, 140.000 empresas. En esa estadística no figura ningún empleado ni cargo ni representante sindical del ámbito público, que cobran sus salarios del resto de la menguante población activa que no está en el paro. Sin embargo, la reforma laboral no les afectará.
Una paradoja. Las huelgas suelen convocarse y desarrollarse en el sector público y la Administración, donde también se producen constantes tensiones en la negociación colectiva que suelen desembocar en una elevación del gasto que soportan directa e indirectamente los ciudadanos con sus impuestos y renta. El que puede ser despedido no suele hacer huelga: el que nunca lo será y cuenta con un trabajo de por vida sin la sombra de una reforma y con la posibilidad cierta de una mejora, la hace periódicamente.
Una imagen, o una metáfora, extraída del gran diario argentino Clarín
Salarios. Según el indiscutido libroLa Castadel periodista Daniel Montero, los 88.000 cargos electos existentes en España suman un salario conjunto de 720 millones de euros. La cifra no incluye dietas, ni gastos extra, ni equipos ni, sobre todo, el presupuesto que arrastran en las instituciones que representan. En total, según el estudio de EAE Business School, adscrita a la Universidad Politécnica de Cataluña, el 40% del gasto público se va en sostener una Administración que aún obliga a ir a la Comisaría a renovar el DNI y somete al contribuyente a una burocracia incesante.
Esfuerzo. En los últimos diez años se ha duplicado el esfuerzo individual de cada ciudadano en sostener al sector público, a quienes en él trabajan y a quienes los gobiernan, principalmente por la miriada de convenios colectivos firmados en cada Autonomía, Ayuntamiento y Universidad de toda España mientras el Estado miraba para otro lado: en el año 2000 cada español dedicaba a este asunto 800 euros; en 2008 ascendía ya a 1595, casi 400 más que en Alemania. El Instituto Nacional de Estadística, el Ministerio de Economía y Hacienda o el prestigioso servicio de estudios de La Caixa confirman estos datos y añaden muchos más que consagran también la relación inversamente proporcional entre el crecimiento del sector público –no confundir con los servicios- y la riqueza de las regiones. El Nobel Krugman también lo viene explicando al menos desde 1994 en la obra Peddling Prosperity, entre otras.
Inversiones. La media de gasto en personal en las Comunidades Autónomas es del 30% del presupuesto total, que sólo dedica a inversiones algo más del 8% . Y el coste de cada trabajador es en torno a un 20% superior a la media. En países con un amplio sector público, como Noruega, se impone un coste similar y unas condiciones similares; en Francia es inferior y sólo en Holanda crece: se tienen pocos funcionarios, pero de una alta cualificación y una remuneración competitiva para no perderlos por una oferta privada.
Conclusión, subjetiva. La frase no es mía, pero la cojo prestada: “No hay que confundir el Estado de Bienestar con el bienestar de los que viven del Estado”. Tal vez las reformas tardan en llegar por una única razón: lo mismo, por vez primera, les da apuro estirar más el chicle de los 14 millones de asalariados para sostener el estatus de los 28 millones de personas restantes. En esa lista tienen que estar parados, jubilados, niños, ancianos y dependientes, pero es difícil incluir a los 3.088.000 políticos, funcionarios, liberados y demás gente de bien que, con los fríos datos en la mano, consumen bastante, devuelven poco y, de momento, impulsan reformas y piden esfuerzos que no les afectan del todo. No es la idea meterse con ellos, sino garantizar de verdad los servicios públicos en el futuro: la amenaza no está en la privatización, sino en que ésta llegue sola por el agotamiento de una teta ya exhausta que ponen trabajadores y empresarios ya extenuados.
Pueden buscarse cien razones, todas ellas válidas y solventes, pero la única absolutamente cierta, la primigenia, es más elemental: a Zapatero, y a su comitiva de prohombres de la política y la comunicación, les motivaba conocer a Obama en persona y fotografiarse con él.
No hay grandes diferencias entre el impulso de una adolescente en un concierto de Hannah Montana y el de Pedro J, Cebrián o cualquiera de sus muy diputadas señorías: hubieran bailado sardanas, o comido insectos, o participado en un karaoke sobre Frank Sinatra si al más decente producto de la politica del entretenimiento le hubiera dado por practicar tan nobles pasatiempos o por convertirlos en no menos respetables tradiciones.
No hay contradicción entre los principios y los protocolos: se puede ir a la boda de un amigo sin creer a la Iglesia, o comer kosher sin ser judío o ver Gran Hermano sin repudiar a Punset. E incluso se debe forzar, aunque no haya componentes lúdicos ni sentimentales en el viaje: aunque a Zapatero le den grima los empresarios, o al menos lo parezca, ahora mismo debería encerrarse con 300 de ellos para compartir una sesión de sodomía (el descarnado ejemplo es de Xavier Colás) sin con ello tiende puentes y encuentra remedios a la crisis.
Lo que produce pavor, en fin, no es el respeto a la casa ajena, sino la estigmatización de lo mismo en la propia: nunca hubo, o al menos ahora no hay, paradoja entre ser del PSOE y llevar a los hijos a un colegio privado en un flamante BMW, pues a nadie con un mínimo de sentido común puede escapársele que lo sustantivo de una actitud, un discurso y una política es lo que se hace, desea y persigue para los demás con independencia de lo que uno decida hacer con el excedente en el ámbito privado.
Pero es insoportablemente cínico, indignante como un zumbido en la oreja e indigesto como una tertulia de Cantizano satanizar aquí lo que se aplaude fuera de las fronteras propias y criminalizar a quienes piensan o rigen su vida con patrones similares a los que se aceptan y practican cuando hay una foto en juego.
La derecha siempre ha sido hipócrita hasta la náusea con la moral; pero la izquierda con el dinero, adoptando ese tipo de discurso degradante que convierte el éxito ajeno en una especie de hurto al obrero, mientras se busca en el navegador del todoterreno la dirección exacta de ese restaurante especializado en cocochas y los niños practican el alemán en la trasera.
El rezo de Obama, en todo caso, no es sólo un acto religioso privado de obligado respeto. Es, ante todo, una demostración política ante la que cabe abstenerse si de verdad se quieren sacar los crucifijos de las aulas, como las botas de la mesa de Crawford. Se puede y debe ir a la boda de las niñas de Mr President, pero quizá no sea tan procedente, si se piensa de una manera, legitimar la siempre inquietante demostración de confusión entre fe y gobierno poniéndose místico en la fiesta organizada por una secta, The Fellowship.Tampoco estaría mal que el análisis de la economía no dependiera de las dos únicas recetas aplicadas por Zapatero hasta el momento: entre la adivinación de antes, con bola mentirosa o averiada; y la plegaria de ahora, por definición etérea, hay algo que puede esperarse de un presidente. O incluso en quien aspira a serlo, a la sopa boba.
Posdata. El Deuteronomio es una amenaza de Dios al pueblo, y no demasiado sutil. El Libro de Oseas hubiera sido más oportuno: profecías inconcretas, vaticinios inexactos, y una enorme oscuridad.
Partamos de una premisa, subjetiva, pero con amplios seguidores: casi nadie, mínimanente informado, dice la verdad. O al menos publicita lo que piensa. Siguiente premisa: en esa categoría está la práctica totalidad del PSOE con respecto a Zapatero; la dirección de los sindicatos sobre el presidente del Gobierno, sobre su propio discurso y sobre la utilización de su fondo de comercio en la mayor parte de las negociaciones en la Administración. También los empresarios con la CEOE y con Díaz Ferrán y, si quieren territorializarlo, con la CEIM y con AEDHE, ese sucedáneo de la organización empresarial cuya voz se escucha tanto en la crisis como la de un mudo en un concierto de rock, no sea que se vayan a manchar el tutú y el mantel de encaje.
Pongan a medio PP sobre la otra mitad del PP, añadan a la miriada de ciudadanos que filosóficamente no entienden los derechos sanguíneos sobre los logros del sudor de la frente cuando contrastan la Monarquía con la República. Incorpore, o incorpórennos, a los medios de comunicación, que portamos verdades interesadas o mentiras verosímiles y miramos al otro como un rival en el banquete de carroña.
Welles fabulando sobre la invasión de la tierra
Completen con artistas sin discurso y discursos sin artistas, ganapanes con guitarra, juntaletras sin pluma, lameideas que ocupan el nicho vacante de intelectuales que o no existen o se esconden en madrigueras recónditas con el paraguas del miedo para esquivar la lluvia de la realidad.
Y terminen por los propios ciudadanos, que hay para todos, cobijados en la máxima de Víctor Hugo que consagra la complicidad entre el político mediocre y la sociedad de la que sale: no es un marciano amerizando en galaxia ajena; sino uno de nosotros, con genes similares y rutinas parecidas, que ostenta la condición de macho alfa en la manada de primates.
No está todo perdido. Las crisis demuestran siempre dos cosas: que la regeneración es compleja cuando al frente de la solución están los responsables del problema y que el fin de una era no equivale necesariamente a la frustración de una nueva. Siempre vuelve a amanecer: que el reparto sea deplorable, como decía Wilde, no significa que la tierra no sea un buen teatro. Para levantarse hay que caerse del todo: los resbalones no educan a la crisma.
Posdata. Mientras, es mejor asistir con una mezcla de pavor y diversión al espectáculo. Aguirre le ha puesto nombre, con el micrófono cerrado más sugerente desde los tiempos de Welles y ‘La Guerra de los Mundos’.
Habrá reforma laboral. Y endurecimiento de la edad de jubilación. Y merma del poder adquisitivo de las pensiones. Y subida fiscal. Y encarecimiento de la luz y el gas. Zapatero hace ahora lo que no sólo no hizo antes, sino lo que criminalizó con impiedad, escondiendo la evidencia de que no todos los que lo pedían eran Díaz Ferrán, transformando al conjunto del empresariado en una especie de Air Comet colectiva, presentándose como el campeón del los derechos sociales que ahora pone en solfa y, finalmente, desechando en tiempo y formas la posibilidad de un gran pacto de Estado que frenara antes la sangría y permitiera afrontar el escenario con calma.
Todo lo hecho y dicho hasta ahora se resume en la célebre frase del secretario general de UGT en Madrid, José Ricardo Martínez, cuando respondió al poco sospechoso de antisocialista gobernador del Banco de España con un "que se vaya a su puta casa" cuando reclamó un cambio de política económica de menor grado al finalmente emprendido al grito de “a fuerza ahorcan”.
No es la primera vez, ni quizá la última. Con ETA hizo lo mismo: señaló a todo aquel que discutiera la idoneidad de hablar con los terroristas de política, provocó la fractura del consenso social en torno a las víctimas (sí, aclaro: en ambos casos hubo miserias en la oposición y en la AVT, pero sólo sirven para descorazonarse más, no para alentar la irresponsable actitud de aquel momento), escondió la continuación de las negociaciones tras el atentado de la T4 y al final, cuando hizo y hace todo lo que casi todo el mundo le pedía, olvidó sus precedentes, ignoró la posibilidad de disculparse y pretendió erigirse en el campeón de la política que repudiaba.
Otra vez, ahora: durante dos años hemos visto cómo se negaba una crisis sin parangón en Europa; cómo se descartaba primero y se perseguía después toda propuesta o sugerencia que buscara una alternativa; cómo se transformaba en una agresión a la ciudadanía la más elemental asunción de una responsabilidad intelectual o política frente al desastre; cómo se convertía en enemigo de la patria y ultraderechista a todo aquel que no bailara al son del discurso oficial; cómo se cubría de maniqueísta marketing la galopante ausencia de decisiones y la irresponsable gestión del dinero público; cómo se travestía la máxima de Kennedy sobre la necesidad de pedirle al pueblo un compromiso con América para venderle la analfabeta idea de que América, con él al frente, lo haría todo por el pueblo para que, al final, con menos fuerzas, más desgaste, menos tiempo y más agonía, se haga multiplicado por dos todo lo que pudo hacerse antes: España tenía un tumor tratatable, pero se le dijo al paciente que era un resfriado y ahora hay que luchar contra la metástasis.
Hay algo peor, aún. En ese mismo periodo de tiempo se ha engordado el déficit -los ahorros de la próxima generación-, se ha avalado la insolidaridad entre ciudadanos alimentando la ludopatía de los territorios y se ha cargado en una parte extenuada de los trabajadores el sostenimiento de la otra, ubicada en los partidos, la Administración y los sindicatos. Ahora se pone en solfa el sistema de pensiones y se anuncia un retraso en la edad de jubilación, pero incluso en ese contexto de adversidad y presión al currante de verdad, en nómina o al frente de una PYME, no se toca el sistema que sostiene las prebendas públicas: a una vieja se le puede quitar una parte de su pensión en el mismo día, laborable para la humanidad, en que colegios, institutos y facultades cierran en una metáfora indigesta del momento que prolonga el abuso en una secuencia simplemente intolerable. Lo único que podría conferir algo de autoridad al presidente del Gobierno, con el preámbulo de una disculpa pública por la abismal diferencia entre lo que dijo y lo que hace para que por una vez se pague él alguna ronda de las copas que se toma, es una reforma a fondo del corrupto código ético que sostiene al Estado: para atreverse a extraer más sangre a los mismos de siempre, hay que estar dispuesto antes, como poco, a predicar con el ejemplo en la financiación autonómica, imponiendo un sistema único y solidario; y en la negociación colectiva en la Administración, acabando con el impúdico saqueo que políticos y sindicatos a pachas cometen cada día en autonomías, diputaciones, ayuntamientos, universidades, centros y chiringuitos de toda laya y mamandurria.
Es inevitable reclamar nuevos sacrificios en un país de recursos limitados, y obviarlo ahora sería indecente por mucha rabia que dé respaldar al Zapatero que lo negaba todo, pero la lógica se convierte en abuso si a la viuda se le reduce una pensión o al trabajador se le invita a seguir en el tajo hasta los 67 años en el mismo país en el que un bombero se pone en huelga, un catedrático trabaja un día; a un presidente se le toleran 80 asesores, a un rector se le deja dimitir con un festín en el Parador y abrir tres campus vacíos; a una región se le exime de la contribución a la caja única para lograr el equilibrio parlamentario y a cada ministro, rector, alcalde o jefecillo se le faculta para dirimir con el cacique sindical de turno el oasis laboral que sostienen en sus riñones los cansados vecinos del desierto colindante.
Para una viuda, un parado o un anciano, lo que haga falta. Pero a usted y los suyos, a su izquierda divina, a la derecha de carroña, al sindicato tripero y al nacionalista gañán ni un puñetero euro más, señor presidente.
A todo se le pone nombre, pero la estupidez sigue sin encontrar rival en el arte de la sinonimia: ahora que se quiere rebajar la edad de elección del itinerario educativo a los 14 años, que es el eufemismo para intentar que no todo el mundo estudie y dejar de tirar dinero y perder oficios, irrumpe la generación nini, montada a lomos de la desesperanza.
Ni estudian ni trabajan, y aunque existe la tentación de que el término pudiera hacer referencia a concejales, liberados sindicales o asesores de toda laya, define en realidad a los chavales que hace un tiempo se hubieran ganado dos tortas y hoy reciben sesudos estudios sociológicos, pedantes programas de televisión y mastuerzas tertulias periodísticas.
Esa confusión no es privativa de los mozos contemporáneos, sino consecuencia de un credo general y generacional, transversal y muy asentado, que conjuga muy bien el verbo "pedir" y desconoce las declinaciones más elementales de su antítesis, "ofrecer".
En un país que carga en alcaldes de pedanía la responsabilidad de acoger un cementerio nuclear; que convierte en representante de los empresarios a un ludópata de los barbarismos; que sanciona a un portavoz por insultar a una compañera pero le mantiene en su puesto; que soporta el necionalismo y le forra los riñones; que descarta pensar en pensar si conviene pensar reformas a tiempo para imponerlas al final de mala manera y con más cadáveres en la colina; no es sensato cargar en primer lugar contra quienes, simplemente, han mamado esa impronta y la ven cada día en la pantalla, oronda, complaciente, ensimismada en su idiotez.
Empecemos por algo, señor ministro de Educación. Tal vez por el envío masivo de un pequeño gran libro de Javier Gomá publicado por Taurus. se llama "Ejemplaridad pública" y defiende algo sutilmente revolucionario: para empezar a empezar, llega con que cada ciudadano adopte una conducta cívica ejemplar, encabezados por las figuras públicas, sobre todo políticas. El objetivo es también elemental: recuperar ciertas referencias. Las que ahora hay, son nini casi todas: ni sirven ni valen, pero cuestan mucho.
Corbacho habla de la destrucción del empleo con una mezcla de necrofilia y sandez: se van a destruir otros 100.000 puestos de trabajo en enero, pero la sangría es –albricias- ya inferior. Su análisis es similar al que haría el delegado de la ONU en Haití si dijera que, tras las 100.000 muertes por el cruel terremoto, es susceptible apostar por una disminución de la mortandad.
El viejo refrán sobre el perro y la rabia, que oculta el verdadero anuncio/resumen de la política económica del Gobierno: en unos días se presentará la reforma laboral, y será amplia y profunda, en palabras del presidente por boca del ministro de Trabajo.
Recapitulemos. Hace tres años se negó la crisis. Hace dos se minimizó. Hace uno y medio se anunció su fin y la inminente creación de empleo. Hace uno se destacaron los ínclitos brotes verdes. Y ahora se da por supuesta la recuperación, con la única incertidumbre de que tal vez no genere empleo en una larga temporada. Y, entre medias, se criminalizó a todo aquel que osara preguntarse si, quizá, no sería buena una reforma laboral a la europea dada la evidencia de que nuestro paro era uno y el del resto otro.
El resumen se hace solo: tras negar lo evidente, se hace lo que se negó. Sí, esto lo dice Aznar. Y Aguirre. Rajoy cuando no reposa, que es mucho de reposar, también. Sólo calla Gallardón, del que conocemos muchas opiniones sobre casi todo si cumple la innegociable condición de que no tenga la más mínima importancia. Pero lo dicen, sobre todo, las frías cifras y las gruesas hemerotecas, frente a las que no es tan sencilla la estigmatización ni la adjudicación de interés espurio alguno: se limitan a reproducir estadísticas oficiales y a traducir citas textuales del señor Zapatero.
La más benévola de las conclusiones convierte esta secuencia en la exhibición de lo que Pérez Reverte definió como “una sociedad de analfabetos gobernada por sinvergüenzas”. Sabían lo que venía y lo que había que hacer, pero la demagogia es un arma de doble filo: de un lado sirve para decirle a los demás lo que quieren oír y no lo que ocurre, pero de otra secuestra la acción al retenerla en los infranqueables muros de la impostura hasta que la ola arrasa los tenues diques del lema panfletario.
Encontrado el truco nuclear, el presidente repite en cada viaje el mismo itinerario: anuncia el cierre de las plantas, pero nada dice de la energía, que seguirá comprándose a precio de oro en Francia con la preceptiva construcción de un cementerio donde alojar los residuos que el amigo Sarkozy no tolera. O transforma la otra guerra de Irak, en Afganistán, en una excursión humanitaria para militares disfrazados de Papa Noel. O trata a ETA como se debe, pero sólo tras vejar a quien se lo pedía y tras intentar colgarse una medalla imposible.
Lamento coincidir con Aznar, que me provoca la misma simpatía que un agente de seguros a Woody Allen, pero lo que debería molestarle a los hooligans de Zapatero es que su predecesor tenga, a veces, razón. Algún día esas mismas hemerotecas permitirán refrescar el bochorno de quienes, en la política o en la prensa, miraron hacia otro lado en estos momentos para garantizarse el parné mientras gritaban "facha" a todo aquel que, simplemente, se negaba a rechazar lo que estaba viendo con sus propios ojos.
El Gobierno va a cerrar las centrales nucleares, pero busca arrabal donde poner un cementerio de residuos. El truco es obvio: se prescinde de las plantas, pero no de la energía, que se comprará en Francia por ejemplo, en un viaje más caro que obliga a quedarse con los detritos y quita puestos de trabajo. Seremos igual de nucleares, o casi, pero nos pagaremos la campaña de autopromoción para no parecerlo a costa de perder los escasos o amplios beneficios que pudiera reportar la producción directa.
El cinismo es, con la retórica, la segunda gran virtud de la política moderna: hay que decir lo que la clientela quiere escuchar; para luego hacer lo que se quiere sin que se note demasiado. Es una tendencia transversal, sin siglas ni credos, que une mucho: la imagen de Rato (PP), Eguiagaray (PSOE) y Fidalgo(CC.OO) juntos, debatiendo en público sobre las pensiones, es la metáfora de este fenómeno.
El viñetista Villeta y el ideal político: todos juntos. Pero sólo es una caricatura
Sólo dicen toda la verdad cuando se cumplen dos condiciones: que ya no necesiten un voto y que, al ser sinceros, obtengan una jugosa remuneración. Cuando están en activo, salvo excepciones, juegan a lo opuesto, a la confrontación y el déficit intelectual; y para conocer su verdadera opinión hay que quedarse en el off the record; dormir en el pasillo y charlar en la bodeguilla: allí abajo hay sensatez, sentido común, coherencia y un conocimiento exacto de lo que es posible y es necesario en cada momento. Incluso los rivales se muestran cariñosos entre ellos, apadrinan a las hijas del rival en sus bodas privadas y se sienten viajeros del mismo barco.
Lejos de ser esto tranquilizador, es la indignante prueba del poco respeto que tienen al gentío. Y a la vez, del poco respeto que se merece el gentío al tragar un sainete intragable que cambia las ideas por lemas y el puntero del buen profesor por la vara de cerezo del pastor con el ganado. Nucleares no, o sí, o ya veremos, o esperemos a que nos contraten.
Posdata. Bien cerca hay otro ejemplo de esto. El nuevo presidente de Cajamadrid era profesor, o algo así, en la Universidad de Alcalá. Y el ex presidente del Parlamento, Manuel Marín, también. El rector de ambos es ya vicepresidente de Cajamadrid: los tres tienen capacidad para esto, los tres son personas de saberes y experiencias; pero la incómoda sensación de que llegan como llegan, ahora a esto y mañana a aquello, sólo es superada por la molesta certeza de que les une mucho en privado pero en sus vidas han buscado la separación de los demás en público. Y es al revés, en todo caso.
La aceptación de la inmigración nunca tuvo un estímulo ético, sino una base financiera: no significa que los principios no cuenten, sino que para asumirla y respetarla había suficientes datos económicos positivos sin necesidad de recurrir a ese territorio íntimo donde la formación, los mitos, las realidades, los impulsos, las vivencias y los estados de ánimo modulan una postura personal subjetiva y por tanto discutible.
Fue la riqueza la que trajo a los inmigrantes, que les necesitaba para recrearse y sostener el imparable binomio que conforman la oferta y la demanda con el empleo, la inversión y la producción. Y es la pobreza la que suscita ahora el recelo: antes no hubo afecto; y ahora sí hay temor. En ninguno de los casos es, salvo en lamentables excepciones, una reacción contra la raza o la religión, sino una respuesta primaria sustentada en la rivalidad ante la escasez: los leones no se pegan en el zoo cuando hay abundancia, pero son capaces de comerse a la camada ajena si padecen desabastecimiento.
Los inmigrantes, en fin, son otras víctimas de la crisis más, como lo son los españoles, y verlos como tales es la mejor manera de regular el termómetro emocional de un debate que confunde el fuego con el humo, alentado irresponsablemente en Vic y en Torrejón, pero larvado en un patético itinerario normativo en el que tanto el PP cuanto el PSOE han jugado públicamente con sentimientos y emociones mientras, en realidad, sólo gestionaban los bolsillos, aprobando leyes contradictorias cada poco tiempo para justificar la mera importación de mano de obra barata o la expulsión del excedente no votante.
Entre medias se han dicho demasiadas tonterías sobre el inexistente y tal vez innecesario multiculturalismo que, en el reverso de la moneda, alentaban tópicos sobre la delincuencia foránea o la usurpación de los servicios públicos, componiendo un paisaje falso en lo positivo y falaz en lo negativo que aloja en el subconsciente colectivo un catálogo de mitos ridículo: ni es factible la integración, si se entiende como tal la recreación de una sociedad nueva a corto plazo fruto de la mixtura de credos, razas y culturas; ni el precio a pagar por esa imposibilidad es el desvanecimiento de una idea de país, el incremento de la delincuencia o la imposición de una forma de vida ajena.
Todo lo que no sea aspirar a una convivencia pacífica, con intereses recíprocos y vasos comunicantes laborales y sociales a ritmo lento; no será más que una ensoñación interesada de pseudoprogresistas de moqueta y menú diario a la carta o, sensu contrario, una admonición mitólogica de aprendices de Le Pen.
El inmigrante vino a trabajar y se irá cuando carezca de trabajo. Y volverá de nuevo cuando acabe la recesión: es un mercado que se regula casi solo en el que la política ha de hacer un trabajo mínimo pero trascendente. Fijar unas reglas del juego razonables en lo legal y decentes en lo humano, rehuir de la demagogia barata y apostar por la pedagogía social -sin eufemismos, con datos; sin lemas, con certezas- y, finalmente, garantizar la aplicación de todo ello de forma unitaria, sin dar obligaciones de más ni de menos a ayuntamientos o comunidades autónomas: a todos, sin excepción, les viene bien ahora señalar a un culpable externo, y el inmigrante es un tonto útil muy a mano.
Aunque en ese viaje se prescinda de la obviedad de que a algunos les sobran tanto los negros como los castellanohablantes o se pierda una estupenda oportunidad de explicar que los de afuera son entrañablemente similares a los de dentro: los hay que roban y deben estar en la cárcel o deportados (una pena no poder hacer lo mismo con los de aquí); los hay que sólo quieren trabajar y cubrir sus necesidades y los hay que, cuando no pueden hacer lo segundo y no quieren hacer lo primero, se marchan a Alemania o Suiza. Como nosotros.
Haití fue española, y francesa, pero ahora sólo se acuerda de ella Lucifer. Mientras él amontona cadáveres que ya eran zombis, el mundo se abona a la retórica, envía dos bomberos y tiritas y mantiene, en su confortable retiro parisino, al hijo del dictador que dejó la isla yerma y ahora come foei en París con la devoción de Saturno por sus hijos.
Mientras la cooperación internacional, la ayuda al tercer mundo, la solidaridad con el desfavorecido y esas mandangas sigan siendo cosa de curas progres, misioneros laicos, barbitas secuestrables y, en fin, davides sin honda frente a goliath armados hasta los dientes; la estadística de muertos equivaldrá al padrón general de vivos, aunque éstos sólo lo intuyan.
Arreglar el mundo es más barato que dejarlo morir, pero el negocio de todos suele ir en contra del beneficio de unos pocos: a Estados Unidos y Europa les costaría menos sacar de la pobreza a África, Asia o Centroamérica que pagar los costes de su destrucción, su miseria o el terror que exportan; pero perderían su negocio los tipos que bombardean primero y luego reconstruyen, pasando dos facturas en cada viaje.
La pregunta que hay qué hacerse no es por qué hay gente así, que convierte el horror en una cuenta de resultados y mete a la muerte en el Nasdaq; sino por qué ellos consiguen arrodillar a obamas y zapateros, sarkozys y merkeles, incapaces de frenar la derivada más cruel del credo darwiniano sobre la selección de las especies.
Meterse con un banco o una petrolera es tan sencillo como enviar a una enfermera a Puerto Príncipe; pero en el camino se olvida que sin la complicidad lasciva del poder político, que establece siempre una relación inversamente proporcional entre la belleza de sus discursos y la repugnancia de sus decisiones, no habría Hollyburtons con barra libre: cuando la conciencia, en política, no se refleja en los presupuestos, se convierte en una mera campaña de autopromoción.
La cooperación se ha transformado en una suerte de caridad temporal que calma conciencias indolentes, sostiene negocios, perpetúa chiringuitos, y condena a la pobreza, la guerra y el desastre a los receptores de unas migajas que lloran en vida su inminente muerte sin otro parasol que la sombra de las alas de los buitres.
El año comienza con una inquietante combinación de una crisis histórica con un alejamiento no menos apabullante entre la ciudadanía y la política, que lejos de aparecer como remedio a los problemas queda señalada como inductor de ellos.
Sin establecer paralelismos más allá de los estrictamente anímicos, nunca se había percibido un agotamiento similar en la política y una desafección tan grande desde los tiempos prebélicos de 1936: la sensación de que La Casta, como la llama el periodista David Montero en un libro demoledor que glosa el impresentable saqueo de las arcas públicas por quienes debían custodiarlas -hará falta una segunda parte: el aprovechamiento que de esa ‘debilidad’ hacen los sindicatos para rematar el desfalco en una Administración glotona-, es más un obstáculo que un antídoto flota en el aire y se corta ya con cuchillo.
Ése es el mejor caldo de cultivo imaginable para el nacimiento de líderes insospechados, de belenes esteban de la política, de vendedores de crecepelo caducados que, mezclando la demagogia con la desesperación ajena, ocupen de repente el estrado para guiar al pueblo por caminos de tinieblas.
No es factible que algo así ocurra ya, salvo en la mente de esos Nostradamus contemporáneos que hace tres años anunciaron el crimen del Papa y ahora presagian el asesinato del Rey con idéntica ligereza. Pero el mero riesgo, la simple sospecha, la mera sensación de que no es del todo inverosímil ha de ser suficiente para provocar una reacción en esa aristocracia acomodaticia que en lo sustantivo vive, piensa y hace lo mismo con independencia del reparto comercial de banderías.
En el caso de Alcalá, más que nunca se percibe un reflejo y un efecto de la política nacional que puede llegar perfectamente hasta las propias Municipales: el cansancio hacia los políticos tiene su eco en la ciudad, y resulta imposible calibrar a estas alturas en qué medida los deméritos propios y ajenos pesarán más y en qué siglas o dirigentes. En ese sentido, el año arranca apasionante para los amantes de las conjeturas: ¿En qué medida el elector reportará al PP complutense los efectos de una crisis que no es local pero tiene efectos domésticos? ¿Pagará ahora el PSOE su apuesta a una carta durante todos estos años, la de un Zapatero en caída libre? ¿Tendrá más peso el largo ciclo de Bartolomé González o el fin de ciclo que parece adivinarse en La Moncloa? ¿En qué medida creerá el ciudadano que las evidentes lagunas de esta legislatura, derivadas de una brutal ausencia de recursos, son achacables a una situación excepcional y ajena y en qué medida se lo reprochará al alcalde aunque lo haga luego también a Zapatero? ¿Ha perdido su rival, Javier Rodríguez, toda posibilidad de alcanzar la alcaldía por su más que bajo perfil local y su confianza ciega en que el influjo de las siglas le hicieran el trabajo o, por contra, emergerá como alternativa al ser observado, ante todo, como algo nuevo frente al veterano alcalde?
Todas ellas son preguntas razonables, pero en realidad no importa demasiado la respuesta, resumida en todo caso en uno de los célebres axiomas que Sun Tzu incluye en su ínclito tratado El Arte de la guerra: “Un ejército confuso lleva a la victoria del contrario”. Si en la confusión está la derrota electoral, en la audacia está la clave del beneficio ciudadano: más allá de lo que deparen las urnas, lo que ahora toca es contraponer a la sensación de crisis el mensaje de ambición, de que no todo está perdido, de que hay partido y bajar los brazos no es una opción. Ahora más que nunca le toca, a Zapatero, a Aguirre y en especial al alcalde, comportarse como el capitán que no se baja del barco ni permite que se hunda: no procede la dignidad de quien se ahoga por quedarse hasta el final, sino la inteligencia de quien evita el naufragio. A Alcalá, como a España, le va a ir bien o mal en función de la energía que tengan quienes la dirigen. Que sea mucha, pues, y que fluya rápido.
El 24 de diciembre de 1914 un grupo de soldados alemanes del frente Occidental comenzó a adornar con motivos navideños sus trincheras y a cantar, entre cadáveres abandonados en el fondo de los cráteres causados por los obuses, el célebre villancico 'Noche de Paz'.
La melodía llegó a las tropas británicas, que respondieron con más canciones navideñas. De repente, los viejos enemigos, cubiertos de barro y sangre, se entregaron a una tregua oficiosa que permitió recuperar los cuerpos de los caídos, oficiar sepelios, intercambiar tabaco y güisqui e incluso leer conjuntamente el Salmo 23, aquel que termina con una metáfora que allí no lo era: "Aunque camine por un valle oscuro / no temeré mal alguno porque Él está conmigo".
En la guerra, dice Ridley Scott en los créditos de Black Hawk derribado, no se combate en realidad por un país ni una bandera, sino por el compañero de trinchera, por salvarle a él y ser por él salvado. En 'La Vaquilla' Berlanga recrea esa vieja historia válida para la Primera Guerra Mundial y para la española, para Somalia y para Afganistán; para el siglo XX y para cualquiera de los anteriores y los sucesivos, que encuentran otro elemento común en la reacción de los mandos: ese armisticio temporal es indigno y contraproducente, y hay que evitarlo en el futuro. En el frente occidental, al año siguiente, la artillería redobló sus ataques para esquivar la tentación en las tropas de entonar, de nuevo, en inglés y alemán, el conmovedor Silent Night.
De algún modo, la tregua navideña ha llegado a nuestros días, y aun con razones distintas y contextos antagónicos, logra similares efectos: en las trincheras de los hogares las tropas cantan, comen y beben como si el mañana no existiera y el ayer fuera un mal sueño; mientras en los Cuarteles Generales políticos, sindicales o institucionales se mira para otro lado y se disfruta de mejores banquetes.
Y no se vive peor. Hoy, o el lunes a más tardar, la artillería volverá con el fuego cruzado y la aviación intentará que los campos ardan y las nubes sean de humo. Los generales, Zapatero el alemán, Rajoy el inglés; Blanco el británico, Soraya la germana; bien saben que la única manera de conservar sus galones es librar batallas desde cuarteles con calefacción mientras allá abajo, la tropa busca salmos para aguantar hasta el año que viene si el Dios de las balas y la Diosa del frío lo consienten.
A Jane Goodall le interesaban tanto los seres humanos que se dedicó a estudiar a los chimpancés para llegar a una conclusión disidente: “He comprendido, más que ninguna otra cosa, lo diferentes que somos de ellos”.
Leguina lleva toda la vida relacionándose con los monos de su zoo, y en ese largo viaje ha llegado también a una conclusión que se lleva poco en lo suyo, si lo suyo es la política: más que al plátano, la especie reacciona al palo y la zanahoria que desde fuera de la jaula empuña el dueño del látigo para conseguir que, allá dentro, el primate reaccione como el perro de Pavlov: el premio es la inclusión en una lista; y el precio perder los principios y acomodarse al traje de chimpancé que presta el carcelero.
Ahora ha dicho algo, Leguina, que responde a una petición de Goodall para la sociedad: si miraba para atrás, o adelante, a derecha, o a la izquierda, y no veía disidentes, se preocupaba de la chimpancización del homo menos sapiens, ya. “Sólo los hooligans creen que la política del PP sea catastrofista para Madrid”. Y otra: “Las esperanzas políticas de cualquier afiliado descansan más en la fidelidad al jefe que en el esfuerzo, la convicción y las ideas”.
Todos los males proceden de ahí, y más allá de que Leguina acierte en todo lo que dice queda claro que el acierto es decirlo: si mañana Solbes le dice a Zapatero, en su rostro monclovita, que la está pifiando; o si pasado alguno le espeta a Rajoy que está para vestir apóstoles; en breve dejaremos de protagonizar ‘El planeta de los simios’ para reescribir el único cuento válido en tiempos de zozobra, aquel que habla de un emperador desnudo y un par de críos renuentes a transformarse en la entrañable pero lerda chita.
Posdata. Aparte de los leguinismos sobre el mérito y la capacidad, hay otro estímulo de la política inigualable. Lo que no se hzo en 2009 por convicción y necesidad se hará en 2010 por miedo. Vienen curvas de reformas, aunque en el ancho arcén se encuentren ya preparadas toneladas de eufemismos para disimular las contradicciones, tan de mono, tan de Goodall: ella descubrió que no sólo el hombre sabe manejar las herramientas al fijarse cómo un primate deshojaba una rama para utilizarlo como punzón en un termitero.
Los cooperantes secuestrados por Al Qaeda pertenecen a una ONG de Barcelona. El Ministerio de Asuntos Exteriores, entre otros, se encarga de buscar la manera de liberarlos, como es su obligación y nuestra esperanza, pero sorprende que ningún Laporta ni ningún Carod haya reivindicado para sí la responsabilidad o, al menos, una parte de ella. Cuando hay problemas, a nadie le preocupa la españolidad si con ello ahuyenta el marrón.
Rubalcaba ha hecho un aviso a ETA, a costa de preocupar a todos los demás. Ésta es la única explicación decente para su anuncio, que afecta sólo a dos tipos de gentes: losque no necesitaban avisos porque que ya estaban prevenidos y preparados y a los que no les vale de nada porque no pueden estarlo. La opción de que sea una cortina de humo para invertir los designios del CIS es verosímil, pero también lo es una más perversa: si pasa algo grave, haberlo anticipado es una inteligente forma de tapar que no se ha sabido o podido evitar.
El PSOE y el PP vislumbran un Pacto de Estado en Educación. Y en Madrid se firma un acuerdo transversal entre Gobierno, sindicatos y Patronal. Nadie va a ganar ni perder unas Elecciones por consensuar algo con alguien en un país que tiene por icono a Belén Esteban. Ergo es sencillo impulsar cuantas reformas sean menester si el sentido común sustituye a la inanidad intelectual con la tranquilidad de que los votos no dependen de ello.
Rajoy se ha creído James Stewart en 'Qué bello es vivir', pero le ha salido Plácido, de Berlanga. Lo único bueno es que pone bien fácil una crítica merecida y extensible a tantos otros que van a reputados comedores sociales cada día a fotografiarse con un pobre entre clases de pilates y cocochas, compañeros. Con las causas sociales, es más fácil servirse de ellas que servirles a ellas.
A Benedicto XVI no le agredió una terrorista:se le abalanzó una señora. El Pontífice se lo ha tomado con más normalidad y elegancia que El Vaticano y la Prensa, más papistas que el Papa e incapaces de entender que la historia real tenía más Misterio.
Zapatero tiene algo maravilloso, reservado para flautistas y domadores de fieras. Ha ocurrido siempre lo contrario de lo que anunciaba en economía; a cada pronóstico comercial le ha sucedido una estadística oficial adversa y cada medida a adoptar ha sido sustituida por un paquete de eslóganes. Pero son los políticos, en general, quienes pagan el pato en el CIS.
Posdata. Metáfora española del momento, impagable: una reputada bodega aragonesa, Enate, se ha declarado insolvente. Sin palabras.
Los problemas empresariales de Díaz Ferrán son, en realidad, la metáfora de una crisis histórica que no perdona ni al representante máximo de los empresarios: lejos de ser un motivo de vergüenza y persecución, el hundimiento de una compañía presidida por el pope del sector debiera ser entendida como la prueba definitiva del formidable quebranto general de la economía española.
Pero la gestión que el afectado ha hecho de su problema, entre vergonzosa y punible, es también la metáfora del nivel general que en los cuatro lados de la mesa hay para atacar el problema. En lugar de mostrar con dignidad la herida sufrida, dar la cara hasta para que se la partan, presentarse en Barajas, negociar en primera persona una salida para sus clientes y, finalmente, presentar el martirio como un argumento definitivo para negociar un gran pacto de estado entre la política y los agentes sociales; el ínclito Díaz Ferrán lo ha transformado en una carga de prueba contra el conjunto de los empresarios que refuerza la inacción del Gobierno y recarga de energías a los acomodados sindicatos.
Hasta el Rey habla ya como si el paro fuera un cáncer, presentándolo como una enfermedad inesperada en lugar de como la consecuencia de una cadena de decisiones, o de falta de ellas, que puede ser respondida y atacada con los sacrificios que, ahí sí, también provoca la quimioterapia.
España tiene muchos problemas, pero el principal lo ha captado el ciudadano y reflejado el CIS: sus políticos son ya el tercer problema, o el primero si se tiene en cuenta que los dos primeros son achacables también a ellos.
En esa mesa ficticia hay un empresario que oscila entre el pelotazo y la huida; unos sindicatos que apelan falazmente al trabajador para conservar unas prebendas incompatibles con la miseria; un presidente del Gobierno que trata la economía como al clima, rezando a Manitú, y un jefe de la Oposición con alma de funerario.
Air Comet da, al menos, para un chiste cruel o una adivinanza facilona: Iban un presidente, un empresario, un sindicalista y una alternativa en un avión sin motores y sin paracaídas. Averigüen cómo hicieron para salvarse los cuatro, sorprendentemente, y a quién arrasó la aeronave al estrellarse. Feliz Navidad.
Gabilondo va a trabajar para Berlusconi, y Carlos Herrera para Roures. La primera obligación de una empresa es sobrevivir, pero si se dedica a la comunicación no le llega con eso: su producto es la credibilidad, y ésta se logra defendiendo ideas. El gran problema de la fusión es que a continuación se sigue en el barco: vender para vivir es humano, pero luego hay que marcharse para evitar que se consolide la idea de que sólo hay intereses: Il cavalieri no puede ser malo para Italia pero bueno para El País.
El PP del inefable Rajoy aprueba un 'Código de Buena Conducta' que impide conjugar verbos no reconocidos por la RAE pero alojados en el lenguaje cotidiano: gurtelear, por ejemplo. Es una medida indignante, por retórica y manipuladora. Donde hay estatutos internos y códigos penales externos no hacen falta catecismos, salvo para tapar el hedor y la falta de reflejos. Camps no llegó a tiempo a la puesta de largo del engendro. Qué metáfora.
“El burka no es bienvenido en Francia”. Lo dicen su presidente y su primer ministro, aunque hasta enero no se sabrá la opinión de la Comisión creada a tal efecto. Probablemente lo prohíba: tampoco hay crucifijos en las aulas. En España se está en lo segundo, no se atreve nadie con lo primero y se discute aún sobre cuál es el país y cuál su lengua. No tener lo básico claro genera siempre efectos secundarios absurdos y demuestra que la democracia treintañera es en realidad púber: a España le pasa con Francia lo que a Oriente con Occidente en cuestión de fe. Nos faltan años y nos sobra inexperiencia, pero todo el pescado está ya vendido.
Se confunden tiempo y clima, presentando la lluvia intensa, el frío extremo o la nieve inusual como una prueba de cargo contra los prescriptores del cambio climático. También se confunde la política con el partido. En ambos casos las previsiones más turbadoras son exactas. Pero hay más barro que tierra y más ventosidades que viento.
Las grandes potencias llevan un siglo contaminando al planeta. Pero ahora le cargan el mochuelo a China, un recién llegado. Es algo similar a echarle la culpa a Somalia de la obesidad infantil cuando empiecen a dejar de morirse de hambre. Lo cual no excluye venderles primero las hamburguesas y comprarles después el algodón industrial.
Posdata. La verdadera novedad no será que ETB difunda el mensaje navideño del Rey, sino que Telemadrid no lo haga. Si se la queda también algún Berlusconi, algo de dinero más habrá para todo lo que de verdad importa. Ya se apañará Juan Carlos I, de natural espontáneo, para dar un poco de espectáculo y lograr que en Euskadi, Valencia, Andalucía, Cataluña o Madrid algún programador, con principios o intereses, le de una porción en el prime time.
Wyoming y Ussía deberían dimitir o ser destituidos hoy mismo. Si era verdad lo que decían del otro, de los otros, no pueden ser compañeros ni un segundo más. Ni su nueva empresa fusionada permitírselo a sí misma. La otra opción es que, en adelante, nadie les oiga, o nadie les crea. O no vuelvan con éstas: dos españas fusionadas, pero en todo. Ahora sabemos, y no es poco, que ser Público o tener La Razón es una mera manera de ganar dinero, que puede cambiarse para ganar un poco más o perder un poco menos.
Los más antitaurinos son tal vez los más proaborto. No hay equiparación entre matar al toro e invalidar un embrión en ciernes, obviamente, pero si a alguien le pega ponerse tiquismiquis con el nasciturus es a aquel que confiere a esta tradición un valor estrictamente carnicero.
CC.OO, UGT, CEOE, IU, PP y PSOE no se ponen de acuerdo en nada, ni en la peor adversidad, pero sí en una cosa: en los sillones a repartir en Cajamadrid. No es lo mismo pegarse con los riñones de los demás en juego que no entenderse con los propios. Hace tres meses había que despolitizarla, ahora sólo faltan Felipe González, José María Aznar y algún padre de la Constitución.
A un 50% de la gente le ha gustado la agresión a Hertsch y a Berlusconi, aunque esté muy mal decirlo en público. Y al otro 50% le gustaría ver en el mismo trance a Zapatero y a Wyoming. No se conoce caso de un político del PSOE que haya visitado al presentador de Telemadrid en su cama hospitalaria. Ni uno del PP que haya defendido la evidencia de que Monzón sólo hace parodias. Muerto el Montesquiu de la división de poderes, está en coma el Voltaire que anteponía la defensa de una opinión adversa a la coincidencia con ella.
El Ayuntamiento de Jerez ha presentado un ERE. No es el único de España al borde de la quiebra. Hay muchos más, y también Diputaciones, Universidades y centros, institutos y organismos de toda laya que existen, básicamente, para incrementar la burocracia, dilapidar el dinero público, colocar al amigo y hacerle la vida imposible al ciudadano. Será más fácil verles quebrar, por inanición, que escucharle a un partido o un sindicato una propuesta que suponga un mínimo sacrificio. Tras el lince, nos acercamos pues a la extinción de la otra gran raza ibérica: ésta va a ser, casi, la última generación de funcionarios públicos.
El PSOE se atreve a quitar crucifijos, pero renueva la financiación de la Iglesia con el Vaticano. El PNV lleva a Dios en su escudo, pero apoya al PSOE en la Ley del Aborto. El PP está contra el Estatuto de Cataluña, pero en Cataluña el PP mira para otro lado para no enojar a CiU. Groucho Marx debiera ser canonizado: "Éstos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros".
Hay mucha gente con Aminatu, pero la huelga de hambre la hace ella sola. Si la secundaran, al menos, todos los políticos locales y nacionales, o todos los observadores, colaboradores de la ONU y eurodiputados que han vivido de algún modo del problema saharui, en dos días estaría en su casa.
Posdata. El Real Madrid necesita al Barça. Y viceversa. Más que fútbol, es una cuestión de mercado, sin más. El deporte es otra cosa.
Villalbilla se pronuncia Benidorm, aunque suena Sicilia a veces. No es la única peculiaridad: también se invierte allí la fábula del hombre y el asno, al ponerse la oveja delante del pastor, con un alcalde artista que ejerce el cargo desde la antítesis a su apellido. Es Borrego, pero dirige al rebaño atizándole con una vara de cerezo en las partes pudendas.
La solución a este caso, como a casi todos en la democracia municipal, pasa por una reforma que otorgue la alcaldía al partido más votado: España está llena de Villalbillas saqueadas por partidos minúsculos, tránsfugas de cemento armado, pactos de penumbra y acuerdos de medianoche que conculcan el sentido del voto ciudadano y consagran la sustitución del Ayuntamiento por el chiringo.
Mientras eso se hace, que se hará un poco antes de la reforma de la ley electoral que también algún día librará al Gobierno Central de turno del peaje nacionalista y sus derivadas financieras, sólo queda apelar a la decencia estética del Pacto Antitransfuguismo: es difícil que el pudor funcione con quien usa purines por colonia, caso del alcalde lanar en cuestión, pero sería inaceptable que no se intentara.
La vida y la historia están llenas de Borregos, de concejalillos mediocres que no saben escribir pero firman abultados cheques y de patadas a las urnas entre eructos autocomplacientes que ofenden y debilitan la confianza general del ciudadano en la política. Sólo hay un antídoto, decirle a este pavo, de una puñetera vez, que actúa solo, con su banda, sin otro amparo que su falta de vergüenza y su apego a la moqueta ajena. Si el PP del señor Granados sigue mirando para otro lado, será imposible ya no verle, para siempre, cubierto también de pura lana, erguido, con otra vara en la pezuña.
La agresión a Berlusconi ya tiene explicación: le pegó, con una catedral en miniatura, un enfermo mental tratado durante diez años. De ser cierto, el 30% de los españoles podría agredir en cualquier momento a Zapatero, por quedarnos entre homólogos. Las prisas del periodismo por explicar rápidamente lo que sólo puede contar tiene ese efecto perverso: generan leyes absurdas. Tanto lo es suponer que un trastorno mental sin especificar transforma al paciente en un homicida como concluir que los souvenirs son, viendo este caso, armas peligrosas. Ojo con los propietarios de giraldas y torres eifeles, si además toman transilium pueden ser muy peligrosos.
Más fácil de contar es casi todo lo demás que, sin embargo, se relata tortuosamente, si la luz de los datos prevalece sobre las sombras de las interpretaciones. Por ejemplo en la manifestación sindical del sábado: hay cuatro millones de parados, 140.000 empresas cerradas por la crisis y una combinación de deuda y déficit sin parangón en Europa. ¿A quién hay que protestar? No tengo la respuesta, lo que probablemente sugiere que en este caso no debe haber pregunta.
Pero si absurdo es chillarle al presidente que intenta parar la sangría, aunque no sé si sabe o puede, injusto se intuye hacerlo contra quien ayer, hoy y mañana debe crear empleo. Salvo que sea para distraer la atención: los derechos de los trabajadores los protege el Estado; y aunque increpar a la CEOE es siempre tentador, equivale a los autohomenajes con esa Iglesia que opina pero felizmente no gobierna.
También con la conferencia de presidentes autonómicos: Cataluña, Navarra y Euskadi llegan con un régimen de financiación propio y distinto al del resto de comunidades, en una situación difícil de encajar en el ideal democrático de que todos somos iguales ante la ley y la caja. Nótese que en estas regiones, a las que podemos llamar países si con ello evitamos el lanzamiento de butifarras o la fritura de espárragos, han gobernado partidos de todos los colores antes de concluir que el cónclave presidencial sólo debe valer para una cosa: aclarar si el Gobierno, como representante de los intereses de todos, va a consagrar esa injusticia o por contra a intenar subsanarla recordando que el valor de los territorios siempre es difuso, pero el de las personas prístino: Cataluña puede valer más que Madrid, o Canarias menos que Galicia, y a la inversa, pero es probable que un catalán, un madrileño, un gallego y un canario importen exactamente lo mismo.
Cajamadrid ofrece otro escenario para jugar a los perturbados con catedral arrojadiza con mayores probabilidades de acierto: cuando la Comunidad X iba a promover al persona Y en cumplimiento de la ley Z que le facultaba para ello, se apeló a la necesidad de evitar la politización de la entidad para abortar una operación legal presentada como un asalto testicular. Ahora van a dirigir al oso verde dos plantígrados de toda la vida, sin que ninguno de los que se pusieron estupendos antes lo hagan ahora: era, al final tienen razón, una cuestión genital.
Creo que el único cuerdo que queda en el mundo, en fin, es el agresor de Berlusconi: sabe lo que hace, lo hace sin excusas y pagará lo que haya que pagar por ello. Que le nombren, en ese orden, presidente del Gobierno, de la oposición, de Cajamadrid, de la CEOE, de los sindicatos y, a ser posible, de las comunidades históricas. Con referendum previo, si es menester.
En un encendido debate en la Cámara de los Comunes, Lady Astor no pudo reprimir su rechazo al discurso de Winston Churchill y le espetó a bocajarro, sin perder la compostura ni saltarse la hora mágica británica: "Si usted fuera mi marido, no podría evitar ponerle veneno en el té". El premier le respondió en el turno de réplica con jocosidad contenida en su pantagruélico rostro: "Si usted fuera mi esposa, me lo bebería gustoso".
Hubo un tiempo en que la política estaba cerca de la pintura, oscilando entre el trazo agresivo de Altamira, las líneas sutiles de Velázquez y los colores creativos de Picasso, pero sin perder nunca una perspectiva artística, como si quienes se dedicaran a ella se sintieran obligados a dar fondo y forma al cuadro que observaban desde fuera sin salpicarles con brochazos de gotelé. Baselitz, el pintor que expone sus obras al revés, decía que un trozo de papel era el mejor lugar para expresar un concepto, y algo así sentían aquellos políticos al subirse al atril del Parlamento, intervenir en un acto público o exhibirse en un medio de comunicación.
Ahora hay más trozos de papel, pero lejos de crecer las opciones de explicar un concepto, se han multiplicado las posibilidades de lanzar un melón, consolidándose una funesta alternativa al glorioso carpe diem consistente en no calibrar la barbaridad o el contrasentido de hoy por la seguridad de que mañana, o esa misma tarde, podrá enterrarse con otro: ni el incipiente número de soportes ni la facilidad para asentar una memoria fornida de lo dicho o hecho han activado las defensas y los límites de quien habla o escribe, en otra paradoja tendente a demostrar que la mayor exhibición no comporta mayor precaución si no todo lo contrario.
El último efecto de este fenómeno es su formidable capacidad de contagio: al desvanecimiento del político como portador de un mensaje constructivo que tenga en la asunción de los hechos la premisa innegociable se le suma la trivialización del receptor como mera fotocopiadora de la deyección recibida y la subsiguiente consecuencia para los dos extremos de la cadena. Unos y otros, políticos y ciudadanos, son para sus homólogos en el otro lado un mero enemigo a batir con el que nada se puede debatir si hay a mano algún argumento de carácter personal para replicarle, en una espiral recurrente que derriba, sin más, la posibilidad de entendimiento.
Desechamos sin asomo de vergüenza la imprescindible comparación, ruidos y lemas aparte, entre las recetas españolas para la crisis y las inglesas, alemanas, americanas o francesas. Transformamos la necesaria protección de la propiedad intelectual y la recomendable reflexión sobre la forma de gestionarla en un mero capricho, espurio, de la ministra Sinde y sus amigos del gremio. Acusamos al titular de Interior de querer espiarnos sin preguntarnos por la mejor manera de conjugar la obligación de frentar el delito con el derecho del ciudadano a no ser una víctima por ello.
Obviamos la complejidad de la política de Exteriores y la posibilidad de criticarla con un punto de sensatez para presentarla, simplemente, como una consecuencia de la estupidez congénita del titular de la cartera. Estigmatizamos la recomendable reflexión de Aguirre sobre la eficacia y el saneamiento de unos servicios públicos sometidos, aquí sí, a las ínfulas sindicales, al grito descompuesto sobre el lobo de la privatización. Y resucitamos la inquietante visión de las dos Españas -rojos y fachas; empresarios opresores y obreros oprimidos; ateos y creyentes- arramblando con la certeza de que unen muchas cosas más de las que separan.
La política no es idiota; simplemente ha entendido que es más comercial y sencillo movilizar a un rebaño que conducir a un ser humano. Churchill ganó una guerra sin bombas a una Alemania sobrada de ellas. Con la palabra. Ergo si salva, puede destruir: es lo que tiene sustituir la cicuta por matarratas y el té por la panceta.
Posdata. Virgilio Zapatero tiene verbo liviano, y es capaz de lograr que un tiburón cante delicadas arias en su estanque: esa virtud suya me admira, y no es la única. Pero como es político, churchiliano, ha terminado en Cajamadrid, como antes por serlo llegó a la Universidad de Alcalá. Mejor él que otros que sonaban, pero en este trozo de papel emborronado se vuelve a tratar la hemeroteca como a los libros deFarenheit 451: para querer despolitizar la Caja, como decían sin sonrojarse genoveses y ferracinos, nada mejor que dos patas negra. Al menos ambos saben mucho de infusiones.
No nos engañemos: los "defensores de la libertad en internet" quieren, sobre todo, que siga siendo gratis aquello que tiene sin embargo un valor. Otra cosa es cómo se cobra, cuánto se paga o quién lo gestiona: ahí la polémica, el debate, el conflicto y la propuesta es legítima. Lo ponen fácil, además, quienes ahora lo hacen, con una mezcla de codicia económica, sandez empresarial y tibieza política.
Ése es el dedo; pero la luna es el tan humano como imposible gratis et amore, escondido en sesudos argumentos que camuflan a duras penas el punto de partida evidente: la gente no quiere pagar por aquello que si pierde su precio, simplemente termina por desaparecer.
El debate se ha planteado como el de un elefante discutiendo con una hormiga, o un pollino con un cerdo, de modo que debamos elegir entre robar al creador o someternos al orwelliano ojo del Rubalcaba de turno, como si no hubiera más opciones: entre otras meter de una vez en la pomada a esas operadoras de telefonía que, amén de ser colaboradoras necesarias de cualquier tropelía, lo hacen con las tarifas más astronómicas de Europa pero el servicio más propio de una humilde aldea en la bella Tanzania, sin asumir una parte de la carga para el autor y restarle una porción del peso al usuario que ya paga su infame ADSL.
Hay que entender, sin más, que la propiedad privada es tal vez uno de los derechos más definitorios de una democracia auténtica, y proceder a partir de ahí con sentido común. Las leyes y los discursos intuyen que el comprador de un soporte digital lo utilizará para copiarse el último de Sabina o la penúltima de los Cohen, y aciertan en un porcentaje muy superior al que constituye el famoso canon con respecto al precio final del CD.
Y ahora supone también, con idéntica aunque indemostrable carga de prueba personal, que una página que sirve gratuitamente series de televisión o películas de estreno tiene por usuarios a internautas que van a disfrutar de ello sin renunciar al día siguiente a cobrar la nómina derivada de su trabajo: es dudoso que pasen horas conectados a sus servidores fijándose en las calidades del diseño de la web, o por olvido mientras hacen la cena, así que resulta razonable concluir que se están bajando esos productos con otro de esos programas que sólo sirven para tal menester.
Si vuela como un pato, anda como un pato y grazna como un pato, probablemente sea un pato, decía Walter Cronkite en mítico axioma válido también para un roto digital y un descosido cibernético. Así que menos gaitas, que el manifiesto es una engolada promoción del inexistente derecho a la apropiación indebida, y no deja de serlo por tener entre sus paladines a los Cuatro Jinetes del Apocalipsis 2.0, en cursi versión Connecting People.
Ni tampoco por la posibilidad de que el ladrón se crea Robin Hood y pueda serlo: hasta en la hipótesis de que la industria musical, las productoras de cine, las entidades de gestión de derechos y los políticos reguladores conformen una banda de cuatreros; el autor tendría menos derechos y su cliente más obligaciones. Otra cosa es cómo se hace eso, y ahora se hace mal: se puede discutir la envergadura; pero no el concepto.
Quizá un buen manifiesto sería, al fin, el que uniera los dos extremos de la cadena y situara en el mismo frente a creadores y clientes y en el otro a todos los demás: identificar al intermediario es una buena manera de facilitar el acuerdo entre las partes. ¿O acaso nadie se ha fijado en quién paga ahora el famoso pato de Walter?
Posdata. El Gobierno ha estado inmenso, una vez más, en la gestión del problema: ha partido de un diagnóstico equivocado para imponer unas medidas desacertadas. Sólo vale para pagar rescates, en fin. Aunque el problema no es sólo suyo, y tampoco es nuevo: el gratis total nunca ha existido, pero la burra se ha extendido. Espero que exista una buena oferta de copias legales de 'Amanece que no es poco'. Urge revisarla, que todos somos contingentes. Especialmente los ciberactivistas de sillón.
España está llena de ellos. El resto del mundo también. Son los bobos, una especie de acrónimo de bohemio burgués en el original inglés (bourgeois bohemian). O algo más: se solidarizan con dramas remotos, rememoran compungidos tragedias del pasado, enlazan su conciencia con causas tan dignas como distantes, exponen sus principios con solemne rotundidad y, finalmente, rechazan o rehúyen la aplicación de todo ello en las escasas ocasiones en que la prédica puede ir acompañada del trigo.
Es la traslación al ámbito de la conciencia del viejo chiste que define la esencia del progre, una figura de atrezzo que ha logrado ocupar sin embargo el nicho del de acción: “Alguien totalmente dispuesto a acabar con las dolorosas injusticias del mundo… con tu dinero”.
América está descubierta, la Revolución Francesa terminada, el Muro de Berlín derribado y la Guerra Civil, con su trágico reverso de exilio, persecución y Dictadura; felizmente enterrada: hay que recordarlas, claro, y a ser posible metabolizarlas para desarrollar un antídoto y una alarma: a la historia del ser humano le pasa como a la moda y a la chistorra; siempre repiten; y sólo esa combinación de memoria personal y esfuerzo colectivo es capaz de activar las defensas preventivas.
Pero vivir en las causas que no comportan algún riesgo es, ante todo, una cómoda manera de aprovecharse de ellas, de apropiarse de un legado ajeno para cimentar una imagen propia tan llevadera como beneficiosa: ahí hay una miriada de canonjías abundante, de fundaciones, patronatos, premios, ágapes, cursos, conferencias, recitales, viajes, rectorías y toda laya de prebendas vampíricas que invierten el sentido ético del compromiso decente: dar, no recibir.
Sólo tiene legitimidad para adueñarse del martirio ajeno –no, no íbamos todos en los trenes del 11-M; no, no fuimos todos represaliados por Franco; no, no todas son maltratadas; no, no todos son objetivo de ETA- quienes identifican patrones similares en su tiempo, realidad y geografía cercanos y exponen una parte de su plasma, su prestigio y su estatus a la tarea de enmendarlo.
Aminetu Haidar fue expulsada del Sáhara por no renunciar a sus ideas, por tener razones y por defenderlas con la palabra, que es la única arma de destrucción masiva realmente invulnerable. Habrá quien piense que no, pero hasta en esos casos la evidencia de su expulsión ilegal y la recepción fraudulenta en España no admitirá dudas: es una mujer separada de su familia y su tierra; ocupada, silenciada, perseguida y sometida, que se resiste pacíficamente como todo el Sáhara, un pueblo sin tierra modélico en su réplica a tanto abuso.
Todos esos principios remotos encuentran en este caso una excepcional oportunidad para ponerse de manifiesto, para ir al combate, para dejarse algún pelo en la gatera. También la guerra de Afganistán. E incluso el Estatut de Cataluña por su derivada económica insolidaria con el que menos tiene.
Añadan, si quieren y son capaces de obviar el ruido que ensordece el debate en todo esto y pone cosmética retórica para camuflar el fondo de la cuestión, la insoportable diferencia entre el trabajador y la empresa privada y el confort de la Administración y quienes la dirigen o trabajan en ella, que el Norte y el Sur no son sólo latitudes: cuatro millones de ciudadanos no tienen dónde caerse muertos; pero al ministro o presidente o alcalde de turno le sobran colaboradores y sus plantillas se cogerán quince días de vacaciones en Navidad para volver con fuerza en enero a ver si entre el IPC y los fondos ‘sociales’ la teta pública se ordeña una subida salarial decente.
Aminetu está casi sola. Le defienden cuatro impagables ciudadanos y un actor, Guillermo Toledo, que prescribió el Gürtel con su montaje sobre una boda escurialense y ahora demuestra que le importa más la verdad que las siglas. Pero Moratinos, que en esto es España, se limita a lamentar, hastiado, que esta tía no acepte el apaño: no entiende que los principios son fines y que los medios derriban esos principios.
No es el único que juega con las palabras y las conciencias. Estamos rodeados de camaradas de sí mismos. Otra de gambas, por favor, a la salud de la República. Por ejemplo. Y qué viva el Chef. ¿Guevara no?
La identidad catalana no se puede discutir: es, sin más, aunque lo es de distintas maneras. Esto sólo hay que decírselo a unos pocos catalanes: en el resto de España se entiende, de siempre, y lo hacen especialmente quienes la niegan. Sólo se ataca, o se rechaza, aquello cuya existencia se asume: quienes pierden mucho tiempo en negar a Dios de algún modo consagran una parte de su escaso tiempo a él, emulando al Unamuno de El sentimiento trágico de la vida: tal vez no le perdonan su indolencia, un reproche absurdo a quien simplemente no existe.
No es una cuestión de identidad pues, y ni siquiera de recelo a una nacionalismo imprescindible cuando opta por su raíz cultural y desecha su cortoplacista versión política: lo catalán, lo auténticamente catalán, sólo molesta a los ágrafos e ignorantes, como lo español sólo inquieta a los incultos y a los sectarios.
La cuestión es si ese respeto cotidiano, ese reconocimiento explícito, esa asunción rutinaria, esa defensa de lo particular y ese afecto por lo distinto que no lo opuesto ha de reflejarse o no en leyes específicas, regímenes económicos blindados y, en definitiva, unas reglas del juego alternativas que a fuer de asumir las peculiaridades de la parte amenacen la integridad del todo.
El Estatut responde afirmativamente a todo. La clase política catalana también. Y ahora se suman los periódicos, que han decidido pensar y escribir lo mismo y a la vez en un insólito Editorial conjunto que solemniza un burdo aviso a navegantes: si el reconocimiento no se plasma en un catálogo de excepcionalidades económico-juridicas, si el Constitucional no se atiene al guión preestablecido y si, en fin, no se reconoce que la única lealtad posible entre el Estado y esta Nación pasa por la renuncia del primero y el privilegio del segundo... os vais a enterar.
La élite catalana utiliza la incontestada identidad de Cataluña para justificar un ejercicio de egoísmo contable que, simplemente, hace inviable la jerarquía en España del criterio de igualdad entre ciudadanos y que, en términos domésticos más mundanos, equivaldría a una rebelión de las rentas más altas para no compartir sus recursos con las más bajas: si el Estado aplicara esta medida en el ámbito personal, el equivalente al Estatut sería la devolución del excedente que los más adinerados 'ceden' a las arcas públicas vía IRPF, condenándolas a un endeudamiento endémico o, como única alternativa, a la merma de oportunidades, servicios y subsidios a los receptores de esa solidaridad fiscal.
El problema, en todo caso, no es que ellos lo pidan, pues tiene una lógica aplastante aunque nada progresista intentar conservar hasta el último euro para uno mismo; sino que se conceda desechando la evidencia de que el único pacto decente en las cuestiones de Estado es el que pueden firman quienes lo estructuran y gobiernan alternativamente: que Cataluña pida mucho, poco, de más o de menos es comprensible; que lo asuman quienes tienen obligaciones globales para garantizarse antes la estabilidad política coyuntural que el futuro colectivo estructural resulta inaudito, aunque bien coherente con un país que criminaliza al empresario, confunde la creación de empleo con la protección social, subordina el Estado del Bienestar al bienestar de quienes viven del Estado y padece a una clase política que oscila entre el procedimiento penal y la flatulencia intelectual.
Haga lo que haga ya el Constitucional, el problema está servido. Visça Catalunya, siempre, pero la pela es la pela tú.
El presidente no sabe cuándo se volverá a generar empleo, lo que demuestra de manera incontestable que confía la recuperación al destino. Como vino se irá, sugiere Zapatero en un diagnóstico que no le procurará el Nobel de Economía pero le confirma como un hombre pegado a la calle: en todos los bares se escuchan reflexiones similares.
Al PP le parece peligroso el sistema Sitel, aunque lo compró Rajoy siendo ministro del Interior, lo que demuestra a su vez que le molesta más no poder utilizarlo que sus inquietantes efectos secundarios. Pide que se dude sin pruebas de Rubalcaba; y aspira a que se confíe, también sin ellas, en el ahora jefe de la oposición.
El Gobierno no ha explicado aún los detalles de la liberación del Alakrana, lo que denota que sin duda pagó: cargar un delito falso es calumnia, y en los últimos diez días se le ha acusado de cometer uno de libro sin que haya recurrido al fiscal general del Estado.
El Rey sanciona todas las leyes, incluida la previsible nueva sobre el aborto. Si la Iglesia ha amenazado con excomulgar a todo aquel que colabore con esta norma, ¿tiene algo que temer don Juan Carlos?
El 10% de los profesores de la Comunidad de Madrid no va clase cada día en la escuela pública, el doble que en la concertada. O unos no van trabajar estando sanos; u otros acuden a dar clase enfermos. La otra opción merecería un exhaustivo estudio científico: en la Administración hay algún virus selectivo que eleva las bajas y se ceba con los funcionarios.
En España nadie va a la cárcel por abortar y nadie quiere que eso cambie. La nueva ley no protege entonces a las mujeres: convierte un delito despenalizado en un derecho fundamental.
Zapatero ha anunciado diez veces la nueva ley de economía sostenible que presentará el viernes. Y Rajoy le ha llamado inútil en otras diez ocasiones por no evitar ni paliar la crisis. Pero ninguno de los dos ha sido capaz de explicar, con palabras inteligibles y medidas concretas, cómo esquivar el derribo económico de España.
El único grupo profesional que se ha librado del desempleo es el de políticos y sindicalistas. Tampoco hay paro entre los magistrados: la estabilidad laboral no les da, en el último caso, para redactar una sentencia de tres hojas sobre el Estatuto de Cataluña después de casi cuatro años.
En Euskadi el PSOE ha defendido que juegue la Selección Española y pase la Vuelta a España. En Cataluña, el mismo partido apoya referendos independentistas. Y en los dos lugares, el PP no dice exactamente lo mismo, mientras en Madrid sus direcciones nacionales no terminan de decidirse.
Posdata. El eufemismo siempre florece en tiempos de crisis: el Gobierno ya prepara uan reforma laboral, pero le llamará "un nuevo mercado de trabajo sostenible". O algo así. De nuevo resucita Don Mendo, auténtico icono del discurso político en las dos orillas: "Mejor morir que perder la vida".
Un hombre desfigurado por un accidente de tráfico conducirá los informativos de la muy británica Channel Five durante una semana para concienciar a la audiencia de este problema y acabar con los prejuicios sociales. James Partridge tiene la cara como el culo de una dromedaria, y la tiene desde los 18 años: la descripción no es morbosa, aunque pueda resultar políticamente incorrecta, sino acorde con la intención que impulsa esta innovadora estrategia de concienciación: no se trata de esconder la diferencia o de hacer como si no existiera, sino de asumirla , conocerla, observarla, describirla y finalmente aceptarla tras superar la inevitable incomodidad inicial.
Periodísticamente no es una decisión profesional, como cualquiera que ponga el acento en el periodista antes que en la noticia. Pero es humana y, a efectos comerciales, muy acertada: es un espectáculo, y cotiza más que la información.
Cerca de los estudios de la cadena televisiva, se va a proyectar otro espectáculo con vitola artística que se sirve, igualmente, de las anomalías: el Arts Council ha contratado a una bailarina, Rita Marcalo, para que sufra un ataque de epilepsia sobre el escenario, previa suspensión del tratamiento farmacológico que reduce los brotes: si antes no había periodismo, aquí no hay arte; pero se apela igualmente a la concienciación para justificar la performance.
El primer montaje ha gozado de un inmenso aplauso público; el segundo de una severa condena, aunque en ambos casos se muestra un estado real para sacar del armario la tara y evitar el pánico cuando en la calle se asista o se aviste algo así: se trata de entender la historia de amor y odio de ‘Freaks’, la tragicómica película de Tod Browning, y no de salir huyendo al cruzarse con la mujer barbuda o el gemelo jíbaro.
Tal vez la diferencia esté en que en un caso el dromedario no cobra y en el otro sí, pero es un matiz irrelevante: los dos debieran ingresar una cantidad para terminar de dignificar su esfuerzo y equipararlo con el de los titulares habituales en la escena.
En realidad no hay periodismo, como no hay danza, y tampoco hay concienciación. O sí. Pero la duda aclara el debate y lo traslada a su auténtico ámbito: el de la libertad de elección de quien monta un show, quien lo protagoniza y quien lo disfruta. O lo rechaza. Lo que no es ilegal puede ser inmoral, pero ése es un terreno tan resbaladizo como un dromedario practicando esquí en pleno ataque de epilepsia. Qué arte, y qué noticia.
Posdata. En Alcalá no hay cines, pero hay Festival de Cine. Una paradoja canalla que lo explica todo, sin embargo: la sociedad civil no mantiene nada, y lo que mantiene invierte en sí mismo. Aquí somos tan chulos que cuidamos más a la presunta cantera del cine español que al tipo que quiere ir luego a ver una película. El problema no es que haya chinos; sino que sólo haya chinos dispuestos a intentar algo. Todos retratados.
Cuando más Europa hacía falta, menos Obamas han buscado los genios de la lámpara en Bruselas. En tiempos convulsos se imponen los grandes hombres, pero los pequeños siempre se ponen a la defensiva: cuanto más alto sea el jefe, más se notará su enanismo y menos controlable será su pequeño mundo de liliputienses adinerados.
El nuevo presidente de la Unión Europea tiene por mérito principal ser un desconocido para todos, requisito imprescindible para poner de acuerdo a tanto burócrata: teniendo a Blair, a González o incluso a Aznar a mano; han optado por un tipo cuyo apellido es impronunciable para no tener que pronunciarlo demasiado. Aquí se quiere seguir hablando en francés, en inglés o en español; con ese tipo de catetería tan autóctona que convierte también la defensa del parloteo propio, sea catalán, euskera o castellano, en una línea divisoria y no en un puente de comunicación.
Tanto hablar mal de América, con la inestimable ayuda de ese tipo con aspecto de recórdman tejano en ingesta de productos de barbacoa, y ahora es América la única que reacciona con decencia ante el ocaso y la crisis: pone a un negro de corazón blanco para sacarnos los colores rojos; que mira a China y a Cuba distinto; que habla con enérgica sutileza de Corea y China; que libra y gana una pequeña gran batalla sobre la sanidad y que, aunque ayuda a los bancos y las aseguradoras, les pone deberes criminales por encima y no deja de lanzar mensajes de ánimo al resto de empresarios.
Aquí hacen todos el ridículo psicofónico con Sitel, que es una vergüenza si se usa mal y una bendición si se emplea con cabeza; lo hacen también con el Alakrana, con lo fácil que es explicarlo y entenderlo todo cuando hay 36 vidas de por medio; y lo hacen finalmente con la crisis y el desempleo, que va a batir marcas de nuevo en noviembre: la única respuesta a esto siguen siendo los juegos florales de los sindicatos, cada día más verticales; y los indignantes eufemismos de Heidi al respecto de ignotos modelos productivos que valen para una misa y un funeral.
En lugar de europeizarse España; se está españolizando Europa. Y todavía miramos por encima del hombre a esa América que nos salvó en Normandía y ahora atiende los SOS mientras aquí, tan pulcros siempre, seguimos de guateque. Del de Peter Sellers.
Posdata. Hay empresas que se aprovechan de la crisis, claro: Electrolux es de libro. A ésas hay que atraparlas con menos frases bienintencionadas y más recursos legales. Pero la inmensa mayoría también lo está pasando mal: pagan pero no cobran, y los Bancos auxiliados con prontitud dan menos crédito que un gitano vendiendo ajos. Sólo por eso, los sindicatos debieran contenerse. El 12 del 12 a las 12 salen a la calle con el lema "Que no se aprovechen". Y no es una confesión.
No se conoce acto de contrición alguno entre los bucaneros somalíes, ni tampoco declaración cristalina de presidente o vicepresidenta que desmonte la doble evidencia que ha posibilitado la liberación del 'Alakrana' mediante el comprensible procedimiento de bajarse los pantalones.
Esto es, ni los primeros han emitido un comunicado reconociendo su inhumanidad violenta, pidiendo disculpas y anunciando voluntariamente el fin del secuestro; ni los segundos han negado que hayan pagado un rescate millonario con la promesa añadida de que devolverán a los secuestradores detenidos a algún país de tradición carcelaria laxa en cuanto sea posible.
O sea, que 47 días de penurias después, de caras largas y apelaciones a la imprescindible combinación de discreción mediática, silencio familiar, consenso político, finura diplomática y talento judicial, se ha resuelto esto pagando una pasta a los delincuentes remotos y soltando con retardo artificial a sus compañeros detenidos, como pedían los captores desde el minuto uno con tanta claridad como ausencia de escrúpulos.
Ergo este tiempo no se ha invertido en lograr la simbiosis entre el corazón y la razón; entre la necesidad de evitar un drama y la obligación de respetar unas normas esenciales, sino en evitarle al Gobierno el engorro de reconocer que ha dejado morir a los secuestrados por defender la legalidad o, en su defecto, que ha tragado con todo con tal de salvarles. Ésas eran las únicas opciones, sin más.
El Gobierno no ha liberado a los marineros del 'Alakrana' rápida y diligentemente, asumiendo y explicando el coste que supone conculcar las reglas del juego jurídico y político con la previsible complicidad de quienes lo hubiéramos entendido sin problema: en realidad ha prolongado su cautiverio para simular que no iba a hacer lo que finalmente ha hecho, anteponiendo su propia imagen a la integridad de los compatriotas secuestrados y al predominio de la legislación vigente.
De todas las opciones que siempre tiene un político a su alcance, la única indignante de verdad es aquélla que, al calor de los eufemísticos secretos de Estado, trata de idiota al ciudadano para evitarse un ligero rasguño. Felizmente, no parece probable que nadie muerda el anzuelo: con los atunes lo que haga falta; pero a los besugos no le pasamos una.
1- España sufre el paro más agudo, cualitativa y cuantitativamente, de todo Occidente.
2- En los países con menor desempleo, el mercado laboral se rige por otras leyes a las nuestras: mejores o peores, pero otras en todo caso.
3- Rajoy se ha presentado a las Elecciones dos veces como candidato a la presidencia, y en ambos casos ha perdido.
4- El primer secuestro de un barco de pesca data del año 2.000.
5- En España hay dos regímenes financieros distintos: uno para Cataluña, Navarra y Euskadi y otro para el resto.
6- España se ha instalado sólidamente en el furgón de cola de la educación según todos los informes oficiales.
7- En España hay más funcionarios que en Alemania con un 30% menos de población.
8- Sitel puede, técnicamente, intervenir y grabar cualquier conversación privada por teléfono.
9- Los primeros y máximos receptores de dinero del Estado en la crisis han sido los bancos. Los segundos, las constructoras, bien por la aprobación de sus expedientes de suspensión de pagos; bien por el incremento de inversión en obra pública.
10- Ningún partido político ni medio de comunicación ni asociación de entidad ni la propia Iglesia ha pedido nunca que una mujer vaya a la cárcel por abortar.
11- La deuda pública y el déficit sitúan a España fuera de la zona euro si no se corrigen antes de 2013.
12- Los sindicatos no han convocado ninguna huelga general en los últimos cinco años.
13- Los sindicatos y la Iglesia reciben subvenciones del Estado.
14- La Ley de Memoria Histórica no detalla quién debe abonar la búsqueda de represaliados ni cuándo y cómo debe iniciarse tan noble tarea.
15- Las televisiones públicas, nacionales o autonómicas, han generado una deuda superior al billón de las antiguas pesetas.
16- Batasuna está definitivamente ilegalizada. La Policía detiene a los terroristas. Y los jueces les encarcelan.
17- Educación para la Ciudadanía no ha generado ningún colapso ni polémica en ningún colegio de España.
18- Euskadi funciona con normalidad tras el pacto de gobierno entre el PSOE y el PP.
19- El Tribunal Constitucional lleva tres años preparando una sentencia sobre el Estatut.
20- Gallardón ha gastado unos 30 millones de euros en intentar, dos veces, que Madrid sea olímpica.
21- La Comunidad de Madrid tiene cuatro puntos menos de paro que la media española.
22- El Banco de España ha demostrado con cifras que la combinación de paro, deuda y déficit complica a futuro el pago de pensiones y subsidios. Y la Comisión Europea lo ha refrendado.
23- Alemania ha reducido los impuestos en 24.000 millones de euros y tiene menos paro y más renta.
24- Obama ha logrado imponer un seguro médico, universal pero a la vez privado.
25- Afganistán empezó como Irak: por decisión unilateral de Bush y sin amparo de la ONU.
26- La población inmigrante no ha menguado pero la tasa de delincuencia se ha reducido.
27- Un alumno de la escuela pública cuesta al Estado algo menos del doble que otro de la concertada.
28- La CEOE representa al 10% de los empresarios del país. Los sindicatos al 10% de los empleados.
29- En Cataluña sólo se imparten dos horas de clase en castellano.
30- El tesorero del PP está imputado por el Caso Gürtel.
31- En España hay dos millones de personas que viven con 421 euros al mes.
32- El 51% de los italianos habla otra lengua o dialecto doméstico, pero el idioma oficial de todo el país es sólo el italiano.
33- El Consejo General del Poder Judicial está compuesto por juristas elegidos por los distintos partidos políticos.
34- En España se imparte una historia y una geografía distinta en cada Comunidad autónoma.
35- Cada año se incorporan a la Administración unos 100.000 funcionarios.
37- El sistema electoral español no valora igual cada voto: distribuye las actas de diputado por circunscripciones y no por el cómputo total de papeletas a favor de tal o cual partido.
38- Ningún partido de España celebra Primarias en todos los ámbitos ni defiende las listas abiertas.
39- La Iglesia tiene un discurso férreo sobre la familia, pero en su seno está prohibido tener una.
40- El PSOE no le ha dado una licencia de televisión en abierto a la editora de El Mundo. Y el PP madrileño ninguna Tdt al Grupo Prisa.
41- Francisco Camps ha reconocido ser muy amigo de 'El Bigotes'. Y las empresas de éste han facturado decenas de millones de euros a la Generalitat de Valencia.
42- Los grupos feministas no han dicho nada sobre un programa de televisión en Cuatro que encierra a un granjero con tres mujeres para que le sirvan tal y como él estime oportuno.
43- En el Sáhara no hay ni ETA ni IRA. En treinta años no ha cambiado nada su situación.
44- El próximo presidente de Cajamadrid será un político, llamado Rodrigo Rato.
45- Los presidentes de las cajas de Andalucía, Cataluña, Navarra, Euskadi o Castilla La Mancha son o han sido militantes de un partido político y/o cargos de un Gobierno autonómico.
46- El yerno de Aznar es propietario de una escudería y de un equipo de fútbol en Inglaterra.
47- Los españoles van un 40% más al médico que el promedio de la UE.
48- La Carretera de la Coruña tiene cuatro veces más carriles que la de Barcelona.
49- Ninguna Universidad española figura en los ranking mundiales.
50- La directiva europea sobre residuos (2006/12) impone la creación de una tasa de basuras.
51- Estados Unidos, España, Alemania, Francia, Reino Unido e Italia, entre otros, se han gastado más en sanear los balances de la banca que en ayuda al Tercer Mundo y en acabar con el hambre.
52- En Cataluña las Cercanías dependen de la Generalitat; en Madrid no.
53- Montilla y José Blanco llevan a sus hijos a colegios privados.
54- Todas las empresas eléctricas dan ganancias millonarias. La tarifa ha subido una media del 20%.
55- Está prohibido fumar en casi todos los sitios, pero el Estado regula la venta de tabaco en estancos.
56- La improductividad de la Administración se cifra en 35.000 millones de euros y cuatro puntos del PIB, según el gabinete de estudios del BBVA.
57- Las bajas en la función pública cuadruplican a las de la empresa privada.
58- Los diputados viajan gratis en avión, tren o autobús. Y tienen una retención en su nómina unas diez veces inferior a la habitual en los asalariados.
Posdata. Iremos incorporando más hechos. Estaría bien que lo hiciéramos todos. Y luego vendrán las opiniones que, para ser legítimas, honestas y de algún modo útiles, han de partir de lo único que no admite réplica: puede discutirse si la luna gusta más que el sol, pero no si es de día o de noche.
A los 81 años tiene mérito hasta retener la orina, sin que ello prejuzgue la clarividencia mental de nadie: en el Senado romano se apreciaban las blancas sienes, y no hay mejor momento para resistirse a las tentaciones terrenales que aquel que se aproxima al penúltimo de una vida. Como Oliart no necesita ya casi nada, aunque la vanidad no conoce edad, puede permitirse hacer de todo.
La cuestión no es ésa, sin embargo: apreciar sus virtudes o defectos es algo subjetivo; pero no lo es denunciar la indecencia de nombrar a un octogenario para dirigir una corporación que ha prescindido de todos los trabajadores de más de 50 años y que confiesa carecer de los más elementales conocimientos del medio.
La lista de bajas, remuneradas eso sí con ese cheque generoso que siempre tiene el Estado con el dinero ajeno, es apabullante, con voces que forman parte del eco biográfico de todo un país: José Ángel de la Casa, Fernando Argenta, Antonio Fernández, Agustín Remesal, Pedro Barthe, Rosa María Calaf... un ingente patrimonio de experiencia, sabiduría y trayectoria que desamortizó el fondo profesional de RTVE para acabar, por la brava, con el pozo económico en que se había convertido. Un procedimiento, por cierto, que es anatema en el resto de la Administración: quitarse funcionarios de encima, para siempre; pagando el precio que sea, a los de ahora.
Que no pueda por edad; que no sepa por trayectoria: ése es el perfil buscado por el Gobierno y pactado con la oposición para RTVE, lo que termina por definir su cometido: no hacer nada, pero poner la cara como si lo hiciera.
Que esto se haya hecho en la televisión pública más decente en lustros confirma que, en este sector, todo huele a podrido: los 572 millones de euros que el año pasado perdieron el conjunto de las televisiones públicas, a los que hay que sumarles el triple en concepto de subvención, conviven con un sometimiento descarado del servicio al poder correspondiente; con una gestión de las concesiones más propia de Venezuela que de España; con una legislación que hace y deshace sin otro criterio que ayudar o molestar al amigo o al enemigo y con un emponzoñamiento general de la pedagogía potencial del medio.
Arreglar el debate apelando a que TVE es mejor que Telemadrid o ésta menos manipuladora que TV3 pero más que TVG, que a su vez tiene menos pluralidad que la nueva ETB equivale a mirar el dedo en lugar de a la luna y esquivar la única pregunta que convendría hacerse: ¿Es normal que en un país donde hacen falta más escuelas infantiles, más investigación, más camas hospitalarias, más parques, más médicos, más colegios y más carreteras se pierdan 100.000 millones de pesetas al año y se gaste diez veces más en sostener una miriada de televisiones públicas que en el mejor de los casos no ofenden y en el habitual producen bochorno?
Lo que el corazón no logra, privatizarlas todas; lo hará el bolsillo: si a RTVE se la van a cargar, con un abuelito contratado para ejercer de killer y que se note menos, para repartir sus ingresos entre las televisiones comerciales; en poco tiempo no habrá bemoles para evitar que ocurra lo mismo con todas las Autonómicas. Gato blanco, gato negro.
Esto es metabloguerismo, o plagio identificado. Lo ha escrito Ramón Cotarelo en su blog, y luego Ignacio Escolar en el suyo. Ahora yo. Que nadie se dé por aludido, salvo el que deba hacerlo.
“Hasta en el feraz reino de los trolls funciona la distinción izquierda/derecha. Tengo observado que hay trolls de derechas y de izquierdas. Es falsa esa idea que circula por la blogosfera de que los trolls son lectores u oyentes de medios de derecha que, recibida la consigna del día, se lanzan al ciberespacio a difundirla al precio que sea. En lo esencial, sí; pero no sólo. También hay trolls de izquierda que presentan alguna variante, claro, con los de derecha. Por ejemplo, no precisan su ración diaria de doctrina; a estos ya los adoctrinaron de golpe para toda la vida de adolescentes y jovencitos y ahí siguen. Su doctrina, por lo demás, es tan elemental como la de la derecha: lo que no sea alabar sin cuento ni medida lo que les parece bueno es una traición odiosa y una muestra de torpor mental y bajura moral (...)
El discurso del troll reproduce fielmente los giros, expresiones y puntos de vista de sus gurús y alimentadores espirituales. He acabado rindiéndome a la evidencia de que con los trolls no funciona ese escrúpulo que tenemos otros mortales de formular a nuestro modo nuestros pensamientos; no al modo ajeno los ajenos pensamientos. Por sorprendente que parezca la disciplina es una actitud mental antes que un comportamiento objetivo (...)
El razonamiento del troll suele ser ad hominem contra el responsable o autor de la página que esté "trolleando" y amparado en el respeto a la libertad de expresión (…). Lo primero que cuestiona el troll es la condición personal del bloguero al que ataca, tratando de deslegitimar su razonamiento en función de presuntos intereses. De no conseguir su finalidad hace una valoración general del discurso que quiere torpedear lo empaqueta como "crítico con la oposición", por ejemplo, con independencia de sus razonamientos y de inmediato pide otro crítico con el gobierno porque da por supuesto que hay que equilibrar, ya que en ello está la virtud. Corona su operación planteando algún otro tema que nada tiene que ver con el de la entrada de la página que ha invadido, a ver si consigue desviar la atención. En el ínterin si puede insultar a algún comentarista previo para concentrar sobre sí la atención, no dejará de hacerlo.
Por último, el troll, cuya conciencia de la propia importancia (aunque firme como anónimo) es tan alta que es imposible compartirla, pretende denodadamente un engagement directo y personal con el bloguero al que parasita. Trata de singularizar la relación y entrar a ser posible en un "cuerpo a cuerpo" con el fin de agotar las energías del bloguero en debates insulsos, cuando no directamente absurdos; lo interpela y lo requiere de modo sistemático para tenerlo entretenido en el terreno que el troll escoge y en los términos, generalmente elementales y disparatados, que él dispone.
Pero la blogosfera no sería un territorio tan divertido si los trolls no existieran. Por eso, no los echéis de comer pero divertíos con sus ocurrencias”.
Los columnistas pueden elegir el tipo de arma, con silenciador o con bazoka, pero no deben jugar a la comba. Para exponer hay que exponerse, aun a riesgo de acabar pareciéndote a lo que dicen de ti, a menudo alejado de la realidad pero tan verídico que puede ser cierto: con los articulistas sucede como con los perros y sus dueños. Terminan pareciéndose, en una simbiosis extraña que no despeja la duda de si el can desarrolla apariencia humana o el hombre atributos animales.
Escribo esto tras comprobar que, con sutileza o sin ella, con razón o carente de ella, por voluntad propia o inducida; van a dejar de publicar sus columnas dos de los articulistas más sugerentes del momento. Enric González era mejor que sus lectores, o que esa parte de lectores de la presunta izquierda que no busca justicia ni arriesga nada, pero requiere de calmantes accesibles para su conciencia: la izquierda es compromiso con su tiempo, pero en España se conforma con hacerse cómplice de un pasado que no sufrió para gozar de un presente confortable y sin riesgos.
Verán apasionadas lágrimas al vent, emocionados recuerdos del exilio, iracundas admoniciones sobre la Inquisición y encendidos reproches al imperialismo torpe de Bush; pero difícilmente encontrarán añadidos a tan razonables causas remotas si las más próximas generan sacrificios personales, dolores corporales o molestias en la manada.
González era capaz de lamentar que un dirigente de UGT mandara a su “puta casa” al gobernador del Banco de España por defender una reforma laboral al objeto de salvar el Estado de Bienestar. Y también de preguntarse si acaso Zapatero estaba equivocado en su gestión de la crisis al comparar sus recetas con las de Alemania. O de dudar del contumaz reparto de papeles entre buenos y malos en un mundo, el de la política y el periodismo, donde la forma ha terminado con el fondo.
Enric González se va a Jerusalén como Arcadi Espada se marchó por el mundo, colocándose modesta pero infatigablemente al frente de la sociedad, sin querer tal vez, pero sin poder evitarlo. Algo se han dejado en el viaje, pero no hay pistola que dispare sin dejar un rastro de pólvora entre los dedos. Que aprendan, otros.
Posdata. El otro columnista es Rafael Reig, que sigue viviendo en ‘Hotel Kafka’. La moraleja la pone otro periodista, Germán Temprano, viejo amigo de tertulias, metido en IU para arreglarles la comunicación, escritor y autor de un blog, Jaula de grillos, muy recomendable. Él habla así: “En estos tiempos de blogs y redes ya ni siquiera puedes argumentar que se acalla una voz crítica. Aqui todos podemos ya decir lo que nos salga del níspero”.
Comencemos por el principio. Yo pagaría el rescate de los marineros del ‘Alakrana’ secuestrados en Somalia. Y liberaría a los dos salvajes retenidos en la Audiencia Nacional. E incluso, si fuera menester, les regalaría mi apreciada colección de discos de Van Morrison. Con mis respetos, y como simple metáfora de la disposición y las prioridades, habría que conceder hasta los calzoncillos de Moratinos, o los de Rajoy si aquí la unanimidad es salvífica, con tal de acabar con el cautiverio.
Y luego dimitiría, o haría dimitir por ese orden al responsable visible del acuerdo; al miembro de la judicatura que haya convenido someter la justicia a las arbitrariedades humanitarias y al incompetente, ministro o secretario de Estado o las dos cosas; que desde el primer secuestro en el año 2000 no hubiera adoptado las medidas de seguridad que ahora, al calor del drama, anuncia sin problemas.
Hay otra opción: juzgar cuando toque por turno a los dos terroristas y encerrarlos hasta que su clavícula se asemeje a la de un anciano; explicar que ceder a un chantaje sólo sirve para que haya muchos más; movilizar al Ejército y las fuerzas especiales para asaltar el barco y deponer a los secuestradores; recordar que la seguridad de la tripulación es ante todo responsabilidad de quienes la contratan y, finalmente, estar preparados para repatriar cadáveres y soportar la inevitable indignación de la opinión pública, capaz por cosas así de arrastrar por el lodo a un Gobierno.
Ésas son las opciones, y no hay más. O sí, que este Gobierno siempre riza el rizo para tratar de lograr el imposible: liberar a los secuestrados y que parezca un accidente. O se traga, o no se traga, y en ambos casos se asumen las consecuencias. Eso es lo que ha de hacer un presidente sensato que, por una vez, esté dispuesto a llevarse una bofetada y soportar personalmente una adversidad: su intento de pagar pero que no se note sólo sirve para prolongar innecesariamente el cautivero de cuarenta pobrecillos sin ganar a cambio nada más que tiempo para esquivar heridas propias.
Posdata. Llamar piratas a cuatro borrachos harapientos es un exceso del periodismo. La palabra siempre comporta imágenes, y éstas dulcifican la opinión sobre unos hechos. El pirateo remite a tesoros escondidos, holandeses errantes, galeones hundidos y mitos infantiles. Son otra cosa, aunque hoy se entreguen los títulos con facilidad: cualquiera con presencia en redes sociales es un activista; es periodista el primero que coge un micrófono para diseccionar el páncreas de un famoso, cutre pero indefenso; se llama cantante al chaval que le da bien al karaoke en televisión; o izquierda al que enseña un simple carné y repite obviedades sin exponerse a riesgo alguno. Para ser pirata no basta con sentirse Barbarroja.
Rajoy es un killer, pero de ocho a tres. Mata como un funcionario, en horario de lunes a viernes y al calor de un convenio colectivo que le convierte en jefe de servicio: no tiene que convencer al personal; le llega con tener de su parte a los cuatro compañeros del metal de turno, siempre solícitos si a cambio cobran horas extra.
El supermartes de este buen hombre, de mirada franca y ceceo entrañable, confirma que confunde el poder con la autoridad: la primera se consigue con los estatutos, pero la segunda se concede en la calle. Ésta es la que mide a Rajoy, a quien hay que juzgar por los resultados: lleva tantos años en esto que no resulta complicado seguir su rastro como al de un jabalí en el monte bajo.
Fue un mal ministro de Cultura y un mediano en todo lo demás; formó parte del Gobierno de Irak aunque no lo parezca; llegó al liderato ungido digitalmente por Aznar; perdió dos Elecciones tras echarle primero la culpa a ETA y después también; no se marchó después de ninguna de ellas; mató a padres y padrinos; cambió de camisola y de discurso para demostrar que con ninguno se identifica si con ello obtiene dividendos; dividió al partido promocionado al mediocre a cambio de adulaciones de autoayuda y, finalmente, se disfrazará de Rey Pirro o de Lot por Carnaval.
Ahora sale contento y satisfecho, que es algo que un político debe decir muy pocas veces si en el viaje no arroja beneficios a quien se debe y sólo logra pisar alguna cabeza de la manada propia. Pero es lo que tienen los killer de ocho a tres: se conforman con lograr un trienio, aunque allá fuera haga frío y el gentío se muera de hambre.
Posdata. Aguirre tenía razón, con la Caja y con Cobo, por la ley, por los votos y por el código penal, no por ella; ni por lideresa. Pero ella también ha demostrado que eso no es lo importante: en lugar de defenderlo hasta el final, lo ha entregado a ver si a cambio se enfría la cosa, exhibiendo que esos principios que dice tener también se pueden modular. Rajoy, de 8 a 3, sabe olfatear la debilidad y responder a la altura: un mordisco, en lugar de una flor.
Claro que existen las ideologías. El quid está en que no las representan los partidos que apelan a ellas, en la versión menos mala de quienes en el pasado también se resguardaban en su manto protector: antes nos salían Stalin y Hitler, Pol Pot y Pinochet; remitiéndose a las nobles ideas que cobijan tanto el marxismo cuanto el liberalismo de libro; y ahora brotan zapateros y rajois que, siendo nefastos, sólo aspiran al poder desde el respeto, la defensa y la asunción de los principios democráticos.
Cobo, tan corpóreo que al hablar huele a sudor, aclaró la diferencia entre las ideas y los partidos, que han logrado franquiciarse una mercancía que gestionan con el páncreas, al presentarse como un esclavo moral de Gallardón, un término opuesto al que Nietzche señalaba en su obra: lo que para el controvertido autor suponía negar los méritos del poderoso, para el nada nihilista vicealcalde supone exaltarlos por encima de toda mesura, en metáfora impagable del funcionamiento del poder de los partidos, medievales en su concepción feudal; totalitarios en su concepción del equipo; perezosos en la búsqueda del bien común.
La historia de Cajamadrid tiene la virtud de retratarlos a todos con la precisión del ojo de Cappa, el fotógrafo de Normandía que por una vez vez dijo más con una palabra que con cien imágenes al concluir que, en la guerra, “sólo puedes odiar o amar a alguien”.
El mismo Gallardón que convirtió su recurso contra los estatutos en una cruzada para salvaguardar los intereses de los madrileños, lo ha retirado sin explicación ni cambio mediante para garantizarse una silla bajo el sol genovés. La misma Esperanza Aguirre que recordaba el amparo legal y legítimo de la Ley vigente para proponer un nombre, envaina su razón y maltrata a su mano derecha para demorar el duelo que indefectiblemente terminará por librar hasta ocasión más propicia.
Los mismos medios que ocultaban sus líneas crediticias para hurtarle al lector que su defensa de uno u otro candidato tenía ese interés personal añadido ahora aplauden por un consenso egoísta. Y los mismos que en toda España han transformado la gestión de la caja de cabecera en una sucursal del Gobierno de turno, socialista, peneuvista o popular; no se quejarán de la nueva intromisión de la política si la política respeta la parte alicuota de intereses que tenían concedidos.
Los esclavos morales moran por doquier, y ahora llenarán las portadas de guiños. Pero no nos confundamos: algunas personas, decía Wilder, sólo hacen ese gesto para apuntar mejor.
Imagino a Zapatero repantigado en su sofá, con una sonrisa esdrújula, asistiendo al show del PP mientras pasa desapercibido el formidable contraste entre la recuperación económica de Estados Unidos o Europa y el hundimiento literal de España, que cae otro 4% mientras el resto sube ya un 3% y padece un tercio de nuestros parados.
En el peor contexto consigue la mejor oposición, comandada por un Rajoy en el que sólo creen los que de él comen, sin almas caritativas cerca que le digan que vive desde hace años en Alcorcón, provincia inopia, capital el limbo; pero encima no es el Real Madrid.
Incluso su álter ego anda con problemas, por mucho que quiera transformar la rebelión de sus gutis en un ejemplo de democracia. Gallardón tiene la misma habilidad que el presidente, ese verbo bonito que envuelve la nada o la contradicción o la paradoja o el error; pero carece del manejo de los tiempos del líder socialista: siendo suyo el futuro, aunque no suponga futuro necesariamente para nadie más, hace lo imposible por derrapar en el presente con ese tipo de impaciencia de quien tiene más ganas que ideas.
Cuando se habla tanto de democracia, interna o externa, suele haber un déficit clamoroso de ella, aunque la propaganda hábil, el periodismo de trinchera y la política del momento sean capaces de convertir en príncipe a la rana. El mismo Gallardón que obliga a votar a mano alzada a sus concejales, para quedarse con su cara, moviliza a un Cobo para no decir nada diciéndolo todo, con la seguridad de que nadie se fijará en los hechos desprovistos de pasiones: ni acepta la democracia resumida en una votación libre de los militantes del PP a favor de Aguirre; ni asume que la ley faculta a la Comunidad de Madrid a decidir el futuro de la Caja.
Es, él sí, la derecha radical de España, la que no asumió la legitimidad de la primera victoria de Zapatero y la que sólo tolera la democracia cuando asiste a sus objetivos, aunque tiene la habilidad de envolver su terrible discurso de fondo con un manejo excelso del verso alejandrino, sin sinalefas.
Todo lo demás son intereses, negocios, ambiciones y cálculos que también existen en la otra orilla, pero con un matiz: al menos les asiste la ley, para gobernar la Caja; y el voto, para presidir el PP. No es poco, no da para obviar que las leyes deben cambiar cuando protegen un error; pero es mucho más que lo que pueden alegar quienes defienden, sin más, el quebranto del ordenamiento jurídico desde la demolición ad hominem -tan fascista esto- del otro.
Con Gallardón no es extraño. Siempre hace lo contrario de lo que dice o dice lo contrario de lo que hace; o calla de lo que debe y habla de lo que debería callar: se supone su deseo de presidir España, pero a estas alturas es muy difícil adivinar para qué. ¿Qué piensa el alcalde de Madrid del sistema financiero autonómico? ¿Es compatible la igualdad con un cupo vasco, un régimen foral navarro y un estatuto catalán a la vez? ¿Retiraría las tropas de Afganistán? ¿Ha llegado el momento de retocar el concordato con el Vaticano como impone un estado laico? ¿Es partidario de ir más allá o más acá de la despenalización del aborto? ¿Cómo reformaría la Administración de los 4 millones de funcionarios? ¿Qué alternativas expone para evitar la crisis de las pensiones, los subsidios y los servicios públicos preconizada por todos los especialistas y Premios Nobel imparciales? ¿Retocaría y cómo el mercado laboral? ¿Cómo gestionaría los estragos del Gürtel? ¿Cómo dirigiría la educación y la sanidad de aquí a diez años?
Todas son preguntas en cuya respuesta se adivinaría la estructura intelectual y política de quien aspira a hacerse cargo del futuro, pero en ninguna de ellas hay respuesta. Sí la hay en los versos engolados y las declaraciones de principios eufemísticos, y también en los hechos como gestor de una deuda paralímpica, de un Madrid bombardeado, de un IBI que trata al currante como un vecino de La Moraleja y de un afán recaudatorio que no conoce límites.
También en su negativa a asumir la derrota y en su disposición a convertirla en una cacicada del ganador sin explicar para qué quiere el juguete ni qué está dispuesto a cargarse con tal de lograrlo. En esto sí hay una diferencia con Zapatero: el presidente primero lo fue y luego ya nos decepcionó.
Posdata. Es obvio que prefiero a Aguirre, no por Aguirre, si no porque tiene la ley de su parte. O no sólo: me quedo con ella y con todos los que van de frente. Pero en este país hay más creencias que ideas, y se lleva más los gallarteros, los zapardones; que los leguinas, los guerras, los anguitas, las aguirres, los cayoslaras, los patxislópez, los aznares y ese tipo de políticos que no engañan ni se resisten a defender abiertamente aquello en lo que creen, aunque no sea lo mío. Si ya acertaran, seríamos Inglaterra. Conformémonos con que al menos no se escondan.
Gallardón no dirigió nunca Titirimundi, pero es un experto en la materia, que sintetiza con otro arte noble de la actuación bautizado como ventriloquia. Él habla, pero la boca que se mueve es la de otro, que acompasa el verbo con el movimiento de navaja. En tiempos de política tactista, calculadora, superficial y cobardica; se agradecen las bocas grandes y los combates cuerpo a cuerpo, y en ese sentido sería encomiable que el alcalde de Madrid diera el paso para a) fusilar políticamente a Aguirre y b) ejecutar a Rajoy al amanecer. O al revés, pero en ambos casos con ese tipo de impulso que conduce a la victoria y expone a la derrota: o César o nada.
Optar, sin embargo, por tirar la piedra a través de interpuesto y guardar la mano, acaba generando autolesiones. Gallardón saca a pasear siempre a Cobo, útil y capaz también de exhibir la que es, a la vez, mejor y peor virtud de su jefe: es capaz de convertir en agresiones fascistas las derrotas democráticas; pero también exhibe con ello una falta de escrúpulos galopante.
Cuando a Cobo y Gallardón sus militantes les dan la del pulpo, acusan a la mayoría de todo tipo de mezquindades, aunque la cosa tenga un explicación más sencilla: simplemente, prefieren a otro o a otra, con razón o sin ella, con buen gusto o carente de él; pero en todo caso con la misma legitimidad que respalda el mal gusto o el bueno de los madrileños para convertirle a él en su alcalde: a mí me parece que ha transformado la ciudad en Mordor, con oscuras zanjas, ladrillazos, ejércitos de grúas y una atonía impropia de quien parecía disponer de elevados gustos cosmopolitas; pero soy capaz de aceptar que los madrileños piensen de otra manera.
Ahora sucede de nuevo con Cajamadrid, que no lleva un oso por logo de casualidad ni permite comportarse como la ovejita de Norit. Nadie es del todo inocente ni del todo culpable, pero sorprende el descaro con el que se ataca la mera aplicación de la ley y se transforma al asaltado en asaltante con un único fin: a ver si hay leches entre Aguirre y Rajoy y aparece un salvador a la altura de las circunstancias. Si pica el presidente del PP, tan dado él a pasar del "cáspitas" al "te vas a enterar", el pérfido e inteligente pero falso Gallardón habrá demostrado que en cuestión de títeres, él es la única institución.
En Cajamadrid se rueda 'Corazón blanco, cazador negro' desde que a su presidente, el ahora mudo pero nunca manco Miguel Blesa, le diera por dedicarse a cazar elefantes. Si tienes sólo un caballo, es probable que todo el mundo piense que lo has robado; pero si dispones de una cuadra con dos decenas, supondrán que te encantan los caballos. A esa máxima se ha agarrado el hombre que vino de Aznar para provocar un cataclismo: de haberse ido cuando marcaban los estatutos, dando las gracias a los amigos por tantos años de pitanza y sueldo de sultán, a estas alturas la Caja se dedicaría a distanciarse de tantas de sus homólogas al borde de acudir al Monte de la Piedad y no malgastaría sus caudales en vergonzosas exhibiciones de poder, querer y temer.
El ruido suele confundir y distraer, pero si se baja el sonido queda un paisaje deprimente que, como una metáfora de nuestro tiempo, resume todos los males en uno: la política no se entiende ni pacta por principios, caigan los chuzos que caigan, pero sí lo hace por dinero. Y no hay ley que valga si estropea una ambición. Así, podemos ver a todo un alcalde de Madrid pidiendo, como si fuera un tipo sensato, que el futuro de una entidad independiente se decida en un despacho ajeno a la ley que regula el procedimiento, sin que ningún juez especializado en delitos monetarios le pida explicaciones. O a un jefe de la oposición madrileña que, tras tragar lo intragable de Ferraz y perseguir a sus rivales del PP con mirada de psicópata; ahora se enfrenta a sus papás y acepta a sus enemigos a cambio de una parte del pastel del oso verde.
O a esos sindicatos especializados en brochazos que dibujan ahora con tiralíneas para sentarse en el banquete mientras Zapatero y Rajoy, que no hablan de lo que deben nunca, encienden puros a medias para ver dónde ponen la ceniza. Disparar a un elefante, que mira como un niño, no es caza: es un crimen.
Que decida pues quien, en el cenagal, tiene los derechos legales atribuidos: no parece mucho, pero es lo único a lo que aferrarse para superar el atracón de celos, intereses, conspiraciones, atentados y excesos escenificados en una película que comenzó con Eastwood y va a terminar como La grande bouffe: no hay comilona que no provoque estragos suicidas.
Rajoy ya no acierta ni cuando se corrige, tal vez porque se equivoca cuando cree acertar: de todas las latitudes que miden las coordenadas de un político, la peor es aquella que señala su triángulo de las Bermudas. Si decides con esa zona ubicada entre el culo, el ombligo y el estómago, sueles terminar desaparecido en el océano.
Ahora ha echado a Costa por ser muy Ric, por tener cara de susurrarle a los Lacoste y por su seseo infinity, que es a los pijos como el regüeldo a los piratas: se les supone. Pero sostiene a Camps y a la vez dice que el Gürtel no es nada, perdiendo las únicas dos opciones que tenía. O subía por la escalera defendiendo a todos a cal y canto; o las bajaba echando a todos los implicados. Tirarse por el hueco no es ni gallego ni genovés, y a eso suena sacrificar al más tonto o al más a mano para decirle a cada uno lo que cree que quiere oír: como con el aborto, que ni está ni deja de ir, creyendo tal vez que el gentío es idiota y se traga sus medios embarazos.
Como tampoco se puede estar medio muerto, es posible que Rajoy se haya suicidado ya y emule sin saberlo al Bruce Willis del Sexto Sentido: por donde pasa hace frío, y lleva en el rostro esa marca inconfundible de los habitantes en el limbo.
El hombre que empezó a la búlgara en Valencia; puede terminar a la griega en la misma ciudad. O a la romana, apuñalado cualquier día por quien creía su mejor aliado. Más digno sería convocar un Congreso y demostrar que le gusta más, de verdad, registrar las propiedades que quedárselas de cualquier manera.
Obama mira como Denzel Washington, y ha llevado el clásico del Air Force One de la pantalla a la vida real, como en La Rosa Púrpura del Cairo: el mundo proyecta la misma película desde la noche de los tiempos, pero de cuando en cuando un galán bueno cruza el limbo, salta al patio de butacas y hace feliz a la chica, incrédula y deseosa de que el sortilegio encerrado en sus ojos obre el milagro.
Obama es de todos, y por ello está expuesto: le tienen reservado, tal vez, el otro guión cinematográfico de gran tradición en América, aquel que simula, recrea o explica el crimen de su presidente, que en esto también se parecen a Lincoln todos los inquilinos de la Casa Blanca. Allí llega Zapatero, en una imagen que vale más y es mejor que la de Aznar repantigado en ese rancho que olía a costillas, farias y vino cabezón: más allá de cuáles sean las intenciones de los dos presidentes españoles con traductor simultáneo –menos footing y más idiomas, que dan un espectáculo penoso–, y aun suponiéndolas buenas en ambos casos, no hay color.
Pero sólo hay un Obama, que busca la sanidad universal y pelea contra la crisis sin criminalizar al empresariado; que sanciona Irak sin huir y se queda en Afganistán sin querer; que condena Guantánamo pero no hace campaña de ello y que, sobre todo, antepone su país a su aritmética electoral. Zapatero se parece a Obama lo mismo que Aznar a Bush, pero los presidentes españoles se asemejan bastante: el uno, por la brava, no entendió la diferencia entre poner los pies en una mesa y a un país en el mapamundi; y al otro le da igual el fondo si con la forma logra su objetivo.
Tiene consecuencias peores salir en la foto de las Azores, tal vez, pero no es para tirar cohetes montar con eso una verbena si luego se pierde el trasero por una foto sin niñas a cambio del apoyo al cuarto azorí; el tal Durao Barroso; el refuerzo de efectivos en la guerra de Iraquistán y la hospitalidad pelota para los reos de la cárcel de las torturas.
Zapatero también quería encarnar al héroe de la película de Woody Allen, pero le ha salido un Paco Martínez Soria que tira de espaldas.
Posdata. Gürtel es una onomatopeya de eructo cacofónico que también concede su minuto fílmico a Rajoy, atrapado en Ozores: la fauna valenciana, con el inenarrable Ric Infinity a la cabeza, parece extraída de Los energéticos. Qué país.
No llegar a final de mes anestesia, aunque a menudo se nos olvida con el resto: miramos a la India, o a China, pidiendo que no contaminen con su frenética actividad industrial, después de treinta años de jolgorio nuestro y pobreza suya. Pero el caso es ése: un sofisticado policía gansea en el Faisán con ETA cacareándole una acción inminente y no pasa nada. O un aspirante a presidente del Gobierno tiene por tesorero a un tal Gürtel, sin papeles ni permisos, tirando migas de pan en el campo para poder volver a casa y abrir la caja B. Y tampoco pasa gran cosa.
El profesor Kao ha ganado el Premio Nobel de Física por descubrir una innovadora manera de transmitir luz por fibra óptica a larga distancia. Tal vez las bases del galardón circunscriben al ámbito científico lo que, en el político, está bien superado: irradiar destellos cegadores, de norte a sur y de este a oeste, forma parte de la rutina de los laboratorios de Génova y Ferraz, en los que el pobre Kao apenas pasaría de la categoría de chico de los cafés.
Hay más indicios de ese cloroformo social. En España se duplica el paro, el déficit y la deuda del resto de la Europa moderna, pero el presidente de los cuatro millones de parados es capaz de satanizar entre aplausos a todo aquel que, con la mejor intención incluso, le sugiera mirar a Francia o Alemania, a ver cómo gestionan su fisco, el funcionariado, la banca o el mercado de trabajo. Y el que tendría que torcerle la cabeza, para obligarle a mirar y cerrar un poco la boca, anda con tortícolis tras esconderse bajo la mesa, a su edad. El tal Zapatero es un desastre con buen pico; y el no menos tal Rajoy parece Romay metido en el Parlamento: está para hacer gracietas en Tele 5, pero las suelta o las calla en el Congreso creyéndose una estrella del baloncesto Boyle y Smith han ganado el mismo premio, en su caso por inventar la base de la tecnología digital que permite recoger imágenes sin imprimirlas antes en una película, como si estuvieran allí desde siempre, dispuestas también a proyectarse en el momento adecuado. Como el café está adjudicado, ellos se dedicarían al noble manejo de la fotocopiadora, que no hay descubrimiento que termine del todo con la artesanía. La anestesia, sin ir más lejos, se pone cada día manualmente desde la noche de los tiempos.
Posdata. Juan Van Halen se toma unas vacaciones. Es un periodista metido a político, un poeta que pelea por sus ideas y lo más parecido a Churchill que pasea su genialidad por estos lares patrios tan poco proclives a la finura intelectual. Creo que volverá pronto; pero creo sobre todo que hace falta que vuelva muy pronto. En general.
La guerra de Irak no era sólo mala porque anduviera metido en ella Aznar, en posado azorí junto a ese no menos preclaro Barroso al que la izquierda presunta tanto aúpa y medallea; ni tampoco lo era por carecer del amparo de la ONU, esa organización que es a la paz lo que el COI al olimpismo: nadería rimbombante para calmar conciencias facilonas. No arregló nada de lo que estaba mal, y le añadió nuevos problemas, entre los cuales la extensión del yihadismo y el exterminio de civiles son vergüenzas ya incuestionables.
A Afganistán le pasa lo mismo: se inició con Bush y sin ONU, aunque la prensa ligera y la memoria piscícola ha obrado el milagro de hacerlo pasar por una especie de Woodstock del humanitarismo humanitario y humanizado. En su caso, no es bueno porque lo respalden el PSOE u Obama, ni tampoco por disponer del amparo algo menos tardío pero igualmente sobrevenido de las Naciones Unidas y del plácet del Parlamento español. Eso lo hace más legal, pero en términos morales, políticos, humanos y prácticos no lo convierte en mejor ni en más digno.
Con las guerras, la política internacional y el Ejército, en España se ha jugado en los últimos diez años como el tipo nuevo que llega del pueblo y, para hacerse querer, invita a una ronda a todos los paisanos. Se olvidan los principios y se opta por esa mezcla siempre indecorosa que componen el marketing de consumo interno y la táctica de vuelo corto: al final, los mismos que denunciaban con razón la improcedencia de Irak se pasan ahora el día echando perfume al hedor de Afganistán, en la creencia no desmentida por los hechos de que el gentío morderá el anzuelo sin problema.
La verdad es distinta, sin hipocresías ni apelaciones a lo políticamente correcto: más allá de aspectos formales de valor cero cuando hay muertos a mansalva en las calles y del objetivo beneficio cínico que constituye concentrar terroristas en un punto remoto del planeta; en Irak y Afganistán se perpetra la misma fechoría, se somete a la población a un martirio doble y se perpetúa un efecto en cadena que promete lo peor para mucho tiempo. Lo diga Agamenón con su bigote, o el porquero con sus cejas.
Posdata. No será el último, pero es de los primeros de Madrid: el Ayuntamiento de Alcalá ya ha anunciado que un tercio de su plantilla estará de baja, seguro, por la Gripe A. Se desconoce si la inaudita invitación municipal incluye cena-baile con barra libre o si quedará en un asueto consentido a cargo de la casa. El ingenio para disfrutar de la crisis no conoce límites en la Administración.