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24/06/2010 (13:08)
Romain Rolland era un escritor francés hoy bastante olvidado, incluso en su propio país. Se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1915, fundamentalmente por su novela Jean-Christophe, una historia desarrollada a lo largo de diez volúmenes que narraba la heroica vida de un músico alemán esperanzado con la idea de una humanidad reconciliada. El jurado justificó el premio: “...como tributo al elevado idealismo de su autor". Tengamos en cuenta que la Gran Guerra estaba en su epicentro. Rolland admiraba a Tolstoi, a Gandhi y a Tagore y él se consideraba asimismo como otro apóstol de la no violencia. Sin embargo, a partir de 1935, tras ser invitado por Máximo Gorki a descubrir la Unión Soviética y conocer a Stalin, rompe radicalmente con el pensamiento de la no violencia y con Gandhi para involucrarse de lleno en la guerra de la causa soviética; con toda probabilidad manejado por Willi Münzenberg, siniestro artífice de la eficaz seducción de los intelectuales europeos hacia el stalinismo (fundamental la lectura del libro de Stephen Koch, El fin de la inocencia –Tusquets– para sobrecogerse con el tema). Tan sólo cinco años más tarde, en 1940, cuando Francia se echa vergonzosamente en brazos de Hitler, un Rolland derrotado y abatido, escribe: “Un idealista jamás debería entregarse a la política. Siempre acaba por ser el embaucado, la víctima. Se sirven de él como reclamo para tapar el cubo de la basura, de las canalladas y de las maldades".
El siglo de los intelectuales, de Michel Winock Es probable que Rolland no sea el personaje más representativo de este atractivo y contundente estudio de Michel Winock que la editorial Edhasa acaba de publicar en castellano con el título de El siglo de los intelectuales, pero sin duda su perfil desdibujado y contradictorio, ayuda a fijar la imagen de los avatares del intelectual a lo largo del dramático siglo XX, cuando filósofos y escritores se convierten, a través de los medios de comunicación, en figuras públicas, elementos fundamentales del sistema cultural y de la sociedad en su conjunto; piezas temidas y a la vez codiciadas por los partidos políticos que permanentemente sueñan con abatirlas y domesticarlas para sus fines últimos. A lo largo de más de mil páginas, Winock lleva a cabo un exhaustivo recorrido por la historia cultural de Francia en el último siglo, cuyos ejemplos son asimilables a cualquier otro país en idénticas circunstancias.
De Zola a Sartre El volumen arranca con el famoso ‘Yo acuso' de Emile Zola, carta abierta dirigida al presidente de la República que apareció en la primera plana del periódico L'Aurore el 13 de enero de 1898. Un alegato a favor del capitán Dreyfus, de origen judío, acusado de alta traición y condenado a cadena perpetua en la Isla del Diablo. Sin duda con Zola nace la figura del intelectual que alecciona y moraliza. También es a partir de aquí, cuando enraíza la simiente de la controversia entre las dos Francias, la nacionalista, xenófoba y antisemita y la que aún se siente orgullosa de aquella Declaración de los Derechos del Hombre, ya lejana en el tiempo y en la memoria. El libro se cierra con un extenso epílogo titulado ‘¿El fin de los intelectuales?’, lúcida reflexión del autor al describir la inhumación de Jean-Paul Sartre en el cementerio de Montparnasse, el 18 de abril de 1980. El fin de aquel hombre que según palabras de Raymond Aron: “Vivió el drama de un moralista en la jungla de la política".
Algunos ejemplos de interés A primera vista el volumen puede resultar abrumador por exhaustivo, a pesar incluso de la prosa fluida y amena narrativa con la que Winock ha construido su meticulosa disección sobre la incómoda presencia del intelectual en la historia, ese temido personaje que pretende huir de los dogmatismos, no siempre con éxito, a la vez que no duda en mostrar su escepticismo ante cualquier utopía, sea del signo que sea. Me gustaría señalar unos pocos capítulos de interés, a modo de cata para que el posible lector se decida ahondar más tarde, con mayor detenimiento, en el soberbio conjunto de estas páginas.
Gide en el país de los sóviets En 1951, a la muerte de Gide, autor tan controvertido como fundamental para entender el siglo XX, la derecha y la izquierda coincidieron por una vez: la prensa franquista lo comparó con Satán y en Francia el partido comunista proclamó con desprecio que: “Había muerto un cadáver". Para entender estos juicios de valor tan sólo bastaría con leer su libro Regreso de la URSS o examinar de nuevo su discurso ‘Defensa de la cultura’, una abierta denuncia contra el peligro de los fascismos en vísperas del inicio de la guerra civil española. A lo largo de toda su obra, Winock nos enriquece con una rigurosa información sobre la importancia de las contradicciones de Gide, pero es en el capítulo 31 donde nos desvela todas las claves del desencanto tras su viaje a la Rusia de Stalin.
Bernanos y los grandes cementerios bajo la luna Georges Bernanos, escritor conservador y católico, residía en Mallorca cuando estalló la guerra civil. Su ideología le hizo, en un primer momento, apoyar la insurrección militar pero cuando la isla, tomada por el bando nacional, se convirtió en el espantoso escenario de un brutal exterminio, en un terrible masacre con la connivencia y el aplauso de la Iglesia Católica, entendió que aquello era el prólogo de los horrores que el fascismo extendería más tarde por toda Europa. Escribió entonces Los grandes cementerios bajo la luna su particular crónica sobre la barbarie. El hasta entonces admirado y respetado autor de Diario de un cura rural, tuvo que abandonar su patria adoptiva para siempre.
Malraux y la acción Dicen que lo que más le gustaba a André Malraux era disfrazarse de piloto aunque nunca supo pilotar un avión. El autor de La condición humana entendía que el intelectual no era solo un hombre de cultura, sino que también debía unir a la lucidez, la acción. Por eso decidió desde el primer momento que no bastaba con hablar a favor de la República Española, sino que había que actuar. Su discutida actuación a cargo de la escuadrilla España es analizada en estas páginas, así como la valoración de su novela L'Espoir y su posterior película basada en ella Sierra de Teruel.
La recomendación: Malraux en Alcalá Como complemento a El siglo de los intelectuales y sobre todo como curiosidad para lectores alcalaínos, recomiendo el libro, también publicado por Edhasa, Malraux en España, escrito por Paul Nothomb, compañero de aquella aventura de aviones y guerra; con prólogo de Jorge Semprún y las fotos del aviador Raymond Maréchal que recoge algunas curiosas instantáneas de Alcalá en el otoño del 36.
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17/06/2010 (18:35)
Como enigmáticos y atrabiliarios personajes arrancados de las páginas de una novela gótica se nos presentan Charles y Mary Lamb, aquellos hermanos a los que un editor de literatura infantil les encargó la tarea, a comienzos del siglo XIX, de transformar en cuentos para niños las principales obras de William Shakespeare. Por aquel tiempo Charles Lamb ya era reconocido como brillante ensayista y también como sensible poeta, aunque tal vez algo desdibujado por la fuerza que irradiaban a su alrededor las figuras de Coleridge, Wordsworth y Shelley. Sin embargo tanto él como su hermana habían pasado por graves y penosos periodos de enfermedades mentales. En 1795 Charles estuvo ingresado en un hospital psiquiátrico y un año más tarde Mary, provocada por un ataque de locura clavó un cuchillo de cocina en el corazón de su madre. Cuando cuatro años después Charles logró la libertad de su hermana, decidieron compartir una casa en el centro de Londres, allí escribieron los Cuentos basados en el teatro de Shakespeare. Él se hizo cargo de las tragedias y ella de la adaptación de las comedias. El libro se publicó en 1809, con un éxito insólito a pesar de la crudeza de los temas, en principio no muy indicados para un público infantil y tampoco muy admisibles para la rígida moral victoriana de la época. Desde entonces las ediciones se han sucedido ininterrumpidamente en todas las épocas y en todos los idiomas. Fue así como uno de los mayores genios de la literatura occidental se introducía en el imaginario de los niños, de la mano de estos dos insólitos hermanos que realmente parecían personajes shakesperianos, trasladados caprichosamente de siglo.
De la narración a los escenarios Conservo una edición de aquellos Cuentos, publicada en 1960 por la legendaria editorial Ramón Sopena, famosa entonces por sus diccionarios populares, pero también conocida por su generosa ‘Biblioteca Sopena’, libros de severa austeridad, de letra tan minúscula que hoy me hacen dudar cómo pudimos leer en ellos a Tolstoi, Kipling, Daudet, Mark Twain, Víctor Hugo y otros muchos autores que nos iniciaron en la pasión por la literatura. En sus páginas apretadas, amarillentas y con la fragilidad que le impone el tiempo al papel de escasa calidad, se contienen los dieciséis relatos que adaptaron los hermanos Lamb. Allí descubrí a Otelo con su corazón de niño que arrebatado por los celos, se convierte en una fiera indomable. Al patético Rey Lear ya sin cetro ni corona, aferrado al brazo de su bufón buscando dónde se esconde el posible amor de sus hijas. Al vengativo Shylock, cegado por su obsesión. Al ambicioso Macbeth observando atónito como el bosque de Birnam comienza a moverse. Las luchas pandilleras de Montescos y Capuletos y sobre todo a ese Hamlet con su espíritu roído por el odio hacia los asesinos de su padre. Todo un abundante y enriquecedor catálogo de caracteres a los que años más tarde reencontraría encima de los escenarios.
De héroes de papel a personajes corpóreos Todavía una representación teatral, encerrada en su elementalidad y su carácter sencillo y sobre todo poético; consigue alcanzar en muchas ocasiones la fuerza del pensamiento y los sentimientos de vida, por medio de la palabra, escrita para ser pronunciada en voz alta. Por eso el teatro constituye uno de los grandes logros que el hombre ha podido crear, soñar e imaginar y Shakespeare es, sin lugar a dudas, el más genial artífice de todos los tiempos. En cierta ocasión un monstruo de la escena, no recuerdo si fue Strehler o Peter Brook, afirmó: “Montamos a Shakespeare para saber de qué está hecho el teatro". A lo que habría que añadir, que se mantiene el empeño de seguir representando a Shakespeare para saber de qué materia estamos hechos los seres humanos porque en sus treinta y tantas obras está contenido el hombre en su totalidad. Aún cada temporada, muchos directores y actores se empeñan en destapar, con mayor o menor fortuna, facetas de esa invención de lo humano a través de lo más profundo de las pasiones: amor, ambición, locura, celos, traición, venganza, desesperación, sueños, conocimiento... Todo está contenido en Shakespeare y corresponde al actor lograr estremecernos desde el escenario, ya que su arriesgada pero atractiva misión consiste en convertirnos aquellos héroes de papel de los relatos infantiles, en personajes corpóreos que continuamente nos devuelvan a la duda.
De Tomasi di Lampedusa a Harold Bloom El enigmático autor de la novela El gatopardo, tan impregnada de aliento shakesperiano mantuvo durante dos años, en su Sicilia natal, un insólito curso de literatura inglesa para un solo alumno, su sobrino adoptado Francesco Orlando. Al igual que su única y magistral novela, aquel curso aparecería póstumamente. En dos volúmenes de cerca de mil páginas lo publicaba en 1990 la editorial Mondadori con el título de Letteratura inglese. El pasado año la editorial Nortesur publicaba en castellano el capítulo ‘Shakespeare’ en una exquisita edición de apenas cien páginas. Un texto de una lucidez extrema y de una divertida mordacidad donde expone su más sincero criterio personal sobre todas y cada una de las obras teatrales del genio inglés, a la vez que lleva a cabo también un extenso análisis de sus Sonetos, muchos de ellos, convertidos en enigmática clave para descubrir la encubierta personalidad de aquel hacedor de caracteres. Con el sugestivo título de Shakespeare, la invención de lo humano, el controvertido crítico y profesor norteamericano Harold Bloom publicó hace unos años en la editorial Anagrama, un contundente volumen conteniendo el resultado de sus clases, ya que confiesa haber dedicado toda una vida a leer, enseñar y escribir sobre Shakespeare. De cada una de sus tragedias y comedias, lleva a cabo una minuciosísima disección. Leer a Shakespeare y sobre Shakespeare supone todo un atractivo ejercicio para indagar en la significación del ser humano. Asistir a las representaciones de sus obras supone un reencuentro afortunado con el teatro a través de su mayor creador.
La recomendación: Las traducciones Desde Moratín y Menéndez Pelayo hasta nuestros días se han sucedido un gran número de traducciones al castellano del maestro inglés, con todas las dificultades que entraña cualquier traslación a otro idioma y más en el caso de la poética shakesperiana. Durante años se ha venido manejando la esforzada edición de las Obras Completas que Astrana Marín preparó para aquella colección en piel y dos columnas en papel biblia que editaba Aguilar. En Austral se han publicado las excelentes traducciones de Ángel Pujante y en la editorial Cátedra se han integrado muchas de las traducciones que el profesor Manuel Ángel Conejero prepara con todo rigor para la Fundación Shakespeare de Valencia. En cuanto a los Sonetos existe una genial traducción de Agustín García Calvo publicada por Anagrama.
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10/06/2010 (17:28)
Quienes ya hayan leído los nueve relatos que componen A sangre y fuego, pero sobre todo el prólogo inicial, entenderán perfectamente por qué un periodista de la talla de Manuel Chaves Nogales huyó de este país de todos los demonios en los primeros días de noviembre del 36. Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, él decidió abandonar el suyo como ‘camarada-director' del periódico gubernamental Ahora –que había alcanzado la máxima tirada de la prensa republicana– y buscar refugio en un arrabal de París, que era donde recalaban todos los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los estados totalitarios iban dejando; gentes tristes y de carácter agrio que se afanaban por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía.
Perfectamente fusilable Confiesa Chaves Nogales en el prólogo citado que por culpa de su pequeña experiencia personal, por insignificante que pudiera parecer, había contraído méritos suficientes para haber sido fusilado por los ‘hunos' y por los ‘hotros'. “Me consta por confidencias fidedignas –escribe– que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin prejuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable".
Caídos en el olvido Resulta lógico y natural, dentro de la dramática ilógica que sobrevino tras la guerra civil, que un periodista, un intelectual ‘pequeñoburguésliberal', antifascista y antirrevolucionario por temperamento, ciudadano de una república democrática y parlamentaria truncada por las armas, cayese en el olvido. Al igual que otros muchos periodistas y escritores, que resultaron tan incómodos para la derecha como para la izquierda. Aquel noviembre del 36 abandonaron Madrid, junto a Chaves Nogales y con los mismos temores, Manuel D. Benavides, director del semanario Estampa, más conocido por su libro denuncia contra Juan March, El último pirata del Mediterráneo y Paulino Masip, director del periódico La Voz, autor de El diario de Hamlet García, un relato comparable a A sangre y fuego por su idéntica sensibilidad y clarividencia al enfocar los primeros momentos de aquel drama de héroes, bestias y mártires. Masip curiosamente aún no ha sido integrado por Andrés Trapiello en la tercera edición de su libro Las armas y las letras, lo que nos da idea del trabajo que está costando recuperar los ecos de aquellas voces de denuncia.
El torero Belmonte recupera a Chaves Nogales Treinta años después de acabada la guerra civil, gracias a la afición taurina se rehabilitó parcialmente la figura del periodista y escritor Chaves Nogales, hombre tan poco aficionado a la Fiesta, pero que en 1935 había publicado una biografía genial sobre El pasmo de Triana, aquel torero callado e intelectual al que profetizaban que moriría en los ruedos como Sánchez Mejías y sin embargo llegaría hasta los setenta años, en que decidió acabar con su vida de un pistoletazo en 1962. Siete años más tarde las autoridades franquistas permitieron la reedición de Juan Belmonte, matador de toros en una popular colección de bolsillo. De este modo, el torero muerto resucitó al escritor olvidado.
La labor de María Isabel Cintas En los últimos años afortunadamente se está reivindicando la figura de Manuel Chaves Nogales y reeditando con rigor parte de su obra, aunque ya existen más de media docena de eruditos que se autoproclaman “descubridores" del periodista sevillano. Es por tanto de justicia reseñar que en 1979 Fernando Díaz-Plaja ya lo incluía en su antología sobre escritores españoles en la guerra civil, Si mi pluma valiera tu pistola. Pero sobre todo no hay que olvidar el más importante referente, la magnífica edición de María Isabel Cintas de la Obra narrativa completa y de la Obra periodística que apareció, a partir de 1994, en cuatro tomos con cerca de mil páginas cada uno, en la colección ‘Biblioteca de Autores Sevillanos' que publica la Fundación Luis Cernuda.
La agonía de Francia Cuenta María Isabel Cintas que poco después de aparecer la Obra Narrativa Completa, el editor y bibliófilo sevillano Abelardo Linares le proporcionó un ejemplar de La agonía de Francia, publicado en Montevideo en 1941. El libro se editó como volumen suelto para acompañar la posterior edición de los dos tomos de la Obra periodística. Ahora acaba de aparecer en la editorial Libros del asteroide con introducción de Xavier Pericay. Tal vez se trata del libro más descorazonador de Chaves Nogales. El próximo lunes 14 de junio se cumplirán 70 años que las tropas alemanas entraron en París. Seis días más tarde Francia se suicidaba, se rendía firmando un vergonzoso armisticio. Tras su salida de España en 1936, Chaves Nogales se había incorporado a la realidad francesa, trabajaba desde París para la agencia internacional Havas y era el máximo responsable de las emisiones en castellano de la radio pública. Ante un país que había decidido perder la guerra antes de que comenzase, Chaves se ve de nuevo obligado a huir, esta vez a Londres desde donde escribirá La agonía de Francia, el testimonio más lúcido sobre la agonía moral de un país. Personajes como Zugazagoitia, Rivas Cherif o Lluís Companys, refugiados en Francia, serán entregados al gobierno de Franco para su ejecución. Algunos como Max Aub tendrán la mala fortuna de estar sufriendo los rigores de los campos de concentración en las costas mediterráneas y los menos afortunados su inmediata deportación a los campos de exterminio alemanes. Otros como Azaña y Machado supieron adelantarse a su destino. “La revelación más sorprendente y espantable del derrumbamiento de Francia –escribe Chaves– ha sido esta indiferencia inhumana de las masas". Setenta años después La agonía de Francia supone una lectura obligada para todos aquellos que aun temen por el hundimiento de los valores que caracterizaron alguna vez a la vieja Europa. También supone el reconocimiento, al fin, de un figura tan excepcional e independiente como lo fueron Albert Camus o George Orwell.
La recomendación: Campo francés Lecturas complementarias a La agonía de Francia resultan Campo francés, de Max Aub híbrido entre novela y guión cinematográfico que publicó en su día la legendaria Ruedo Ibérico y hoy ha recuperado la editorial Castalia con todo su material gráfico que da aún más consistencia y fuerza a la terrible denuncia del texto. Suite francesa de la escritora Irène Némirovsky describe aquella vergonzosa huida de la población parisina, perdiendo su dignidad por el camino.
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3/06/2010 (11:58)
Cualquier lector occidental no dejará de sorprenderse al saber que Doctor Zhivago, aquella épica aventura novelesca que arrasó a finales de los años cincuenta, una historia de amor que tenía como telón de fondo la Rusia revolucionaria, no se pudo publicar en su país de origen hasta 1988, con Gorbachov en el poder y la perestroika tratando de abrir ventanas. A su autor, Boris Pasternak se le prohibió viajar a Estocolmo para recibir el Nobel, otorgado en 1958, con Jruschov en el poder, aquel astuto y peculiar político que denunció por primera vez los crímenes de Stalin y se empeñó desaforadamente en acabar con el culto a la personalidad hasta que fue defenestrado en 1964. Sin embargo en 1961 los restos mortales de Stalin fueron retirados del mausoleo de la Plaza Roja, donde reposaban junto a los de Lenin, y trasladados tras los muros del Kremlin.
Vida y destino de Grossman Fue entonces cuando el patriota escritor y periodista Vasili Grossman, autor de las magníficas crónicas sobre la batalla de Stalingrado, confiado, se atrevió a escribir una extensa y respetuosa carta al camarada Jruschov para pedirle explicaciones porqué el manuscrito de su libro Vida y destino había sido secuestrado y destruido. “Mi libro –trataba de defenderse el autor– no es político. En la medida de mis capacidades, escribí sobre la gente corriente y sobre sus penas, sus alegrías, sus errores; hablé de la muerte, de mi amor y mi compasión por los seres humanos". La carta nunca tuvo contestación, tan solo la reprimenda de Mijail Suslov, miembro del Politburó: “Su novela es hostil al pueblo soviético; su publicación perjudicaría no sólo a nuestro pueblo y al estado soviético, sino a todos los que luchan por el comunismo fuera de la Unión Soviética, a todos los obreros progresistas de los países capitalistas, a todos los que combaten por la paz". Hasta 1990 no se aprobaron en Rusia las leyes sobre libertad de prensa y se puso fin a la censura. La siniestra y terrorífica sombra de Stalin, muerto en 1953, supo alargarse aún durante casi medio siglo, más allá de los muros del Kremlin, sobre un pueblo desencantado y desolado.
El coro mágico Solomon Volkov, periodista e historiador ruso emigrado a Estados Unidos en 1976, acaba de publicar en nuestro país El coro mágico, una historia de la cultura rusa de Tolstoi a Solzhenitsyn (Ed. Ariel). Libro imprescindible por clarificador del complejo e interesantísimo proceso de Rusia a lo largo de todo el siglo XX, analizado desde el punto de vista cultural. De los tiempos del zar Nicolás II hasta el gobierno de Putin. La historia comienza con la muerte, solo, huido, abandonado, del conde Leon Tolstoi, –este año se cumple el centenario–, una heladora madrugada de noviembre en la estación de Astapovo; y se cierra en agosto de 2008 con la desaparición en Moscú de Alexander Solzhenitsyn, regresado de un largo exilio. Un autor, que al igual que Tolstoi, había alimentado la idea de que “un gran escritor es como un segundo gobierno". Sin embargo sus intentos de modificar la política mediante su enorme autoridad moral también llegaba tarde, porque su figura ya era cosa del pasado para un país que trataba de recuperarse a pasos agigantados de los traumas del stalinismo y sus posteriores consecuencias. El Politburó autorizó a publicar Archipiélago Gulag en 1989, un año después de Doctor Zhivago, mientras caía el Muro de Berlín. Se llegaron a vender casi tres millones de copias. El profeta Solzhenitsyn había afirmado, catorce años antes, que el día que se distribuyese libremente el Archipiélago en la Unión Soviética, “las cosas se pondrían bastante feas para la ideología comunista en muy poco tiempo". Aunque esa labor, hay que reconocerlo, fue obra también y sobre todo, de aquellos autores, cineastas, poetas, filósofos y músicos “recuperados". De aquel “coro mágico" como denominaba la poetisa Anna Ajmátova –también silenciada– al gran grupo de artistas que a lo largo de una situación histórica singular y posteriormente trágica, crearon algunas de las más importantes obras literarias y artísticas del siglo XX.
Stalin, un dictador sangriento y lector Señala Volkov en este libro que Stalin era una persona muy leída, los más próximos aseguraban que leía cuatrocientas páginas diarias entre obras de ficción y no ficción –casi tantas como los ejecutados de cada jornada– y que sentía un vivo interés por las cuestiones de índole cultural, un interés por supuesto siempre teñido de connotaciones políticas. En 1929 Stalin decide dirigir más o menos en solitario la cultura soviética. Es a partir de entonces cuando se lleva a cabo la más brutal represión de la cultura en todas sus manifestaciones. El terror también se impone entre artistas e intelectuales, muchos huyen al exilio, algunos son ejecutados, otros terminan siendo utilizados por el totalitarismo y los más desesperados optan por el suicidio como fue el caso del mítico poeta Esenin, que escribió sus últimos versos con su propia sangre: “En esta vida, morir no es ninguna novedad / Pero vivir, por supuesto, tampoco lo es". Mayakovski condenaría aquel suicidio en nombre de todos los poetas leales al régimen, respondiéndole al poeta muerto: “En esta vida, morir no es difícil, / Mucho más difícil es vivir". Solo cinco años después también él optaría por el suicidio, al igual que más tarde lo haría la gran poetisa Marina Tsvetáieva que junto a Anna Ajmátova, conformaban los cuatro grandes poetas de la Rusia contemporánea. Ajmátova se convirtió en el símbolo del exilio interior, murió en 1966, pero su gran poema Réquiem, que fue voz y denuncia del sufrimiento de aquella época, tampoco se publicó en su país hasta 1989. El coro mágico es un libro repleto de nombres y anécdotas de una cultura brillante y única que Lenin, pero sobre todo Stalin, quisieron utilizar como herramienta política y que al final, al no conseguir sus propósitos, condenaron a una cruel represión y un trágico silencio.
La recomendación: Regresar a la literatura rusa Siempre reconforta regresar a la gran literatura rusa; reencontrarse con Dostoievsky y Tolstoi, con Turgeniev o Gogol supone seguir creyendo y amando la gran narrativa. Sumergirse en el teatro y los relatos de Chéjov es de nuevo ahondar en el alma humana con aliento shakesperiano. Los poemas de Esenin y Mayakovski nos harán recordar que también fuimos jóvenes y rebeldes. Pero sobre todo, tras leer El coro mágico, resulta imprescindible descubrir la desgarradora novela de Vasili Grossman, Todo fluye y el gran y desolador poema de Anna Ajmátova, Réquiem, dos retratos fieles de las miserias de la condición humana. Un potente grito contra el sinsentido de los totalitarismos.
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26/05/2010 (18:57)
Andrés Trapiello acaba de publicar en la editorial Destino la tercera edición de Las armas y las letras, literatura y guerra civil (1936-1939). Un libro que apareció por primera vez en 1994 en aquella memorable colección que dirigió durante muchos años con tanto acierto, Rafael Borrás y que con el significativo título de Espejo de España, encabezaba cada volumen con una certera frase de don Antonio Machado: “Ni está el mañana –ni el ayer– escrito". Precisamente Trapiello aúna a Cervantes y a Machado en el pórtico de esta ambiciosa obra que aspira a permanecer abierta para tratar de recopilar, edición a edición, todos los escritores de ese ayer aún tan cercano y siempre tan traumático. En el capítulo 38 de la primera parte de El Quijote, Cervantes pone en boca de su personaje un extenso, curioso y controvertido discurso sobre las armas y las letras: “...dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas [...] responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas, porque con las armas se defienden las repúblicas, se conservan los reinos, se guardan las ciudades...", el machadiano Juan de Mairena replica: “Cuando los hombres acuden a las armas, la retórica ha terminado su misión. Porque ya no se trata de convencer, sino de vencer y abatir al adversario".
Una literatura frustrada Entre la edición del 1994 y esta otra que acaba de ponerse a la venta, media una diferencia de dieciséis años y más de doscientas nuevas páginas, mientras que la extensa nómina de escritores se ha ampliado con cerca de cincuenta nuevas incorporaciones. De todos modos no se trata de un manual de literatura al uso, sino más bien del amplio y patético anecdotario de la condición humana en situaciones extremas. La floreciente generación literaria de la República, la Edad de Plata de la cultura española, fue trinchada en dos por los torpes espadones salvapatrias que harían desembocar el país en tres años de venganzas, caos y violencias inusitadas, por ambos bandos, para alcanzar al final una paz sin perdón, aún más vengativa. La obra de los escritores en esos años concretos (1936-1939) produce, salvo mínimas excepciones, una literatura frustrada, combativa, de claro compromiso político, apenas sin interés. Tal vez por eso lo más interesante de estas páginas resida en los peculiares posicionamientos y comportamientos de los autores ante tan dramática situación, en la mayoría de los casos marcada irremediablemente por el bando en que fueron a caer. A unos les abocaría hacia un trágico final: Muñoz Seca, Ramiro de Maeztu, Lorca..., otros más agraciados y cínicos confesarían más tarde que aquella fue una “belle epoque": Alberti, Bergamín, Giménez Caballero..., intelectuales de peso “delenda est monarchia" pondrían tierra por medio para terminar regresando al redil franquista: Ortega, Marañón, Pérez de Ayala... mientras que una inmensa mayoría sufrirían el desgarro con todas sus consecuencias: Unamuno, Machado, Miguel Hernández... La verdadera literatura de la Guerra Civil surge, para ambos bandos, a partir del uno de abril de 1939. Los amordazados, desde el exilio, tratarán infructuosamente de encontrar lectores a los que narrar tan traumática experiencia. Los vencedores se engolfarán en sonetos triunfalistas desparramados por lujosas revistas de papel couché, elaborando “descargos de conciencia" e ignorando a muchos de sus compañeros de rimas en otro tiempo, pudriéndose en las cárceles o sufriendo el no menos penoso exilio interior. Trapiello en Las armas y las letras nos describe los orígenes de una literatura fundamental para entender aquella lucha fraticida, pero sobre todo nos narra con especial maestría las luces y las vergonzosas sombras de los unos y los otros en aquella situación límite.
De Unamuno a Azaña Las primeras páginas del libro arrancan con una de las más emblemáticas figuras del drama, don Miguel de Unamuno, y con un temprano episodio que augura y perfila lo que será: “...este suicidio moral de España, –según sus propias palabras– esta locura colectiva, esta epidemia frenopática...". Me refiero al incidente entre Unamuno y el “novio de la muerte" en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. El autor de El resentimiento trágico de la vida, no asistirá al acto final del drama. Morirá el último día de 1936. El capítulo final lo reserva Trapiello a don Manuel Azaña, donde figura: “...en este libro: solo, sin acompañamiento –escribe el autor–, porque solo le dejaron y solo se le ve en toda la guerra; y al final de él, porque recoge y abriga, como ninguno, lo que de acabamiento tuvieron para España aquellos tres años".
Actitudes poco ejemplares En esta nueva edición Andrés Trapiello ha podido enriquecer su “opera aperta" con la ayuda de obras recientemente publicadas como la del diplomático chileno Carlos Morla Lynch que en España sufre aporta testimonios de primera mano, pero también y sobre todo con la edición íntegra de España en guerra, de Juan Ramón Jiménez, estremecedor testimonio del poeta de Moguer que ya reseñamos aquí en su día. Tanto Morla Lynch como Juan Ramón desmitifican en estas dos obras a ciertos escritores por sus actitudes poco ejemplares durante la guerra, como es el caso de Neruda, Alberti, Bergamín, León Felipe o María Zambrano. Las agudas semblanzas que Trapiello perfila en su libro trastocan el retrato que teníamos estampado en nuestro imaginario de algunos escritores e intelectuales. Es por tanto una obra abierta en todos los sentidos, abierta a la discusión, pero sobre todo una sugerente invitación para ahondar en aquellos escritores que conformaron las generaciones del 98, del 14, del 27 y del 36, en un periodo conocido como la Edad de Plata al que las armas, que no las letras, hicieron desbocar su trayectoria.
La recomendación: Si mi pluma valiera tu pistola Mucho antes de que a Trapiello se le ocurriese comenzar a acumular material para su libro, Fernando Díaz-Plaja, un escritor hoy injustamente olvidado, ya había publicado en 1979, Si mi pluma valiera tu pistola (Plaza&Janés). Título robado al inicio de un poema que Antonio Machado dedicó a Líster, mientras su hermano Manuel escribía versos a Franco. Todo un símbolo para una completísima antología de los escritores españoles en la guerra civil, con cerca de 800 páginas de apretada letra. Aquí ya aparecía Chaves Nogales, autor que cree haber descubierto Trapiello, junto a otros muchos aún olvidados que tendrá que repescar para sus próximas ediciones.
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20/05/2010 (12:06)
De un par de años a esta parte Mbutu Mondongo Bienvenu está consiguiendo tambalear uno de los pilares más sólidos de la cultura belga, porque Tintín, junto a Jacques Brel, Simenon, Delvaux y Magritte simbolizan desde el pasado siglo, las prestigiosas esencias nacionales, exportables como su mejor imagen hacia el exterior. Mbutu, ciudadano belga de origen congoleño, denunció hace dos años a la sociedad gestora de los derechos de la obra de Georges Remi, más conocido como Hergé, por el contenido racista y xenófobo de uno de sus álbumes, en concreto el titulado Tintín en el Congo, protagonizado como es natural por aquel dinámico reportero de tupé rubio, pantalones bombachos y edad indefinida que sin escribir un solo artículo, ha logrado entusiasmar con sus aventuras, a lo largo de setenta años, a los jóvenes de todo el mundo. En Inglaterra la Comisión para la Igualdad Racial ya pidió en su día que se prohibiera la venta de ese álbum. Las sociedad gestora del legado Tintín está dispuesta a llegar hasta el Tribunal Europeo de Derechos Humanos porque consideran que: “se está atacando al símbolo de Bélgica". Mientras tanto el querellante sigue manteniendo que “ni los niños belgas ni los congoleños deben estar expuestos al contenido ofensivo de esa obra, llena de estereotipos humillantes, propaganda colonizadora y paternalismo para con los personajes negros". La polémica está servida.
La sombra de fantasma del rey Leopoldo es alargada Quienes se hayan estremecido con lecturas como El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad o más recientemente con El fantasma del rey Leopoldo, comprenderá mejor las firmes motivaciones que han llevado a Mbutu a enfrentarse con la poderosa industria Tintín. Este último libro, escrito por Adam Hochschild y con prólogo de Mario Vargas Llosa, fue publicado en nuestro país hace algunos años por la editorial Península. Vargas Llosa en sus páginas compara con el Holocausto judío, el brutal saqueo llevado a cabo en el Congo, a finales del siglo XIX por el Rey Leopoldo II de Bélgica que dejó tras de sí una estela de más de diez millones de cadáveres y sin embargo pasó a la historia como un monarca humanitario, piadoso y profundamente religioso. En la Conferencia de Berlín de 1885 se otorgó aquel inmenso territorio centroafricano a Bélgica, un país 80 veces menor. En pocos años el rey Leopoldo se convertiría en uno de los hombres más ricos de todos los tiempos. Consiguió esquilmar y destruir aquel fértil territorio en menos de un cuarto de siglo. Como homenaje a tal proeza hizo construir en Tervuren, un pequeño pueblecito belga, un inmenso jardín botánico y el monumental Museo del Congo, hoy rebautizado más políticamente correcto como Museo Real del África Central. En sus salas confiesa que se inspiró el entonces joven Hergé para realizar el que sería el polémico segundo álbum de la serie, publicado en 1930. En la versión en color de 1946, con cierto complejo de culpa, trató de dulcificar algunas expresiones claramente racistas y colonialistas, tachándolas de “error de juventud", pero el álbum sigue hiriendo, con razón, el orgullo de muchos. Debo confesar, como ferviente lector en mi infancia de las aventuras de Tintín, que en concreto Tintín en el Congo no me produjo en aquellos años rechazo alguno. No podía ser de otro modo porque cómo podría discernir entre aventuras y racismo un crío al que los Maristas sacaban el Día de la Raza a postular para el Domund portando la cabeza de un negro de porcelana con una raja en la cabeza por la que había que echar calderilla para la salvación de sus almas.
Un guardia civil en la selva Muy cerca de El Corazón de las Tinieblas se encontraba la Guinea Continental Española, un territorio que fue recuperado por España en el tratado hispano-francés de París en 1900. Aquellos eran malos tiempos para los afanes colonialistas de un país que sólo dos años antes había conocido la ‘deshonrosa' pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Una diminuta posesión en el corazón de la selva africana que ni siquiera llegó a interesar a la ambición de Alfonso XIII, más enfangado con la Guerra del Rif. Tal vez por eso la prensa fue incapaz de prestar atención en aquellos años al trágico destino de clanes locales como los fang y sobre todo los osumu que fueron exterminados en uno de los más crueles genocidios que se recuerdan en el corazón de África. Los libros de historia vergonzosamente pasaron página. El antropólogo Gustau Nerín consiguió desbrozar, hace unos años, parte de la documentación perteneciente a las colonias en África, que a finales de los setenta se depositaron en el Archivo General de la Administración de Alcalá. El resultado de aquellas investigaciones se ha visto reflejado en un libro publicado hace unos meses por la editorial Ariel con el título de Un guardia civil en la selva. Si Joseph Conrad hubiese conocido la biografía del teniente de la guardia civil, Julián Ayala Larrazábal, habría encontrado a Kurtz, aquel Marlon Brando de Apocalipsis Now, como un personaje tibio frente a la ambición, crueldad y falta de escrúpulos de este oficial formado en la Academia de Toledo que en el verano de 1917 decidió embarcarse con rumbo a la Guinea profunda y que a lo largo de casi tres décadas practicaría el robo, la extorsión, el trafico de esclavos, el desvío de fondos públicos, el asesinato indiscriminado y hasta el genocidio en el interior de la selva de Río Muni, todo ello con el beneplácito del general Nuñez de Prado, corrupto gobernador de aquellos territorios que llegaría a amparar sus crímenes y a condecorarlo ante la ceguera del gobierno central durante la Monarquía, la Dictadura de Primo e incluso la República y el consentimiento de los padres claretianos, evangelizadores de la zona que consideraban a aquellas gentes: “...más como entes irracionales que como seres humanos (sic)".
Cuando se mira hacia África En 1968, Manuel Fraga Iribarne, al entregar la Guinea al dictador Francisco Macías, no se ruborizó siquiera al proclamar en su discurso que: “...la colonización fue para nosotros una cuestión de alto ideal. Aportamos generosamente un gran bagaje de civilización cristiana, sin prejuicios de razas, respetuosa con las tradiciones de los pueblos... España se cuidó de sembrar a su paso la semilla de la civilización y de la cultura moderna, el orden, el trabajo y el respeto hacia el hombre y su dignidad". ¿Cómo debemos sentirnos cada vez que miramos hacia África?
La recomendación: Ébano A pesar de la controversia surgida en los últimos meses alrededor de la figura del gran escritor polaco Ryszard Kapuscinski, sigo pensando que Ébano (Anagrama), resulta lectura imprescindible para enlazar con Un guardia civil en la selva. Con toda probabilidad no alcanzaremos a entender la compleja realidad del continente africano, pero intuiremos lo que ha sido el antes y el después del colonialismo, porque tras el rey Leopoldo y el teniente Ayala, llegarían con la independencia personajes no menos siniestros, como Idi Amin, Mobutu o Macías.
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13/05/2010 (14:21)
Hace algo más de tres décadas, un semiólogo considerado de culto entre la tropa universitaria, decidió abandonar a su suerte, por una larga temporada, a todos los “Apocalípticos e integrados en la sociedad de masas”, para encerrarse junto a Guillermo de Baskerville en una abadía benedictina del siglo XIV y tratar así de esclarecer una serie de misteriosos crímenes. Rodeado de monjes sospechosos y con la inquietante presencia de Bernardo de Gui, inquisidor obsesionado por el subversivo poder y peligro de los libros, cualquiera que fuese su materia. Al final un “venenoso" texto de Aristóteles purificado en las llamas entre la destrucción total de la abadía ardiendo durante tres días y tres noches. La biblioteca convertida en cenizas. Retorciéndose en el fuego, como el más aciago de los símbolos, las hermosísimas páginas miniadas del Apocalipsis del beato de Liébana. Umberto Eco nos llegó a perturbar con aquella novela policiaco-medieval, El nombre de la rosa, que convertida en best-seller, sin duda abrió de modo insensato las compuertas a un género nuevo que hoy tiene sembrado de mediocridades los anaqueles de las librerías.
Afortunadamente aún editado en papel En los inciertos tiempos que corren para la edición, El nombre de la rosa vuelve a cobrar actualidad como parábola o emblema del cuestionado futuro de los libros. Jean-Philippe de Tonnac trata de contagiarnos su optimismo cuando afirma rotundamente que: “Aunque el libro electrónico, el e-book, se imponga al libro impreso, no podrá echarlo de nuestras casas y de nuestras costumbres por ninguna razón. El libro electrónico, en definitiva, no matará al libro". Tan alentadoras palabras se recogen en el prólogo a Nadie acabará con los libros, de Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, recientemente publicado por Lumen. Precioso ejemplar, afortunadamente aún editado en papel e ilustrado con las poéticas imágenes del fotógrafo húngaro André Kertész.
Un fascinante y enriquecedor diálogo “Nunca jamás se ha inventado un medio más eficaz para transportar información. El ordenador, con todos sus gigas, tiene que conectarse a un enchufe. Con el libro este problema no existe. El libro es como la cuchara, la rueda o las tijeras. Una vez inventado no se puede hacer nada mejor. Quizás sus páginas dejen de ser de papel, pero seguirá siendo lo que es". De este modo se defiende Umberto Eco en las páginas de Nadie acabará con los libros. Aquel semiólogo italiano que en la década de los 70 nos tenía alborotados a los estudiantes de Arte con sus innovadoras teorías sobre la cultura de masas y que más tarde, en una auténtica revolera, se convirtió en novelista de éxito. Ahora se ha dejado entrevistar durante días por De Tonnac, en compañía del dramaturgo Jean-Claude Carrière, aquel que fuera estrecho colaborador de Luis Buñuel y co-guionista de muchas de sus películas. El resultado: un fascinante debate a dos bandas, moderado por Tonnac en el que a lo largo de casi trescientas páginas ambos genios nos muestran sus cualidades oratorias, capaces de mantener hipnotizado al lector durante horas, porque la conversación nos enreda y sumerge con profundidad, inteligencia, amenidad y un inigualable sentido de humor en el mundo del libro para, a través de él, esgrimir acertadas teorías sobre la historia, la cultura, la bibliofilia, las literaturas, el talento y la estupidez.
Homenaje a la galaxia Gutenberg Reconfortantes resultan estas páginas mientras observamos alarmados como a nuestros pies nos están segando la hierba. Cierran los cines, van desapareciendo aquellas librerías íntimas y entrañables en el que el librero amigo era capaz hasta de echarnos la bronca por haber leído el último Premio Planeta. Mientras que los míticos vinilos de otro tiempo se han convertido en minúsculas y malas fotocopias extendidas sobre una manta por un inmigrante asustadizo ante la probable presencia de la SGAE inquisitorial. Eco y Carrière nos invitan a participar en su particular ‘Homenaje a la galaxia Gutenberg’. No se trata de oficiar un funeral en su memoria, ni siquiera de conformar una polémica a favor o en contra de las nuevas tecnologías, sino más bien de desarrollar una charla distendida que terminará cautivando a todos los lectores y amantes del libro.
No hay nada más efímero que los soportes duraderos Cuenta Umberto Eco el desinterés que mostró su hijo cuando llevó a casa, en 1983, el primer ordenador; nos describe todo tipo de dificultades que tuvo que sufrir hasta lograr entender lenguajes de programación como Basic o Pascal y cómo un día desesperado ante aquel artilugio que no terminaba de funcionar, se acercó su hijo y le dijo: “Mira, deberías hacer esto". Y el ordenador funcionó. Su hijo ya tenía mano informática. Tal vez algunos ya nunca alcanzaremos a tener ojo informático porque nos ocurre como a Eco, que si fuésemos capaces de pasar dos horas leyendo una novela en el ordenador, nuestros ojos se convertirían en dos pelotas de tenis. Tanto Eco como Carrière defienden las nuevas tecnologías, pero advierten constantemente en estas páginas, las evidentes trampas de la sociedad de consumo. Carrière como responsable de la Videoteca de París nos explica las dificultades que se le plantea ante lo efímero de los soportes duraderos, para tratar de preservar la historia viva de la cinematografía francesa. Vídeos, Cd-Rom, DVD, Blu-Ray... Umberto Eco defiende ciertas ventajas: un juez puede llevarse a su casa con mayor facilidad veinticinco mil páginas de escritos de un proceso en un pen-drive, pero él sería incapaz de leer Guerra y Paz en una pantalla. De todos modos ha ido conservando sus escritos a lo largo de estos años en los más diversos sistemas informáticos, aunque cuando pretende leer alguno de ellos tiene que subir al desván a buscar entre los ordenadores obsoletos –que se convierten en reliquias de un día para otro–el que sea capaz de leer ese tipo de soporte.
La recomendación: Regresar a las librerías Recomendable la lectura de Nadie acabará con los libros porque en este viaje iniciado hacia el soporte electrónico de un casi seguro sí retorno, quedarán muchos cadáveres exquisitos en el camino: editores, libreros, bibliotecas... Igual que se sigue disfrutando de algo tan obsoleto y anacrónico como es el teatro y la ópera, disfrutemos el tiempo que nos quede con el placer del tacto del libro de papel y del trato con el librero amigo, esa noble raza en vías de alarmante extinción.
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5/05/2010 (11:41)
En 2007 Miguel Ángel Villena publicó en la editorial Debate, Victoria Kent, una pasión republicana. Biografía que el autor dedicaba a la memoria de su abuela Teodora, “...que me mostró el coraje de las mujeres republicanas y me habló por primera vez de Victoria Kent". El libro, escrito desde la imparcialidad y sabiamente documentado, lograba transmitir al lector la personalidad de una mujer ninguneada en su tiempo y lógicamente olvidada en nuestros días. Aquella malagueña, que consiguió licenciarse en Derecho y alcanzar, por primera vez, un cargo público de enorme trascendencia. Alcalá Zamora, presidente de la Segunda República, la nombró Directora General de Prisiones, responsabilidad que mantuvo durante casi dos años, hasta que las maniobras de acoso y derribo, entre las mismas filas republicanas, lograron hacerla dimitir. Fue diputada en dos ocasiones y secretaria de la embajada española en París en 1937, desde donde se encargó de evacuar a niños de las zonas republicanas ocupadas por Franco. Después de la guerra intentó huir a México, sin conseguirlo, tras ser incluida en las listas que las autoridades franquistas facilitaron a la Gestapo para su busca y captura, junto a los nombres de Companys, Azaña y Zugazagoitia entre otros.
Los valores que defendió Manuel Azaña Miguel Ángel Villena ha dedicado su último libro: “A la memoria de mis padres y de mis abuelos que me enseñaron los valores que defendió Manuel Azaña". La editorial Península acaba de publicar Ciudadano Azaña. Un texto en el que el autor ha trabajado a lo largo de los últimos tres años, ante un reto aún mayor que cuando abordó la biografía de Victoria Kent. En esta ocasión las circunstancias eran las contrarias; no se trataba de perfilar el “retrato de un desconocido", sino más bien de sintetizar la figura de uno de los personajes más vilipendiados y peor entendidos de nuestra historia contemporánea. Desde que en 1966, Juan Marichal prologase en México sus Obras Completas, durante todo el tardofranquismo hasta nuestros días, se ha ido acumulando una amplísima e importante bibliografía que se iniciaba en nuestro país con el meritorio estudio de Emiliano Aguado en 1972 y parecía cerrarse definitivamente, hace unos meses, con la abrumadora nueva edición de las Obras Completas realizada por Santos Juliá, que también nos ha aportado una nueva biografía de Azaña que se suma a las de José María Marco, Ángeles Egido, Jesús Ferrer Solá, Manuel Muela o José Peña González, entre otros. Por tanto el esfuerzo de Miguel Ángel parecía innecesario, sin embargo desde un primer momento el autor confesó que su proyecto era distinto, que sobre todo trataría de realizar una obra didáctica, divulgativa, con una pretensión fundamental: hacer llegar la figura de Azaña al gran público. Al menos los dos primeros principios los ha conseguido; su libro es sobre todo, un sencillo y clarificador manual de iniciación al personaje. Ahora queda lo más complejo, la recepción de ese posible lector que esté interesado en despejar la totalidad de los tópicos arrojados sobre una de las figuras políticas e intelectuales más importantes del pasado siglo.
De Alcalá a Montauban En compañía de su mujer, Miguel Ángel Villena realizó dos viajes iniciáticos para tratar de construir el andamiaje esencial de su proyecto. Principio y fin del biografiado. En primer lugar su ciudad natal, Alcalá de Henares, que le dejaría hondamente defraudado, al observarla mas bien volcada en una artificial memoria a Miguel de Cervantes, pero poco entusiastas sus paisanos ante el único intelectual de peso que han conocido en los últimos siglos. Una inhóspita plaza de extrarradio coronada por una horrorosa estatua y la constantemente agredida placa de su casa natal son apenas las huellas de identidad. El cementerio de Montauban en una ventosa y desapacible tarde de marzo y la sencillez de aquella lápida en un país extranjero le evocó a Miguel Ángel la estela de valores que les habían transmitido sus abuelos y sus padres y fue entonces cuando prometió –lo confiesa en las últimas páginas de su libro– que a lo largo de su vida haría todo lo posible para que no se perdiera la huella de aquel presidente de la República.
Su faceta humana, la más desconocida Se trata de una biografía perfectamente documentada pero nada farragosa. Su autor ha prescindido de notas a pie de página e índices onomásticos, tan sólo respaldada por una somera pero imprescindible bibliografía. Un minucioso recorrido por la vida y la obra del autor de El jardín de los frailes, en todo momento situado en su tiempo, del que Villena va dando cuenta de los acontecimientos históricos más significativos. Tal vez los más novedoso de este nuevo empeño biográfico sea el tratar de mostrar el aspecto más desconocido del personaje, la faceta humana de aquel monstruo con verrugas, oruga repulsiva de la España roja como lo tildaba la furia de la derecha más reaccionaria. Con sabia intuición, el autor recurre constantemente a dos de los testimonios más fiables sobre Azaña, al libro de su cuñado Cipriano Rivas Cherif, Retrato de un desconocido y a las Memorias de su secretario, Santos Martínez Saura. También resulta emblemático el testimonio de Indalecio Prieto en una entrevista realizada por el periodista argentino Pablo Suero, del que Villena recoge un fragmento en sus páginas: “El señor Azaña, como todos los hombres públicos, tiene una leyenda que no está de acuerdo con la realidad. Del señor Azaña se dice que es duro, rígido, violento, inexorable y hasta cruel. Es exactamente lo contrario. Tanto que la máscara de brusquedad del señor Azaña es la pantalla con que disimula un temperamento de hombre débil y bondadoso". Se lamenta Miguel Ángel Villena de que muchos españoles cultos de hoy en día no conozcan el inmenso legado democrático de Manuel Azaña y que el sistema político y educativo ha permitido que su figura permanezca en la sombra. Él sí que ha conseguido con este libro lo que se prometió asimismo ante la tumba de Montauban.
La recomendación: La velada de Benicarló Una vez más resulta imprescindible recomendar La velada en Benicarló. Villena defiende que debería ser lectura obligatoria entre los estudiantes de secundaria. Este relato dialogado sobre la guerra de España, fue adaptado por José A. Gabriel y Galán para el teatro y dirigido magistralmente por José Luis Gómez en 1980. La primera edición en España la realizó Manuel Aragón en 1974 y recientemente la editorial Castalia la ha vuelto a reeditar con aquella clarificadora introducción del que es hoy miembro del Tribunal Constitucional.
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29/04/2010 (09:56)
En nuestro desolador paisaje histórico, el sable y la cruz se han mantenido en permanente vigilia a lo largo de más de siglo y medio para tratar de preservarnos de todos los males de la patria. Aplastada la invasión napoleónica –donde: “...hasta las tumbas se abrieron, gritando: ¡Venganza y guerra!", como cantaba exaltado el mediocre poeta jiennense Bernardo López–, se difuminó aquel controvertido delirio patriótico, que al menos parecía haber acabado con el Antiguo Régimen entre tímidos vientos de esperanza y libertad que apuntaba la Constitución de Cádiz. Tan sólo fue un sueño fugaz que se volvió a tornar en pesadilla con el regreso del Rey felón, de nuevo del brazo del absolutismo. Desde 1814 hasta 1981, el poder militar ha tratado de mangonear todos los cambios políticos; por tanto gran parte de nuestra patética historia contemporánea no ha sido más que una serie inacabable de trágicos pronunciamientos de espadones salvapatrias.
Un torero en el Congreso “En la noche del 23 de febrero de 1981, un despistado periodista sueco recibió una fotografía de agencia donde se veía a Tejero, conminatorio y pistola en mano, en el salón de sesiones del Congreso. El sueco, sin otras informaciones aclaratorias, miró el aparatoso tricornio y compuso un titular apresurado: Un torero asalta el Parlamento español". Esta anécdota, perfectamente creíble, la relata Gabriel Cardona en el prólogo de su último libro, publicado por Ariel con el título, A golpes de sable. Un extenso estudio, con sereno rigor documental y abundante material gráfico, cuyas imágenes nos dan una idea cabal de todos aquellos “diestros" voluntariosos que se han lanzado a la arena de nuestra historia reciente. Gabriel Cardona siguió la carrera militar y también se licenció y doctoró en Historia por la Universidad de Barcelona. En 1982 decidió abandonar el ejército para dedicarse de lleno a la investigación histórica y desde entonces ha impartido cursos en diversas universidades estadounidenses. Actualmente es profesor titular de la Universidad de Barcelona y ha publicado alrededor de una veintena de libros, entre los que predominan la temática militar. A golpes de sable traza un sugerente recorrido por la vida, las ideas, los aciertos y sobre todo las fatales equivocaciones de veintiún militares de derechas, de izquierdas y de centro, que el autor considera imprescindibles para tratar de entender mejor el turbulento período de los dos últimos siglos en la historia de España.
De Rafael Riego a Gutiérrez Mellado Todo un signo emblemático parece encerrar los paréntesis de este libro, ya que se abre con la semblanza de Rafael de Riego, aquel militar liberal que se rebeló contra el absolutismo en el pueblo sevillano de Cabezas de San Juan, que sería aclamado como héroe nacional pero que terminaría pocos años más tarde ejecutado en la madrileña Plaza de la Cebada. Y se cierra con Gutiérrez Mellado, figura clave en la recuperación de la democracia, que además tuvo el valor de enfrentarse la tarde del 23-F al estrambótico personaje que pretendía convertirse en "lidiador" de la política nacional.
Entre Rimas y Guerras Muchos miembros de mi generación sufrimos una enfermiza atracción por el siglo XIX. Nos atrajo sin duda aquel pintoresco Romanticismo hispánico de Rimas, pistoletazos suicidas, Borbones incapaces y continuos pronunciamientos de una ambiciosa casta militar. Habíamos alimentado nuestra incipiente curiosidad por tiempos pasados con los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós. Ante el tema tabú o maniqueo de nuestra reciente guerra incivil, nos refugiamos en aquellos relatos que nos prefijaron una idea, creo que bastante aproximada de la violenta tierra que pisábamos. Sin duda la tercera serie, que tenía como protagonista a Fernando Calpena fue la que, al menos a mí, dejó una huella más profunda en aquellas lecturas adolescentes. Narraba la primera Guerra Carlista, desgarradora y sangrienta. Ahora el autor de A golpes de sable me vuelve a rememorar a unos espadones que ya tenía algo desdibujados, pero de los que sí recordaba su desproporcionada crueldad: Espoz y Mina, Zumalacárregui, Espartero, y sobre todo Ramón Cabrera, conocido como ‘El Tigre del Maeztrazgo', todos ellos protagonistas de fusilamientos masivos y de salvajes venganzas personales.
Con Valle-Inclán en el recuerdo Siguiendo la estela del magistral mosaico que ha elaborado con impecable rigor Gabriel Cardona, pasamos de evocar a Galdós, –una vez hemos cruzado por el genio y figura de Narváez, O'Donnell y Prim– a recordar inevitablemente a Valle-Inclán y su Martes de carnaval porque al pasar página y siglo nos encontramos con aquellos generales que trataron de mantener las últimas migajas del imperio con guerras encarnizadas y sin sentido: Cuba, Filipinas, El Rif... Figuras como la de Martínez Campos, un general liberal para tiempos difíciles o Valeriano Weyler, nuestro hombre en La Habana cuya memoria se obsesionó en borrar años más tarde Primo de Rivera. Se analiza asimismo a Milans del Bosch, un antecedente claro de la Dictadura, látigo de la CNT en Barcelona, miembro de una saga que aún nos daría más de un sobresalto; para culminar con Primo de Rivera, nombrado hijo adoptivo de esta ciudad, no precisamente por su amor a la cultura, sino por su querencia a placeres más mundanos.
Los militares de la Guerra Civil La última parte de A golpes de sable perfila –con la misma imparcialidad que se desarrolla todo el libro– los retratos de la mayoría de los protagonistas castrenses que estuvieron implicados en la Guerra Civil, en uno y otro bando. Lectura aconsejable por su serenidad de juicio. A lo largo de todo el libro, Gabriel Cardona ha tenido la elegancia de no ahondar excesivamente en el esperpento –bastante tenemos con Mola, Franco y Sanjurjo– y ha dejado fuera de sus páginas a personajes como Pavía, del que el desinformado periodista sueco hubiese comentado que disolvió la Primera República a golpe de rejoneo, o a Queipo de Llano que sembró el terror a través de las ondas radiofónicas, de modo mucho más sangriento que Orson Welles, o al inefable Millán Astray, “novio de la muerte" que sin embargo no pudo con el sentimiento trágico de Unamuno; del mismo modo que el “torero" con tricornio no pudo tumbar aquella tarde al militar demócrata. El autor concluye en su prólogo: "Ya no tenemos espadones porque las trapisondas públicas las hacen los políticos y los generales se dedican a los suyo. Con todas nuestras alegrías, desgracias, desasosiegos y quebrantos, somos un país normal. Que ya era hora."
La recomendación: Anatomía del instante No es ésta una recomendación para los que, por edad, vivimos el 23 F, en vivo y en directo, sino más bien para aquellos que afortunadamente nacieron en democracia. Javier Cercas os narra en Anatomía del instante el punto final de la epidemia de espadones salvapatrias que tuvo contagiado este país durante más de un siglo y medio. Un magnífico modo de cerrar, literariamente, aquellos Episodios Nacionales de Galdós y los esperpentos de Valle-Inclán.
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21/04/2010 (10:58)
Aunque mi librero preferido no esté de acuerdo con esta apreciación, yo me empeño en considerar la trayectoria de Enrique Vila-Matas como una de las más coherentes y originales de la narrativa española en los últimos casi cuarenta años. Tal vez porque en el lejano 1973, Vila-Matas ya me dejó tocado con aquella Mujer en el espejo contemplando el paisaje publicada en una colección que los jóvenes letraheridos de entonces considerábamos de culto, los Cuadernos Ínfimos de Tusquets. El inquietante juego de espejos, con sutiles claves dentro de un sugerente ejercicio de estilo, a la manera de Raymond Queneau, parecía esconder nuevas y atractivas fórmulas de plantear la escritura. Una cómplice invitación para todos aquellos lectores que queríamos huir despavoridos del empacho, difícil de digerir, de la novela realista española. La paramera, el mundo rural y el supuestamente sincero pero acartonado lenguaje campesino, nos salía ya por las orejas.
Hay que leerlo, no que creerlo Pocos años más tarde, nos encontramos con un nuevo relato suyo que pretendía asesinar a todo el que lo leyese. Se titulaba La asesina ilustrada y confesaba haberlo escrito en una buhardilla de París que le había alquilado Marguerite Duras (Primer consejo y fundamental: a Vila-Matas hay que leerlo, no que creerlo). En 1980 la editorial Fundamentos nos ofrecía su primera novela, con una portada y un título tan sugerente, Al sur de los párpados, que tal vez por eso muchos nos sentimos algo decepcionados por su contenido. Poseía la incontinencia de toda ópera prima. Sin embargo, a partir de aquellas páginas tan sinceramente confusas descubrí guiños y claves que iba a compartir durante décadas, porque desde entonces juré fidelidad y amor eterno a este autor con el que he recorrido un largo camino, saltando calendarios a través de su casi treintena de títulos.
Enfermos de la literatura En la firme creencia de pensar que sus libros ya son algo míos, me atrevo a esbozar un leve apunte sobre la escritura de Enrique Vila-Matas a quien –aclararé– no tengo siquiera el gusto de conocer personalmente. El recorrido por los personajes, temas y motivos que conforman todas y cada una de las páginas de sus obras, terminan por constituir una especie de libro único de piezas revueltas, que si fuésemos capaces de encajar, nos atreveríamos a titular bajo el género de autobiografía. Pero se trata de una labor imposible porque sus textos carecen de trama convencional y se desbordan hacia el desagüe de la digresión, entre continuos y atractivos tropiezos y enredos con el ensayo y la ficción, adobados por frecuentes reflexiones metaliterarias que siempre parecen estar bendecidas desde la sombra por Kafka, Walser, Sebald o Pessoa entre esos otros miembros de la célula permanente que simulan proteger la mala salud del repleto pabellón de enfermos de la literatura.
Dublinesca Publicado por la editorial Seix Barral, nos llega Dublinesca. Afirma Vila-Matas en sus páginas que: “las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer". El ya ha demostrado las suyas regalándonos, una vez más, una obra magistral. Ahora depende de nosotros que seamos capaces de sacarle todo su fruto. Quiero recordar que es en Dietario voluble donde Vila-Matas habla por primera vez de los hikikimoris, nombre con el que se conoce en Japón a más de un millón de jóvenes, extraviados en la infinidad de la Red, fantasmas ensimismados, tristes, muertos en vida, alienados, inútiles, solitarios, abocados a la destrucción. Samuel Riba –el protagonista de Dublinesca– acaba de cumplir sesenta años y ante la inminente amenaza del fin de la era Gutenberg, ha decidido deshacerse de su editorial con la que había conseguido un merecido prestigio publicando a lo largo de treinta años a los más grandes y por supuesto ególatras escritores de su época. Enganchado a Google de modo patológico, cree que se halla en el ocaso de su vida porque ya ni siquiera es invitado a ferias y congresos fuera del país, viajes que por la tanto no puede contar a sus padres.
Un funeral en compañía de Joyce y Beckett Tras un sueño premonitorio en el que se descubre tirado a la puerta de un pub irlandés, completamente borracho, decide organizar un viaje a Dublín para conmemorar con sus amigos el Bloomsday (Cada 16 de junio en Dublín se celebra un homenaje a Leopold Bloom, protagonista del Ulysses de Joyce. Los asistentes procuran desayunar, comer, cenar y beber lo mismo que los protagonistas de la novela y llevar a cabo el itinerario exacto de la acción que como sabéis transcurre en las veinticuatro horas del 16 de junio de 1904). El motivo encubierto del ex-editor Samuel Riba es organizar un funeral por la desaparición de la era de la imprenta, a punto de ser asesinada por la era digital. En suma un guiño más de Vila-Matas; un homenaje a la literatura, en clave de agonía, en la ciudad de Oscar Wilde, W. B. Yeats, James Joyce y Samuel Beckett, que todos ellos abandonaron antes de llegar a los veinticuatro años, pero que dejó honda huella en sus vidas y en su obra. Un último responso –antes de convertirnos todos en hikikimoris– entonado por dos de las voces que marcaron los límites de la literatura del pasado siglo, la incontinencia de Joyce y el laconismo de Beckett.
La recomendación. Paseo por Vila-Matas Tras la lectura de Dublinesca podríamos iniciar un paseo a la inversa por la obra de Enrique Vila-Matas, con parada inicial y obligatoria en Dietario voluble, a modo de manual de instrucciones, para adentrarnos más tarde en El mal de Montano, Bartleby y compañía, Hijos sin hijos o Suicidios ejemplares. Todas ellas forman parte de ese enriquecido conglomerado de casi treinta piezas que aspiran a construir un libro único de perfiles infinitos, que ha convertido a su autor –a pesar de la opinión de mi librero favorito– en uno de los más geniales y coherentes de la narrativa española actual.
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14/04/2010 (13:19)
Hoy se cumplen setenta y nueve años de la proclamación de la Segunda República Española. Por ley natural, poco a poco, nos van dejando los últimos testigos presenciales de aquella explosión de alegría colectiva que se produjo el 14 de abril de 1931, cuando el pueblo se echó a la calle, sin incidente alguno, para celebrar la caída de la última barrera que les impedía alcanzar la modernización, tan ansiada desde la Constitución de Cádiz. Tras la desastrosa Guerra Civil, Albert Camus definió mejor que nadie la pesadilla de un sueño roto: “Fue en España donde los hombres aprendieron que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede vencer al espíritu, que hay épocas en que el coraje no se ve recompensado. Es por esta razón, sin duda, por la que tantos hombres a lo largo y ancho del mundo conciben el drama español como una tragedia personal".
Los espadones salvapatrias Aquel 14 de abril es una fecha demasiado lejana en el tiempo y en las conciencias, paradójicamente desdibujada por el continuo debate, que en muchos de los casos adquiere el tono áspero que le imprime todo aquel que desprecia cuanto ignora. Por ley natural, poco a poco, también nos fueron dejando los protagonistas de ‘La generación de la República’ que quizás fue la más brillante de la historia de nuestro país. No nos queda más remedio, por tanto, que escarbar por nosotros mismos entre los millones de páginas publicadas, si queremos alcanzar a entender porqué se frustró la generosidad y honestidad de un sublime esfuerzo por construir la auténtica democracia, el sincero deseo de transformar y modernizar a España entre el recelo de los retrógrados y la premura de los exaltados. En esas mismas páginas descubriremos, que sin embargo todo terminó conjurándose contra los difíciles inicios de unas esperanzadoras experiencias políticas, sociales y culturales que pocos años después quedarían sesgadas por los espadones salvapatrias que nos arrojarían a una larga dictadura inmisericorde.
Todas contra la República Por un lado las “fuerzas vivas", las sempiternas casta militar y jerarquía eclesiástica, los postineros aristócratas y los caciques dueños de vidas y haciendas. Por otro lado la desbordada pasión libertaria sumida en su particular utopía que desconfíaba de los lentos pasos de la reforma, demandando la inmediatez de un paraíso en la tierra. Las llamadas fuerzas revolucionarias comunistas con una sospechosa estrategia dictada desde Moscú. Los anarquistas de sangre caliente y gatillo fácil junto a otros tantos grupos marginales que ayudaron de forma signifiticativa a sembrar el caos. Como telón de fondo para tan compleja escenografía, dos sombras inquietantes: el desastre de la economía mundial tras el crac del 29 y el atemorizador triunfo de los fascismos.
Cuatro historias de la República Cuando vemos cómo se aleja y se desdibuja en el tiempo aquel exultante 14 de abril, apreciamos que apenas si nos deja en las retinas algunas fotos que los años tratan de virar hacia el sepia del olvido, pero que aún mantienen intactas los gestos de euforia de sus personajes. Es el momento en que se nos ocurre que para conmemorar una fecha como la de hoy, deberíamos regresar al testimonio de cuatro magníficos periodistas de la época que, a través de sus crónicas, supieron plasmar en directo, desde posiciones ideológicas diferentes, los avatares de aquella aventura esperanzadora que no pudo ser. En 2003, la editorial Destino, con el título de Cuatro historias de la República, recogió en su solo volumen los textos de Madrid, el advenimiento de la República, por Josep Pla; Los enemigos de la República, por Manuel Chaves Nogales; Haciendo de República, por Julio Camba y La República sin republicanos, por Gaziel. En edición impecable de Xavier Pericay y con clarificadores prólogos de Xavier Pla, Andrés Trapiello, Arcadi Espada y el propio Pericay.
Pla, Chaves, Camba y Gaziel Cuatro periodistas, desde posiciones ideológicas contrapuestas e intereses empresariales y personales diferentes, dejaron un enriquecedor mosaico, a través de sus crónicas, de lo que supuso aquel indiscutible revulsivo en la sociedad española. Josep Pla viajaba desde Barcelona a Madrid, la madrugada del 13 al 14 de abril de 1931, como corresponsal parlamentario del periódico La veu de Catalunya, afín a los intereses del señor Cambó. En pocos días, dadas las circunstancias, Pla se convirtió en el comentarista estrella del diario conservador catalán. Chaves Nogales durante mucho tiempo ha permanecido en la memoria colectiva tan sólo por la magnífica y peculiar biografía que trazó sobre el torero Juan Belmonte. En tiempos de la República perteneció a la redacción de la revista Estampa y fue subdirector del periódico Ahora, sus crónicas y entrevistas alcanzaron gran prestigio por su objetividad. En 1937 terminaría exiliándose a Francia por causas que él mismo explica con detalle en el prólogo de A sangre y fuego, el más estremecedor libro de relatos sobre la Guerra Civil. Julio Camba al advenimiento de la deseada República, soñaba con ser nombrado embajador, como Madariaga, Pérez de Ayala o Américo Castro. Su frustración le hizo, de algún modo, perder las formas y escribir con ciertas dosis de resentimiento aunque con la indiscutible genialidad de su humor, unas crónicas ciertamente ácidas y a veces bastante desequilibradas que gustosamente le fue publicando ABC. Gaziel fue el seudónimo con el que firmaba sus artículos Agustí Calvet que como Pla, comenzó su carrera periodística en La veu, posteriormente sería director de La Vanguardia hasta 1936. En sus crónicas del periodo republicano, aparecidas en La Vanguardia y Ahora, reclama constantemente a la clase política, a los partidos y a sus dirigentes, que pusieran remedio cuanto antes a la fragilidad del régimen recién nacido. Como escribió Shakespeare: “El resto es silencio".
La recomendación: Para fijar la historia Tras la imprescindible lectura de estas cuatro extensas crónicas periodísticas sobre una quimera, una utopía, una entelequia, un ideal de convivencia, una forma de ser y estar, un paraíso que se perdió antes, casi, de haberlo podido disfrutar, es recomendable para fijar su historia, el didáctico libro Vida y muerte de la República Española,de Henry Buckley, que fue corresponsal en España del Daily Telegraph durante toda la década de los treinta. Publicado recientemente por Espasa Calpe en su colección Austral, se editó por primera vez en Londres en 1940. Destinado esencialmente a los lectores británicos para tratar de concienciarlos de la política hipócrita que los gobiernos aliados habían llevado a cabo con la democrática República Española.
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8/04/2010 (16:53)
Durante casi dos décadas, Vladimir Nabokov estuvo impartiendo clases de literatura en el Wellesley College, cerca de Boston, considerada la universidad femenina más prestigiosa de Estados Unidos. Con toda seguridad debió de coincidir en sus aulas con Pedro Salinas profesor de literatura española en el mismo college. A finales de 1958, a raíz de enriquecerse de repente con la publicación de Lolita, Nabokov abandonó para siempre las clases. De aquella fructífera etapa pedagógica se han publicado en castellano al menos tres volúmenes: su controvertido Curso sobre El Quijote, el Curso de literatura rusa y el Curso de literatura europea. Manuales imprescindibles como guía para todos aquellos que deseen descubrir los ángulos más sugerentes de futuras lecturas.
Nabokov entomólogo Precisamente en el Curso de literatura Europea, Nabokov dedica un extenso capítulo a La metamorfosis de Kafka, afirmando con rotundidad que: “Es el escritor en lengua alemana más grande de nuestro tiempo. A su lado, poetas como Rilke o novelistas como Thomas Mann, son enanos o santos de escayola". Habría que señalar, que aparte de impartir clases de literatura, –imaginamos que rodeado de ‘lolitas’– por aquellos años Nabokov también estuvo a cargo de la colección de mariposas de la universidad de Havard, porque era además un destacado entomólogo, ampliamente reconocido por su contribución al estudio de los lepidópteros. Por tanto no es de extrañar que sus notas manuscritas sobre Kafka, aparezcan repletas de bocetos de escarabajos para demostrar que al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo no se vio convertido en cucaracha, sino en un escarabajo marrón, convexo, del tamaño de un perro. Cuando en 1916 se publicó en Leipzig la primera edición de La metamorfosis, su autor se negó a que en la cubierta apareciese insecto alguno.
Una afortunada desobediencia Kafka murió en un sanatorio, cerca de Viena, en 1924, a consecuencia de una terrible tuberculosis que le fue trepando desde los pulmones hasta la laringe; en los últimos meses tan sólo pudo comunicarse mediante notas escritas. Tenía 41 años y había dejado encargado a Max Brod, su mejor amigo, que destruyese sus tres novelas inconclusas, todos sus manuscritos e incluso las narraciones ya publicadas.
Gracias a la afortunada desobediencia hoy conocemos en profundidad a uno de los escritores más significativos que dio el siglo XX. Sus obras han influido sobre numerosos autores de generaciones posteriores y han creado una legión de lectores activos a los que se nos exige en todo momento un esfuerzo de imaginación real, porque Kafka, a diferencia de otros contemporáneos, prescindió de todo experimento y de todo manierismo, manejándose en un lenguaje claro y sencillo, pulcro y neutral, sin metáforas poéticas que tratasen de adornar sus historias en blanco y negro, sus terribles y estremecedoras pesadillas, premonitorias, como catastróficas profecías de lo que estaba por llegar.
Los hechos que configuran sus historias, que parecen tan absurdos a primera vista, es lo que ha creado en nosotros sus lectores, una experiencia tan perdurable que hace que cada uno conforme en su imaginación una iconografía propia para ilustrar El proceso, América, El castillo, En la colonia penitenciaria y por supuesto La metamorfosis. Nabokov nos aportó su escarabajo, el actor José Luis Gómez hace ya algunos años, nos regaló otra lección magistral con su interpretación del Informe para una academia y el pintor Pepe Hernández supo imprimir a la pesadilla de Gregorio Samsa toda la fuerza y credibilidad que exigía Nabokov en sus clases.
Robert Crumb frente a Kafka A finales de los significativos años 60 en Estados Unidos, Robert Crumb comenzó a destacar por sus transgresoras tiras cómicas, en las que agitaba, como en una coctelera, sexo y crítica política a través de unos dibujos de realismo sucio con personajes como el Gato Fritz y Mr. Natural que pronto se convirtieron en mitos indiscutibles de la contracultura, iconos de lo que terminó conociéndose como Comix Underground. (En 1972 la editorial Fundamentos publicó una antología con ese mismo título, con selección de Chumy Chúmez y prólogo de Ops, actualmente más conocido como El Roto).
Fueron para Crumb los años de esplendor en la “hierba" junto a “amistades peligrosas" como William Burroughs o Allan Ginsberg, la guerra de Vietnam como telón de fondo y la psicodelia y el Flower Power intentando provocar un nuevo terremoto en San Francisco. Aunque después de la tempestad de sueños de libertad, llegó una calma chicha y aburrida y fue entonces cuando el transgresor Crumb, ya cuajadito en años, decidió refugiarse en la vieja Europa.
Hoy se ha convertido en todo un clásico al que le rindió honores el Festival del Cómic de Angulema, sus obras ya pernoctan en los museos y algunos críticos no se ruborizan al compararlo con Goya o Brueghel. El pasado año editorial La Cúpula publicó en castellano Génesis, peliagudo encargo de ilustrar el libro sagrado, en cuya realización el autor tardó más de cuatro años y del que salió airoso a pesar de lo arriesgado del tema, sin que este agnóstico declarado llegara a herir siquiera las susceptibilidades de los más fundamentalistas en el seno de la religión judeo-cristiana. La misma editorial acaba de lanzar al mercado Kafka, una novela gráfica con cerca de 200 páginas y guión de David Zane Mairowitz.
Aquí nuestro admirado Robert Crumb nos aporta su personal visión del escritor praguense. Un recorrido por su vida y por su obra que enriquece aún más la iconografía kafkiana, al tiempo que consigue aportar claves nuevas sobre uno de los autores más reinterpretados en la historia de la literatura. Crumb nos narra, con la particular maestría de sus dibujos, las obras más emblemáticas, a la vez que va desarrollando un exhaustivo recorrido por las infinitas fobias del autor.
En el epílogo se afirma que: “Si Kafka hubiera vivido, seguramente el Holocausto habría sido su destino". En las páginas finales Crumb no duda en “retratarse" junto a Mairowitz, el guionista, en la Plaza de la Ciudad Vieja, portando cada uno de ellos unas camisetas con el rostro de Kafka; en la Praga del siglo XXI que ha convertido al escritor rechazado por el régimen comunista, en un simple objeto de merchandising. “En poco tiempo, –apostilla Crumb– como en el caso de Mozart en Salzburgo, será posible comer su rostro hecho en chocolate".
La recomendación: El auge de la novela gráfica De un tiempo a esta parte parece haber surgido un renacimiento del cómic, que ha encontrado en la novela gráfica su soporte más genuino. Ejemplos como el Maus de Art Spiegelman, la Persépolis de Marjane Satrapi, el Paracuellos de Carlos Giménez o la versión de la Ciudad de Cristal de Paul Auster por Paul Karasik, son más que suficientes para reencontrarse con aquel género que nos encandiló en la infancia. Ahora es Robert Crumb quien nos ofrece el soporte perfecto para revisitar a Kafka, su libro supone un magnífico prólogo gráfico para adentrarnos después en las páginas del atormentado laberinto kafkiano.
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24/03/2010 (18:49)
Tom Sttopard nació en Checoslovaquia en 1937. Su origen judío obligó a la familia a huir de Europa a la India. Su padre acabaría muriendo en un campo de concentración japonés y su madre se casaría de nuevo con un oficial de la armada británica que dio apellido y nueva nacionalidad al que años más tarde –junto a John Osborne y Harold Pinter– se convertiría en unos de los dramaturgos ingleses contemporáneos más sobresalientes. En nuestro país, de modo lamentable, hasta anteayer, ha pasado como autor de una sola obra, porque sólo estaba traducida al castellano Rosencrantz y Guildenstern han muerto, que se publicó allá por los años setenta en la mítica colección de teatro de Cuadernos para el diálogo. Los más avispados y sobre todo los cinéfilos saben que Stoppard es además el autor del guión premiado con un Oscar en 1998, Shakespeare in love, y de otros muchos no menos importantes como Brazil, La casa Rusia o El Imperio del Sol.
El año Stoppard Durante esta temporada teatral, Stoppard ha irrumpido de pronto en cuerpo y obra, para regocijo y asombro de todos aquellos que desconocíamos la práctica totalidad de su dramaturgia. Dos de sus obras han subido a nuestros escenarios. Se han llevado a cabo lecturas dramatizadas de algunas de sus piezas radiofónicas. En Barcelona se le ha concedido el Premio Terenci Moix y en Madrid ha asistido a la presentación de su trilogía La costa de Utopía, publicada en castellano por el Centro Dramático Nacional. Hasta hace unos días se ha estado representando en el Teatro María Guerrero, Realidad, bajo la dirección de Natalia Menéndez y el Teatro Español en las Naves del Matadero ha presentado la producción del Teatre Lliure, Rock'n'Roll, con dirección de Àlex Rigola, galardonada con el Premio de la Crítica.
Rock’n’Roll La obra se desarrolla entre Checoslovaquia y Cambridge, desde el final de la abortada Primavera de Praga hasta la esperanzadora caída del muro de Berlín. Los protagonistas: un profesor de filosofía que a pesar de la entrada de los tanques rusos en las calles de Praga sigue creyendo en el socialismo con rostro humano y su alumno, un joven checo, fanático del rock que decide volver a su país para tratar de entender por qué un ilusionado proceso de libertad ha derivado en represión. En Praga, tras la caída de Dubcek, sufre continuos interrogatorios y cacheos y ve destrozada por la policía su preciada colección de vinilos. Forzado por las autoridades a dejar sus estudios, tendrá que trabajar durante años en una panadería. A su grupo preferido, ‘Gente Plástica del Universo’, se le prohíbe cantar en inglés y todos sus miembros, que siempre desearon mantenerse al margen de la política, terminarán en la cárcel.
La Praga de Gustav Husak Quien tuviese la oportunidad de visitar Praga, tras la retirada de los tanques del Pacto de Varsovia, entenderá mejor lo que Stoppard ha tratado de explicarnos en esta obra tan compleja y ambiciosa. En el verano del 71 recorrí Checoslovaquia con dos amigos alcalaínos y precisamente en la Plaza de San Wenceslas, símbolo de una esperanza abortada, sufrimos un incidente absurdo y estúpido que estuvo a punto de llevarnos a las cárceles de Gustav Husak. El joven Jan, coprotagonista de esta función, resistirá los años duros de aquella Checoslovaquia que pronto quedó olvidada por los países de democracias consolidadas. Seguirá oyendo en la clandestinidad a los Rollings, Velvet Underground, Sgt. Pepper’s y sobre todo a Pink Floyd y también a su querida banda local, que realmente existió y terminó exiliada en Londres. Asistirá a los heroicos esfuerzos de los disidentes por recuperar la brisa de una Primavera ya tan lejana y será testigo de cómo la Carta 77 producirá sus efectos cuando, al final, el dramaturgo Vàclav Havel, líder del grupo opositor, acabe elegido Presidente de la República, tras la caída del Muro.
Syd Barret, el vocalista de Pink Floyd Pasados los años, Jan regresa a Cambridge, a reencontrarse con su profesor de filosofía, ya mayor y viudo, todavía aferrado a su fe marxista a pesar de las sacudidas de los acontecimientos; sumido en esa complacencia izquierdista que aún es incapaz de reaccionar ante las palpables equivocaciones e injusticias del sistema. Rock'n'Roll está compuesto con otra serie de personajes, magníficamente perfilados, como la mujer del viejo profesor que en la primera parte de la obra, enferma de un cáncer terminal, reivindica algo tan elemental como la vida, a secas. Es en la segunda parte de la función cuando aparece, como un simbolo que se cita y se admira, la figura de Syd Barret, el que fuera guitarra rítmico, vocalista y líder de Pink Floyd a finales de los sesenta, hasta que el abuso del LSD le llevó a un viaje sin retorno. Obligado a abandonar la banda, trató de rehacer su carrera en solitario, pero terminó aquejado de una enfermedad mental, recluido en casa de sus padres, precisamente en Cambridge, su ciudad natal, donde murió en 2006. Afirma Stoppard que su pasión por la música le llevó a querer escribir una obra sobre Barret que nunca empezó, pero que una fotografía del que fuera brillante músico, con 55 años, montado en bicicleta, con guantes y bufanda, como dirigiéndose hacia la nada, le llevó a querer enredarlo en esta obra que habla en parte del comunismo, en parte del conocimiento, un poco de Safo y sobre todo de Checoslovaquia entre 1968 y 1990. Lástima que las funciones de Rock'n'Roll hayan finalizado, porque escrita por un autor lejos de toda sospecha, hubiese sido altamente recomendable en estos días para todos aquellos que reivindican libertades, pero parcelando territorios, no queriendo mirar hacia donde no les conviene y tratando de justificar lo injustificable.
La recomendación: Milan Kundera A la espera de que el texto de Rock’n’Roll se publique en castellano, puede resultar conveniente regresar al escritor checo Milan Kundera para conocer algo más sobre el dificultoso camino de Checoslovaquia hacia la libertad. Al margen de La insoportable levedad del ser, sugiero su novela anterior La broma, escrita en 1967 que fue considerada en Praga por aquellos días como la Biblia de la contrarrevolución. Una broma mal comprendida se extravía en un mundo que ha perdido el sentido del humor y lleva a Ludvik, su protagonista, a su peor destino, a caer en las garras de un estado policial.
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18/03/2010 (10:51)
Hay periodistas que saltan en paracaídas sobre Laos, interrogan a medio millón de moribundos, están a punto de ser hechos prisioneros por el Gran Tamerlán, pero vuelven a tiempo de ganar el Pulitzer, el Nobel y una Beca Juan March. Otros periodistas se levantan cada mañana a las ocho menos cuarto, toman un café con leche y salen con el coche utilitario. Llegan a la redacción, se sientan a la mesa cotidiana, desenfundan las tijeras cotidianas, cortan, pegan, corrigen, cambian titulares, hablan de futbol y de señoras, de sus hijos y sus parcelas, envejecen con la mesa, mueren antes y según los años de comensales de papel, merecen una gacetilla fúnebre en la que se exalta su espíritu de sacrificio y de servicio a la información".
Una sola grandeza
De este modo arrancaba un extenso artículo titulado Los periodistas, casi todas las servidumbres y una sola grandeza, publicado por Manuel Vázquez Montalbán en la revista Triunfo, allá por la primavera del 71. Unas páginas que parecían estar dedicadas fundamentalmente a los jóvenes estudiantes de las flamantes Facultades de Ciencias de la Información, casi recien estrenadas, y de los que se despedía tratando de hacerles comprender “...que tal vez la verdadera grandeza de la profesión resida en recuperar cotidianamente la dignidad que concede la búsqueda de la verdad histórica y popular, sin intermediarios".
De la prensa falangista al ‘Mundo Obrero’
En 1960, Manuel Vázquez Montalbán realizó el último curso de la carrera de periodismo en la antigua Escuela Oficial de la madrileña calle Zurbano, tras haber cursado los dos anteriores en la Escuela de la barcelonesa Rambla de Santa Mónica. Inmediatamente comienza a colaborar en el semanario El Español que edita la propia escuela y en el que asiduamente colaboran Francisco Franco con el seudónimo de “Hispanus" y el Almirante Carrero Blanco bajo el nombre de “Juan de la Cosa". A contrapelo, con su nombre y apellidos, Manolo debuta en sus páginas, en junio del 60, con un artículo sobre los estudiantes universitarios que trabajan durante el verano en campamentos junto a obreros y campesinos. Dos meses más tarde ingresa en la plantilla del diario Solidaridad Nacional de Barcelona. En sus páginas escribe sobre Dalí, al que no le profesa muchas simpatías, entrevista a Natalia Figueroa que aspira al Parnaso de la poesía, al verborreico Cela y a un primerizo Marsé que le reprocha que trabaje para un periódico del Movimiento, a lo que el recien iniciado reportero le contesta: “No te engañes, en este país todos los periódicos son del Movimiento". Un año más tarde el falangista Luys Santa Marina, director del periódico, que sospecha de la desafección del joven periodista hacia el régimen, –Vázquez Montalbán ya militaba clandestinamente en el PSUC– le encarga un reportaje en nueve capítulos sobre los Veinticinco Años de Paz. Consigue superar tan escabrosa prueba por el método de corta y pega, labor de hemeroteca, un collage de “logros", arrancados de los periódicos a lo largo de esos años. Décadas más tarde, en una entrevista concedida a la italiana Roberta Erba, le confesará que durante aquellos tiempos oscuros estuvo colaborando en el clandestino Mundo Obrero bajo el seudónimo de Manuel Sánchez Molbatán.
Tres años de cárcel
En 1962 es detenido, junto a su mujer y otros estudiantes en la Facultad de Letras, por apoyar en una manifestación la huelga de los mineros de Asturias. Un consejo de guerra lo condena a tres años de cárcel de los que sólo llega a cumplir uno, gracias al indulto tras la muerte de Juan XXIII. Durante su estancia en la cárcel de Lérida, escribe Informe sobre la información, un documentado ensayo que publica ese mismo año la editorial Fontanella, una denuncia sobre las tácticas utilizadas por los grupos de presión para mantener el control de los medios de información. Hasta 1965 sobrevive gracias a trabajos anónimos y precarios, redactando, por ejemplo, entradas para las enciclopedias de Espasa y Larousse.
La construcción del columnista
Es a partir de la aparición del semanario Siglo 20, en junio de 1965, cuando Vázquez Montalbán no sólo logra rehacer su carrera periodística sino que inicia una marcha imparable y magistral hasta su prematura muerte en el aeropuerto de Bangkok el 18 de octubre de 2003. De ese camino recorrido tan intensamente, nos ha dejado la generosa herencia de más de nueve mil artículos desparramados por las páginas de Triunfo, TeleExpres, Bocaccio, Hogares Modernos, Hermano Lobo, Por Favor, La Calle, Interviú, El País... En estos días Francesc Salgado los está recopilando en una magnífica edición publicada por Debate. Acaba de aparecer el primer tomo con el título de Obra periodística. La construcción del columnista (1960-1973). Para aquellos más viejos que lo aprendimos casi todo en la escuela laica de Triunfo, que devorábamos sus páginas, subrayábamos párrafos enteros, apuntábamos con una pasión desmedida lo que había que ver, lo que había que leer y lo que había que escuchar, este primer tomo ha supuesto una emotiva recuperación de parte del andamiaje con el que, por aquellos años, tratamos de construir nuestra formación entre las ruinas de la desmemoria. Vázquez Montalbán fue nuestro Juan de Mairena, además de una auténtica escuela de periodismo. A los más jóvenes, sugiero que este libro puede mostrarles toda una lección de buen oficio, a lo largo de una trayectoria épica por alcanzar las cotas de libertad a través de la prensa escrita. Una oportunidad para recuperar la parcela más olvidada de un hombre multidisciplinar que por encima de todo, siempre se consideró periodista. Y una oportunidad para apostar de nuevo nuestra confianza en un oficio al que la sociedad actual parece estar poniendo todo tipo de zancadillas entre cantos apocalípticos sobre la posible desaparición de los diarios.
Montalbán dixit
En el artículo que citábamos al principio, Montalbán afirma: “Curiosa profesión que aglutina a supermanes y oficinistas. Los políticos en ejercicio amonestan con el dedo a periodistas y les dicen “no debéis deformar". Delicado oficio que tantas atenciones despierta, tan envuelto en pañales verbales. Y, sin embargo, jamás el profesional del periodismo ha tenido menos poderes reales que en nuestro tiempo".
La Recomendación: Universo Montalbán
La obra de Manuel Vázquez Montalbán es un sugerente universo donde se puede picotear en la certeza de que casi nunca saldremos defraudados. Ensayo, poesía, novela negra –ahí está el legendario Carvalho con casi cuarenta años a sus espaldas– y novela de la otra; relatos, aguda crítica política, humor, futbol, gastronomía y hasta comedia musical donde Groucho, el más Marx de los hermanos Marx, le trató de ayudar a despejar las incógnitas de las Cuestiones Marxistas con la parte contratante de la primera parte...
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11/03/2010 (17:55)
En el centro de Madrid, en la segunda planta de un macro almacén de ocio y cultura de origen francés (que tengo entendido fue fundado por unos progres troskistas), desde hace algunos meses guardan encerrado en una especie de urna o pecera seca, un pick-up. Quiero decir un “tocata" o más finamente un plato. Anacrónico artilugio que hace ya algunas décadas, junto con la máquina de escribir, pasó a peor vida. Las últimas olivettis posiblemente las vimos en las comisarías, donde el madero se afanaba en machacar las teclas del mismo modo que el mudo de los hermanos Marx destrozaba los pianos.
El efecto ‘boumerang’ No, no se trata de una exposición retrospectiva dedicada a la música. Simplemente forma parte del efecto boumerang en la sociedad de consumo. Un largo recorrido que, con toda seguridad, debió iniciarse con los discos de pizarra de nuestros bisabuelos, donde las bulerías de Tomás Pavón o las medias granaínas de Manuel Vallejo sonaban como ectoplasmas, y acabó cuando nos invitaron a deshacernos de todos aquellos obsoletos ‘elepés’ que habían puesto banda sonora a nuestra adolescencia y juventud. El progreso nos había traído la modernez del cedé. Sin embargo en los últimos años, el ‘top manta’, el iPod y las descargas de fusilería contra Teddy Bautista, han derrotado en dura batalla de guerrillas, no sólo al cedé, sino sobre todo a las hasta entonces jugosas y saneadas cuentas de las discográficas y del virreinato del ex-solista de Los Canarios. Por lo tanto no se trata de exponer una reliquia de otro tiempo, sino que pretenden comercializar el artilugio para recuperar su boyante pasado crematístico. Alrededor del pick-up encapsulado, permanecen expuestos, como ex-votos, los long-plays reeditados, resucitados de nuevo para el consumo, en la falaz pretensión de tocar la fibra sensible de la nostalgia y que los mayores caigamos así en la trampa de volver a consumir lo consumido. Perturbador resulta pasear nuestras canas por entre las rotundas carpetas de Simon & Garfunkel, el Nashville Skyline de Bob Dylan, el Nebraska de Bruce Springsteen o Songs from a room de Leonard Cohen. Al tiempo que intentan apabullarnos, anunciando como novedad la integral de Los Beatles. Vano empeño de estrategia comercial, tal vez porque los lumbreras del marketing ignoran que los más fetichistas nunca nos deshicimos de aquellos álbumes que pusieron imagen, tono y deseo reprimido a los años lejanos que nunca regresan. En cuanto a los jóvenes, tratan ahora de convencerles de algo que nosotros siempre tuvimos claro, que un vinilo suena con infinita mejor calidad que un cedé.
A la busca del tomo perdido Pasarán los años, afortunadamente a mi generación no le dará tiempo a verlo, pero con toda seguridad se volverá a repetir la imagen cuando hayan llegado a piratear hasta la Biblia en verso y a los Zafones y Revertes del momento no les salgan las cuentas de beneficios porque se les han escaqueado sus lectores virtuales por los agujeros negros de la red. De nuevo expondrán la urna o pecera seca y en su interior un extraño artilugio que los antiguos llamaban estantería, alrededor, como ex-votos, libros de los de papel, con sus páginas, sus cubiertas y sus letras: negro sobre blanco. Los lumbreras en marketing volverán a la carga, afirmando que donde se ponga un libro que les quiten lo bailao o mas bien los años esclavizados ante las pantallas de iPad, los Kindle y las compras virtuales en Amazon. El efecto “boumerang" volverá a convertir el libro en objeto del deseo, y como los bomberos de Fahrenheit, pero a la inversa, los consumidores saldrán como posesos a la busca del tomo perdido, y al igual que el personaje de Shakespeare, exclamarán desesperados: ¡Mi reino por un librero!
Elegía a Gutenberg Hace diez años se publicaba en España, por Alianza Editorial, un libro que su autor, el prestigioso crítico norteamericano Sven Birkerts había escrito en 1994. Elegía a Gutenberg. El futuro de la lectura en la era electrónica, no sólo no ha perdido vigencia en los vertiginosos años transcurridos, sino que como si se tratase de un buen relato de Julio Verne, resulta de fundamental lectura para desolados editores, solitarios libreros, aburridos bibliotecarios y heroicos lectores de páginas tangibles, ante el actual momento de confusión frente al incierto porvenir del libro. Los más viejos del lugar aún recordarán a aquel personaje mediático que en la década de los 60, fumando hierba, ya profetizaba la desaparición del libro. Marshall McLuhan en La galaxia Gutenberg. Génesis del Homo typographicus, afirmaba que la humanidad se encaminaba hacia la aldea global, aldea primitiva y altamente sofisticada donde el libro sería venerado como delicada pieza de museo, y el hombre tipográfico, caso de ser recordado, lo sería bajo la condición de ser poco menos que un fósil. McLuhan murió hace treinta años cuando todavía en las comisarías los maderos machacaban las teclas de las olivettis como Harpo Marx los pianos. El gran teórico de la comunicación, sólo alcanzó a ver por el ojo de la cerradura, lo que se preparaba al otro lado, los preliminares del milenio electrónico. Hoy la puerta está abierta de par el par, los eruditos de Wikipedia pululando por las esquinas y las apocalípticas profecías a punto de cumplirse. Con toda probabilidad la aventura del libro electrónico será con camino de retorno, pero en su arriesgado trayecto es muy posible que deje mucho territorio esquilmado y paradójicamente un cadáver exquisito: la lectura y la cultura literaria.
La recomendación: Regresando a Gutenberg Frente al vehemente McLuhan que intuía lo que se nos venía encima, Sven Birkert, ya testigo directo de fenómeno, se muestra mucho más moderado, en sus afirmaciones, teorías y análisis, aunque igual de apocalíptico. Para todos aquellos aún adictos a la letra impresa, antes de tornarse definitivamente en fósiles, recomiendo como penúltima lectura en papel, Elegía a Gutenberg. Libro teórico, pero a pesar de ello ameno y clarividente, porque rápidamente se aprecia que está escrito por un amante de la lectura. Fundamental para educadores que encontrarán afirmaciones como ésta: “Nuestros estudiantes están cada vez menos capacitados para leer y comprender los textos que se les exige”. Recomendable también para la torpe clase dirigente, que si aún es capaz de saber unir las palabras de un texto, encontrará en sus páginas verdades como puños: “La comunicación a base de coletillas, la comunicación a ráfagas, está destruyendo lo que quedaba del discurso político”.
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4/03/2010 (14:54)
Hace algunas semanas moría en su casa de New Hampshire, uno de los escritores más valorados y también más enigmáticos del pasado siglo. No sólo porque El guardián entre el centeno desde 1951 se ha mantenido como permanente objeto de culto entre los jóvenes, sino también porque J. D. Salinger, por expreso y obsesivo deseo, ha permanecido alejado de todos los medios. En sus libros nunca figuran presentaciones, notas introductorias o los resúmenes biográficos habituales. Tras la curiosa cubierta ilustrada de la primera edición en Estados Unidos, nunca más los editores se han atrevido a colocar imágenes en las tapas de sus novelas y cuentos. Por supuesto foto alguna, apenas media docena circulan por ahí clandestinamente; la más famosa, una instantánea capturada a la salida del supermercado, y por la actitud del escritor, no sabemos en qué estado quedaría el audaz fotógrafo. El mítico personaje literario de Honden Caulfield, con apenas dieciséis años, supo mostrarnos a través de su peculiar lenguaje, la hipocresía y falsedad del mundo de los adultos. Está claro que su autor se resistió a compartir con esos mismos adultos el terrible e inevitable paso del tiempo. Quiso dejar patente el desprecio por la fama convirtiéndose en un recluso de su intimidad. Sin embargo, tan escasa y tempranamente interrumpida obra, está cimentada sobre la admiración incontestable de bastantes generaciones de jóvenes que conservaron en los bolsillos En la carretera de Jack Keruacs y El guardián... de Salinger, a modo de cartucheras para combatir el absurdo mundo circundante.
En las antípodas del “invisible” Paul Auster nació en 1947 en New Jersey, sólo unos pocos años antes de que Salinger hubiese decidido dejar de escribir y hacerse “invisible". Dos de los más representativos escritores de la narrativa norteamericana contemporánea conforman actitudes vitales que se muestran en las antípodas. Con toda probabilidad, Auster por edad y procedencia, alimentó sus sueños juveniles engolfado en las páginas de Salinger, a pesar de que haya declarado en más de una ocasión que con quince años descubrió Crimen y castigo, cuya lectura le determinó a ser lo que es. Y a pesar también de que se reafirme en que su máxima influencia literaria procede de Kafka y Beckett. Lo que está claro es que estos dos maestros de la narrativa norteamericana –Salinger y Auster–, aunque se hayan movido en posiciones vitales diametralmente opuestas, coinciden en haber logrado reunir a su alrededor una numerosa y parecida legión de incondicionales lectores. Afirma Auster que: “La literatura es esencialmente soledad. Se escribe en soledad, se lee en soledad y, pese a todo, el acto de la lectura permite una comunicación entre dos seres humanos".
Un autor generacional Tal vez por eso el optimismo de Paul Auster y su abundante producción resida en querer asistir periódicamente a la experiencia de ver cómo el trabajo realizado en soledad se convierte en una experiencia compartida con muchísimas personas que convergen en un mismo punto. Auster nos lleva sorprendiendo desde que descubrimos Ciudad de cristal y tras ella las otras dos novelas que conforman La trilogía de Nueva York. Hemos seguido con el mayor interés su trayectoria. Nos ha sabido envolver con gran maestría, en ese mundo repleto de dudas, de finales abiertos, de protagonistas que se desdibujan y confunden con el narrador. La música del azar titula una de sus novelas, característica esencial de un escritor, en cuyas páginas confusión y azar enredan casi siempre la vida de sus personajes. A diferencia del huidizo Salinger, el autor de Leviatán ha tenido una presencia permanente, durante décadas, en periódicos y revistas literarias. Existe tan abundantísima iconografía de este atractivo escritor, con pinta de actor de cine, que podríamos reconstruir una especie de álbum familiar. Calidad y popularidad, se conjugan casi siempre en la extensa obra austeriana, que ha sabido coquetear con el ensayo, la poesía, el teatro e incluso el cine en el que a pesar de sus desiguales resultados, nadie puede olvidar Smoke y Blue in the Face co-dirigidas con Wayne Wang y basadas en el personaje de su Cuento de Navidad, Auggie Wren, que desde su estanco se dedica a fotografiar a los personajes que pasan por la esquina todas las mañanas a la misma hora. Alguien ha comparado la trayectoria literaria de Paul Auster con la trayectoria cinematográfica de Woody Allen. Efectivamente en los dos se da la misma obsesión por publicar y estrenar una vez al año, con resultados, muchas veces admirables y de vez en cuando, discutibles. De todos modo, no dejan de ser dos iconos de este tiempo, que silueteados sobre la ciudad de Nueva York, nos han aportado novedosos códigos para reinterpretar la realidad.
‘Invisible’, lo último de Auster En la última entrega del escritor norteamericano, nos encontramos a un Auster en estado puro. Sus fervientes seguidores descubrirán de inmediato las herramientas favoritas que el autor ha manejado con peculiar estilo en todos estos años, la metaliteratura, el azar, la confusión..., esos ingredientes que sirvieron para calificar a Auster como narrador posmodernista frente a la larga tradición del realismo literario en la narrativa norteamericana. Los que se enfrentan a una novela de Auster por primera vez, se encontrarán con un sugestivo y diferente estilo novelístico de aliento cervantino, que aquí se bifurca en tres narradores, manejando manuscritos diferentes para tratar de hilvanar los fragmentos de la historia de Adam Walker, que arranca en la Universidad de Columbia en los agitados finales años 60 con la guerra de Vietnam como telón de fondo continua por entre las secuelas del Mayo Francés y termina confundiéndose en 2007, en una isla del Caribe tratando de perfilar, a través del diario de Cécile Juin, al escurridizo personaje de Born. Una vez más Paul Auster nos ofrece una compleja novela de final abierto y una atractiva complejidad que engancha e involucra al lector dejándole una estela que perdura más allá de la última página.
La recomendación: Auster en cómic Invisible está publicada por Editorial Anagrama, así como la mayoría de los títulos de Auster. Casi todos ellos también localizables en ediciones de bolsillo. De Ciudad de cristal, la primera novela de La trilogía de Nueva York, existe además una versión adaptada al comic por Paul Karasik y David Mazzucchelli, con introducción del gran maestro Art Spiegelman. Un verdadero regalo para los austerianos ya que se trata de una magnífica adaptación visual de la novela.
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25/02/2010 (12:51)
Se acaba de poner a la venta el último trabajo de Joan Manuel Serrat. El próximo 30 de octubre se cumplirá el centenario del nacimiento, en Orihuela, de Miguel Hernández Gilabert. Treinta y ocho años después, Serrat ha querido regresar al poeta. El álbum titulado Hijos de la luz y de la sombra contiene trece temas, trece poemas de Hernández interpretados por una de las voces que con mayor apasionamiento se acercó, en aquellos años de mordazas, a los versos de un poeta que murió en la cárcel, en una posguerra de salvajes y asesinos resentimientos, olvidado y abandonado por casi todos.
Antes, otros muchos le cantaron En 1967 Paco Ibañez ya ponía voz al reivindicativo poema Andaluces de Jaén. Un año más tarde Elisa Serna interpretaba El niño yuntero. Pocos meses después Ismael presentaba su versión de Vientos del pueblo. Y en 1971, un año antes del mítico álbum de Serrat, en Chile Víctor Jara grababa su versión de El niño yuntero, mientras que en España, Enrique Morente editaba ese mismo año su l.p. Homenaje flamenco a Miguel Hernández. Con anterioridad Paco Rabal ya había grabado en disco un recital con buena parte de los poemas de El rayo que no cesa. Por tanto hay que señalar que en la década de los sesenta Miguel Hernández no era un poeta desconocido. Al igual que Antonio Machado, –al margen de los cantantes– sus versos gozaban de cierta popularidad entre una juventud que se emocionaba con sueños de libertad al recitar muchos de sus poemas, aprendidos de memoria, como nuevos juglares para un tiempo umbrío por la pena, casi bruno.
Dos álbumes míticos Sin embargo hay que reconocer la meritoria labor de Serrat que a finales de la década de los sesenta, dedicó todo un magnífico elepé a don Antonio Machado, conteniendo doce temas, con arreglos y dirección de Ricard Miralles, dos de ellos cedidos por Alberto Cortez. Tras aquel rotundo éxito, tres años más tarde repitió la operación con Miguel Hernández en un nuevo álbum con diez poemas, en esta ocasión con arreglos y dirección de Francesc Burrull, y de nuevo uno de ellos con arreglos de Cortez. Dos álbumes, que no sólo configuran la cimentación más sólida de la extensa y algunas veces irregular discografía de Serrat, sino que se han convertido en elementos legendarios, iconos de una época ya muy lejana en que una inmensa mayoría alcanzaron a conocer la fuerza y belleza de dos de nuestros mejores poetas, a través de una voz entrañable que generosamente nos ha seguido acompañado durante todos estos años.
La estela de una voz y un poeta Aquel álbum de 1972 dedicado a Miguel Hernández, oído hoy, aún sigue produciendo la misma emoción. La fuerza de sus versos y la apasionada limpieza de aquella voz tan personal, han dejado, a lo largo del camino, una estela de poemas hernandianos musicados y cantados con mayor o menor fortuna. Luis Pastor, Los Lobos, Soledad Bravo, Joan Baez, Jarcha, Amancio Prada, Jorge Cafrune, Adolfo Celdrán, Mocedades, Silvio Rodríguez, Olga Manzano y Manuel Picón, Caco Senante, Camarón, Diego Carrasco, Nana Mouskouri, Lole y Manuel, Manolo Escobar, La Barbería del Sur, Manuel Gerena, Eliseo Parra, Manolo García, Calixto Sánchez y Pata Negra, entre otros muchos, se han sentido atraídos en alguna ocasión por los contundentes versos del poeta de Orihuela. Ahora nos tememos lo peor, que los incensiarios que se ponen en marcha desaforadamente cuando los calendarios descubren los números redondos, nos vuelvan a traer, a pie forzado, muchas de aquellas melodías que es preferible sigan durmiendo un merecido olvido. El poeta, puro e íntegro, siempre nos aguardará entre las páginas vibrantes de sus libros.
38 años después Valor y riesgo del cantante de Poble Sec al ser capaz de querer reencontrarse con el poeta, treinta y ocho años más tarde. Demasiado riesgo supone acometer una empresa de esta envergadura. El tiempo no perdona e irremisiblemente desgasta la voz y la fuerza rebelde y entusiasta de un añorado pasado. Se puede alcanzar de nuevo al poeta, a través de esa admiración sosegada y enriquecida por los años, que nadie duda en Serrat. Se pueden redescubrir poemas en los que en anteriores lecturas no recalamos lo suficiente, e incluso reinterpretar los de siempre, pero tenemos que contar con la desventaja de que Miguel Hernández, ha vencido y sobrevivido a ese tiempo que segaron bajo sus pies precipitadamente, mientras que nosotros y el cantante nos hemos ido desgastando, a nuestro pesar, durante estas fugaces cuatro décadas repletas de desencantos.
Con el detenimiento y la admiración de siempre, pero... Disquisiciones poco optimistas, que tal vez perjudiquen a un análisis sereno de su contenido, hilvanadas al tiempo que oímos, los trece temas-poemas de este nuevo disco dedicado a Miguel Hernández. Escuchado con el detenimiento y la admiración que siempre hemos profesado hacia Serrat. La selección nos parece impecable, amplia en su temática y perfecta como modélica síntesis de la trayectoria del poeta. Sin embargo la ejecución y producción se nos embarranca en los mismos defectos que ya habíamos detectado en sus últimos trabajos. Una peligrosa uniformidad, con pocas sorpresas, que nos remite a aquel irregular álbum en castellano, De cuando estuve loco y a su algo más logrado SerratMô en catalán. La voz, acogedora, como siempre, con la inevitable solera de los años. Sin embargo los arreglos, repetitivos, con sospechosas semejanzas a muchas canciones de los últimos discos. Las letras salvan el producto, aparte de algún que otro pellizquito de emoción que nos evoca aquel vigor de otro tiempo. A destacar la Canción del esposo soldado, el optimismo cálido de La palmera levantina, el bellísimo poema de amor dedicado a Josefina, Tus cartas son un vino y la desolada miseria que encierra Las abarcas desiertas.
La recomendación: Siempre nos quedará el otro Respetable el esfuerzo del cantante por querer regresar al poeta. Discutibles estos forzados oportunismos que surgen con los números redondos en los calendarios. Por eso, no olvidemos que siempre nos quedará el otro, aquel elepé de 1972 que contenía toda la fuerza y el ímpetu del poeta. No olvidar tampoco que Serrat es el autor de otros dos álbumes legendarios, los dedicados a Antonio Machado y al poeta catalán Joan Salvat Papasseit. Pero sobre todo recordar, ante tanto barullo mediático, que el genuino Miguel Hernández permanece en las estanterías de bibliotecas y librerías.
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18/02/2010 (18:20)
Enfrentémonos ahora con Ana Fierling y con sus hijos. Con sus hijos, que mueren, como podrían morir los nuestros, en una guerra, y con ella, que nos enseñe a todos la terrible mezcla de humanidad y de egoísmo a que pueden llegar las personas que no mueren en la guerra y han de sufrir las más penosas deformaciones bajo la presión implacable de un mundo injusto y torpe". Con estas clarificadoras, valientes y sobre todo arriesgadas palabras para los tiempos que corrían, cerraba Antonio Buero Vallejo el programa de mano de Madre Coraje y sus hijos para el primer montaje en España, traducido por él, con Amelia de la Torre como actriz protagonista y dirigido por José Tamayo en el teatro Bellas Artes de Madrid, en 1966.
Brecht y Queipo de Llano La abundantísima obra dramática de Bertolt Brecht, nunca parte de cero, siempre está trufada de adaptaciones más o menos fieles o apropiaciones más o menos confesadas de clásicos y contemporáneos. Teatro didáctico, punto esencial de su credo marxista, con la realidad histórica reinterpretada para sus fines, en cada momento de los que le tocó vivir. De este modo encontramos antecedentes de la Coraje en su particular versión dramática de La madre de Gorki, estrenada en Berlín en 1932. Pero sobre todo en Los fusiles de la señora Carr, curiosa pieza corta, escrita en 1937, que se desarrolla en la costa andaluza, tras el brutal ataque llevado a cabo por la marina y la aviación franquista contra la población malagueña en su desesperada huida hacia Almería. Como telón de fondo Brecht utiliza las alocuciones del general Queipo de Llano atemorizando a la población. Y de nuevo, como en La madre y en Santa Juana de los mataderos, la heroína –que se resiste a entregar a sus hijos para que sirvan de carne de cañón: “No llevaré yo a mis hijos en un carro al matadero"–, termina convertida a la militancia.
Un carro alrededor de todas las guerras Madre Coraje y sus hijos se estrenó en plena Segunda Guerra Mundial, aunque eso sí, en terreno neutral, en Zurich (Suiza) el 19 de abril de 1940. La acción se desarrolla durante la sangrienta Guerra de los Treinta Años (1618-1648) que sumió a toda Europa en el hambre, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte. Inspirada fundamentalmente en la novela Simplicius Simplicissimus, escrita en 1668 por Grimmelshausen que fue soldado durante aquella guerra de religiones y que describe fielmente el salvaje comportamiento de los ejércitos, mercenarios que vivían del pillaje y la devastación. En su afán de teatro épico y didáctico toda la obra es una clara advertencia sobre el peligro que suponía Hitler en aquel momento. El negocio de la guerra simbolizado por ese carro que gira sobre sí mismo, conducido por Ana Fierling, en constante lucha interior entre su instinto maternal y su afán de lucro.
La trayectoria del distanciamiento Como es lógico Brecht se había visto obligado a abandonar su país en 1933 cuando el Fuhrer subió al poder. Su obra Terror y Miseria del III Reich, se distribuyó clandestinamente en Alemania. Como represalia se le retiró la ciudadanía alemana. Tras un largo peregrinaje por diversos países europeos, finalmente se exilió en Estados Unidos, pero poco más tarde, en 1947, el senador McCarthy lo someterá a un proceso en el Comité de Actividades Antinorteamericanas. Regresa a Europa y decide asentarse en el Berlín oriental donde crea el Berliner Ensemble, compañía y taller de dramaturgia con una imposición claramente políticas. Se hacían lecturas de clásicos marxistas y se dedicaban dos horas semanales al estudio del tema. Aunque como escribe Ángel Facio: “Todos esos textos parecen escritos por un instructor del Frente de Juventudes. Brecht intenta compatibilizar su condición de poeta rebelde y progresista con lo que él creía una obligación moral de servicio a la causa del comunismo, pero que en realidad se concretaba a la sumisión a un arte oficial que le costaría la vida a los más interesantes creadores de la Europa del Este". Palabras para ilustrar perfectamente con una revisión de la película La vida de los otros.
El siempre imprescindible regreso de la Madre Coraje A pesar de sus controvertidas posturas ideológicas del último momento, la contundente dramaturgia de Brecht siempre requiere una continua revisión sobre los escenarios. Tal vez por eso resulta imprescindible que Madre Coraje regrese entre nosotros, al menos cada veinte años. Decía Giorgio Strehler que “el teatro puede ayudar a que este mundo se haga distinto y mejor". En tiempos difíciles para la lírica y la denuncia, José Tamayo tuvo el valor de estrenar Madre Coraje en 1966, con la impecable versión de Buero Vallejo que después ha servido para los dos montajes posteriores del Centro Dramático Nacional. El de 1986 estuvo dirigido por Lluís Pasqual, eran los años de la insumisión y el controvertido referéndum sobre la OTAN. Veinticuatro años más tarde, otro director del CDN afronta el compromiso de volver a exponer encima de un escenario la lógica perversa de la guerra para tratar de hacernos reaccionar, porque a pesar de Strehler, el teatro aún no ha conseguido alcanzar su ansiada meta de que este mundo sea distinto y mejor. Hoy Gerardo Vera escribe en su programa de mano: “Como ella [La Coraje], todos vivimos en ese precario equilibrio entre lo que siempre soñamos hacer (nuestros ideales) y las pequeñas traiciones a las que nos vemos obligados para sobrevivir cada día (nuestras miserias)”.
La recomendación. Más allá de las tablas Con toda lógica, la recomendación esencial para el teatro es asistir a sus representaciones, afortunadamente aún no han logrado digitalizarlo. Madre Coraje y sus hijos, de Bertolt Brecht se acaba de estrenar en el Teatro Valle-Inclán de Madrid con un montaje soberbio e innovador de Gerardo Vera, basado fielmente, una vez más en la versión de Buero Vallejo. Después, a los textos de teatro, como a la poesía, se regresa de vez en cuando por impulsos. Tal vez por ello, una vez vista la función, os sintáis en la necesidad de recuperar los parlamentos de Anna Fierling. En la colección del Centro Dramático Nacional, se acaba de reeditar esta imprescindible obra de Brecht, acompañada con las fotos de Ros Ribas sobre el montaje.
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12/02/2010 (11:57)
Escribía Albert Camus en El mito de Sísifo que: “Todo el arte de Kafka consiste en obligar al lector a releer. Sus desenlaces, o su falta de desenlace, sugieren explicaciones, pero que no se revelan con claridad y que exigen, para ser fundadas, releer la historia con un nuevo enfoque".
Dos conciencias para un siglo “Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, encontróse en su cama convertido en un monstruoso insecto".
“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias'. Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer".
Así se inician dos textos fundamentales del siglo XX. El primero pertenece a La metamorfosis, de Franz Kafka, escritor checo de origen judío que murió en un sanatorio, cerca de Viena en 1924; tenía 41 años. El segundo a El extranjero, de Albert Camus, escritor francés nacido en Argelia que murió en accidente automovilístico camino de París en 1960, tenía 47 años. Sugiere Camus ante Kafka revisitar sus páginas, para tratar de releer la historia con un nuevo enfoque. Tanto el uno como el otro murieron antes de alcanzar ese período de la vida en que nos alimentamos fundamentalmente de reelecturas, en el afán inalcanzable por tratar de conocernos a nosotros mismos a través de los demás. Kafka le pidió a su amigo Max Brod que a su muerte quemase todos sus escritos; gracias a una desobediencia, hemos logrado rascar en las perturbadoras cicatrices de la condición humana. Entre los restos del flamante ‘Facel-Vega’ conducido por el editor Michel Gallimard, que estrellado contra un árbol acabó de modo fulminante con la vida de Camus, se recuperó el manuscrito de El primer hombre, la obra con la que el autor confiaba en iniciar un gran y definitivo giro a su ya enriquecida aventura literaria. Gracias a su viuda Francine, la novela póstuma de Albert Camus logró publicarse. Un texto inacabado, pero fundamental, que enlaza con El extranjero y ayuda a entender a una de las conciencias más lúcidas del convulso pasado siglo.
De ‘El extranjero’ a ‘El primer hombre’ La crítica consideró durante mucho tiempo a El extranjero como la guía moral e intelectual de la generación que se formó entre las ruinas, la frustración y la desesperanza de la destrozada Europa de postguerra. Sometida a la reelectura que Camus pedía para Kafka, nos encontramos frente a esta novela como ante un enriquecedor caleidoscopio cuyas facetas se muestran siempre distintas, sugerentes o tal vez inquietantes. Fue todo un acierto la cubierta que el gran maestro del diseño, Daniel Gil, preparó para Alianza Editorial. En ella se sugiere a Meursault, su protagonista, el extranjero, el extraño, el antihéroe; desconfigurado en piezas paralelas listas para armar por todos y cada uno de los lectores. Un personaje desarraigado, a veces con ciertas pinceladas kafkianas cuando al inicio del capítulo segundo se asemeja tanto al Gregorio Samsa de La metamorfosis. Aunque frente al brumoso surrealismo del praguense, aquí se impone la luminosa realidad mediterránea de un personaje que no encuentra sentido a la vida, pero desborda sensualidad cuando disfruta al nadar mar adentro o se tiende en la arena de la playa para sentir como el sol adormece su cuerpo. Un contradictorio personaje, símbolo de la condición humana, que en tiempos de carencia de valores, de búsqueda de una coherencia moral, termina abocado a un final fatal sin haber encontrado sentido a la vida. Frente a la total desesperanza de su primera novela, el manuscrito inacabado de El primer hombre, que se inicia sobre la misma escenografía argelina, nos muestra el relato de Cormery, alter ego del autor, un niño arraigado a uno de los barrios más deprimidos de Árgel, hijo de un emigrante que muere en el frente durante la primera guerra mundial y una madre menorquina, analfabeta que difícilmente puede entender que su hijo quiera, y sobre todo pueda aspirar, a destinos más ambiciosos. En suma, el relato del largo proceso de un hombre que acabaría convirtiéndose en lúcida, aunque para muchos incómoda, conciencia de un tiempo desolador, confuso y de abundantes posicionamientos equivocados.
El hombre rebelde Este controvertido ensayo se publicó en París, en 1951. En sus páginas se trataba de estudiar el mundo moderno entre dos Revoluciones, la francesa y la rusa. Un profundo análisis sobre la rebeldía metafísica y la rebeldía histórica, para acabar desembocando en el terrorismo de estado y el terror irracional. Nietzsche, Marx, Lautremont, los anarquistas y hasta el Marqués de Sade, pueblan los capítulos de un ensayo, cuyo mayor pecado podría estribar en que se adelantó a su tiempo. Recién salidos del oscuro trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial con profundas ansias de una revolución social, Camus tuvo el valor de afirmar que el existencialismo de izquierdas de Sastre rechazaba la libertad del individuo. Como es lógico inmediatamente fue acusado de reaccionario de derechas y pasó a engrosar la cofradía en la que ya se encontraba André Gide por su “heterodoxa" visión tras su visita al “paraíso" de la Unión Soviética. Es por tanto que El hombre rebelde requiere también una urgente reelectura en estos tiempos de desamparo ideológico.
La recomendación: Cartas a un amigo alemán A pesar de su prematura muerte, la obra que nos legó Camus fue abundante y en su mayor parte no ha perdido vigencia. Inició su carrera literaria en 1936, publicando Revuelta en Asturias, una exaltada obra de teatro coral, acorde con los tiempos y la temática. Una década más tarde de nuevo situó en España otra de sus obras dramáticas; El estado de sitio transcurre en un pintoresco Cádiz. La peste está considerada por muchos críticos como la novela más significativa escrita en Francia, tras la Segunda Guerra Mundial. Legendario asimismo resulta su Calígula que permanece en nuestra memoria en la magistral interpretación de José María Rodero. Sin embargo para estos tiempos en que tanto se debate el sentido de una Europa unida o sobre los nacionalismos y los fundamentalismos, recomiendo Cartas a un amigo alemán, denuncia arriesgada y valiente a lo que supuso la locura colectiva del totalitarismo, escritas entre 1943 y 1944, en un París ocupado por los nazis, y con la siniestra sombra de Stalin comenzando a oscurecer una importante parte de esa Europa que ya Camus deseaba unida.
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4/02/2010 (10:45)
En los años finales de la dictadura franquista se afirmaba rotundamente que los verdaderos editoriales de la prensa diaria estaban contenidos en las viñetas de sus humoristas. Reírse en España se convirtió en un arma cargada de futuro. Los humoristas se convirtieron en rebeldes protagonistas de una actualidad amordazada, tal vez porque su espíritu crítico rebosaba los constreñidos márgenes mentales y legales de los censores, sin que ellos casi nunca lo percibiesen. El país se llenó de goteras y comenzó a desbordase, mucho antes de la flebitis, la marcha verde y el equipo médico habitual. Sin lugar a dudas la revista pionera, heredera de La Ametralladora, fue La Codorniz, criada al regazo del Régimen, pero que terminaría saliéndose de madre, sufriendo multas y suspensiones. Hermano Lobo, Barrabás, El Papus, Por Favor, Muchas Gracias y El Jueves, fueron sus hermanas menores que consiguieron animar el cotarro de aquellos largos y pardos años del Otoño infinito del Patriarca. La lúcida síntesis de Chumy Chumez, Gila, Summers, Máximo, Ops, Cesc, Perich, Forges y Martínmorales, entre otros, se lograron filtrar también entre las páginas de los periódicos, consiguiendo que en muchas ocasiones en aquellos papelotes innanes de obligado incienso diario, apareciera un sabañón molesto y picoso para la autoridad competente. Resulta saludable evocar aquellos años y aquellas revistas, casi todas desaparecidas, a excepción de El Jueves que en los tiempos que corren aún se mantiene con gallardía en la cuerda floja, a pesar de tocar los borbones de vez en cuando. El recuerdo de aquellas risas ya lejanas en el tiempo, surge por la aparición casi simultánea de dos libros de humor gráfico que representan en el tiempo un antes y un después. La república y la democracia.
Las caricaturas republicanas de Bagaría José Esteban, con el rigor y la maestría que le caracterizan, ha preparado para la editorial Rey Lear, un bellísmo e interesante libro antológico sobre la labor del pintor Luis Bagaría en la faceta de caricaturista durante su intenso periodo artístico que desembocó en la esperanzadora Segunda República. La edición, exquisita en todos los sentidos, recoge innumerables muestras de aquel gran maestro que con increíble economía de trazos, en pura síntesis, certera y aguda, consiguió por primera vez alcanzar el contenido interior del personaje a través de la caricatura. La “silueta moral" como definía Borrás a sus dibujos. Unamuno afirmaba que Bagaría había creado una leyenda gráfica en su larga galería de personajes que quedaban interpretados originalmente y atrapados gráficamente para siempre. Intelectuales y políticos, unido a su genuino sentido del humor, se refleja generosamente en los dibujos que recogen las páginas de este volumen, enriquecido además con los testimonios directos de “sus" personajes. Juan Ramón Jiménez, Azorín, Baroja, Unamuno, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Gómez de la Serna o Ignacio Zuloaga opinan sobre la labor certera de este artista genial que desde la libertad puso su mordacidad al servicio de una causa en la que creía firmemente como motor de regeneración de su país. Sus dibujos se fueron publicando en la revista España y periódicos como La Vanguardia y El Sol, hasta que la derrota de la República le condujera al exilio. Murió en La Habana el 26 de junio de 1940.
El Ilustralario de Malagón No conozco personalmente a José Rubio Malagón, pero he seguido con avidez su trayectoria desde que, hace ya bastantes años, lo descubriera en las páginas de este periódico. Su personal estilo siempre me ha evocado aquellos años del “boom" del humor gráfico, cuando Autopista de Perich, Los hombres y las moscas de Ops, Una biografía de Chumy Chumez, el Diario apócrifo de Máximo o El que parte y reparte de El Cubri, eran considerados por mi generación, como auténticos libros de culto. Me van a perdonar, pero aún sigo perteneciendo a ese gremio, creo que somos legión, que en un periódico me voy antes al chiste que al editorial. Por eso soy fans incondicional de Forges, El Roto, Máximo o Malagón; ellos me enseñan deleitando, con esa sonrisa que a veces se convierte en desgarro cuando terminamos de digerir dibujo y bocadillo. Tengo bastante manoseados dos álbumes de Malagón, Sin perdón y Sin pudor, casi diez años nos contemplan, están publicados en 2001 y sin embargo cada vez encuentro en ellos nuevos registros. De todos modos, si uno visita la página de Malagonadas en Internet descubrirá asombrado que las claves del humorista alcalaíno son infinitas, derramadas con abundacia por las páginas de las revistas Tiempo y El Jueves y por una serie de publicaciones de toda índole y condición. A la factura de un dibujo de línea tan limpia que parece inofensiva, se une la corrosiva fuerza de su mensaje que te deja noqueado durante unos instantes y meditabundo durante el resto del día. Se acaba de publicar Ilustralario que supone una revulsiva vuelta de tuerca a su trayectoria. Un librito de apenas 64 páginas, publicado por Blur Ediciones; aquí se nos muestra el Malagón más conceptual. La línea limpia a la que nos tiene acostumbrados, se torna en una colección de objetos cotidianos vueltos del revés para mostrarnos el lado más oscuro del terror que nos rodea. Surrealismo desgarrador que para sí hubieran querido Marcel Duchamp, Dalí o Magritte. Un urinario en el que parece haber caído una megaladilla con el rostro de Bush, un skin de cerebro atrofiado, la violencia de género con Robert Michum muy al fondo, el rostro de África con toda su sobrecogedora crueldad, o el simplista esquema de las minas antipersona, son algunas de las bofetadas que Malagón propina al tibio espectador desde el interior de este libro.
La recomendación: Leer imágenes Bagaría y Malagón muestran en estos dos libros el claro perfil de dos épocas lejanas en el tiempo, dos estilos diametralmente diferentes, pero que a modo de paréntesis, pueden servirnos para acotar la larga, abundante e interesantísima trayectoria del humor gráfico, desde la República hasta nuestros días. Toda una invitación para volver a leer imágenes y revisitar a aquellos filósofos del dibujo que han sabido explicar como nadie el tiempo que les tocó vivir.
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29/01/2010 (12:33)
Oh innoble servidumbre de amar seres humanos, / y la más innoble, / que es amarse a sí mismo!". De modo tan definitorio, cerraba su autor el poema Contra Jaime Gil de Biedma, uno de los más significativos de su tan escasa pero tan contundente obra lírica. Fue la suya una poesía de la reflexión sobre la experiencia, un intento permanente de reestructurar en palabras la vida solitaria bajo la pesadumbre de querer comprender el paso del tiempo. En más de una ocasión llegó a afirmar “...que todo fue una equivocación: yo creía que quería ser poeta, pero en el fondo quería ser poema". Sus apasionados lectores sabemos que al fin lo consiguió. Una vez inventada y asumida una identidad, que es lo que en definitiva perseguía su poesía, dejó de sentir la necesidad y la pasión de escribir. Toda su obra, recompuesta y ordenada, se contiene en Las personas del verbo, un volumen de apenas ciento ochenta páginas. Pero el tono conversacional de sus poemas, desde un perfeccionista rigor que utiliza como herramienta la ironía para ahondar en los sentimientos de culpa, ha creado una complicidad lectora, numerosa e incondicional, que vuelve constantemente a sus versos por necesidad vital. Poemas como Pandémica y celeste, De vita beata, Años triunfales, No volveré a ser joven, Himno a la juventud y el siempre sobrecogedor Después de la muerte de Jaime Gil de Biedma, se han enriquecido con el tiempo o simplemente su continua lectura nos ha enriquecido a nosotros con los años.
Diario de un artista seriamente enfermo A raíz de la polémica surgida hace unas pocas semanas sobre los vanos intentos de querer convertir en personaje cinematográfico a un poeta que ya antes de morir se había convertido en poema, he recordado también los primeros versos de Contra Jaime Gil de Biedma, aquellos que se inician “...dejando atrás un sótano más negro que mi reputación" y en los que el poema se enfrenta con el poeta: “...si vienes luego tú, pelmazo, / embarazoso huésped, memo vestido con mis trajes, / zángano de colmena, inútil, cacaseno, / con tus manos lavadas, / a comer en mi plato y a ensuciar la casa". Y es que tal vez aquí esté la respuesta del poeta a ese engrendro de película, según cuentan los que se han atrevido a verla, que se ha perpetrado, a modo de escabroso y pretendidamente escandaloso y transgresor biopic sobre personalidad tan compleja como fue la de Jaime Gil de Biedma. Autor de brevísima obra, dejó sin embargo uno de los testimonios autobiográficos más desgarradores, y sinceros que conoció la literatura del pasado siglo. Deberíamos recurrir por tanto a las páginas de Diario del artista seriamente enfermo, 1956 para que fuese el propio poeta quien nos sumerja en su intimidad sin ambages, porque simplemente con este texto y la infinita riqueza de sus poemas, tendremos perfilado al hombre, sin necesidad de ir al cine.
El productor cacaseno y el carácter de Marsé Un productor cacaseno, conocido por sus batacazos fílmicos, ha pretendido provocar una tempestad mediática para promocionar su, por lo visto, infumable cinta. Y mire usted por donde ha terminado tocándole las narices a Juan Marsé que espantado, ha visto reflejado en la película a su entrañable amigo y a él mismo, como en los espejos del Callejón del Gato, pero no con la genialidad del esperpento sino con manifiesta falsedad y aromas de teatro rancio. Y tal y como es el creador del ‘Pijoaparte’, que no se calla una, no ha dudado en manifestarlo abiertamente. Fue entonces cuando el productor, en su burdo contraataque, se atrevió a tacharle de desclasado que: “...de joven trabajó de aprendiz de joyería y se casó con una criada (sic)". La contestación del autor de Rabos de lagartija, publicada hace un par de semanas como artículo de fondo en el diario El País con el título de Películeros merece desde este momento un puesto de honor en todas las antologías del penúltimo Premio Cervantes. Marsé en estado puro.
Gil de Biedma, Juan Marsé y Joan Manuel Serrat El pasado día 8 se cumplieron veinte años de la muerte real de Jaime Gil de Biedma. Escapándome de sus versos, siempre tan presentes, me he querido reencontrar con él en estos días a través de un libro de Conversaciones que preparó Javier Pérez Escohotado para la editorial El Aleph, en 2002. Una de ellas la recordaba aún de cuando se publicó en la revista Fotogramas, en 1972. Tiene hoy cierta gracia y vigencia. Se trataba de un encuentro a cuatro bandas entre Gil de Biedma, Marsé, Serrat y el director de cine Jaime Camino, a raíz del inminente rodaje de una película protagonizada por Analía Gadé y Joan Manuel Serrat, con María Luisa Ponte y José Luis López Vázquez como actores de reparto. Como guionistas, Jaime Gil de Biedma y Juan Marsé. Su título inicial: Tocar el piano mata, aunque finalmente se estrenó como Mi profesora particular y terminó siendo un fiasco que casi nunca se cita en la filmografía de Jaime Camino y que no llegamos a soportar ni los fans de Serrat. Tanto Serrat como Marsé nunca ha tenido fortuna en sus acercamientos al cine. La gracia de aquella extensa entrevista se apoya en las jugosas intervenciones de Marsé y Gil de Biedma, de las que ofrezco dos perlas cultivadas. Marsé: “El cine ha evolucionado poco como arte. Era demasiado mítico, y ahora que las bestias sagradas han desaparecido, carece de interés". Gil de Biedma: “A mí me parece que, en mi juventud, el cine estaba en su momento álgido. Para nosotros tenía la capacidad mítica que otras épocas detentaron sucesivamente la novela y el teatro. El cine de ahora ya no sirve para soñar".
La recomendación Hasta Loquillo canta aquello de que “...envejecer, morir, es el único argumento de la obra”. Los versos de Gil de Biedma están apegados a las vivencias de toda una generación. Sin aún no habéis llegado hasta él, sumergiros en las páginas de Las personas del verbo. Descubrir la tormentosa profundidad del personaje en Diario de un artista seriamente enfermo. Y disfrutar de su lucidez para el análisis en su único libro de ensayos, Al pie de la letra.
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21/01/2010 (11:47)
En 1992, Javier Marías publicó Vidas escritas. Un libro ciertamente exquisito en todos sus aspectos. Por su continente y por su contenido. Era la época en que la editorial Siruela cuidaba sus publicaciones con un sentido estético y un rigor tan cercano al maestro de la edición, el italiano Franco Maria Ricci, que simplemente su tacto suponía un placer para los sentidos. Si a eso le unimos el acierto en la elección de las tipografías, la justa proporción de la mancha de texto y la calidad de las ilustraciones, es justo que añoremos aquellos tiempos pasados, ahora que las chabacanas cubiertas de los libros semejan cajas de carne de membrillo y su interior supone un martirio para el gusto y la vista. Y esto no es nada comparado a lo que se avecina, lo que nos queda por sufrir con los torpes arranques del libro electrónico, hasta que la pantalla y las tipografías encuentren un equilibrio semejante al de la página y los textos de la Biblia Políglota Complutense. Estamos hablando, nada menos que de los inicios del siglo XVI, como referente de racionalidad en plena era digital. Así están las cosas.
Los escritores como personajes de ficción Afirma Javier Marías en sus Vidas escritas que: “Nadie sabe la cara que tuvo Cervantes, y tampoco hay certeza sobre la que tuvo Shakespeare, por lo que el Quijote y Macbeth son textos a los que no acompaña ninguna expresión personal, ningún rostro definitivo, ninguna mirada que los ojos de los demás hombres hayan podido congelar y hacer propia a través del tiempo". Se confiesa Marías como coleccionista de fotos y postales de sus escritores favoritos y fue precisamente a través de su aguda y genial mirada literaria sobre aquellos rostros, como elaboró este mosaico de escritores convertidos en personajes de ficción. Navegar por sus páginas es reencontrarse con autores venerados: Faulkner, Conrad, Joyce, Lampedusa, Stevenson, Nabokov, Kipling,..., tratados aquí con tan genial pasión narrativa, que a partir de ese momento los confundiremos como escapados de sus propias páginas, a las que querremos regresar con arrebatado deseo. Al margen de aquella mítica edición de la editorial Siruela en 1992, tengo entendido que Vidas escritas se ha reeditado continuamente y que incluso se puede localizar en ediciones de bolsillo. Su recuerdo y reelectura me ha venido provocada porque se acaban de publicar dos libros de temática semejante.
44 escritores de la literatura universal Jesús Marchamalo en un libro también publicado por Siruela (en su segunda etapa la editorial ya no es lo que era) ha reunido a 44 escritores de la literatura universal. En esta ocasión no ilustrado con fotografías, sino con caricaturas de irregular factura, pero que al menos pretenden cumplir con el público adolescente al que va dirigido; igual que su estilo, que resulta radicalmente distinto al de Javier Marías, posiblemente en un encomiable afán pedagógico que deseamos alcance sus fines, convirtiendo a los autores de la literatura en héroes cercanos a los que conviene conocer, pero sobre todo adentrarse en sus obras. Adolescentes y adultos encontrarán en estas originales e irónicas páginas, una especie de retratos al minuto sembradas de gustosas anécdotas sobre Kafka, Pessoa, Chéjov, Chesterton, Poe, Salgari, Verne o Stendhal... Las páginas finales se completan con unas brevísimas biografías sobre los escritores ‘retratados' y una somera relación de algunas de sus obras. En suma, un libro bastante ameno y que entiendo sirve perfectamente para abrir las compuertas a la curiosidad lectora.
Las certeras pinceladas de Manuel Vicent El estilo de Vicent siempre ha estado impregnado de la luminosidad de su tierra levantina y sobre todo, rebosante de imágenes, que como certeras pinceladas de quien sabe observar, nos ha logrado describir paisajes y personajes con una genialidad inusual. Tal vez por eso a su obra Póquer de ases, editada recientemente por Alfaguara, lo único que le sobren sean las ilustraciones. El libro, al igual que los dos anteriores, habla de escritores. Una vez más se trata de su visión, muy personal, sobre autores relevantes de la literatura. En este caso, a diferencia de Marías y Marchamalo, sí ‘retrata' a cuatro autores españoles, bastantes significativos de sus preferencias: Josep Pla, Pío Baroja, Juan Benet y Rafael Azcona, que se mezclan y confunden en esta caprichosa baraja, con Julio Cortázar, Albert Camus, Samuel Beckett, Dylan Thomas o Virginia Woolf. Póquer de ases está escrito a golpe de fervorosas lecturas y de querencias, en arrebatos de admiración o crítica, de visiones tan personales que por unos instantes deja al lector y al autor retratado bajo los confusos momentos de deslumbramiento que produce el flash. Después la visión recobra sus volúmenes, pero sin duda enriquecidos con nuevos perfiles que Manuel Vicent ha sabido aportar a nuestros escritores más queridos.
Brújulas perfectas para la lectura Un libro a recuperar, el imprescindible de Javier Marías, y estos dos que aún pululan en las librerías por las mesas de las efímeras novedades, sirven de brújula perfecta para orientar nuestros gustos entre autores consagrados que muchas veces se nos antojaron lejanos y desconocidos y de los que casi nunca nos atrevimos a desnudar sus páginas. Marías, Marchamalo y Vicent nos han facilitado la labor, dejándolos por unos instantes en ropa interior.
Los Pioneros Volúmenes como los reseñados tuvieron antecedentes no tan lejanos. Este sugerente y atractivo género de retratar a los escritores queridos lo encontramos en el genial Ramón Gómez de la Serna, otro bicho literario de rara especie; en sus Retratos contemporáneos y Efigies creó una abundantísima galería de autores, analizados desde su peculiar punto de vista y estilo. También el poeta Vicente Aleixandre compuso un entrañable libro en prosa, Los encuentros, en el que supo dibujar con rigurosa perfección y cariño a sus compañeros de generación.
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14/01/2010 (17:24)
Hace cinco años, en estas mismas páginas, a través de un artículo titulado Fascistas de calamina, traté de esbozar la semblanza de Félix Ros, esperpéntico personaje que algunos de mi generación tuvimos la mala fortuna de sufrirlo como profesor de literatura en el Instituto Complutense. En aquellos tiempos de aridez y desolada penuria, unos pocos habíamos tenido el mérito de llegar hasta la poesía, por nuestra cuenta, a lomos de Platero y sobre todo gracias a su autor, que vestido de luto, barba nazarena y breve sombrero montaba sobre la blandura gris de un borrico que se diría todo de algodón, que no llevaba huesos, mientras los críos a su paso le gritaban: ¡El loco!, ¡El loco!. Él, ese loco, nos supo trazar, con lucidez única, con tanta verdad poética, un sugerente camino de palabras nuevas para redescubrirnos el entorno cotidiano, repleto de colores e imágenes que hasta entonces nunca habíamos sabido apreciar.
Un petulante vencedor Pero llegó este petulante vencedor de una guerra cercana, cargado de odio encubierto, queriéndonos inculcar que el poeta de Moguer era un impostor, un plagiario que aprovechaba los textos de Rabindranath Tagore, traducidos al castellano por su mujer, Zenobia Camprubí, para copiarlos sin remisión; y que el “Platero" era lectura para afeminados (sic). Aquella rotunda difamación, produjo en mí un extraño fenómeno. A partir de ese momento me interesé por la literatura de modo visceral, una adicción que me llevó no sólo a tratar de entender a Juan Ramón en su integridad, sino también a descubrir la taimada personalidad de aquel fascista que nos había tocado en suerte. Pasados los años, y cuando afortunadamente tenía casi olvidado al nefasto personaje de bigotito afilado y tupé como de gallo de pelea, cayó en mis manos un volumen de las Cartas literarias de Juan Ramón Jiménez (Ed. Bruguera, 1977). En una de ellas, dirigida a José María Pemán el 18 de junio de 1945, denuncia el robo que se había llevado a cabo en su casa de Madrid por un secuaz de: “el hombre de más baja moral de toda España y a quien, siendo él un muchacho, y lo mismo que a otros compañeros suyos, ayudé tanto; y luego, por la ridícula vanidad de ser segundones se revolvieron contra mí". El secuaz no era otro que Félix Ros al que días antes Juan Ramón también había dirigido otra carta que se iniciaba así: “Pienso ir pronto a Europa, Félix Ros, y me gustaría mucho encontrarme en mi casa todo lo que usted y sus diligentes amigos recogieron con tanto cuidado de ella". En cuanto al que el poeta de Moguer consideraba el “hombre de más baja moral...", no he llegado a descubrirlo, o descubrirles, hasta la lectura de esta reedición de Guerra en España generosamente ampliada al fin. Un libro que también me ha ayudado a comprender el posterior e injusto rechazo a uno de los más destacados poetas de la lengua castellana, por los que antes se proclamaban orgullosamente como sus discípulos.
Guerra en España En 1985, el poeta Ángel Crespo publicó en la editorial Seix Barral una tercera parte del contenido de los sobres que Juan Ramón Jiménez había ido recopilando con la minuciosidad que le caracterizaba, en el propósito de configurar un ambicioso volumen de materia diversa, dedicado a la memoria de Manuel Azaña y Julián Besteiro, y también a Cipriano Rivas Cherif y Juan Guerrero Ruiz. En aquella primera edición, la editorial justificó tan drástico cercenamiento alegando que de otro modo no se ajustaba a las características de la colección, pero temiendo además, y sobre todo, posibles acciones legales por parte de aquellos a los que el poeta acusaba abiertamente de robo y aún vivían. Guerra en España es un libro tan descarnado como La gallina ciega de Max Aub, pero aún más intenso y desolador si cabe, porque aquí la materia es varia: poemas, cartas, conferencias, álbum de fotos recortadas de los periódicos... que ayudan a construir los sólidos cimientos de esta permanente y a veces hasta obsesiva justificación juanramoniana ante su posición siempre favorable a la República y su constante apoyo, aún desde la distancia, durante la desangrante Guerra Civil.
El allanamiento del piso de Madrid De sumo interés el capítulo titulado El allanamiento del piso de Madrid que recoge la abundante correspondencia en torno al caso y la acusación directa del poeta a Félix Ros, Martínez Barbeito y Carlos Sentís como ejecutores del robo, sacando de su casa, envueltos en alfombras, documentos, manuscritos y parte de la amplia biblioteca. Juan Ramón, en su denuncia, esgrime además la asombrosa teoría de que se trató de un “encargo" de dos personajes respetables y no precisamente de derechas. La afilada pluma del poeta, no duda en desollar con enérgica valentía a lo más granado de la lírica, la intelectualidad y la política de años tan convulsos y tan comprometedores a la hora de tomar posiciones y saber mantenerlas con el rigor ético que el momento exigía. El lector sentirá cierta conmoción al recorrer estas páginas, tal vez porque algunos autores admirados hasta hoy, casi se le van a desmoronar ante las rotundas afirmaciones del poeta. Posiblemente en ocasiones sea injusto en algunos de sus juicios. Pero somos nosotros los lectores, los que tendemos la obligación de volver sobre nuestras propias lecturas para tratar de fijar, de una vez por todas, la foto definitiva de aquel espantoso retablo que supuso la Guerra Civil.
La recomendación.- De interés para alcalaínos Guerra en España, prosa y verso (1936-1954), de Juan Ramón Jiménez. Edición de Ángel Crespo, revisada y ampliada por Soledad González Ródenas, autora de un prólogo de cien páginas que enriquece aún más este importantísimo legado que podríamos definir como uno de los más desgarrados e importantes relatos documentales de la Guerra Civil. Se acaba de publicar por la editorial sevillana Point de Lunettes, en esta ocasión sin censura alguna y conteniendo las 150 imágenes que el propio Juan Ramón recopiló, a modo de álbum, como su particular visión de aquellos acontecimientos. De interés para algunos alcalaínos pueden resultar las fotografías que muestran en concreto la tumba de Cisneros y la pila bautismal de Cervantes destruida por las bombas rebeldes.
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10/01/2010 (12:21)
Entre 1914 y 1915, James Joyce fue publicando por entregas Retrato del artista adolescente, en la revista literaria norteamericana The Egoist. Un auténtico ajuste de cuentas de Stephen Dedalus, su alter ego, contra los jesuitas y la enseñanza religiosa recibida en el colegio Belvedere de Dublín. Manuel Azaña fue publicando por entregas, a partir de 1920, El jardín de los frailes en su revista literaria La Pluma, un descarnado relato autobiográfico narrado desde la evocación a su orfandad en los cursos pasados con los agustinos en El Escorial. Dos años se llevaban Azaña y Joyce, que por supuesto nunca llegaron a conocerse.
El escritor dublinés alcanzaría las más altas cimas de la literatura del siglo XX con su ambicioso, complejo y controvertido Ulises, que venía a cerrar el paréntesis de un género abierto cuatro siglos antes por Cervantes con El Quijote. El escritor alcalaíno derivaría pronto hacia la política en detrimento de su obra literaria.
Nunca llegaría a alcanzar las ambiciosas cotas narrativas que se había propuesto. Joyce se inició en la literatura con una colección de relatos, Dublineses donde ya había dejado constancia de su obsesión por una geografía literaria concreta: Dublín.
Azaña en El jardín de los frailes como en Fresdeval deja abiertos los resquicios de aquella obsesión por su particular geografía literaria: Alcalá. James Joyce moriría en 1941, exiliado en Zurich. Manuel Azaña moriría en 1940 exiliado en Montauban. El escritor dublinés comprendió que sólo en la obra de arte podían encontrar las realidades de la vida cotidiana un orden y una significación ideales, ensayó por tanto métodos revolucionarios para registrar la acción de percibir y consiguió volver del revés el concepto de novela. El escritor alcalaíno se volcó de lleno en “el problema español".
Descarriló en la novela, pero fue auténtico maestro en la literatura del yo, un sensible analista de la historia que protagonizó y un inigualable orador. Cuando espigamos por su voluminosa obra siempre añoramos aquel magnífico autor de ficción que pudo ser y no fue. Por eso como profundo homenaje literario, he aquí unos significativos fragmentos de El jardín de los frailes donde describe el paisanaje y el paisaje de su escenografía creativa.
El paisanaje
“Restos de la tradición literaria complutense aleteaban en mi pueblo al declinar el siglo diez y nueve, juristas viejos, imbuidos de humanidades; algún hidalgo desvencijado, sin dos adarmes de meollo, recitador de Horacio: labradores ricos que empezaban en su mocedad a cursar “estudios mayores", escribas de la curia toledana [...] y un canónigo, el último catedrático de la Universidad, que murió de un atracón de sandía..., mantuvieron en Alcalá el culto fervoroso de los antepasados. No vivían en su tiempo: el tiempo no rodaba desde el día mismo que la Universidad de Cisneros se cerró; las prensas dejaron de parir en cuanto los tórculos alcalaínos se enmohecieron. En sus rancios libros. En sus buenos libros –hechos trizas luego, cuando sus bibliotecas dilapidadas fueron a parar a las droguerías–, se empapaban de erudición anodina. Sabían los aniversarios, las idas y venidas de los héroes, sus posadas, sus sepulturas. [...] Daban guardia a la cuna de Cervantes, defendiéndola de los manchegos rapaces venidos por hurtarla. [...] Nadie más odiado que el supuesto Avellaneda, después de Judas. [...] Los patriotas alcalaínos alborotaban el manso cotarro de su lugar con profusión de veladas, lápidas, iluminaciones, catafalcos; pero su patriotismo era local. Nos persuadían de la grandeza única de Alcalá, no la de España. [...] El buen alcalaíno créese no menos que copartícipe en el Quijote e incluso generador alícuota de la persona de Cervantes. Nacer en Alcalá fue el acierto de ese ingenio; si aparece en otro pueblo no lo habrían mentado, como no mientan a otros varones excelentes, salvo que un rayito de sol alcalaíno los alumbre".
El paisaje
“Misterio nunca sentido en la primavera del campo por donde va el Henares: la vena del río, sonante en invierno; un festón de negrillos al pie de escabrosos pastizales; la sierra esculpida en nácar, en ópalo, no tan próxima que agobie ni tan lejos que no sea límite; la gleba dócil, abierta, loada por los hombres que ha cumplido sobre ella el rito de sembrar; y entre el alcor y el río, la vega armoniosa, reparo de imaginaciones demandadas. [...] Esto sucede en mi memoria; el natural devuelve una imagen pensativa. No es triste ese campo que me entristece; triste, la historia –de uno o de muchos– y el corazón que la sueña o la recuerda. [...] El tronco viejo retoña vicioso en los suburbios. Posaderos y herradores de la Puerta del Vado que guardan los refranes de la antigua sabiduría y están en sus poyos al socaire de la posada y de la fragua profiriendo como de limosna, por palabras adustas, los fallos de su prudencia; matarifes de la calle de la Pescadería, desgastadores de vino; gruesas putas del Carmen Descalzo, tábanos de la soldadesca; ventrudos esquiladores de la Puerta de Madrid (aciales y tijeras insertos en el cincho de cordobán), sin tilde de gitanismo, que hablan a las bestias mientras las esquilan, como habla el barbero a su parroquiano bípedo..."
A modo de estrambote
Se cierra esta mínima antología con el fragmento de una carta al director publicada en el número 3 de la revista satírica La Avispa, el 27 de enero de 1910, donde percibimos claramente que Azaña adopta la figura de un anónimo contemplador de la política local. El comentario se lo dejamos al lector. “...Que me paso la vida leyendo periódicos y novelas al lado de la estufa, y que no pertenezco a ninguna de esas dos grandes colectividades políticas, que no sé por qué regla de tres, se las ha bautizado con el nombre de “izquierdas" y “derechas". Pero si es cierto, ciertísimo que soy un verdadero absentista, un apático, mejor dicho, un renegado de la política; no lo soy, ciertamente, en cuanto a asuntos locales se refiere y pruébatelo el que después de haber escuchado unas cuantas sesiones a nuestro Excmo. Ayuntamiento, si es que realmente tal nombre merece, no he podido resistir a la comezón rabiosa de coger la pluma para pedir a nuestras autoridades dejen de agitarse en ese océano de luchas personales y de partido, con lo cual perjudican los sagrados intereses del vecindario que le ha encomendado para su custodia".
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8/01/2010 (19:31)
El 10 de enero de 1880, hace 130 años, el diario vespertino La Correspondencia de Alcalá, publicaba en su tercera página la noticia del nacimiento, ese mismo día a las once y media de la mañana, del segundo hijo de don Esteban Azaña, alcalde de la ciudad, y de doña Josefa Díaz-Gallo, quien, según se comentaba en la nota: “Se encontraba en perfecto estado de salud, al igual que el recién nacido al que pondrían el nombre de Manuel".
Un tardío acto de desagravio El 10 de enero de 1980, hace 30 años, toda la corporación del primer Ayuntamiento democrático, presidido por don Carlos Valenzuela, visitaban en la casa familiar de la calle de la Imagen número tres, a doña Concha, doña Pepita y doña Enriqueta, sobrinas de don Manuel Azaña Díaz. Un emotivo, aunque algo tardío, acto de desagravio si nos atrevemos a recordar que aquella casa fue convertida en sede de Falange recién acabada la guerra. Esa misma mañana se procedió a descubrir una placa de piedra artificial en la fachada del lugar en el que cien años antes había nacido el intelectual de mayor altura que ha conocido esta ciudad en los últimos tiempos. Durante décadas, aquellos que desprecian cuanto ignoran, han estado “fusilando" a pedradas, constante y obsesivamente, la placa de Azaña, tal vez arrebatados por la frustración de que sus ancestros no llegaron a tiempo el 3 de noviembre de 1940.
Un calculado olvido En la actualidad, tras aquellos ecos lejanos de reconocimiento y algunos tímidos intentos por recuperar su figura, no deja de ser significativo y más bien patético que la ciudad que alardea de sensibilidad, de tradición humanística milenaria y cuyos munícipes sueñan con acaparar todo tipo de distinciones culturales para convertirlas en morcillas y chistorras, mantengan en un calculado olvido, no ya a aquel paisano que llegara a alcanzar la Presidencia de la República, pues entiendo que tan alto honor pueda producirles urticaria, sino a uno de los pocos escritores contemporáneos que ha dado esta tierra y que además trató de inmortalizarla en algunos de sus escritos como El jardín de los frailes o Fresdeval.
Azaña no, Primo de Rivera sí Extraño pero previsible este calculado olvido por una parte de la municipalidad si tenemos en cuenta, ya que hablamos de placas conmemorativas, que hay una que se mantiene impoluta en los muros de la Casa Consistorial homenajeando a aquel otro postinero señorito jerezano que venía a nuestra ciudad, no precisamente a satisfacer sus apetitos intelectuales. Primo de Rivera fue poco amigo de la letra menuda, pero sobre todo de quienes la practicaban, Unamuno, Valle-Inclán y el propio Azaña sufrieron las consecuencias. Por tanto, si los gustos de la clase política imperante van por ahí, es preferible que se mantenga este olvido. Entendiendo además que Azaña no da para parque temático y mucho menos para un museo de hoja caduca que son los que se practican por estos lares, según corren los vientos, las fobias o las filias. El ejemplo más cercano el extinto Museo José Caballero. Contamos a nuestro favor que el Rasputín de la actual ¿cultura? municipal, afortunadamente nunca reivindicará su figura. Por tanto olvidémonos de la cultura con k, limitadita ya de por sí en estos tiempos raros de pensamiento débil.

(Foto: La casa natal de Azaña convertida en sede de Falange c. 1940. En el balcón podemos apreciar las banderas de la JONS la Nacional y la de Falange. Archivo: José F. Cormenzana / Vicente A. Serrano)
De poco sirven los números redondos No hay que mirar a los calendarios, sino a las estanterías. Para poco sirven los números redondos. Absurda resulta toda conmemoración cultural, ejército de mediocres tratando de poner el cazo a ayuntamientos morosos y trileros, arruinados en tanta fanfarria y cultureta de medio pelo. Los ciento treinta años que se cumplen el próximo día 10 y los setenta del próximo noviembre, son tan sólo los datos mínimos para evocar que la oscura trayectoria intelectual alcalaína de los dos últimos siglos, contó con un personaje de una gran valía, al que algunos descerebrados que desprecian cuanto ignoran, han tratado de borrar su desmemoriado recuerdo a base de pedradas, mientras que otros que alardean constantemente de sensibilidad y patriotismo local, cruzan los dedos, a modo de exorcismo, cada vez que oyen citar su nombre.
Las ruinas de la esperanza Otro tipo de pedruscos, los del Muro, iniciaron sin lugar a dudas el controvertido fin de las ideologías. Engañados durante décadas los unos y los otros, fuimos tan cándidos que creímos que un nuevo pensamiento alternativo y esperanzador resurgiría de las ruinas y las mentiras. Sin embargo al final, después de tanto polvo y tanto lodo, lo único que hemos recuperado ha sido una cierta claridad para poder perfilar, sin tapujos, la mediocridad moral, cívica y política en la que estamos enfangados. Ni como al héroe de Casablanca nos queda siquiera París. Incapaces somos de iniciar de nuevo el viaje a Ítaca. La única alternativa está en nosotros mismos, por eso sugiero constantemente trastear por las estanterías. Mantener un diálogo abierto, una discusión constante con todos aquellos perdedores que nos ofrece la historia. Azaña parada y fonda.
La recomendación: Iniciarse en Azaña Entiendo que no resulta fácil iniciarse en Azaña. Las Obras Completas siempre terminan siendo como lápidas marmóreas para prestigiar salones, pero complejas para acometer su lectura. A pesar de lo mucho que escribió sobre sí mismo y la consistencia de su pensamiento y sensibilidad, la traumática quiebra de la memoria española, ha mantenido a Manuel Azaña como lo definió su cuñado Cipriano Rivas Cheriff, como el desdibujado “Retrato de un desconocido”. Por tanto siempre resulta conveniente acometer su ingente obra por la que puede considerarse como su lúcido testamento literario y político. Partiendo de La velada en Benicarló (Ed. Castalia), podremos descubrir al hombre, al escritor y al político y plantearnos si realmente nos interesa ahondar en el personaje o preferimos optar por el calculado olvido al que le tienen sometido los bienpensantes de nuestro alrededor.
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29/12/2009 (12:07)
Ya apuntaba maneras Javier Lucini (Madrid, 1973) cuando hace casi una década publicó en la editorial Anaya La canción del mal amado y otras desmitologías. Una crónica sobre héroes y mitos helénicos contada a su bola. Hefesto, Hércules, Orfeo, Eurídice, Teseo, Ariadna, el Minotauro, Ulises, los Argonautas... explicados a los jóvenes con ciertas claves y un estilo peculiar para espabilar esta extraña y lánguida época que nos ha tocado vivir. Un libro que le hubiese gustado leer a Robert Graves.
Johnny Cash, el hombre de negro Años después se embarcó a la búsqueda de mitos más cercanos en el tiempo y como un Ulises de ida, que no de vuelta, peregrinó por la Norteamérica profunda, desde Chicago hasta Nashville, tras las huellas del hombre de negro. Se engolfó de tal manera con la vida y descalabros del cantante de Arkansas que lleva años tratando de poner el punto final a la ambiciosa biografía que tiene escrita sobre Johnny Cash. Mientras tanto ha traducido con exquisito gusto su autobiografía Man in Black, aquella de la que se llegaron a vender en Estados Unidos más de un millón y medio de ejemplares. Publicada por la editorial Acuarela, se acompaña de un imprescindible y tenebroso cómic, firmado al alimón por él y Joaquín Secall, titulado Anillo de fuego, un guiño a Tolkien donde se narra en imágenes una historia de pecado y redención protagonizada por el hombre que con sus canciones fue capaz de alterar a los “pacíficos" condenados a muerte de las penitenciarías de Folsom y San Quintín. En algunas ocasiones Johnny Cash alardeaba de que por sus venas corría sangre Cherokee.
Enterrad mi corazón en Wounden Knee Llevaba mucho tiempo que le tenía perdida la pista a esta especie de Jack London surgido del barrio de La Guindalera al que conocí, mecido entre canciones de Lluís Llach y Aute, hace casi los años que tiene. He rastreado sus huellas a través de las traducciones del hombre blanco que ha ido dejando por el camino: Melville, Hawthorne, Longfellow, Franklin, Emerson..., ellas de algún modo me marcaban la posible ruta por donde podía estar perdido. El criminal siempre regresa al lugar del crimen. Con toda probabilidad fue la sangre Cherokee de su mito anterior la que le devolvió de nuevo en un viaje de ida, que no de vuelta, hasta las tierras lejanas, y sobre todo frías, de Elko, Nevada y desde allí perderse después por los territorios salvajes de Little Big Horn, llegando posiblemente hasta Wounded Knee con el romántico propósito de desenterrar el hacha de guerra o al menos el del olvido. A través de la editorial Mono Azul he descubierto sus andanzas, esta vez no me las han traído las traducciones del hombre blanco, sino las del mismísimo Gerónimo, porque Javier Lucini acaba de publicar en la editorial sevillana Soy Apache, las memorias del mítico jefe piel-roja. Sé que en estos días de nuevo está en Madrid, ha cambiado el río Cheyenne por la calle de la Montera, pero me temo muy mucho que en poco tiempo se embarque de nuevo “en una de indios". Mientras tanto nos ha dejado un tocho de quinientas páginas, una especie de damero maldito en la que a través de 50 apacherías, no sólo nos describe estos últimos apasionados años, perdido en lo más profundo de su querida Norteamérica, sino que nos perfila, con su particular estilo, un infinito mosaico donde se reflejan en elaboradas teselas, los momentos y personajes de esa otra mitología que desbordó la imaginación de nuestra infancia: El mundo del indio piel-roja.
Apacherías del Salvaje Oeste La editorial Mono Azul, también le acaba de publicar Apacherías del salvaje Oeste. Difícil resulta explicar la complejidad de esta especie de Juegos Reunidos Geyper. De algún modo es como la Rayuela cortazariana en la que, en vez de rebotar por los capítulos en busca de La Maga, saltamos por las “apacherías", numeradas del uno al cincuenta, en la evocación de la magia lejana de la infancia, mientras que nos preguntamos por qué en tiempos de grisura buscábamos el salvaje atractivo de aquellos coloristas jinetes que controlaban la pradera con espejos y señales de humo. Nunca nos gustó el 7O de Caballería. Instintivamente nunca la música militar nos supo levantar, tal vez porque nuestras retinas infantiles estaban fatalmente contagiadas de tanto uniforme parduzco que sabíamos habían arrasado libertades. Como para emocionarnos con aquellos otros de terno azul que a golpe de corneta arrasaron culturas ancestrales. Este es un libro para todos los que en las matinés de su pueblo se emocionaban y saltaban en la butaca cuando atacaban Cochise o Sitting Bull. Lucini ha pretendido contarnos un viaje iniciático condimentado con las experiencias vividas, en su particular duelo en la alta sierra, pero al final le ha salido una anárquica, aunque totalizadora y peculiar enciclopedia en cuyas abundantes páginas se recogen, a modo de acogedora y libertaria reserva, las vicisitudes, mitos y ritos de todos los indios del salvaje oeste, con especial delectación en los Apaches. Un tratado antropológico sembrado de claves, donde rebosan los guiños a lecturas infinitas y a muchas horas en la oscuridad de las salas de cine, tratando de espigar entre tanta película triunfalista de los expoliadores.
La recomendación. Otras apacherías En la contraportada de su libro, Javier Lucini define Apachería como: “Acto, gesto o trazo del que se niega a ser absorbido, asimilado, amordazado o exterminado”. Su libro, como anárquica enciclopedia termina resultando una guía esencial para descubrir otras lecturas en torno a los Indios Pieles-Rojas. Desde las apasionantes novelas del alemán Karl May que solo visitó el Oeste al final de sus días, hasta la mítica Apache de Paul I. Wellman, destrozada cinematográficamente por Robert Aldrich, pasando por un clásico Enterrad mi corazón en Wounded Knee, de Dee Brown, reeditada recientemente por la editorial Turner. Lucini nos señala asimismo al cubano José Martí y sus crónicas periodísticas sobre los indios, en aquellos tiempos en que su tierra también estaba siendo esquilmada. Las memorias de Gerónimo o las entrevistas con Alce Negro, son asimismo títulos fundamentales para ensanchar los conocimientos sobre una civilización arrasada, convertida en inofensivo reclamo turístico, pero que sin embargo el 9 de noviembre de 1969 libró su penúltima batalla tomando la abandonada isla-prisión de Alcatraz en la Bahía de San Francisco.
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18/12/2009 (10:43)
La noche de los tiempos (Ed. Seix Barral) es la última y más ambiciosa novela de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956). Su estructura narrativa evoca de inmediato aquel Beatus Ille que escribiera a los treinta años y con la que Pere Gimferrer, desde la misma editorial, nos descubrió a este notable narrador, hasta entonces agazapado en las páginas del diario granadino Ideal y apenas conocido en los reducidos ámbitos universitarios. Años más tarde alcanzaría el Premio Planeta con El jinete polaco (decir a su favor que ha sido una de las mejores obras en la penosa historia del galardón) aunque extensa y a veces letánica narración que, precisamente por su pretendida ambición, se terminaba deslabazando en las manos del lector a causa de un complejo tejido de tramas, no resuelto con el éxito que se pretendía. Sin embargo alcanzaba momentos notables en el sincero relato autobiográfico, sobre todo con aquellas logradas imágenes de la vida campesina al pie de los olivos o el hastío de los años juveniles consumidos en los baretos del pueblo, arropados por músicas con las que soñaban proyectarse más allá de los cerros de Mágina.
Jacinto Solana, el comandante Galaz e Ignacio Abel Jacinto Solana es un ficticio autor de la generación del 27, el comandante Galaz es un militar que impidió que el cuartel de Mágina se uniera a los rebeldes franquistas, Ignacio Abel es un arquitecto socialista republicano formado en la Bauhaus gracias a una beca de la Junta para la Ampliación de Estudios. En cierto modo estos personajes de Beatus Ille, El jinete polaco y La noche de los tiempos conforman un mismo hilo conductor a través del cual su autor ha tratado de construir un entramado narrativo sobre un tiempo no vivido, aunque transmitido como una leyenda. Unos sucesos trágicos, que como toda leyenda, aparecen sumergidos entre luces y sombras, entre silencios y miedos. El difícil empeño de contar, desde la ficción, la historia de la gente real que sufrió aquella época, intentando a través de la escritura desterrar las perniciosas categorías ideológicas que el tiempo ha terminado imponiendo sobre los “hunos" y los “hotros".
La ambición y el exceso Afirmaba Alejo Carpentier que el mejor modo de escribir sobre una época no vivida consistía en sumergirse en ella, empaparse, casi ahogarse en los libros de historia, en los documentos, en los testimonios y escritos de los autores de aquel tiempo para después tratar de olvidarlo todo y ponerse a escribir. Para dar credibilidad a sus palabras basta leer El siglo de las luces o El reino de este mundo. Muñoz Molina a lo largo de los últimos cuatro años se ha empeñado en culminar la novela definitoria de una tragedia no vivida. Nos consta que ha trasteado hasta en la última hoja volandera de aquellos tiempos raros para documentarse, pero se ha olvidado de olvidar. De todos modos ha logrado construir una magnífica historia que partiendo de una apasionada relación adúltera, se enreda en tramas paralelas para dar paso a un impresionante friso histórico coral de esa España que pudo ser y no fue, la de 1935-1936. Ha sabido dibujar a la perfección la serie de personajes que pueblan sus páginas. Desde el protagonista Ignacio Abel hasta el antiguo profesor de la Bauhaus, Rossman o Eutimio, el noble capataz izquierdista de Cuatro Caminos, incluso Negrín, que adquiere aquí el carácter humano que durante tiempo le negaron hasta los de su propio partido. Adela, la mujer traicionada, un claro homenaje galdosiano y Judith, la amante norteamericana que parece escapada de los cuentos de Nabokov.
De Pedro Salinas a Manuel Azaña El instinto primitivo, la lucha a garrotazos de Goya, las ideologías irreconciliables, la sempiterna lucha cainita, todo ello sobre el paisaje de una patria que se desmorona. No en vano el libro se abre con una significativa cita de Pedro Salinas: “¿Será verdad que tenemos la patria deshecha, la vida en suspenso, todo en el aire?" acompañada de otro párrafo no menos contundente de Manuel Azaña que arranca así: “Veo en los sucesos de España un insulto, una rebelión contra la inteligencia, un tal desate de lo zoológico y del primitivismo incivil, que las bases de mi racionalidad se estremecen..." En estas dos citas creemos radica todo el espíritu de la novela.
El peso de la escenografía Tan ambiciosa novela adolece sin embargo de un defecto: su extensión. Las casi mil páginas contienen, aparte de su magnífica trama, todo aquello que el narrador omnisciente no ha sabido olvidar. El exceso de información, el peso de la escenografía a veces hace desmerecer el conjunto, porque tanta tramoya lastra la belleza de una prosa trabajada que se emborrona y de una historia perfectamente urdida que se desdibuja, por esa obsesión pedagógica de darnos a conocer lo que el autor ha aprendido en estos cuatro años de investigación, por tratar de enlazar artificialmente a sus personajes con todos y cada uno de los numerosos protagonistas e intelectuales de aquellos años convulsos. Sin embargo hacia la mitad, la novela remonta y adquiere la soltura necesaria, tal vez porque ya está casi todo explicado, y es entonces cuando su prosa nos engancha y emociona al encontrarnos con fragmentos vibrantes, magistrales, como, por ejemplo, el relato en paralelo del asesinato del teniente Castillo y el de Calvo Sotelo. En ciertos momentos el narrador ha sabido captar la desgarradora visión de los desastres de la guerra, con un vigor que casi roza aquellas otras páginas de Max Aub, Arturo Barea, Chaves Nogales, Paulino Massip o Joan Sales.
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10/12/2009 (11:07)
Me llamo barro aunque Miguel me llame", este verso, arrancado del inicio al poema 15 de El rayo que no cesa, dibuja con claridad los patéticos perfiles del poeta Miguel Hernández. En aquel libro, publicado por primera vez en 1936, y recuperado más tarde por la popular colección Austral en 1949, alcanzamos a descubrir, muchos de nosotros, la contundente belleza de la poesía. Tengo entrañables amigos que, como yo, aún recitan de memoria una gran parte de aquellos veintisiete sonetos endecasílabos que inflamaron de fuerza nuestra juventud. Amigos que se siguen emocionando con la elegía a Ramón Sijé cada vez que a nuestro alrededor alguien muere “...como del rayo". Uno de aquellos amigos entrañables, incluso logró conquistar a su novia enviándole versos robados al poeta de Orihuela: “Mis ojos encontraron en un rincón los tuyos. / Se descubrieron mudos entre las dos miradas".
Una tragedia para no olvidar La desolada muerte de Miguel Hernández fue uno de los crímenes más horribles y crueles del franquismo. Su trágica trayectoria vital debería ser recordada como el símbolo contundente de nuestra dramática historia reciente. Al hombre que desde el primer momento luchó con toda su honradez por la libertad y por la justicia, lo dejaron literalmente pudrirse en una mísera prisión, comido por la tuberculosis. Denunciado por sus enemigos, fue detenido al final de la guerra y en la “paz victoriosa" no hubo perdón posible para él, ni siquiera la supuestamente misericordiosa iglesia católica intercedió por su redención. Después, algunos poetas y escritores de su generación –la del 36– tratarían de justificarse afirmando que fue una tragedia inevitable. Como desagravio rápidamente se empeñaron en reeditar algunos de sus poemas –por supuesto los menos comprometidos– fue así como muchos de nosotros que vivíamos protegidos, pero ciegos, con un velo de falsedad e hipocresía a nuestro alrededor, pudimos descubrir a un gran poeta que desde un arranque popular imprimía a sus elaborados versos la fuerza y la contundencia que infiere el espléndido manejo de la palabra.
Quisimos saber algo más “Tal es la mala virtud / del rayo que me rodea, / que voy a mi juventud / como la luna a la aldea". Quisimos saber algo más sobre aquel hombre desdibujado que arrancaba así un libro de poemas. “...Algún día / se pondrá el tiempo amarillo / sobre mi fotografía". Descubrimos que apenas le dejaron tiempo para que amarillearan los escasos retratos de su fugaz trayectoria vital. Algunas fotografías de tiempo de guerra, sobre todo aquellas dulces imágenes en Jaén, en 1937, con Josefina Manresa disfrutando con un permiso de su breve viaje de novios. Significativa también la fuerza del retrato que le hizo Buero Vallejo en la prisión de Ocaña en 1941. Desoladora la imagen del dibujo de su rostro amortajado realizado por el escultor José María Torregrosa. Quisimos ahondar en su biografía más allá de las hipócritas palabras que le dedicara José María de Cossío en el prólogo a El rayo que no cesa en la edición de Austral y con dificultad fuimos hilando algunos clarificadores datos y testimonios, aunque no todos, hasta que descubrimos la biografía escrita por José Luis Ferris. En Miguel Hernández, pasiones, cárcel y muerte de un poeta, publicado por Ediciones Temas de Hoy se perfila en su magnífica integridad el poeta que se empeñaron en desdibujar los unos y los otros.
El desprecio de los otros Con textos como el de Ferris, afortunadamente la historia reciente comienza a tener pluralidad de lecturas, entrelíneas que se descuelgan, poco a poco, de los párrafos de la izquierda y la derecha y se empeñan, a modo de okupas, en emborronar unos márgenes hasta ayer impolutos. A los magníficos poetas del 27, pero señoritos al fin y al cabo, se les antojaba peculiar y folklórico este chico pobre, venido de provincias al que le endilgaron aquello de pastor de cabras. Pronto descubrirían, a su pesar, la sabiduría y formación lírica del “niño yuntero", sus dotes poéticas y su fuerza arrolladora para saber expresar los sentimientos de la gente sencilla. Poesía popular a la que aspiraban aquellos que quisieron minar su trayectoria poética: Lorca, Cernuda, Alberti... Y lo más terrible, alguno de ellos llegó a dejarlo abandonado en los difíciles momentos de la huida hacia el destierro.
Conmemora que algo te llevas En un país con escasos lectores, las instituciones que dicen preocuparse por nuestra cultura, en vez de rastrear por las bibliotecas, miran al calendario. En un país que tuvo el sueño fugaz de considerarse nuevo rico, se les ha quedado tatuada la adicción a los centenarios. Fastos para conmemorar a autores que ignoraron en vida. Tenemos hasta una Sociedad Estatal para ello. Todo pueblo que se precie también busca desaforadamente por su cuenta en los archivos locales a un poeta que llevarse a la boca y conseguir así montar su municipal tingladillo, incluida una feria popular sobre la chistorra y la cuaderna vía. Las autoridades, auténticos tetrástrofos monorrimos, seguramente serán incapaces de acercarse a una sola línea del escritor en cuestión, pero entienden que conmemorar siempre les reportará beneficios materiales, los espirituales que sigan durmiendo en las estanterías. Se acerca peligrosamente el centenario de Miguel Hernández, ya están conmemoradores y chacales tomando la calle y peleándose por el espacio. Afortunadamente las páginas del poeta permanecen en el mismo lugar del estante donde las dejarais la última vez; si no es así correr hasta vuestra biblioteca o librería más cercana antes de que los árboles no os dejen ver el bosque.
El libro recomendado. Umbrío por la pena, casi bruno Regresar al poeta, celebrar su recuerdo antes de que os lo impongan. Adentraros en las páginas de Miguel Hernández, pasiones, cárcel y muerte de un poeta, de José Luis Ferris (Temas de Hoy) para descubrir la fortaleza moral de un hombre abandonado a un trágico destino. Revisitar sus versos para sentir de nuevo la fuerza y la belleza de las palabras. José Luis Ferris también es el prologuista y editor de una magnífica Antología poética de Miguel Hernández publicada en Austral.
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3/12/2009 (17:01)
Las personas nos engañan y el tiempo nos desilusiona. La muerte se ríe de nuestras preocupaciones. Las ansiedades de la vida son nada". Reflexiones de semejante calado se hacía Leonardo da Vinci en pleno siglo XV; de vez en cuando, más allá de la pintura, decidía mojar los pinceles en la tinta de sus experiencias. Miguel Ángel Buonarotti también solía abandonar pinceles y cincel para esculpir sobre el papel sonetos de insólita belleza. A lo largo de la historia del arte nos topamos con infinidad de pintores que sintieron la necesidad de la escritura para desbordarse fuera de los límites de sus cuadros. Las descarnadas misivas de Goya a su íntimo amigo Martín Zapater, escandalizan tanto como la fuerza expresiva de sus grabados. Durante más de veinte años Vincent Van Gogh mantuvo una correspondencia constante con su hermano Theo; en aquellas cartas se contienen algunos de los más bellos textos literarios que jamás haya escrito un pintor. El mito del buen salvaje, la ruptura con el mundo que le condicionaba llevó a Paul Gauguin a escribir compulsivamente para tratar de explicar su búsqueda del paraíso, física y plásticamente. En Escritos de un salvaje se recopila parte de aquel esfuerzo de uno de los visionarios del arte moderno. Matisse, Léger, Mondrian, Dubuffet, Paul Klee, Kandinsky, Warhol y Hockney entre otros, también nos han legado magníficos y clarificadores textos, a modo de generosa invitación para adentrarnos en su pintura. Y entre los nuestros no podemos olvidar a Tapies ni por supuesto a Antonio Saura, autor sobre todo de aquel libelo Contra el Guernica, con el que logró provocar los más sacrosantos valores. Caso aparte merece Salvador Dalí del que siempre me han interesado más sus textos literarios que su pintura.
Literatura y pintura En 1958 Eduardo Arroyo decide marcharse a París allí conoce al italiano Antonio Recalcati y al francés Gilles Aillaud conformando un compacto y activo grupo de la Nouvelle figuration. Pintores que han destacado además como escenógrafos, manteniendo por tanto una íntima relación con el mundo del teatro y la ópera. En el caso de Arroyo llegando incluso a escribir una pieza dramática en dos actos, estrenada en Munich en 1986 con el título de Bantam, dirigida por el prestigioso director Klaus M. Grüber. Bantam es el término francés con el que se denomina en el mundo del boxeo a los pesos gallo. En la obra se cuenta la triste historia de cuatro boxeadores, ese mundo tan querido por el pintor madrileño que más tarde plasmará en otro de sus mejores textos, la vida de ‘Panamá’ Al Brown. Si tuviésemos que definir la pintura de Eduardo Arroyo tendríamos que hablar de técnicas frías, caracterizadas en la mayoría de los casos por el uso de las tintas planas para un dibujo cuidadoso, repleto de conocidas referencias icónicas. Un profundo ramalazo pop art que nos remite de modo inevitable a la prestigiosa obra del Equipo Crónica. La pintura de Arroyo posee idéntico espíritu literario que la del grupo valenciano, pero con la carga de una crítica aún más severa, desde una afilada sátira con toda probabilidad provocada por su exilio personal que esperpentiza aún más la irrealidad española de aquellos años.
Figuración narrativa Los títulos y los temas en la mayoría de los cuadros de Eduardo Arroyo son tan evidentes que resulta absurdo tratar de ahondar en su pasión y vocación literaria: Blanco White, Ganivet, James Joyce, Walter Benjamin... También sería innecesario que Arroyo tuviese que cargar de tinta sus pinceles para tratar de explicar su pintura. La figuración narrativa en la que se mueve resulta tan contundente que el espectador no requiere de lecturas auxiliares porque cada uno de sus cuadros se narra por sí solo. Sin embargo en todos estos años el pintor se ha empeñado también en escribir y nos ha dejado una serie de títulos tan sugerentes, tan variopintos y tan visuales como las obras que cuelgan de galerías y museos. El crítico e historiador de arte Francisco Calvo Serraller, trató, en 1991, de perfilar –a la manera de Flaubert– un Diccionario de ideas recibidas del pintor Eduardo Arroyo que hoy ha quedado desfasado por la actividad frenética del protagonista.
Minuta de un testamento A modo de vuelta de tuerca, amparado en ese profundo sentido literario que alberga el espíritu de Arroyo, el pintor acaba de publicar sus memorias en la editorial Taurus con un título robado al krausista Gumersindo de Azcárate (1840-1917) con el que de algún modo lleva emparentado desde el año 2000 que convive con su sobrina nieta, Isabel de Azcárate. Minuta de un testamento son unas memorias algo sui generis, un peculiar modo de continuar el esfuerzo de aquel Diccionario de 1991. En éstas páginas apenas se teoriza sobre el oficio. A pesar de lo lúgubre de su título, se trata más bien de un entretenido manual sobre el oficio de vivir. Con el espíritu libertario que siempre ha caracterizado al autor y dada su afición taurina, Arroyo no duda en ponerse al mundo por montera y afilar la pluma hasta convertirla en navaja barbera a punto de llevarse más de un cuello por delante. Rememora su infancia madrileña, su querida calle Argensola, el recuerdo admirado a su padre, perdido prematuramente, la imponente belleza y tesón de su madre, las continuas expulsiones de los colegios mas ‘chic’ y sus malas relaciones con aquella España de la cutrez sempiterna. Todo ello adobado de vez en cuando con un suculento puyazo a los valores eternos y a personajes intocables. Pinceles sumergidos en la más negra de las tintas para dejar bien definidos ciertos perfiles y algunos dudosos valores.
La recomendación: Leer a Arroyo Tres modos hay para leer a pintor tan peculiar. El primero acercarse a Museos y Galerías, sus cuadros os marcarán los renglones narrativos. El segundo trastear por los estantes de bibliotecas y librerías, os encontraréis con textos tan deliciosos como Sardinas en aceite, una especie de diario con opiniones contundentes. El trío calaveras una particular semblanza de tres de sus personajes favoritos: Goya, Benjamin y Byron y la fundamental biografía Panamá Al Brown sobre la turbulenta vida del primer boxeador hispano que alcanzó el título mundial de pesos gallo. El tercer modo de leer a Arroyo es descubrir como él ha sabido leer a Joyce, Goytisolo o Zorrilla para después ofrecernos magníficas ediciones ilustradas de sus obras.
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27/11/2009 (19:42)
Contaba Borges, en un brevísimo prólogo a los Cuentos de Julio Cortázar, que una tarde, hacia mil novecientos cuarenta y tantos: “...un muchacho muy alto, cuyos rasgos no puedo recobrar, me trajo un cuento manuscrito. Le dije que volviera a los diez días y le daría mi parecer. Volvió a la semana. Le dije que su cuento me gustaba y que ya había sido entregado a la imprenta. Poco después, Julio Cortázar leyó en letras de molde Casa tomada con dos ilustraciones a lápiz de Nora Borges. Pasaron los años y me confió una noche, en París, que ésa había sido su primera publicación..."
Casa tomada No sé si habréis leído el sobrecogedor relato de Casa tomada. Yo lo conservo en una edición muy particular, a gran formato, publicado por la Editorial Sudamericana, sobre una genial maqueta de Julio Ortega; toda una lección de cómo llevar un texto al papel con maestría e imaginación. Resulta sintomático que Borges descubriera a Cortázar a través de Casa tomada. Dos estilos dispares que sin embargo confluyen en un difuso punto o atmósfera bastante difícil de definir. Tal vez en el Aleph, ese punto del espacio que contiene todos los puntos y que se encuentra olvidado en un ángulo del sótano de un relato de Borges. “...el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Tal vez en Irene y su hermano, protagonistas de Casa tomada perdiendo territorio a través de las habitaciones hasta alcanzar el zaguán y más tarde la calle, tirando la llave a la alcantarilla. “...no fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada".
La complicidad de las lecturas Descubrir a Borges y a Cortázar, como encontrarse por primera vez con las páginas de Kafka, produce en el lector una atractiva complicidad que de modo irremediable deriva en peligrosa adicción. A mi generación al menos, que con lecturas conseguimos abrir los constreñidos diques que nos ocultaban el otro lado de la imaginación, se nos quedaron grabados en la memoria todos y cada uno de los momentos en que conocimos aquellos escritores que nos han marcado para siempre. A Julio Cortázar nos lo mostró, por vez primera, nuestra admirada Ana María Matute a través de un prólogo esclarecedor a La isla a mediodía y otros relatos, publicada en aquella mítica colección RTV de Salvat, que por cinco duros semanales nos abrió las puertas de la más exquisita literatura.
Receta para combatir a tanto autor fatuo Con Julio Cortázar logramos pasar al otro lado del espejo, al país de las maravillas donde la literatura se convertía en un juego, un juego de escritura cómplice, trufada de humor y sorpresas, alejada de solemnidades, de ampulosas retóricas. Éramos jóvenes y por tanto, desde el primer momento, encontramos en aquellos textos irreverentes, la apoyatura necesaria para combatir a tanto autor fatuo, solemne, muerto en vida y sobre todo: aburrido.
Siempre ahondando en el surrealismo de lo cotidiano, con unos personajes deliberadamente triviales que sin embargo acababan desbocados, a través de lo insólito, en finales sorpresivos, imprevisibles. Cortázar nos dotó de una nueva mirada, admirábamos al personaje, con esa especie de juventud perpetua. Nos afiliamos irremisiblemente al partido cortazariano y a pesar de la edad que ya vamos acarreando, aún poseemos con orgullo ese agudo sentido de la vista que nos permite vislumbrar, con un particular sentido del humor, las estupideces cotidianas de nuestro alrededor.
Cronopios y famas Siempre dando la brasa,he recomendado encarecidamente a las generaciones más jóvenes, la lectura de Cortázar y Monterroso. Tal vez desde la peligrosa evocación de mi propia juventud, sin tener en cuenta que a lo mejor sugería lecturas ya desfasadas para nuevos planteamientos vitales. Sin embargo el experimento casi nunca ha fallado y aún me encuentro con jóvenes, ya maduritos, que me recuerdan que un día lejano les recomendé a Cortázar y que desde entonces cada día se siguen topando con cronopios, famas y esperanzas. Para aquellos que aún no se han acercado al sugerente mundo cortazariano tan sólo aclarar que Los famas son unos tipos conformistas, bien adaptados a todo. Los esperanzas unos personajes inadaptados, ingenuos, que suelen llevarse todas las bofetadas. En cuanto a los cronopios, son unos seres anarquistoides, iconoclastas, imaginativos... Ahora que cada uno busque su sitio.
Papeles inesperados Con su muerte, tan estúpida como inesperada, una legión de huérfanos se extraviaron por el mundo. Habíamos perdido al personaje de las manos grandes, aquel al que se le enredaban las erres en el habla y que nos explicaba como nadie a qué sabían la notas de Thelonius Monk o Charlie Parker. Hubo unos años confusos en que parecía como si se desdibujase su figura, sin embargo la complicidad de la literatura como juego, la generosa herencia de claves que dejó en muchos de nosotros, inevitablemente hace que lo tengamos siempre tan cercano y así, cuando crecen escritores tan fatuos a nuestro alrededor, siempre nos preguntamos: ¿...y a esta rata, quién la mata? ¿...que diría papá cronopio de este bicho? Recientemente Aurora Bernárdez (una de sus viudas) y Carles Álvarez Garriga, han editado en Alfaguara un generoso regalo para la desconsolada legión de huérfanos. Con el título de Papeles inesperados, veinticinco años después de su muerte, recibimos cuatrocientas cincuenta páginas de inéditos. Se reabre el diálogo con aquel escritor que nos mostró el lado más lúdico de la literatura.
El libro recomendado: Un viaje infinito Cualquier librero que se precie es un cronopio irremisible. Él sabrá, mejor que nadie, conducirte por los estantes para presentarte al Cortázar, múltiple. Pregúntale simplemente por las Historia de cronopios y famas por Rayuela, por sus Relatos o por esos juegos reunidos atrapados bajo las cubiertas de La vuelta al día en ochenta mundos o Último round. El librero y nosotros, su legión de incondicionales, te profetizamos un viaje infinito.
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Vicente A. Serrano
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