23/12/2011 (12:41)

Si usted alguna vez ha tomado un medicamento homeopático con la esperanza de encontrar en él un remedio milagroso superior a la farmacopea convencional, que sepa que ha sido estafado. Desde esta semana lo dice el ministerio de Sanidad, que a través de un informe de 112 páginas (el texto íntegro se puede consultar aquí) pone de manifiesto que “la homeopatía no ha probado definitivamente su eficacia en ninguna indicación o situación clínica concreta (…) y resulta difícil interpretar que los resultados favorables encontrados en algunos ensayos sean diferenciables del efecto placebo”. Esta conclusión no aporta nada que no se supiera ya. De hecho no existe en el mundo ningún ensayo clínico basado en experimentos de doble ciego y revisión por pares que diga nada diferente. Químicamente no hay mucha diferencia entre una pastilla de homeopatía y otra de sacarina común.

 

Pero ahora que el máximo organismo sanitario del estado español le ha dado un portazo a esta timoterapia, y a la vista de los resultados del estudio encargado por dicha institución, quedan varias preguntas por resolver. Entre ellas, ¿qué pasará con el Instituto Homeopático de Madrid, al que el gobierno regional de Esperanza Aguirre financió con 1,7 millones de euros de las arcas públicas? Dado que Sanidad equipara el efecto de los principios activos de la homeopatía al de los conjuros chamánicos, ¿seguirá calificándolo la presidenta regional de centro“de enseñanza e investigación científica”, tal y como llegó a decir?

 

Siguientes preguntas: ¿Retirará la Universidad de Zaragoza la cátedra en homeopatía que otorgó con la financiación de Laboratorios Boiron, el mayor fabricante de esta sacarina mágica del mundo? ¿Cancelarán los colegios farmacéuticos de Tarragona, Baleares y Girona los cursos de “Terapéutica Homeopática para Farmacéuticos” que pretenden impartir en le primer trimestre de 2012? ¿Mantendrán las universidades públicas e instituciones colegiales la colaboración que desarrollan con el Centro de Enseñanza y Desarrollo de la Homeopatía? ¿Dejarán de ofertar las universidades españolas cursos monográficos sobre timoterapias para las que no hay una sola evidencia científica, y sí la constatación de que sus hipotésis no soportan el más mínimo ensayo clínico? Por cierto, que no son pocas, basta echar una ojeada a la lista de la vergüenza recopilada por Fernando Frías. ¿Adoptará el ministerio de Sanidad del nuevo gobierno alguna medida para acotar estas prácticas?

 

En definitiva, que a pesar de que cada vez son menos los argumentos que les quedan a este tipo de vendedores de falsas panaceas para validar sus teorías, paradójicamente es mayor su aceptación y penetración en la sociedad española. Timar a la gente de una forma tan descarada parece que es un negocio rentable, con o sin respaldo científico.

12/09/2011 (19:10)

Lunes 12 de septiembre de 2011. 17:30 horas. Entras en Google, tecleas “nuclear Francia” en el buscador de noticias y aparecen más de 1.200 resultados. El accidente industrial -que en los portales de algunos medios se calificaba como accidente nuclear- del centro de Marcoule captó la atención de los principales medios de comunicación. Lo que en realidad sucedió es que poco antes de las 12 de la mañana había explotado uno de los hornos utilizados para fundir materiales de baja y muy baja actividad del complejo de investigación que hay cerca de Nimes. La causa fue un incendio. Las consecuencias, un trabajador muerto y cuatro heridos. Con estos datos sobre el escenario, no eran pocos los internautas que convertían el suceso en trending topic mundial en la red Twitter. Las noticias que ilustraban el relato de los hechos en los portales españoles también recibían cientos de comentarios. La mayoría de ellos hacía alusión a la amenaza de la energía nuclear, la necesidad de cerrar todas las centrales atómicas y apostar por las renovables y clichés similares, con argumentos que poco tienen que ver con la realidad.

 

Mismo día a la misma hora. Entras en Google y tecleas “oleoducto Kenia” en el buscador de noticias. Sólo figuran 7 entradas. Accedes directamente a los portales de los principales medios informativos españoles y no hay una sola referencia en portada a la explosión de un oleoducto en Nairobi que cercenó más de cien vidas. Sobre las noticias (en su mayoría teletipos de agencias), ni hay tantos comentarios ni, por supuesto, tan alarmistas. Nadie se pregunta si este hecho prueba que, a la larga, la industria energética basada en el petróleo terminará siendo una amenaza para la humanidad. Y eso a pesar de que los accidentes industriales relacionados con los combustibles fósiles no dejan de sucederse, con vertidos en el Golfo de México y el Mar del Norte (por citar dos casos recientes), o petroleros que vierten toneladas de crudo a los océanos año tras año.

 

Hoy día, vivir cerca de una central nuclear, o de un complejo de investigación -como el de Marcoule-, es más seguro que hacerlo cerca de una refinería, una central térmica basada en la combustión de petróleo y carbón o un oleoducto. Ésa es la realidad. En cambio, el prejuicio establecido es otro. Lo nuclear genera rechazo y alarma y la idea generalizada es que hay que cerrar todas las centrales nucleares y apostar por las fuentes renovables. El accidente de Marcule es el último ejemplo. Y, además, es falso que la electricidad que producen las centrales nucleares pueda sustituirse por energías renovables. Ya se ha visto en Alemania, donde el populismo de Angela Merkel ha llevado a la locomotora de Europa a importar electricidad. ¿Y de dónde procede esa electricidad? Pues de centrales térmicas de ciclo combinado que necesitan gas, carbón y petróleo para funcionar, emitiendo a la atmósfera toneladas de CO2 y otras sustancias.

 

Puede que una pequeña instalación eólica, combinada con placas solares, sea capaz de satisfacer en gran medida la demanda energética de un hogar medio. Pero resulta ineficiente cuando de lo que se trata es de suministrar energía a un país industrializado. Por no hablar del impacto medioambiental que ocasionan los parques eólicos, destrozando ecosistemas enteros. La conclusión de todo esto es que seguimos inmersos en un mar de prejuicios que eleva un incendio en un horno a la categoría de amenaza nuclear y, en cambio, relega la explosión de un oleoducto con más de cien muertos a un simple accidente internacional.

30/08/2011 (09:23)

Si usted quiere ser profesor, debe pasar un largo período de formación y competencia que va, desde la obtención de un grado universitario en docencia -o la obtención de un título que valide su licenciatura universitaria a nivel pedagógico- a una sucesión de exámenes y oposiciones. El objetivo de este camino parece claro: es necesario que quienes se van a ocupar de transmitir conocimientos a las próximas generaciones tienen las aptitudes óptimas para hacerlo de forma adecuada. En conclusión, parece que nos preocupa el nivel formativo y pedagógico de quien enseña a nuestros hijos.

 

Quizás debería preocuparnos en la misma medida quiénes son los que deciden los contenidos que ese profesor va a transmitirle a sus alumnos. Porque si lo que usted quiere, en lugar de ser profesor, es obtener un cargo gubernamental -por ejemplo ministro de Educación-, no hace falta ningún escrutinio formal, ningún título que homologue su formación para poder tomar decisiones y, por supuesto, ninguna oposición. Se puede ser un completo ignorante, o un malintencionado fundamentalista, y tener el poder de decidir qué es lo que enseña en las áulas.

 

La comparación viene al caso de una de las últimas declaraciones que ha realizado en un acto público Rick Perry. ¿Y quién es este señor? Se trata del Gobernador de Texas y aspirante a futuro presidente de los Estados Unidos. De hecho el pasado pasado 13 de agosto anunciaba su candidatura para encabezar las listas del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos de cara a las elecciones del próximo año. Tras el anuncio, no ha tardado en hacer público cuál va a ser una de las banderas que espera llevar a la Casa Blanca: la del creacionismo. Perry es feliz si en las escuelas los alumnos aprenden que el universo y todo su contenido ha sido creado por un ente inteligente En cambio, le disgusta que la ciencia le lleve la contraria y apunta en dirección a la Teoría de la Evolución, un paradigma que, en opinión de Perry, no es válido:  “Dios es la razón por la que hemos llegado hasta aquí”.

 

De alcanzar la presidencia, el sistema educativo de Estados Unidos puede acabar siendo una fábrica de fundamentalistas del Génesis. Es lo que está consiguiendo en Texas, el estado donde lleva años de largas disputas con científicos y grupos laicos para introducir la teoría que figura en la Biblia como válida para dar una explicación del origen del universo. Así, hace dos años el Consejo Educativo de Texas ordenó a todas las escuelas y centros de enseñanza a poner en duda la Teoría de la Evolución en su programa educativo, instando a que se enseñara a los alumnos la denominada Teoría del Diseño Inteligente, que en la práctica no es sino un intento de vestir el creacionismo bíblico de un cierto lenguaje científico.

 

Rick Perry no es científico. No es ningún investigador. No ha realizado pruebas de campo en palentología, geología, química ni biología. En cambio, se declara un ferviente discípulo de Dios, y traslada este fervor a las aulas que gobierna. La Teoría del Diseño Inteligente es la respuesta que el fundamentalismo religioso norteamericano ha dado a la Teoría de la Evolución para evitar que las próximas generaciones de ciudadanos tengan un conocimiento sobre el mundo y su origen alejado de los textos bíblicos. Pero ¿acaso hay alguna prueba de que esta teoría (que en realidad no es más que una hipótesis) tenga vestigios de validez? No hay ninguna. Ha llegado directamente a las aulas sin aprobar ninguna oposición, sin ser capaz de pasar el mínimo filtro que separe lo que es una explicación completa y basada en datos empíricos de la simple especulación.

 

Por contra, la Teoría de la Evolución ha demostrado ser el paradigma que mejor se ajusta a todos los datos recopilados durante más de 150 años respecto a nuestro origen. Hay miles de fósiles, de rocas examinadas, de pautas biológicas examinadas que apuntan en dirección a que Charles Darwin tenía razón. Y la única razón para pensar que no es así sería encontrar una evidencia que la contradiga. De momento, no ha hecho acto de presencia, pero mientras para ser profesor hay que acreditar que se dispone de la formación y aptitud adecuada para impartir clases a las próximas generaciones, basta ser un fundamentalista radical para llegar a ocupar el sillón de quien decide qué es lo que se enseña en las aulas.

 

La batalla por encontrar la verdad respecto a nuestro origen y pasado debe librarse en los laboratorios, no en los altares. Aunque con una política educativa como la de Rick Perry, puede que quienes dentro de 15 años salgan de la universidad no tengan la capacidad de pensar lo mismo.

14/07/2011 (20:24)

¿Hace falta demostrar que un terapia es realmente efectiva en el tratamiento de determinadas dolencias para que sea subvencionada por el sistema público de salud? Pues, a tenor de las últimas declaraciones de Leire Pajín, la ministra de Sanidad y consumidora de la timopulsera PowerBalance, parece que no, que simplemente basta con que haya una manada suficiente de personas que crea a pies juntillas que verdaderamente funciona para sea sufragada con el dinero de todos los españoles.

 

La historia es la siguiente: en 2007, el Congreso aprobó la creación de un grupo de trabajo destinado a regular las denominadas terapias naturales, es decir, aquéllas que no cuentan con el respaldo de meticulosos estudios científicos que avalen su eficacia, pero que gozan de una creciente popularidad. Elconfidencial.com ha elaborado un artículo donde se recogen las principales conclusiones a las que ha llegado este grupo de trabajo: en septiembre se publicará un listado con las nuevas terapias que pasarán a formar parte del sistema público de salud, entre las que la ministra Pajín ha afirmado que estará la quiropáctica.

 

¿Y qué es la quiropráctica? Pues una terapia ideada a finales del siglo XIX según la cual las dolencias y enfermedades que padecemos tienen un reflejo en los nervios de la columna vertebral, por lo que un individuo se puede curar mediante la alineación de ésta. ¿Hay alguna evidencia, ensayo clínico o estudio científico que avale la eficacia de la quiropráctica? De lo que sí hay pruebas es de los problemas de salud que puede acarrear fiarse de esta suerte de masaje musculoesquelético (aquí, aquí y aquí, por citar sólo algunos casos). Esto es, que usted no tiene ninguna garantía clínica de que acudir a un quiropráctico vaya a solucionar sus problemas de salud y, sin embargo, sí que las hay acerca de la posibilidad de sufrir un derrame del tallo cerebral, una dislocación vertebral o una hernia discal a consecuencia de ello. A pesar de todo, para la ministra Pajín y el grupo de trabajo parlamentario que se ha encargado del asunto, estos argumentos sirven para que la quiropáctica sea sufragada por la Seguridad Socia con el dinero de todos.

 

Puestos a pedir, yo también podría exigir que Pajín incluyera en el sistema público de salud la escrototerapia. Si usted tiene un problema de salud, no se preocupe, que aplicando masajes con el escroto sobre puntos de energía en la piel que fueron descubiertos por una cultura milenaria, usted está curado. ¿Verdad que suena a timo? Pues lo es. Y no hay ninguna evidencia científica que demuestre que funciona. Pero, de momento, tampoco hay pruebas de que someterse a una sesión de escrototerapia vaya a acarrearle dolencia alguna. Con la quiropráctica no se puede decir lo mismo y, sin embargo, vamos a tener que pagar esta timoterapia entre todos. De aquí a nada, no se extrañe ver a un chamán santero atendiendo la consulta de atención primaria, o a la pitonisa Lola de turno al frente del departamento de cardiología de un hospital público. Es lo que pasa cuando quien toma decisiones es un incompetente en la materia, con o sin pulsera.

1/06/2011 (19:58)

Es una de las noticias de la semana: La Organización Mundial de la Salud dice que el uso de móviles podría aumentar el riesgo de cáncer. Con un dato así, y teniendo en cuenta la fuente de donde procede, nada menos que el máximo organismo mundial sobre salud, es de suponer que más de uno haya comenzado a mirar con recelo su teléfono móvil. Y también es de suponer que, al a vista de la noticia, rápidamente se haya producido la siguiente asociación de ideas: “Usar un teléfono móvil produce cancer”. Pero esté tranquilo, porque la radiación electromagnética que emiten tiene el mismo índice de cancerogenicidad que los pepinillos en vinagre. Y esto también lo dice la misma Organización Mundial de la Salud (aquí), donde incluye a los vegetales escabechados y en vinagre (busque picked vegetables en el listado) como un agente cancerígeno de tipo 2B, el mismo apartado donde el estudio de la OMS ha incluido las ondas electromagnéticas de la telefonía móvil.

 

Llegados a este punto surge la confusión. ¿Existe el mismo riesgo de contraer cáncer por comer pepinillos en vinagre que por hablar por teléfono? ¿Significa eso que desde hoy debemos limitar nuestras llamadas y el consumo de encurtidos? No se alarmen, porque las sustancias tipificadas en el grupo 2B son aquéllas consideradas como “posiblemente cancerígenas”, que no es lo mismo que decir que provocan cáncer. ¿Y qué significa esto? Pues que no se ha demostrado que exista una relación entre éstas y el riesgo a contraer cáncer. Es más, ni siquiera el informe de la OMS apunta en esta dirección. Desde la Asociación Española contra el Cáncer señalan que “Este comunicado (de la OMS) es una revisión de estudios anteriores, sin la robustez científica deseable, que muestra tendencias sobre esta posible relación, por lo que la AECC solicita prudencia a la hora de interpretar esta información”. Y el presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica también ha salido al paso para advertir que “No hay ninguna prueba, siquiera remota” de la relación entre telefonía móvil y cáncer. Como tampoco la hay de que los pepinillos en vinagre provoquen tumores malignos.

 

Y es cierto que no existe ninguna evidencia científica que certifique que la exposición a las radiaciones electromagnéticas de los teléfonos móviles sean causa directa de cáncer. Lo que sí existe es un principio de precaución, dado que no se conocen los efectos acumulativos que esta exposición tiene a lo largo del tiempo. Aunque a este respecto existe una normativa bastante estricta en lo que respeta a la emisión electromagnética de los sistemas de telecomunicaciones.

 

Otra cosa es que para una parte de la población impere más el principio de “cuando el río suena, agua lleva” que las pruebas concluyentes. Más ridículo aún es quien reniega del móvil argumentando su peligro de cancerogenicidad y, en cambio, despliega la tumbona en la playa a las dos de la tarde, cigarrito en mano, para tomar el sol y presumir de moreno. Sepan que el tabaco y la exposición sin protección al sol sí figuran como agentes cancerígenos en el grupo 1 de la lista de la OMS. Y el grupo 1 es aquel para el que sí hay evidencias demostradas de la relación directa entre la exposición a estos agentes y la formación de tumores.

13/04/2011 (09:58)

Este año se conmemora el 50 aniversario del primer vuelo tripulado en órbita alrededor de la Tierra. Yuri Gagarin se convirtió en 1961 en el primer ser humano en viajar al espacio, iniciando así una aventura que ha transformado nuestra sociedad de una forma más profunda de lo que muchos piensan. Suena extraño, pero la hazaña de Gagarin conecta con otro viaje llevado a cabo por otro pionero casi cinco siglos atrás. En 1492 Cristóbal Colón zarpó desde Palos de la Frontera (Huelva) con el objetivo de demostrar que existía una ruta alternativa por el Atlántico para llegar a las Indias, esto es, a los territorios asiáticos de la India y China, cuya conexión marítima desde Europa se realizaba bordeando África. Lo que encontró fue, en cambio, un nuevo continente cuyas riquezas y materias primas causaron un gran impacto económico y social en el mundo occidental.

 

De América llegaron a Europa toneladas de oro, plata y piedras preciosas. Pero también el tomate, el pimiento o la patata, entre otros productos. Fue tan grande la ventana que abrió la aventura de Colón que incluso transformó por completo la gastronomía. Platos típicos de la cocina española como la tortilla de patata o el gazpacho tienen una fuerte deuda contraída con aquel navegante que cruzó el Atlántico.

 

El vuelo de Gagarin en órbita alrededor de la Tierra no ha tenido un impacto menor. Porque representó el inicio de una larga senda de exploración espacial de la que nuestra sociedad se ha beneficiado sobremanera. Parte de la calidad de vida de que disfrutamos y de los adelantos tecnológicos que facilitan nuestro día a día se lo debemos a aquel cosmonauta soviético que, consciente de que las posibilidades de sobrevivir a su hazaña no superaban el 50 por ciento, abrió una ventana al espacio. De allí no nos hemos traído tomates ni pimientos, y tampoco oro ni plata. Pero sí cocinas vitrocerámicas, ordenadores portátiles, sartenes antiadherentes, dispositivos inalámbricos, pañales o algo tan rudimentario, pero que ha supuesto una de las mayores revoluciones del campo de la logística, como son los códigos de barras (en realidad este invento fue patentado para identificar vagones de ferrocarril, pero a raíz del interés de la NASA por utilizarlo para catalogar el instrumental de sus naves, creció su potencial comercial).

 

Ciertamente, todos estos inventos no orbitan alrededor de la Tierra ni se 'cazan' al vuelo desde una nave espacial para traerlos a la Tierra. Sin embargo, la carrera espacial y, especialmente, la llegada del hombre al espacio, convirtió nuestra órbita en un excelente laboratorio de I+D donde estudiar, desarrollar e implantar nuevos adelantos tecnológicos que, más tarde, han terminado trasvasándose a nuestro día a día. Pongamos un ejemplo: los ordenadores portátiles. El habitáculo de una nave obliga a buscar soluciones de espacio mucho más radicales que las que proponen los catálogo de Ikea. Eso dio pie a incentivar los esfuerzos por desarrollar chips cada vez más pequeños que, por ende, se integraran en ordenadores y equipos más pequeños. Cuando las casas comerciales se dieron cuenta de que aquello no sólo servía para que los astronautas estuvieran más cómodos, sino que podía ser la puerta de entrada de este tipo de equipos en las empresas (primero) y en los hogares (después), el marketing y la revolución informática se encargaron de hacer el resto.

 

La carrera espacial generó el impulso que la industria tecnológica necesitaba para llevar a cabo sus proyectos de I+D. Muchos de los que se aplicaron a las misiones espaciales eran inventos que ya existían, pero que andaban pendientes de encontrar al escenario definitivo que les sirviera para encontrar su potencial comercial. Otros fueron patentes exclusivas que, sin la aventura por llegar al espacio, no habrían llegado hasta nosotros (o no al menos con tanta celeridad). Un ejemplo de esto último lo tenemos en algo tan cotidiano como las zapatillas con cámara de aire.

 

Y no se trata sólo de tecnología. Del espacio también nos hemos traído importantes soluciones en el campo de la biomedicina. Los equipos de diálisis, los aparatos de monitorización de la frecuencia cardíaca o las gomas de cerámica con las que se hacen los brackets invisibles de las ortodoncias son derivados de la exploración espacial. La cirugía laser, los termómetros digitales, los marcapasos inalámbricos...  La lista de avances que hemos obtenido en los últimos 50 años gracias a la exploración espacial es enorme. Precisamente por eso existe la Estación Espacial Internacional, que no es sino un laboratorio de I+D en el espacio donde llevar a cabo experimentos y pruebas necesarios para obtener trasvases tecnológicos o biomédicos de gran relevancia. La lucha contra el cáncer, sin ir más lejos, también se lleva a cabo en el espacio, gracias a que la condiciones de ingravidez permiten realizar experimentos que serían imposibles llevarlos a cabo en la Tierra.

 

La hazaña que hace 50 años convirtió a Yuri Gagarin en el primer astronauta de la historia no fue sólo un vanidoso ejercicio con el que demostrar el poderío tecnológico de la Unión Soviética sobre Estados Unidos. Al igual que el viaje de Cristóbal Colón, lo que en realidad significó fue el inicio de una ruta revolucionaria que cambió nuestro modo de vivir.

15/03/2011 (16:48)

En Google, hay 50.600 resultados para “Fukushima”. Si le añadimos el término “nuclear”, la lista ofrece 33.100 enlaces directos (a las 14:50h. del martes 15), lo que da una idea del carrusel de informaciones que se vienen publicando desde el pasado 11 de marzo a propósito de lo que sucede en la central nuclear de Fukushima. El problema está en discernir cuáles de estas fuentes son fiables y cuáles otras arrojan datos erróneos, vaticinios apocalípticos fuera de lógica o exagerados diagnósticos de calma y tranquilidad. Si acudimos a los grandes medios generalistas en sus versiones web, los artículos llegan a resultar contradictorias entre uno y otro. Y si nos limitamos a lo que actualizan las principales agencias de información, prácticamente a cada hora encontramos un diagnóstico distinto. En lo que hay unanimidad es en una cosa: lo que está pasando en Japón ha reabierto el debate sobre la energía nuclear en el resto del mundo.

 

¿Se debe replantear el uso de la energía nuclear visto lo visto en la costa japonesa? Es una pregunta que corre el riesgo de encontrar respuestas populistas. La primera la ha dado Angela Merkel. Y es que esta cuestión no debe ser ni política ni tampoco estar sujeta a las consideraciones de la opinión pública. Es un debate técnico y, como tal, cualquier valoración debe hacerse desde una perspectiva profunda por parte de quienes son los verdaderos expertos en la materia, lejos de conceptos estereotipados, falsos miedos y vagas promesas de tranquilidad. Y, desde luego, lejos de Japón. Porque el debate, en esencia, debe basarse en si es imprescindible, o no, la energía nuclear, y si invertir en ella es rentable (tanto económica como medioambientalmente).

 

Ahora bien, la actualidad nos traslada a Japón, más concretamente a Fukushima. Lo cierto es que el sector anti nuclear parece haber encontrado ahí argumentos con los que cerrar definitivamente el debate. “La energía nuclear es peligrosa, y uno de estos peligros lo estamos viendo estos días”, es su lema. Pero una lectura más pormenorizada de la situación nos da una perspectiva distinta. Se habla de escapes radiactivos, pero no se informa (o al menos no desde los grandes medios generalistas) si esos escapes superan los umbrales mínimos a partir de los cuales resultarían peligrosos para la salud. Se informa de que esta radiación ha llegado a Tokio, pero los indicadores que miden el nivel de radiactividad en la capital japonesa sitúan estos niveles por debajo de los que se encuentran en Madrid, tomando como referencia las 15 horas de hoy martes (aquí y aquí). También se habla de explosiones y fusión del núcleo, dos conceptos que llevan a la alarma, pero no se aclara qué es lo que explote, dónde y por qué una fusión del núcleo no conllevaría mayores problemas que la pérdida del reactor (y un complicado proceso de desmantelamiento del mismo una vez se haya enfriado). Y, lo peor de todo, es que se compara el riesgo potencial de Fukushima con lo que sucedió en Chernobil, sin reparar en que se trata de dos modelos de central nuclear totalmente distintos, y que incluso una explosión del reactor de la instalación nipona no arrojaría a la atmósferas las toneladas de material radiactivo que se dispersaron en la de la antigua Unión Soviética.

 

Con estos datos en la mano, ¿debemos estar tranquilos ante lo que pudiera ocurrir en Japón? La respuesta es obvia: no. Pero tampoco hay que olvidar que lo que está sucediendo en Fukushima también demuestra hasta qué punto es segura la energía nuclear. Me explico: pocas instalaciones industriales del mundo resistirían un terremoto de 9 grados de magnitud y soportarían la embestida de un tsunami. Y esas pocas son las centrales nucleares. Porque no olvidemos que el problema en Fukushima no se inició como consecuencia directa de los daños provocados por el terremoto, sino porque el agua del tsunami dejó inutilizados los generadores diésel del sistema auxiliar de enfriamiento del reactor. A partir de ahí, han funcionado todos y cada uno de los protocolos de seguridad diseñados para hacer frente a la mayores adversidades posibles que pudieran sucederle a una planta nuclear. Se habla de que cientos de miles de personas han tenido que ser evacuadas de sus hogares, en un perímetro de 20 a 30 kilómetros de la central. Pero eso, lejos de ser un síntoma de alarma, es un índice de satisfacción. Ojalá en otros sectores industriales existieran protocolos que permitieran evacuar a la población ante un riesgo potencial.

 

No debemos olvidarnos de casos como la planta petrolífera de BP que arrojó millones de toneladas de crudo al mar en el Golfo Pérsico, o del dique de contención de la mina de aluminio que vertió otros tantos millones de litros de material tóxico al Danubio en Bulgaria. En el caso de Fukushima, será necesario realizar una ardua tarea de descontaminación y desmantelamiento de los reactores afectados, pero todo el material tóxico está perfectamente localizado. No pasó así ni en Bulgaria ni en el Golfo de México. 

 

A la vista de todo esto, ¿hay que estar tranquilos y confiar en la seguridad de la energía nuclear o es preciso apostar por un cierre paulatino de este tipo de instalaciones, a fin de prevenir otros riesgos mayores en el futuro? El debate está instalado en la opinión pública. Y es un debate fructífero, pues de lo que se trata, en esencia, es de concretar el modelo energético que queremos para nuestro planeta. Pero lo esencial es que ese debate no se realice desde una órbita política, ni tampoco en función de las valoraciones de la opinión pública.

11/03/2011 (18:30)

Pues no sabía yo que la abuela de Manuel Díaz, 'el Cordobés', hablara inglés. Pero parece que así es. O era, porque la mujer hace tiempo que falleció. Telecinco, en un alarde de telebasura, pasión por fomentar la estupidez y timo mediático en toda regla, decidió en la noche del miércoles resucitarla a través de una nueva entrega de Más Allá de la Vida, un programa en el que un invitado acude para que una presunta médium le ponga en contacto con un familiar fallecido, para bochorno de la inteligencia humana. Resulta que El Cordobés fue el último invitado que pasó por la consulta de Anne Germain, la médium que Telecinco tiene en nómina para ejercer el papel de intermediaria entre aquél y la persona fallecida, en este caso la abuela del torero.

 

Y, como siempre sucede en estos casos, el contacto se produjo. Un contacto tan falso como los trucos que se podían aprender con el Magia Borrás. Pero no entremos a cuestionar y desmontar un timo como el que Telecinco quiere hacernos pasar por una demostración de que eso del Más Allá existe, y que hay personas con la capacidad de contactar con un fallecido. Pongámonos en el caso de que es cierto, que la tal Anne Germain es capaz de conversar con fantasmas, espíritus, entes o cualesquiera otros términos con los que se suele referir a quienes ya no habitan en este mundo, y algunos piensan que andan por otro. En tal contexto, resulta sorprendente comprobar que la abuela de El Cordobés hablaba inglés a la perfección. Porque Germain, que no habla una palabra en castellano, necesita la labor de un traductor para transmitirle al invitado los mensajes que le manda aquel ser querido con el que dice haber contactado. Y, sin embargo, no requiere la tarea del mismo traductor para comunicarse con éste, lo que invita a pensar que ambos fantasmas (el fallecido y la médium) hablan entre sí en la lengua de Shakespeare.

 

¿Significa eso que la abuela de El Cordobés hablaba inglés? ¿O que el padre de María Del Monte también era bilingüe? ¿O que quizás haya un extraordinario proceso por el cual, al morir, adquirimos la sorprendente habilidad de aprender nuevos idiomas? O tal vez todo esto no sea más que un motivo de vergüenza, fraude e insulto a la inteligencia por parte de Telecinco.

23/12/2010 (21:06)

Todo el mundo ha oído hablar en alguna ocasión de los conocidos como productos milagro. Ya saben: artículos que se comercializan con supuestas propiedades, ya sea para perder peso o incrementar el rendimiento sexual que, en realidad, no tienen ningún efecto más allá de la sugestión de quien lo toma. Según un reciente informe de la CECU, los españoles nos gastamos cada año más de 2.000 millones de euros en estos timos con forma de pastillas, cremas, ungüentos y artilugios varios.

 

De producto milagro podría calificarse también la famosa PowerBalance, esa pulsera que en los últimos meses han lucido en sus muñecas deportistas, actores, cantantes, famosos de diversa índole e incluso Leire Pajín, quien ha llegado hasta la cartera del ministerio de Sanidad pese a dejarse seducir por las falsas promesas de salud del fabricante de este timo de plástico. El fenómeno PowerBalance es uno de los últimos ejemplos de timoterapias que de cuando en cuando pululan por el mercado, abusando de la credulidad del personal, jugando con su salud y, de paso, haciéndoles un roto en el bolsillo. Pero no es el único caso. En parte porque practicar la timoterapia sale barato. A PowerBalance, que en su día fue denunciada por publicidad engañosa, le han impuesto una sanción de 15.000 euros por decir que la pulserita de marras tenía propiedades beneficiosas para la salud de quien pagaba los cuarenta y tantos euros que costaba. Con las cuentas en la mano, y teniendo en cuenta que se han vendido más de 300.000 unidades de este producto, PowerBalance ha pagado 15.000 euros después de haber ingresado más de 9 millones con su timo.

 

¿Cómo funcionan estas timoterapias? La fórmula parece clara: un fabricante crea un producto inocuo, por ejemplo una pulsera de látex. Le incorpora un elemento que le dé un carácter diferencial, como una pegatina con un holograma. Y a partir de ahí se lanza la idea de que ese elemento (el holograma) produce una reacción beneficiosa en el organismo. Pero, ¿pueden demostrar que realmente producen dichos efectos? “No lo hacen. No pueden porque lo que venden se cae por su propio peso cuando se somete al más mínimo estudio riguroso”, afirma el biólogo José María Hernández: “Lo que pasa es que las promesas de salud que hacen nos resultan apetecibles y terminamos creyéndolo. No entiendo por qué no actúa el filtro de la razón”.

 

¡Que vienen los imanes!

El furor de las pulseras holográficas parece haber tocado fondo. Pero eso no significa que lo hayan hecho las timoterapias de muñeca. Porque existen otros brazaletes que prometen fantásticos efectos terapéuticos y de mejora de la salud sin demostrar cómo funcionan realmente. Utilizan la misma fórmula que Power Balance, pero cambiando los hologramas por imanes. “El magnetismo tiene efectos en el cuerpo, como los escáneres por magnetismo nuclear a los que nos sometemos para efectuar diagnósticos médicos, pero pasar de ahí a que con una pulsera va a mejorar tu salud porque tiene imanes hay un mundo”, prosigue el profesor Hernández: “Decir que un campo magnético te reequilibra son invenciones. Los pocos experimentos que se han hecho sobre el tema no son coincidentes con lo que prometen”.

 

Hay marcas, como Vitaljoya, que utilizan el magnetismo como reclamo para seducir a incautos. Su mensaje dista poco del que proyectaban las Power Balance, entremezclando conceptos relacionados con la ciencia con otros más propios del misticismo espiritual. Así, mezclando imanes con infrarrojos y colocando un símbolo del ying y el yang, por aquello de que lo oriental está de moda y vende más, se lanzan a la caza del crédulo. Otros fabricantes, en cambio, directamente niegan que sus pulseras magnéticas ofrezcan promesas de salud: “Tenemos muy claro que vendemos un producto que no tiene una certificación médica real. Y que lejos de obrar milagros, actúa muchas veces en forma de placebo”, señala un portavoz de Noamagnetics, uno de los fabricantes de pulseras con imanes. Y es que el efecto placebo es lo más que se ha podido demostrar clínicamente. Pero no todas las marcas dicen lo mismo, y muchas de ellas insisten en que lo que venden tiene efectos beneficiosos para la salud, pese a que ningún estudio clínico lo acredita. “Utilizan cierto conocimiento científico, sobre cosas que no conocemos, y prometen cosas que no están demostradas”, prosigue Hernández. Veamos cómo es el asunto: la magnetoterapia parte de la base de que la hemoglobina es débilmente diamagnética, es decir, que contiene hierro y, por tanto, puede ser repelida por campos magnéticos. “Pero es que los imanes que se emplean son demasiado débiles como para tener un efecto mensurable. Es verdad que las unidades de hemoglobina están unidas por un puente de hierro, pero estos fabricantes no dicen qué es lo que hacen sus imanes. ¿Atraen el hierro de la hemoglobina? ¿Acaso va a ir toda la sangre a la muñeca donde tengamos la pulsera? No se explica el procedimiento, un proceso que no es real. Además, muchos de estos productos se venden diciendo que equilibran el campo magnético del cuerpo, cuando el cuerpo no tiene ningún campo magnético”.

 

Lo curioso es que las pulseras magnéticas no son una moda de nuevo cuño, sino algo que cíclicamente regresa al mercado, y siempre con el mismo resultado: ningún experimento clínico confirma que las propiedades terapéuticas con las que se anuncian funcionan de verdad. En 2002, el doctor Robert Bratton y sus colegas de la Clínica Mayo realizaron un estudio para medir los efectos de un popular brazalete magnético. Para ello, le entregaron a un grupo de 305 personas estos brazaletes, que debían llevar durante un período de 28 días. A otro grupo idéntico se le entregó una réplica del mismo artículo, aunque a todos los sujetos se les dijo que lo que llevaban era una pulsera magnética. Curiosamente los dos grupos, incluso el que portaba imitaciones, afirmaron haber sufrido menos molestias físicas mientras la llevaban. ¿Cómo es esto posible? La respuesta está en el efecto placebo, es decir, la falsa sensación de que algo inocuo funciona por el mero hecho de creer que funciona. En el caso de los imanes, este efecto se extiende más allá de la bisutería de muñeca. Se pueden encontrar en el mercado desde plantillas para los zapatos a cubrecolchones, pasando, cómo no, por la siempre efectiva promesa de una mejora de la salud sexual: ¡calzoncillos magnéticos! ¿Existe algún estudio científico que avale la efectividad de estos productos más allá del efecto placebo? La respuesta es, una vez más, negativa.

 

Más esperpéntico es el caso de las lámparas de sal del Himalaya, que supuestamente emiten iones que nos protegen de las radiaciones y campos electromagnéticos que generan los electrodomésticos que tenemos en casa. O el de la piramidología. Hay más timoterapias en el mercado de las que pensamos. ¿Cómo discernir los productos terapéuticos que funcionan realmente de los timos basados en el placebo?“ Si no tienes conocimientos de medicina avanzados, lo mejor es ir al médico y preguntar”, concluye Hernández.

 

Pero cabe la posibilidad de que el médico en cuestión sea prescriptor de homeopatía, una disciplina que no ha demostrado su efectividad en ensayos clínicos más allá del efecto placebo. De hecho la cadena británica de farmacias Boots confesó el año pasado que vende productos homeopáticos “porque son populares, no porque curen”. ¿Se trata de otra timoterapia? “La homeopatía es muy eficaz y segura, y no tiene efectos secundarios”, defiende María Dolores Tremiño, presidenta de la Sociedad Española de Medicina Homeopática. Para los detractores de esta práctica, la cuestión está en que tampoco se ha demostrado clínicamente que tenga efectos primarios. A pesar de ello, cada vez son más los médicos titulados que optan por recetar este tipo de productos. “Hay especialistas que han hecho formación de posgrado, y que son unos 2.000 en España”, prosigue Tremiño. “Puede que sea porque es una salida laboral y económica para ellos”, contrapone el doctor Víctor Javier Sanz, autor del libro La homeopatía ¡Vaya timo! “Además, aunque la ejerzan médicos titulados, la homeopatía no está considerada una asignatura de la carrera, y desde el punto de vista farmacológico no tiene indicaciones terapéuticas aprobadas”. Tampoco se ha demostrado su efectividad en ensayos clínicos más allá del efecto placebo. En 2005 la revista científica The Lancet llevó a cabo un estudio comparando 110 ensayos clínicos que utilizaban compuestos homeopáticos y otros derivados de la medicina convencional. La conclusión fue que los efectos de la homeopatía no se diferenciaban del placebo y no resultaban eficaces para curar enfermedades.

 

Agua con memoria

¿En qué consiste la homeopatía? Esta disciplina se basa en dos principios: el primero, que la misma sustancia que produce una enfermedad sirve para curarla. El segundo, que esta sustancia debe administrarse en dosis infinitesimales. Así, por ejemplo, en la elaboración de un compuesto homeopático se diluye una pequeña porción de principio activo en un litro de agua; se agita, se extrae una gota de la mezcla y se vuelve a diluir en otro litro de agua. Y así 15, 25, 30 ó 50 veces. “En la disolución final no queda ni una sola molécula del principio activo”, denuncia Víctor Javier Sanz. “Eso”, matiza Tremiño, “es porque la información de los principios activos no se transmite al agua a nivel químico, sino físico. Se trata de una información electromagnética”. Pero, nuevamente, no hay ensayo clínico que evidencie este proceso. Según explican los homeópatas, esta acción física tiene que ver con un curioso fenómeno denominado memoria del agua. Supuestamente el agua memoriza las propiedades de la sustancia que se le añade para reproducirlas en el organismo del paciente. “Pero es que el agua está en contacto con muchas sustancias a lo lago de su ciclo y además tiene residuos secos de sodio, potasio... ¿Cómo es que memoriza unas sustancias y otras no?”, se pregunta Sanz, para quien “el éxito de la homeopatía es más sociológico y psicológico que científico”. Si el agua donde se disuelve un componente para la elaboración de un medicamento homeopático memoriza la acción de éste, ¿cómo es que no memoriza también el cobre de las tuberías, o los residuos tóxicos y fecales que ‘toca’ en su ciclo de vida?

 

Hay otro elemento que juega en contra de la homeopatía. Uno de los productos homeopáticos más vendidos es el denominado Oscillococcinum, que se comercializa para combatir la gripe. Sin embargo, en su prospecto figura que 1 gramo de esta sustancia está compuesta por 0,85 gramos de sacarosa y 0,15 gramos de lactosa. ¿Dónde está entonces el principio activo? “No lo tiene. Las pastillas homeopáticas no tienen ningún efecto”, dice el periodista Óscar Menéndez, quien para denunciar este hecho llevó a cabo el pasado mes de octubre un ‘suicidio homeopático’. “Durante un programa de televisión me tomé en 45 minutos 36 pastillas de Sedatín, que es un sedante homeopático que tiene 1 billonésima parte de belladona, que es un veneno. Si fuera un medicamento con una acción real, habría necesitado queme llevaran al hospital. Pero ni siquiera me relajó”. ¿Qué hubiera pasado de ingerir 36 pastillas de un tranquilizante supervisado por la Agencia del Medicamento? “Lo mejor que me podría haber pasado es que acabara en la UCI”.

 

Nota: artículo ampliado a partir de otro publicado por el mismo autor en el diario elEconomista

3/12/2010 (01:14)

Esta semana parece que el fútbol y la ciencia se hubieran dado la mano para tener a millones de personas en suspense. Porque mientras en Zúrich se resolvía qué país organizará los Mundiales de 2018 y 2022, desde la NASA se habían encargado de mantener en vilo a la comunidad científica. “Vamos a anunciar un descubrimiento revolucionario para la astrobiología”, decían. Y a partir de ahí, comenzaron las especulaciones: que si se había encontrado agua en líquida en Marte, que si en Titán se han localizado microorganismos vivos... Al final, ni una cosa ni otra. El descubrimiento que se ha realizado no está en ningún otro planeta, sino aquí al lado. Concretamente en el Lago Mono de California, uno de los ambientes más ácidos y corrosivos de la Tierra. Y es que precisamente por estas condiciones representa uno de los mejores laboratorios naturales para conocer si es posible que la vida se desarrolle y evolucione en otros mundos. Pero, ¿en qué consiste exactamente el descubrimiento? Pues básicamente en el hallazgo de una bacteria (pariente de la salmonela) que es capaz de vivir sin fósforo. ¿Y qué significa esto? Veámoslo a continuación:

 

La vida, tal como la conocemos en la Tierra, tiene su base en la química del carbono. Sin carbono, no hay vida. Eso es lo que nos ha enseñado nuestro planeta. ¿Sería posible que en otros lugares del universo la vida hubiera encontrado otro elemento químico sobre el que estructurar moléculas que se replicaran y dieran origen a un ser vivo? No lo sabemos con certeza, pero por lo que sí sabemos de química, y por lo que ésta nos ha enseñado en nuestro entorno, no parece que esta opción cuente con unas probabilidades muy elevadas. Tras la conferencia de prensa de la NASA, en algunos medios de comunicación digitales podrían leerse titulares confusos. “¿Vida extraterrestre? No, vida en arsénico”, titulaba la web de RTVE. ¿Significa eso que la NASA ha encontrado un tipo de vida que en lugar de estar basada en el carbono, se basa en el arsénico? En absoluto.

 

Las estructuras moleculares que forman la vida están compuestas de seis elementos: carbono, oxígeno, fósforo, azufre, hidrógeno y nitrógeno. La novedad está en que esta peculiar bacteria ha sido capaz de reemplazar uno de ellos, el fósforo, por otro que le pillaba más a mano en su hábitat del Lago Mono: el arsénico. ¿Y esto qué implicaciones tiene? Lo que viene a decirnos la pequeña bacteria es que la vida no es tan rígida como pensábamos, y que es capaz de adaptarse a los ladrillos que hay en su medio para construir sus cimientos. Esto abre la puerta a la posibilidad de que, en planetas y lunas donde las condiciones químicas parecen un tanto adversas para el desarrollo de la vida, quizás ésta se haya adaptado a vivir en ellas.

 

Un ejemplo que quizás ayude a esclarecer qué es lo que ha encontrado la NASA lo tenemos en el sector de la construcción. Imaginen un país donde las casas se construyen con ladrillos, madera, cemento, piedra y vidrio. En todos los pueblos y ciudades de ese país éstos son los elementos básicos e indispensables de sus edificaciones, por lo que la población entera piensa que, si existen otros países donde también hay pueblos y ciudades, las casas de sus habitantes deberán estar construidas con los mismos elementos. Pero de repente, alguien en ese país encuentra un pequeño poblado situado en una zona inhóspita y recóndita, donde sus gentes construyen casas con otros materiales. En este poblado escasea la madera, ya que no hay árboles cerca. Y tampoco hay cemento. Sin embargo, cuenta con grandes prados y extensas zonas de cultivo de cereales. Así que sus habitantes se las han ingeniado para hacer las estructuras de sus casas con una pasta elaborada a partir de las fibras vegetales. Quizás les habŕia sido más sencillo construir los edificios con madera y cemento, pero como no hay, han tirado con lo que la naturaleza les ha dejado a mano.

 

Pues eso es lo que la pequeña bacteria del Lago Mono ha hecho. La vida, en su caso, tenía dos opciones ante la ausencia de fósforo: o verse abocada a no progresar, dada la imposibilidad de estructurar sus cadenas con este elemento, o buscar si algo de lo que tenía a mano le servía para salir adelante. Y optó por lo segundo, demostrandonos con ello que las posibilidades de la evolución y la selección natural son mucho mayores de lo que habíamos pensado.

5/11/2010 (20:52)

Hubo una época en la que en los hospitales se ponían en práctica remedios tan brutales como catastróficos. Si tenías una enfermedad que, según el practicante de turno, se debía a una infección en la sangre, no se dudaba en practicar una sangría, esto es, en realizar un corte en las venas del paciente para que perdiera parte de ella, pensando que así se erradicaría el mal. Se aplicaban sanguijuelas sobre la espalda, se amputaban miembros o se untaban las heridas con ungüentos que, en lugar de cicatrizar, terminaban gangrenando un pie o una mano. El remedio resultaba peor que la enfermedad, y el número de pacientes que morían tras acudir al especialista de turno con una infección leve (leve teniendo en cuenta los parámetros actuales), no era pequeño. Acudir a la consulta del médico antes del siglo XIX era poco menos que arriesgarse a participar en una ruleta rusa.

 

Claro que, también había enfermedades para las que no existía remedio posible. Así, la viruela o la tuberculosis practicaron un genocidio sin precedentes durante milenios. Pero entre los siglos XVIII y XIX apareció una ALTERNATIVA a esas prácticas que se llevaban a cabo en los hospitales y centros médicos. En vista de que los tratamientos que llevaban siglos prescribiéndose sin gran éxito no surtían efecto, se decidió apostar por un camino nuevo: el del método científico. Así, pronto fueron apareciendo, primero a cuentagotas y, posteriormente, de una forma más unánime, investigadores que hicieron de la experimentación y contraste de los resultados obtenidos un ventana abierta a un nuevo marco sanitario. Las observaciones de Lady Montagu y los experimentos de Edward Jenner a mediados del siglo XVIII dieron como resultado la obtención de una vacuna contra la viruela. Un siglo más tarde, en 1881, Louis Pasteur tomó como base las conclusiones de Jenner para diseñar un experimento con el que terminaría definiendo el proceso de desarrollo de las vacunas. La viruela, que durante casi 10.000 años devastó poblaciones enteras, cebándose especialmente con los niños, hoy es una enfermedad erradicada. Otros grandes verdugos de la humanidad, como la tuberculosis, el tifus o la peste, han dejado de constituir una grave amenaza (en los países occidentales).

 

La vacuna fue uno de los grandes éxitos de la aplicación del método científico en la investigación médica. Pero en menos de 250 años han llegado muchos más, desde los analgésicos y antisépticos más variados a los transplantes más complejos. Hoy, gracias a aquella ALTERNATIVA, gozamos de un sistema sanitario sin precedentes en la historia de la humanidad, tenemos una calidad de vida nunca antes disfrutada y alcanzamos la vejez en un estado de salud más que aceptable.

 

Aquella ALTERNATIVA es lo que hoy configura la medicina actual, que debe su eficacia al método científico. ¿En qué consiste? En algo tan básico como observar un fenómeno (un virus, por ejemplo), desarrollar una hipótesis que explique ese fenómeno (cómo actúa el virus en nuestro organismo), confeccionar un experimento que verifique esa hipótesis o que arroje nuevos resultados (el cultivo del virus en laboratorio y la aplicación de enzimas que frenan su acción), volver a repetirlo detallando cada uno de los pasos que se ha dado, y finalmente publicar las conclusiones (una nueva vacuna para ese virus, por ejemplo) para que otros laboratorios e investigadores médicos de todo el mundo puedan contrastar, validar, o invalidar, la eficacia del tratamiento en cuestión.

 

Todo esto se resume en algo tan simple como ser capaz de demostrar que el tratamiento que has ideado funciona. Y demostrarlo bajo una serie de parámetros que despejan las dudas que se puedan plantear. En eso consiste la investigación clínica y farmacológica. Gracias a que fuimos capaces de implantar el método científico en el campo de la medicina, en apenas 250 años hemos derrotado a enfermedades que nos llevaban milenios de ventaja. Mejorar nuestro sistema sanitario pasa por seguir invirtiendo en los estudios clínicos, los ensayos científicos y, en definitiva, la ciencia como método.

 

Pues bien, ahora resulta que a la medicina también le salen ALTERNATIVAS. Y éstas consisten ni más ni menos que en aparcar el método científico y dejarse seducir por aquello que se venía practicando desde hacía siglos, antes de que Montagu y Jenner sentaran las bases de la investigación vírica. Ninguna de las llamadas terapias alternativas, entre las que destacan ramas como la homeopatía, las flores de Bach o el par biomagnético, por citar algunas de las más populares, pueden demostrar bajo los parámetros que han dado un giro radical a la medicina en 250 años, que funcionan. Todas ellas, cuando han pasado por el microscopio del ensayo clínico, han fracasado. Y, sin embargo, cada vez tienen más adeptos.

 

Algunas de estas terapias se escudan en términos que incitan a una mayor relación con la naturaleza. “Es que esto es natural, mientras que un medicamento no es más que química sintética”, alardean sus más firmes defensores. ¿Acaso no es natural el ácido acetilsalicílico que se extrae de la corteza del sauce blanco para elaborar la Aspirina? La farmacología consiste precisamente en eso, en observar, identificar, aislar y sintetizar moléculas que están presentes en la naturaleza y que ejercen una acción sanadora en nuestro organismo. Se identifica qué sustancia combate qué enfermedad, se realizan pruebas para medir cuáles son las dosis en las que mejor actúa, se evalúa la toxicidad de sus efectos secundarios… y tras un largo proceso de experimentación y control por parte de diferentes autoridades sanitarias, se pone a disposición de la humanidad.

 

Ha sido gracias a esa alternativa llamada medicina moderna como la civilización occidental ha alcanzado la mayor cota de salud e higiene de la historia. Nos hemos desecho de la viruela, hemos plantado cara a la gripe, hemos ideado prótesis biónicas para sustituir miembros amputados e incluso somos capaces de sobrevivir a un transplante de hígado o corazón. ¡Y lo que queda por descubrir!

 

La medicina moderna ha encontrado el camino por el que avanzar en su batalla contra la enfermedad. Éste pasa por algo tan lógico como demostrar que algo funciona ¿Por qué narices nos empeñamos en salirnos de él y regresar a esa oscura senda donde lo único que valía era creer que funcionaba? Para más INRI, algunas universidades, como la de Alcalá, fomentan este regreso a un pasado lleno de pústulas, gangrenas y pestes.

20/10/2010 (23:52)

 

 

¿Ficharía usted para su equipo de fútbol a un jugador que no conoce la regla del fuera de juego? ¿Y para su empresa a un contable que lleva un ábaco en lugar de un programa de informático de contabilidad? ¿Qué pensaría del director de un banco que en lugar de invertir sus ahorros en productos avalados por la Comisión Nacional del Mercado de Valores, se deja seducir por el clásico timo de la estampita? No hay que irse muy lejos para encontrar un caso similar. Basta echar un vistazo a la nueva ministra de Sanidad, Leire Pajín. La persona que debe velar por el correcto funcionamiento del sistema sanitario español es víctima del timo de la estampita, en versión terapéutica, claro. Y es que la señorita Pajín luce una de esas famosas pulseras holográficas, ya saben, las que se venden promocionando supuestas propiedades terapéuticas y beneficios físicos que, en realidad, no son sino un fraude en toda regla.

 

El mismo ministerio de Sanidad del que Leire Pajín se hace cargo ya advirtió el pasado mes de abril del timo que suponía adquirir una de estas pulseras esperando encontrar en ellas un remedio médico. Porque ni aportan beneficio alguno –más allá del efecto placebo- ni pueden aportar pruebas validadas a nivel clínico que certifiquen que, efectivamente, lo de los hologramas funciona. Cientos de miles de consumidores han caído en lo que no es sino una nueva edición de un timo clásico, como el de la estampita, esta vez con forma de pulsera, que cíclicamente llega al mercado, bien sea en forma de hologramas, de imanes, de cristales de cuarzo o de sales del Himalaya.

 

Lo que no se esperaba uno es que entre esos consumidores que se han dejado seducir por los efectos de la publicidad engañosa se encuentre quien tiene la responsabilidad de gestionar el sistema sanitario español. Si Leire Pajín es capaz de caer en un engaño tan burdo como el de las pulseras holográficas, ¿cómo hará frente a las hordas de defensores y promulgadores de fraudulentos y pseudocientíficos tratamientos y terapias que claman por que Sanidad financie sus productos, pese a que son incapaces de demostrar su eficacia?

 

La nueva ministra de Sanidad, haciendo gala de su nula capacidad crítica para discernir lo que es un remedio eficaz y lo que es un timo con forma de pulsera (la foto está sacada de Magonia)

 

“Esta pulsera te dará el poder que necesitas para ser ministra”, debieron decirle por la calle cuando se dejó seducir por el timo de la estampita.

 

8/10/2010 (10:32)

Lo reconozco. No recuerdo haber leído nunca un libro de Vargas Llosa. Todo lo más, un pequeño cuento erótico y alguno de los artículos que ha publicado en El País. “¡Qué poca cultura!”, pensarán algunos, entre ellos gente que tampoco ha abierto jamás una novela del prolífico escritor peruano, pero que estos días correrán a la librería más cercana con el objeto de equipar sus respectivas bibliotecas con la colección completa de obras del autor de La fiesta del Chivo. Es uno de los efectos secundarios que tiene el Premio Nobel de Literatura. Por desgracia, el Premio en la categoría de Física, o el de Química, no provoca la misma expectación. No veo a la gente interesándose por esa cosa llamada grafeno, ni por la forma como se pueden crear nuevas estructuras de carbono.

 

La cultura es saber, pero no todos los saberes tienen la misma consideración. Así, a quien ha leído los clásicos de la literatura griega y romana (Homero, Virgilio…), o quien hoy porta bajo el brazo dos novelas de Vargas Llosa, le denominamos culto. Sin embargo, no lo consideramos así si lo que lee en el metro es un ensayo sobre la mecánica de los agujeros negros de Kip Thorne o un artículo acerca de la naturaleza y aplicaciones del grafeno en Scientific American. ¡Frikazo!, tendemos a pensar. Y quizás no nos damos cuenta de que los Premios Nobel constituyen un marco ideal para acercarnos a esa parte de la cultura llamada ciencia. Seguro que más de uno nunca ha escuchado el término ‘grafeno’ hasta que han visto en el telediario de turno el fallo del Nobel de Física 2010 –por cierto, uno de los galardonados también obtuvo hace diez años el Premio IgNobel por sus investigaciones sobre campos magnéticos en seres vivos, haciendo levitar a una rana-. Pero es probable que tampoco lo vuelva a escuchar. No intentará conocer en cualquiera de los portales de ciencia que hay en Internet en qué consiste exactamente eso del grafeno, ni las aplicaciones que conlleva y, sin embargo, andará preocupado por que su biblioteca particular tenga algún ejemplar de Vargas Llosa, no vaya a ser que alguien entre en su casa y lo llame inculto por no haber leído al último Premio Nobel de Literatura.

 

Bien es cierto que la frontera que hay entre la ciencia y el público general es mucho más amplia que la que separa a los literatos de la sociedad. Leer una novela de ficción está al alcance de muchos; comprender en qué consiste un experimento científico sobre las propiedades de un nuevo elemento y las posibilidades que ofrece se antoja más complicado. Pero una y otra cosa no son más que dos vertientes de la misma cultura, la que nos enriquece y conforma nuestra visión del mundo.

 

PD: Aprovecho la ocasión para emitir mi opinión respecto al Nobel de Física de este año. Tradicionalmente, estos premios han tratado de recompensar el trabajo de investigaciones que en su día abrieron nuevas oportunidades de mejora para la sociedad y que se tradujeron en importantes avances. En el caso del grafeno, se trata de un premio al futuro. Aún no contamos con aplicaciones comerciales basadas en el grafeno, pero el horizonte que abre la utilización de este material en campos como la nanotecnología o la informática hacen presagiar que constituirá, en poco tiempo, una auténtica revolución como en su día protagonizó el vapor en la Primera Revolución Industrial o el silicio con la explosión informática de los últimos treinta años.

30/09/2010 (19:23)

Al lado de casa, la huelga general ha copado el foco informativo estos días. Pero un poquito más allá, a unos 20 años luz de distancia, la noticia es otra. Puede que usted se haya levantado por la mañana y, mientras escuchaba las noticias de la mañana, se haya encontrado con la siguiente información: “Descubren un planeta similar a la Tierra con posibilidad albergar vida”. Y entonces surgen dos dudas. La primera: ¿cómo narices pueden saber si existe posibilidad de que albergue vida? Y la segunda y, quizás, más inquietante: ¿Cómo se descubren estos planetas?

 

Sobre la primera cuestión la explicación es sencilla: alrededor de toda estrella existe un área denominada zona de habitabilidad. En resumen se trata de una franja orbital en la que la cantidad de energía que llega de la estrella hace posible, en combinación con otros aspectos (como la presión y la gravedad), que un planeta que orbite en esa franja puede disponer de agua líquida de manera sostenida en el tiempo. Dentro de nuestro Sistema Solar la Tierra ocupa esa área. Más lejos la radiación solar sería insuficiente para mantener estas características y el agua se congelaría, como sucede con Europa, una de las lunas de Júpiter, o con Encelado. Más cerca, la temperatura sería tan alta que se evaporaría. Pero en la Tierra se dan las condiciones perfectas: recibe del Sol la energía suficiente para que haya una temperatura media capaz de mantener el agua en estado líquido; además, las condiciones de presión atmosférica y gravedad participan del mismo fenómeno. Tal y como conocemos la vida en la Tierra, es de suponer que si existe vida en otros sistemas solares, lo más probable es que ésta se encuentre en la zona de habitabilidad de su estrella. Y el planeta descubierto recientemente cumple con estas condiciones.

 

Ahora llega el turno de abordar la segunda cuestión: ¿Cómo se descubren estos planetas? Los telescopios, incluso los más potentes, son capaces de captar la luz que nos llega de estrellas y galaxias lejanas. Pero un planeta no emite luz, sino que refleja la que recibe de su estrella anfitriona. Cuando se trata de observar a tan largas distancias, nos encontramos con que el débil reflejo que emite el planeta queda eclipsado por la intensa luz de la estrella. Podríamos utilizar otras longitudes de onda, como el infrarrojo, para detectar cuerpos calientes orbitando otros soles, pero también tiene sus dificultades. Así, lo mejor es emplear métodos indirectos de detección. Uno de los más ingeniosos es el denominado tránsito estelar y nace de algo tan simple como el hecho de que los planetas giran alrededor del Sol. ¿Y esto qué tiene que ver?, se preguntarán algunos. Pues mucho, porque cuando observamos detenidamente una estrella lejana de manera continua, podemos medir no sólo la intensidad, sino también las características de la luz que nos llega de ella. Si esta estrella tiene algún o algunos planetas orbitando a su alrededor, cuando crucen por el plano que observamos de la estrella, provocarán alguna distorsión en la luz que nos llega de ésta. Analizando estas distorsiones podemos determinar la masa, período orbital y distancia con respecto a la estrella. Y la cosa no termina ahí, porque en el momento que el planeta cruce el disco estelar, la luz de la estrella atravesará su atmósfera. Utilizando la espectroscopía es posible descomponer esa luz que nos llega y analizar así los componentes de la atmósfera planetaria. ¡Y todo ello sin ver directamente el planeta en cuestión!

 

También existen otros procedimientos, como la lente gravitacional, que utiliza la luz de otras estrellas aún más lejanas a la que estemos estudiando, para analizar cómo se curva ante la gravedad de ésta y detectar posibles planetas. O la cronometría de púlsares… Y es que no es necesario ver directamente un planeta para saber que está ahí. El siguiente paso es desentrañar si, además de estar en una zona habitable, está verdaderamente habitado.

6/09/2010 (10:33)

Dice Stephen Hawking que el origen del universo puede explicarse sin la participación de Dios. Lo cierto es que no dice nada nuevo, pero sus declaraciones, en el marco del lanzamiento de su último libro, no han sentado nada bien en determinados sectores: “¿Cómo es eso de que Dios no hizo falta para crear el universo?”, exclaman alarmados. Pero a Hawking se le ha olvido aclarar de qué Dios habla. ¿Del cristiano? ¿Del musulmán? ¿De los dioses de la antigua Grecia? ¿De los que se veneraban en el Egipto de los faraones? ¿De los que exigían sacrificios humanos en las culturas precolombinas? ¿Del Monstruo de espagueti volador? A lo largo de la historia, las distintas civilizaciones humanas que han poblado la Tierra han construido sus esquemas de conocimiento sobre la realidad en torno a un, o unos, supuestos seres superiores, dominadores de la vida y la muerte, artífices de la creación y fuente de los fenómenos naturales. La creencia en él o ellos suponía un bálsamo para calmar la falta de explicaciones. ¿Por qué cae agua del cielo? ¿Por qué hay un día y una noche? ¿Por qué morimos? En una sociedad carente de método científico, la respuesta a cualquier incertidumbre se resolvía por la vía de la fe: “Porque así lo quiere Dios”.

 

Pero sucedió que algunos de estas civilizaciones comenzaron a buscar por sí mismas un camino que les diera estas respuestas, más allá de la devoción religiosa. En la Antigua Grecia, Arquímedes fue un firme impulsor de la experimentación como método para descubrir el mundo. En algunas fases de esta sociedad se alcanzaron grandes cotas de saber, pero el auge del cristianismo en la Europa post-románica y la segregación del feudalismo arrinconaron a la ciencia, subyugada bajo la firme censura de Dios. “¿Cómo te atreves a decir que la Tierra gira alrededor del Sol?”, le espetó el tribunal eclesiástico a Galileo. “La Biblia indica lo contrario”. Pero Galileo, Newton, Copérnico y otros tantos ilustres defensores de la vía pitagórica, es decir, el método científico, la observación y experimentación como caminos para hallar la verdad y desentrañar los misterios de la realidad que nos rodea, fueron desmontando los pilares de la fe.

 

A medida que la ciencia fue avanzando, Dios, o los dioses, comenzaron a ser arrinconados. El golpe más duro lo recibió de Darwin y Wallace: no sólo dejamos de ser el centro del universo, sino que además dejamos de ser el centro de la creación. Para explicar por qué somos los seres más inteligentes del planeta ya no hacía falta recurrir al diseño de un ser superior. La evolución se encargó de desmontar los muros de la fe. Los avances en el campo de la genética sucedidos a partir de la segunda mitad del siglo XX no sólo han corroborado esto, sino que además certifican que, en esencia, somos un 99 por ciento iguales que los chimpancés, e incluso un porcentaje de nuestro material genético también está presente en las lombrices de tierra.

 

Pero aún quedaba un último escollo por salvar. Ciertamente Dios no era necesario para explicar el origen y evolución de la vida en la Tierra. Pero, ¿cómo entonces surgió el universo? ¿Acaso la existencia del universo no es prueba irrefutable de que alguien o algo lo creó? El golpe que Hawking le lanza a las religiones no es nuevo. Desde hace años, la astrofísica maneja herramientas que pueden explicar mediante un modelo coherente y sostenible matemáticamente el origen del universo sin necesidad de acudir a una intervención divina. La novedad radica en que Hawking va un paso más allá y considera este argumento como prueba de que Dios, o los dioses, no existen. ¿Es una prueba definitiva? Personalmente, aunque la ciencia haya sacado a Dios de su guión, sin necesidad de acudir a él para explicar por qué llueve, giran los planetas alrededor del Sol o existe el universo, la ausencia de pruebas no es prueba de ausencia. El debate, sigue abierto. Aunque para la ciencia se trata de un debate estéril. Demostrar la existencia o inexistencia de divinidades superiores nunca ha sido su objetivo. De lo que se trata es de seguir manteniendo el espíritu pitagórico: observar, experimentar y analizar para comprender. Que la fe de cada uno ponga a Dios en el lugar que crea oportuno, aunque su presencia no sea imprescindible para explicar por qué estamos aquí.

28/06/2010 (17:25)

Cualquier adulto medio sabe que el hombre del saco es una quimera, una figura con la que asustar a los niños bajo la amenaza de un malvado que se esconde en el armario pertrechado con una bolsa de esparto, dispuesto a llenarla con los pequeños escolares que peor se porten. ¿Se imaginan una manifestación de personas reclamando mayores inversiones por parte de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado para proteger a los niños del hombre del saco? No tendría sentido. Un adulto informado (e incluso un niño con un mínimo de sentido crítico) sabe que ese peligro es inexistente.

 

Con los residuos nucleares sucede lo contrario. Existe una gran desinformación en torno a lo que son y los efectos que pueden producir en la salud y el medio ambiente. En consecuencia, en los últimos días no han sido pocas las iniciativas para protestar por los presuntos peligros que conlleva la instalación de un Almacén Temporal Centralizado de residuos radiactivos (ATC), ya saben, el denominado cementerio nuclear. ¿Pero hay motivos reales para la alarma? La realidad es que no es así, y que un residuo nuclear bien gestionado y localizado es tan peligroso como el hombre del saco, es decir, que no tenemos de qué preocuparnos. Puede que mucha gente se eche las manos a la cabeza ante esta afirmación, o que piense que es una locura. Sin embargo, hágase una pregunta: ¿sabe usted lo que es un residuo nuclear? O mejor aún, ¿la saben quienes se oponen por decreto a la instalación de un ATC?

 

Vayamos por partes. La primera: una central nuclear no es más que un potente generador eléctrico que funciona a vapor. Sí, sí, a vapor, solo que en lugar de utilizar madera, carbón u otros combustibles inflamables para calentar el agua, se aprovecha de la eficiencia de la fisión nuclear. Para poner en marcha un reactor nuclear se necesitan unas cápsulas cerámicas de uranio. Estas cápsulas, de pequeño tamaño, se disponen en unas largas varillas de circonio de más de tres metros de longitud, pero de un diámetro no superior al dedo gordo de la mano. Y son estas varillas las que se insertan en el reactor nuclear para que uranio comience el proceso de fisión que libera energía, hace hervir el agua y mueve una turbina. Durante este proceso, las cápsulas de uranio atrapan neutrones y empiezan a volverse cada vez menos eficientes, por lo que es preciso sustituirlas por otras nuevas. Y es aquí donde comienza el proceso de gestión del residuo nuclear.

 

El uranio sustituido sí es altamente radiactivo debido a los procesos de fisión a los que se ha visto sometido. ¿Y qué se hace con él? Primeramente se encofra en acero, para mantenerlo sellado y a salvo de posibles emisiones de radiación, y se sumerge en unas piscinas situadas dentro de las propias centrales nucleares. Usted podría bañarse perfectamente en estas piscinas sin temor a ser contaminado. De hecho, continuamente se realizan mediciones y análisis del agua en el que están ubicados estos cofres de acero. Pero sucede que la capacidad de estas piscinas es limitada y, cuando están llenas, llega el momento de pensar qué hacer con los residuos. En algunos países, como Francia o Japón, se reciclan, ya que más del 90 por ciento del material que contienen las cápsulas que han sido sustituidas sigue siendo uranio. Pero este proceso es costoso y resulta más caro que adquirir uranio nuevo. Entonces surgen otras iniciativas, como la de crear un Almacén Temporal Centralizado donde llevar y gestionar convenientemente estos residuos, en espera de una posterior reutilización o de su confinamiento definitivo.

 

¿Existe peligro de contaminación radiactiva para las poblaciones que instalen en su término municipal uno de estos almacenes? La respuesta es un no rotundo. Cuando se sacan los cofres de acero de las piscinas son sellados con una placa de vidrio y recubiertos nuevamente de acero. Y para garantizar aún más la detención de posibles radiaciones desde su interior, son confinados en un bloque de hormigón de más de un metro de espesor. De los tres tipos de radiactividad existentes (alfa, beta y gamma), no existe modo alguno de superar estas barreras y escapar al exterior.

 

Por si esto fuera poco, esos bloques de hormigón son transportados en gigantescos baúles que han sido testados y homologados para soportar ataques de misiles y minas antitanque. Y en esto consiste un residuo nuclear: en un bloque de hormigón perfectamente gestionado y con totales garantías de seguridad. Y para quien siga dudando de ello, basta con echar un vistazo al número de trabajadores que han sufrido algún tipo de contaminación radiactiva en los más de 40 años que España lleva utilizando centrales nucleares: cero. Contrariamente a la opinión generalizada, la industria nuclear es limpia y segura, y permite una gestión eficiente y controlada de los residuos que genera. Por el contrario, ¿pueden las plantas de generación de energía a partir de carbón y petróleo decir lo mismo? ¿Qué sucede con las toneladas de partículas tóxicas y CO2 que emiten a la atmósfera cada año y que demuestran ser altamente cancerígenas?

18/06/2010 (20:11)

Puede que a usted le resulte gracioso. La derrota de Nigeria ante Argentina en el primer partido que ambas selecciones jugaron en el Mundial de Sudáfrica no se debió a los goles albicelestes, sino a que a un grupo de aficionados nigerianos se les prohibió entrar al estadio con gallinas. Sí, suena a guión de película de Berlanga, pero el motivo de que quisieran acceder al recinto con tan peculiares mascotas se debía a un singular ritual de magia negra que iban a realizar para que Nigeria ganase el partido. No es la única noticia que nos llega de Sudáfrica sobre la fuerte superstición que hay en el continente negro: embrujos para frenar a Messi, rituales realizados por técnicos y jugadores, hechiceros muti… Puede que a usted, con sus ojos de occidental, le resulte gracioso y ridículo que en esos mundos de África aún haya gente que crea en estas cosas. Pero lo verdaderamente gracioso es que no hace falta viajar hasta el país del cono sur para encontrar ejemplos de este tipo. Basta con ir a la universidad. Sí, han leído bien: la universidad, esa institución que debería ejercer su rol de garante del saber, salvaguarda del conocimiento e impulsora de la razón. ¿Se imaginan que el muti, como denominan en Sudáfrica la medicina basada en la magia negra, fuera una materia que se impartiera en las universidades públicas? Pues no imaginen mucho, porque forma parte de la realidad.

 

En la Universidad de Lleida, por ejemplo, recientemente se impartió en su Facultad de Ciencias de la Educación un curso de Introducción a la astrología, lo que representa un atentado en toda regla contra la propia institución universitaria, que durante siglos ha luchado contra la superchería construyendo desde sus aulas un esquema de conocimiento basado en la razón, el método científico y, sobre todo, en la capacidad para demostrar las hipótesis planteadas. ¿Y qué es lo que pueden demostrar los astrólogos? Nada. De hecho desde este blog invito a que cualquier astrólogo demuestre que existe alguna relación entre la posición de los cuerpos celestes en el momento del nacimiento de un individuo y sus actos futuros. Podría enumerar un sinfín de motivos por los que no es posible aceptar la astrología como materia de saber, pero considero más recomendable echarle un vistazo a las 10 razones para no creer en la astrología que publicaron los autores de la bitácora La ciencia y sus demonios.

 

Pero lo verdaderamente preocupante es que la Universidad de Lleida no es un caso aislado. Resulta paradójico comprobar cómo, mientras nos reímos del alto grado de superchería que existe en África, aceptamos que la institución que debería velar por el conocimiento introduzca materias basadas en supercherías y pseudociencias, incapaces de demostrar eficacia alguna más allá del engaño y el fraude a quienes se dejan engatusar por sus postulados. En la Universidad de Granada, por ejemplo, se oferta un curioso seminario de Feng-shui. Y la Universidad de Alcalá ha decidido incluir entre sus cursos de verano uno titulado Grafología en la selección de personal. Vamos, que de lo que se trata es de formar a especialistas en Recursos Humanos que a la hora de contratar a un empleado basen su dictamen en cómo el candidato escribe la letra A, antes que en su currículum profesional.  ¿Y qué tiene esto de malo? Pues que ni la grafología, ni el Feng-shui ni otras tantas prácticas pseudocientíficas (entre ellas la homeopatía) a las que la universidad española ha abierto sus puertas cuentan con un solo indicio que invite a pensar que sus formulaciones son válidas. Si alguien tiene curiosidad, en La lista de la vergüenza hay una interesante recopilación de estos atentados que las universidades españolas están cometiendo contra el saber. Porque querer estudiar el cosmos con técnicas astrológicas, discernir qué trabajador es más eficiente mediante sus trazos en la letra T, o pretender curar un cáncer con soluciones que no tienen ninguna molécula del principio activo original con el que fueron compuestas, es lo mismo que intentar ganar un partido de fútbol sacrificando una gallina dentro de un estadio.

19/05/2010 (10:21)

Imagine que le encargan un puzle. Para ello le dan tan sólo tres tipos de piezas y cuatro únicas formas de combinarlas entre sí. ¿Hasta dónde llegaría con tan pocos ingredientes y reducidas posibilidades de conjugarlos entre sí? Pues hasta un puzle tan rico, complejo y lleno de fascinación y sorpresa como el universo entero. Y es que, en última instancia, el cosmos no es más que una combinación de tres piezas básicas y cuatro maneras de conjugarlas entre sí. Unas reglas simples con las que construir una gran complejidad. Vayamos por partes.

 

Nuestro coche, nuestra casa, el planeta Tierra, el Sol y nosotros mismos no somos cuerpos indivisibles, sino que estamos formados por partículas más pequeñas. Ya en la Antigua Grecia apareció el concepto de átomo como la unidad básica, e indivisible, de la que estaba compuesta la materia. Hicieron falta más de dos mil años para que, en el siglo XIX, se demostrara su existencia. En efecto, el átomo es la unidad mínima en la que un elemento químico mantiene sus propiedades. Pero no es indivisible. A lo largo del siglo XX la física realizó un apasionante viaje por su interior, descubriendo que el mundo subatómico está plagado de partículas más pequeñas. Así, encontramos que los átomos tenían un núcleo, donde protones y neutrones se agrupaban unos con otros, y una corteza habitada por electrones. Pero lo más sorprendente es que, tras ese camino, el desenlace al que hemos llegado es que nuestro coche, nuestra case, el planeta Tierra, el Sol y nosotros mismos no somos más que una combinación de tres piezas básicas, unidades básicas indivisibles –salvo que se descubran nuevos límites subatómicos- a partir de las cuales el universo ha construido su gigantesco puzle: electrones, quarks y neutrinos. Ya conocemos a los primeros, integrantes de la parte más externa de los átomos. Los segundos son los ladrillos que levantan los muros de los protones y los neutrones. ¿Y los terceros? Aquí llega una nueva sorpresa: apenas interaccionan con el resto de componentes básicos de la materia, siendo piezas libres que recorren el cosmos a altas velocidades sin molestar a nadie. Así que, en esencia, los ladrillos básicos del universo son dos: electrones y quarks.

 

¿Cómo es posible que con una lista tan pobre de ingredientes el universo haya podido elaborar un plato tan rico y variado? Al igual que en la gastronomía existen diferentes formas de preparar los ingredientes, ya sea mediante cocción, fritura o asado, entre otras técnicas, el universo también tiene sus reglas de cocina. Las partículas interaccionan entre sí a través cuatro fuerzas fundamentales: electromagnetismo, nuclear fuerte, nuclear débil y gravedad. La primera, entre otras acciones, es la responsable del fenómeno de la luz, y a ella debemos que podamos ver el mundo que nos rodea. La segunda, la más potente de todas, se encarga de que los protones y los neutrones permanezcan unidos en el centro del núcleo atómico. La tercera está presente en los procesos de radiactividad. Y la cuarta, la más débil de todas y, a la vez, la que más nos afecta a nivel macrocósmico, aún esconde misterios por descubrir.

 

Sucede que, en estas interacciones, las partículas se intercambian otras, denominadas bosones, carentes de masa y responsables de transmitir cada una de estas fuerzas. El fotón es el bosón del electromagnetismo, el gluón de la fuerza nuclear fuerte, el bosón W y el  de la nuclear débil… y aún falta saber si existe el gravitón, el hipotético bosón responsable de transmitir la fuerza gravitatoria. Éste es uno de los grandes misterios que rodean a la gravedad, y que el LHC, el gran colisionador de hadrones, podría ayudarnos a desentrañar.

 

Pero hay más, muchos más interrogantes que rodean a este gigantesco puzle llamado universo donde, tras más de dos mil años de búsqueda, sólo se han llegado a encontrar tres piezas básicas y cuatro modos de combinarlas entre sí. Con unos ingredientes tan simples hemos llegado a una rica complejidad culinaria.

10/05/2010 (19:14)

Es el proyecto científico más ambicioso de la historia y, posiblemente, también el que más desinformación genera. Que si puede provocar un agujero negro, que si pretende ser la máquina de Dios, que si es un riesgo potencial para el planeta… Algo falla en la ciencia cuando ésta es incapaz de conectar con el público y explicar sus procesos, experimentos y ambiciones. Y eso es lo que se ha demostrado con el LHC, el gran colisionador de hadrones con el que se busca desvelar algunos de los misterios más inquietantes de la física moderna. El principal, saber cómo la energía se transforma en materia, y viceversa. O más concretamente, encontrar la partícula que hace posible ese como.

 

Pero vayamos a lo práctico. ¿Qué tiene de útil mandar dos haces de partículas en direcciones opuestas por un conducto circular a una velocidad próxima a la de la luz? Hagamos un ejercicio de ciencia ficción y pensemos en estas partículas como si fueran coches. Nosotros los percibimos como objetos enteros, completos, medios de transporte cuyo funcionamiento interno queremos desvelar. Y resulta que no podemos, que las técnicas que utilizamos no nos permiten escudriñar de qué se componen esos coches. Entonces inventamos una curiosa máquina, con un túnel en forma de circunferencia donde colocamos los vehículos y los lanzamos, en direcciones opuestas, a alta velocidad. Tarde o temprano terminarán chocando, y del impacto generado se desprenderán miles de fragmentos.

 

Analizando esos fragmentos descubrimos que los hay del vidrio con el que se fabrican los parabrisas, del plástico del que está hecho el salpicadero, de la tela que cubre los asientos, del caucho procedente de los neumáticos, de metal, de acero y de muchos otros componentes. A través de la destrucción hemos descubierto de qué están hechos los coches, y esos datos nos ayudarán a mejorar sus técnicas de fabricación y, por ende, nuestros medios de transporte.

 

Volvamos a la realidad, al LHC, al gran colisionador donde las partículas son lanzadas a velocidades próximas a las de la luz para chocar entre sí. Los fragmentos desvelados por esas explosiones puede que nos despejen dudas y, de paso, contribuyan a hacer más cómoda nuestra vida. No olviden que Internet, posiblemente la mayor herramienta de comunicación de toda la historia, nació hace un puñado de años en un acelerador de partículas.

5/05/2010 (10:30)

Recientemente Stephen Hawking volvió a ocupar espacio en prensa y medios de comunicación. En este caso no se debía al lanzamiento de un nuevo libro de divulgación astrofísica, campo que le ha reportado notables éxitos de público en el pasado, ni a la publicación de sorprendentes conclusiones acerca de la mecánica de los agujeros negros, una materia de estudio donde también ha logrado importantes avances y reconocimientos científicos. Hawking especulaba con un posible encuentro con civilizaciones extraterrestres, o más exactamente con la idea de que fueran ellos quienes nos descubrieran a nosotros. Su mensaje es claro: un encuentro de esta magnitud sería “perjudicial”. “Si nos visitaran, los resultados serían como cuando Colón llegó a América, algo que no salió bien para los nativos americanos”, es la lectura que hace del asunto.

 

Pero invirtamos los términos de la ecuación. ¿Y si fuéramos nosotros quienes emuláramos a Cristóbal Colón y nos embarcásemos con nuestras naves por el hiperespacio a la conquista de nuevos mundos? Lejos de las implicaciones filosóficas, políticas o sociales que este acontecimiento pudiera provocar, existe una laguna técnica que a menudo pasa desapercibida: ¿seríamos capaces de sobrevivir con éxito al aterrizaje en otros cuerpos del universo? Aquí el cine y la literatura de ciencia ficción muestra una imagen que dista mucho de la realidad.

 

Aparcar la nave y salir a darse un paseo por el planeta de turno parece una actividad de lo más común en las películas de este género. En algunas de ellas, incluso basta una simple botella de oxígeno para aventurarse en los nuevos mundos, obviando los peligros de la presión, la radiación o la gravedad del planeta en cuestión. Sin embargo, éstos no son los únicos inconvenientes con que se encontraría una hipotética misión de exploración hacia otros sistemas.

 

Dejando de lado el tema de la mayestática empresa que supone organizar un viaje a un planeta lejano, una vez llegados allí nos podríamos encontrar con la siguiente situación: no podemos levantarnos de la cama. Nuestro cuerpo está perfectamente habituado a un ambiente en el que la fuerza de gravedad es de 9,8 m/s2. Pero, ¿y si llegamos a un planeta más grande, con una masa mucho mayor que el nuestro y, por tanto, con una gravedad más intensa? No hay que marcharse muy lejos para hacerse con una idea aproximada de lo que supone un cambio brusco de hábitat gravitacional. En Júpiter, por ejemplo, una persona que pesara 80 kilos en la Tierra, vería multiplicada su masa por 2,5; esto es, daría en la báscula 200 kilos. Algo tan simple como levantar un vaso de la mesa o incluso alzar los brazos para ponerse un jersey se tornaría en una actividad cansada. Y viceversa. Hospedarse en un planeta cuya fuerza de gravedad fuera menor que la de la Tierra obligaría a un esforzado intento por adaptarse a nuevas rutinas, algo que en las películas de ciencia ficción no parece importar. En Saturno 3, Kirk Douglas convive junto a Farrah Fawcett en una de las lunas de Saturno, sin especificar en cuál de ellas. Incluso tratándose de Titán, la mayor de ellas, sería imposible que ambos pudieran darse sesiones de footing como lo hacen en el filme, ya que la gravedad superficial de este satélite es siete veces inferior a la de la Tierra.

 

Más complicado podría resultar darse un festín de huevos fritos en un planeta distinto a La Tierra. Encender un fuego o incluso hinchar un globo para una fiesta de cumpleaños podría suponer todo un reto a consecuencia de la presión atmosférica. En la Luna, donde no hay atmósfera, los astronautas notan cómo sus trajes se hinchan a consecuencia, precisamente, de la diferencia de presión con respecto a La Tierra. Al no tener que soportar el peso del aire sobre sus cuerpos, éstos experimentan una sensación nueva. Y a la hora de encender un fuego, la falta o exceso de presión y la ausencia de oxígeno constituyen grandes obstáculos.

 

La temperatura, gravedad y presión atmosférica son sólo algunos de los impedimentos que se obvian en numerosas aventuras de ciencia ficción que recrean la vida en otros planetas. Pero hay más, desde la ausencia de una atmósfera respirable hasta la presencia de agua. Sin embargo, puede que el mayor reto de todos no sea encontrar un mundo donde poder darse un paseo, sino uno en el que se pueda aterrizar. Desde que en 1995 se descubriera el primer planeta extrasolar, en los últimos trece años se han catalogado cerca de 300. Pero la gran mayoría de ellos son, como sucede en nuestro Sistema Solar con Júpiter o Saturno, de naturaleza gaseosa. Pese a que en nuestra barriada, de los ocho planetas que la componen la mitad tiene una superficie rocosa, más allá de los dominios del Sol parece que lo que imperan son los gigantescos mundos de gas. Con un panorama así, preocuparse por qué tiempo hará en ellos es una cuestión menor.

 

Nota: Artículo elaborado a partir de otro escrito por el mismo autor en la revista Espacio en junio de 2008.

26/04/2010 (18:37)

Hace 24 años, exactamente el 26 de abril de 1986, una explosión de hidrógeno en el reactor nuclear de Chernobyl provocó el mayor accidente de energía atómica de la historia. La efeméride ha servido para que decenas de grupos ecologistas hayan organizado acciones de protesta, pidiendo el cierre de las centrales nucleares y, consecuentemente, el fin de este sistema de producción de energía eléctrica. Pero ello significa también que llevamos 24 años de preguntas incorrectas. Siempre que se menciona en un debate el tema de la seguridad nuclear aparece de fondo Chernobyl, como si viviéramos en un riesgo continuo por el empeño en seguir utilizando el uranio como fuente de energía. La realidad, en cambio, nos señala que la nuclear es una fuente de energía altamente segura. Desde la Segunda Guerra Mundial el planeta ha abierto más de 430 reactores nucleares, de los que sólo se ha registrado un accidente. Las causas que lo provocaron, además, no se encuentran en la peligrosidad inherente a la energía atómica, sino en una secuencia de errores y violaciones del reglamento de seguridad nuclear de la por entonces Unión Soviética –entre ellos desconectar el ordenador central-. Para que se hagan una idea, pedir el cierre de las centrales nucleares amparándose en el accidente de Chernobyl sería como solicitar la erradicación de los vuelos comerciales en previsión de que un grupo terrorista volviera a secuestrar un avión para hacerlo estrellar contra un edificio, tal y como sucedió el 11-S. Los mecanismos de seguridad con los que se trabaja hoy en las centrales hacen que el riesgo de que se produzca un nuevo escape como el de Chernobyl sea menor que el de morir en un accidente aéreo.

 

Pero existen muchas más preguntas equivocadas que se esconden tras la efeméride. Por ejemplo, ¿por qué cuestionamos la energía nuclear y no la que tiene su origen en los combustibles fósiles? La fisión, que es el mecanismo por el que se obtiene energía a partir de las reacciones en cadena que se provocan en los reactores atómicos, no emite ninguna partícula contaminante a la atmósfera, y además los residuos secundarios que genera son controlables. En cambio, las centrales térmicas que producen electricidad quemando carbón y petróleo son responsables de que, cada año, miles de millones de toneladas de CO2 se viertan a la atmósfera.

 

Hay más razones para pedir el cese de la actividad petrolífera antes que protestar por la apertura de nuevas centrales nucleares. En el Golfo de México se está viviendo una auténtica catástrofe natural a consecuencia del desplome de una plataforma petrolífera. Se estima que, desde que se produjo el siniestro el pasado día 20, se han vertido al mar más de 190.000 litros diarios de petróleo. Podría tratarse de un hecho aislado, pero no es así. Pocas semanas antes un barco chino que transportaba 65.000 toneladas de carbón y 950 de petróleo encalló al noroeste de Australia. En los últimos 60 años se ha producido un accidente nuclear. ¿Cuántos petroleros han vertido sus cargas al mar en el mismo período? Echen la vista atrás y recuerden los casos de Prestige, Erika, Mar Egeo, Odyssey… En la web del Centro Tecnológico del Mar pueden encontrar un amplio resumen.

 

La razón por la que tememos a la energía nuclear está en que nos hacemos las preguntas equivocadas, sin descuidar que, en los últimos 24 años, poco se ha hecho por facilitar las respuestas adecuadas. Y mientras miles de ciudadanos muestran su temor y rechazo a un átomo que sigue gozando de una falsa etiqueta de peligrosidad, más de cinco millones de toneladas de petróleo se vierten al mar cada año.

14/04/2010 (10:30)

En la zona de alimentos frescos del supermercado, a un lado se encuentra un tomate con la etiqueta de “modificado genéticamente”; al otro, el mismo tomate con la etiqueta de “cultivado de forma natural”. ¿Cuál elige? Estoy convencido de que un alto número de consumidores se decantaría por el “natural”. Existe el convencimiento de que todo lo que suena a modificación genética es pernicioso, artificial y de dudosa calidad alimentaria. Por el contrario, también tenemos el prejuicio de que aquel alimento asociado a lo ecológico, lo natural o lo biológico, etiquetas por otro lado de contenido vacío, son de una calidad superior y están libres de toxinas nocivas. Y en esa ignorancia nos movemos por el supermercado llenando el carrito de alimentos cuyos envases hacen alusión a alguno de estos términos. Pero no se engañen, porque los alimentos naturales no existen. Además, casi todos los vegetales que consumimos han sido modificados genéticamente, aunque no por un cruel laboratorio que juega a ser Dios, sino por la simple actividad agraria que llevamos practicando desde hace milenios.

 

Vayamos por partes. Primera: ¿qué quiere decir eso de que los alimentos naturales no existen? Si usted sale a pasear por el monte difícilmente verá una tomatera salvaje, ni una planta de judías autóctona que crece en la ribera de un arroyo, ni tampoco un naranjo que prende sus raíces en un bosque con otros naranjos. Salvo los espárragos, las setas y un puñado de especies más, no hay vegetales aptos para el consumo humano que crezcan de manera libre en la naturaleza. Y es ahí donde entra la segunda parte, porque las frutas y verduras que compramos en el supermercado han sido modificadas genéticamente por el hombre a lo largo de siglos para adaptar su cultivo, propiedades y sabor a nuestro consumo. Muchos asocian la modificación genética de alimentos con investigaciones en laboratorios y experimentos de probeta. Nada más lejos de la realidad. La simple combinación de semillas, esquejes e injertos de unas variedades de plantas sobre otras es una práctica común desde hace milenios, cuando el hombre abandonó el nomadismo y desarrolló la agricultura. Desde entonces el objetivo ha sido siempre el mismo: conseguir la mayor producción posible con el menor esfuerzo. Y para ello se fueron seleccionando y modificando variedades de vegetales hasta conseguir, por ejemplo, un tomate que puede estar varios días fuera de la planta sin pudrirse. O un trigo que soporta mejor el frío invierno. O unos cítricos que contienen más cantidad de azúcar y, por tanto, resultan más dulces al gusto. Todo esto, de manera inconsciente, ha modificado paulatinamente los alimentos hasta que éstos se han adaptado a un sistema, el agrario, donde dependen exclusivamente del hombre para su supervivencia. Si el hombre abandonara la práctica de la agricultura, miles de especies vegetales desaparecerían del planeta.

 

Con los avances modernos en el campo de la genética, ahora podemos estudiar mejor cómo se comportan estos vegetales y acelerar el proceso de modificarlos para mejorar sus cualidades y adaptarlos a nuestras pautas de cultivo y consumo. Es lo mismo que Mendel hacía con sus guisantes en el siglo XIX, pero utilizando técnicas que nos permiten adelantar los resultados. En eso consiste la manipulación genética moderna de los alimentos. Pero, al margen de ello, no se deje engañar por faltas etiquetas de marketing y publicidad que pretenden cubrir determinados productos con un halo de relación directa con la naturaleza. Porque decir que un tomate ha sido cultivado mediante procesos biológicos es insultar la inteligencia del consumidor. Aunque mayor es la estupidez que puede leerse en las etiquetas de algunos productos: “Cultivado sin fertilizantes químicos”. ¿Acaso existen los fertilizantes físicos? ¿Es que el estiércol de vaca no produce reacciones químicas?

5/04/2010 (13:23)

El titular de este post lo resume de manera clara: la homeopatía no forma parte de la medicina, no está probada su eficacia clínicamente y no hay ningún indicio que relacione los principios activos de sus compuestos con resultado terapéutico alguno, más allá del efecto placebo. A pesar de ello, no son pocos los esfuerzos y presiones que están recibiendo instituciones públicas –entre ellas universidades de cierto prestigio- para que esta rama pseudocientífica sea considerada como una disciplina médica más, al mismo nivel que la odontología, la cirugía ocular o la pediatría, por citar algunos casos. El pasado 28 de septiembre la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados dio un paso adelante para insitucionalizar esta práctica, abriendo así la puerta a que otras pseudociencias no probadas –y que de hecho se niegan a adoptar los métodos de ensayo clínicos que han revolucionado la medicina en los últimos cien años- aprovechen la ignorancia científica de la clase política para colar sus doctrinas en los resortes oficiales. ¿Se imaginan por ejemplo una carrera universitaria para formar chamanes o astrólogos? ¿Qué les parecería que Paco Porras, que en una consulta llegó a pronosticarle a un paciente sano –que en realidad era un periodista que acudía con cámara oculta perfectamente sano- un “cáncer con forma de lechuza”, terminara siendo catedrático de medicina? Suena a disparate, pero en la práctica la decisión que adoptó la citada Comisión hace siete meses dista poco de ello.

 

Por eso, Círculo Escéptico ha redactado una carta dirigida a la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados para que replantee su intención y “realice una evaluación completa y adecuada de la evidencia existente o no en favor de la eficacia terapéutica de la homeopatía, contando con el criterio de instituciones, asociaciones y entidades científicas de ámbito nacional e internacional y reconocido prestigio”. El contenido de dicha carta es el siguiente:

 

“El pasado 28 de septiembre, la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley mediante la cual se insta al Gobierno para que adopte las medidas oportunas para que la homeopatía se realice exclusivamente por licenciados en medicina y cirugía. La proposición insta igualmente a que los medicamentos homeopáticos con indicación terapéutica se dispensen en las oficinas de farmacia. Solicitamos, con el presente escrito, que se reconsidere dicha proposición, teniendo en cuenta que la homeopatía no ha demostrado su efectividad.

 

El pasado 28 de septiembre, la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados aprobó una proposición no de ley mediante la cual se insta al Gobierno para que adopte las medidas oportunas para que la homeopatía se realice exclusivamente por licenciados en medicina y cirugía. La proposición insta igualmente a que los medicamentos homeopáticos con indicación terapéutica se dispensen en las oficinas de farmacia.

Dejando a un lado sus componentes puramente místicos, como la consideración de la enfermedad como un "desequilibrio" de una imaginaria "fuerza vital", la homeopatía se basa en dos principios fundamentales, el de la curación por los similares ("similia similibus curantur") y el de la dilución infinitesimal como forma de potenciar estos supuestos efectos curativos. Ambos principios carecen de fundamento alguno. No existe ninguna evidencia química, física o biológica que permita afirmar como regla general que "lo similar cura a lo similar", máxime cuando esta supuesta similitud, clave de la homeopatía, no pasa de ser una mera apariencia. Así, por ejemplo, la abeja común se emplea como base para preparar un remedio contra la fiebre, las hinchazones o los dolores agudos ("apis mellifica") sencillamente porque la picadura de este insecto provoca esos síntomas, pero sin tener en cuenta que en la mayoría de los casos tendrán su causa en patologías completamente distintas. Otro extremo aún más estrafalario, pero perfectamente coherente con los principios de la homeopatía, es el uso de fragmentos procedentes del Muro de Berlín para la elaboración de un remedio contra "la sensación de opresión sentida desde la niñez" o "la sensación de no poder escapar de algún sitio". Se trata, en definitiva, de echarle imaginación a la hora de encontrar parecidos entre los síntomas causados por una sustancia y los que presenta el paciente, sin tener en cuenta la verdadera patología de éste.

Por su parte, el principio de la dilución infinitesimal es igualmente absurdo. Para la homeopatía, cuanto mayor sea la dilución de una sustancia más potente será su efecto curativo (pero no sus eventuales efectos adversos), hasta el punto de que existen en el mercado diluciones homeopáticas en las cuales ya no queda ni una sola molécula de la preparación inicial. Por poner un ejemplo típico, para la preparación de "Árnica 30C" se parte de una tintura a base de agua de la que se diluye una parte en noventa y nueve de agua; se obtiene una porción de esa mezcla y se vuelve a diluir en otras noventa y nueve de agua, y así hasta treinta veces. Sin embargo, en diluciones mayores de 12C ya no queda ni una sola molécula de la tintura original, y la posibilidad de encontrar una molécula de árnica en el preparado a 30C es menor que la de ganar el pleno de la lotería primitiva cinco veces seguidas.

Ante estos hechos, la única justificación que esgrimen los partidarios de la homeopatía es que "funciona". Sin embargo, en sus dos siglos de existencia la homeopatía no ha demostrado tener eficacia curativa. Es cierto que algunos estudios clínicos y, sobre todo, las valoraciones subjetivas de los practicantes y pacientes, parecen avalar la efectividad de esta terapia. Sin embargo, cuando se realizan controles y ensayos rigurosos esa supuesta efectividad desaparece, y la homeopatía obtiene los mismos resultados que cualquier otro placebo.

Compartimos las buenas intenciones de la Comisión de Sanidad, pero creemos que sus argumentos son erróneos. Es cierto que la homeopatía goza de una cierta popularidad, pero también la tienen la astrología, el tarot o la creencia en el mal de ojo, a pesar de lo cual estamos seguros de que Sus Señorías no considerarían necesario ni conveniente otorgarles el respaldo de la Comisión. Por otra parte, también es cierto que la práctica de la homeopatía lleva a menudo a diagnósticos erróneos o a la sustitución de tratamientos médicos reales por otros totalmente ineficaces; sin embargo, este problema no se debe a la formación de quienes la practican, sino a la propia homeopatía, con sus concepciones absurdas de la enfermedad y su tratamiento. Por lo tanto, difícilmente puede solucionarse este problema confiando el ejercicio de la homeopatía a los médicos, porque estos también tendrán que partir de esas concepciones absurdas, y porque los tratamientos homeopáticos seguirán siendo igual de ineficaces los prescriba quien los prescriba. Por el contrario, la solución adoptada puede ser incluso contraproducente, al dar una apariencia de respetabilidad científica a lo que no es más que una creencia sin fundamento real alguno.

Por último, consideramos que la solicitud para que la venta de productos homeopáticos con indicación terapéutica se reserve a las farmacias es de escasa o nula trascendencia práctica. La Ley de Garantías y Uso Racional de los Medicamentos y la Directiva Europea 2001/83/CE (modificada por la Directiva 2004/27/CE) reserva esta calificación para aquellos productos homeopáticos que se sometan al régimen general de autorización de los medicamentos, que incluye la necesaria acreditación de su eficacia terapéutica. No es extraño, por tanto, que los fabricantes homeopáticos prefieran acogerse al régimen de registro simplificado para los productos homeopáticos sin indicación terapéutica aprobada, que les exime de demostrar que realmente sirvan para algo. Por otro lado, actualmente el mercado homeopático opera en su mayoría al margen de la legislación vigente, y muchos productos se venden sin cumplir los requisitos establecidos por la Ley o incluso por el ya derogado Real Decreto 2208/1994, lo que ha dado lugar incluso a la retirada del mercado de algunos productos a causa de alertas sanitarias por efectos adversos.

Coincidiendo con la aprobación de la proposición no de ley en nuestra Comisión de Sanidad, la Comisión de Ciencia y Tecnología de la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico acometió la evaluación de las evidencias existentes a favor de la efectividad de la homeopatía. En el curso de los trabajos, las organizaciones científicas, médicas y farmacéuticas británicas manifestaron unánimemente que no existían evidencias sólidas que permitieran suponer que la homeopatía sea realmente efectiva. En el mismo sentido se pronunció incluso el representante de la firma Boots, la primera cadena de farmacia y parafarmacia del Reino Unido y el principal vendedor de productos homeopáticos del país. Creemos que es un camino mucho más lógico y coherente con la función parlamentaria de velar por el bienestar y la salud de los ciudadanos, que exige evaluar la efectividad de una terapia con carácter previo a darle ningún tipo de apoyo explícito o implícito, y plasmar en la acción política y legislativa los resultados de esa evaluación, por impopulares que pudieran resultar.

Por todo ello

SOLICITAMOS A LA COMISIÓN DE SANIDAD DEL CONGRESO DE LOS DIPUTADOS:

1.- Que reconsidere la proposición no de Ley aprobada el 29 de septiembre de 2009, por la cual insta al Gobierno a que adopte las medidas necesarias para que el ejercicio de la homeopatía se realice exclusivamente por licenciados en medicina y cirugía, acordando la retirada de la misma hasta tanto no obtenga constancia suficiente de la eficacia terapéutica de la misma.

2.- Que realice una evaluación completa y adecuada de la evidencia existente o no en favor de la eficacia terapéutica de la homeopatía, contando con el criterio de instituciones, asociaciones y entidades científicas de ámbito nacional e internacional y reconocido prestigio.

3.- Que en el caso de que los resultados de dicha evaluación sean negativos, proponga las modificaciones legislativas e inste las actuaciones políticas necesarias para informar de los mismos a los ciudadanos, así como para proteger su legítimo derecho a una atención médica y sanitaria de calidad y basada en principios científicos de probada validez.

4.- Que inste a los órganos competentes del Ministerio de Sanidad, y en especial a la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, para que en cumplimiento de la legislación vigente extreme la vigilancia sobre el mercado de productos homeopáticos, retirando aquellos que no cumplan con los requisitos de autorización, indicaciones o ausencia de las mismas, composición, etiquetado y cualesquiera otras legal y reglamentariamente establecidas”.

22/03/2010 (13:56)

El agua es la pista. Durante décadas ésa ha sido la pauta que la astrobiología ha seguido en su afán por localizar vida más allá de la Tierra. Y la búsqueda ha deparado grandes sorpresas. La primera, que la presencia de agua en esta líquido en otros cuerpos del Sistema Solar no es algo tan extraño como pudiera parecer en un principio. La clave para el desarrollo de la vida en nuestro planeta ha sido precisamente ésa, la capacidad de sostener durante grandes períodos de tiempo las condiciones climáticas propicias para que el agua se mantenga en estado líquido. La distancia de la Tierra al Sol (149 millones de kilómetros) ha sido una ventaja, ya que nos ha permitido recibir una cantidad de energía óptima para ello.

Esa primera pista nos llevó a Venus, el planeta más cercano a la Tierra, con el que compartimos unas características geológicas similares. Las densas nubes que conforman su atmósfera nos dificultaban la observación desde casa, así que hubo que mandar sondas que atravesaran su espeso manto hasta alcanzar la superficie. ¿Sería posible encontrar lagos de agua en ella? La respuesta fue negativa. Venus está sumido en un efecto invernadero perpetuo que sitúa su temperatura y presión en condiciones que impiden la acumulación de lagos de agua.

Siguiente paso: Marte. Las numerosas misiones y robots no tripulados que hemos desplegado por el planeta rojo han despejado el debate. Marte tuvo agua en el pasado. La clave ahora es sabe si sigue albergándola, ya sea en forma de hielo o de acuíferos subterráneos. Y si, de la misma manera que ríos de agua corrieron por su superficie hace millones de años, también lo hizo algún tipo de organismo vivo. En Marte puede estar una de las grandes claves para desvelar dónde hay vida más allá de la Tierra. Aunque, teniendo en cuenta la pista del agua líquida, quizás la pregunta que haya que hacerse es dónde no la hay, ya que incluso en parajes aparentemente inhóspitos, como puedan ser las lunas de Júpiter o Saturno, hay indicios suficientes como para pensar en la posibilidad de que la vida haya encontrado un cómodo refugio allí.

Júpiter se encuentra a 750 millones de kilómetros del Sol. A esta distancia, la energía que recibe de la estrella no es suficiente para mantener el agua en estado líquido. Pero no todo es cuestión de temperatura. En Europa, una de sus lunas, se estima que existe un gigantesco océano. ¿Cómo es posible cuando el termómetro apenas sube de 148 grados negativos? La superficie de Europa está cubierta de hielo, pero no es uniforme, sino que se encuentra salpicada de grietas y fisuras. Es probable que las fuerzas de marea que genera la gravedad de Júpiter sobre su luna permitan que, bajo ese manto helado, el agua fluya en estado líquido. Así se explicaría la formación de estas grietas, fruto de las corrientes oceánicas que se moverían bajo la superficie europea.

Otro caso similar lo encontramos aún más lejos, a unos 1.400 millones de kilómetros del Sol, en Encélado, cuya distancia orbital con respecto a Saturno le provee la energía necesaria para elevar su temperatura, de la misma manera que le sucede a Europa con Júpiter. La superficie de Encélado también está congelada, aunque recientemente se han hallado indicios de la presencia de agua líquida. A falta de calor procedente del Sol, la energía producida por la actividad geológica de estos astros podría ser suficiente para encender la chispa de la vida en sus océanos subterráneos.

El agua proporciona un medio idóneo para la movilidad y el intercambio de nutrientes y moléculas, aspectos fundamentales para el desarrollo y posterior evolución de la vida. Pero, ¿y si la ésta no se hubiera iniciado en el agua? Es una opción a tener en cuenta. En Titán, la mayor de las lunas de Saturno, también hay lagos de material líquido. Pero no es agua, sino metano. Curiosamente, las condiciones que presenta este satélite son similares a las que experimentaba la Tierra hace cuatro mil millones de años, poco antes de que la vida hiciera acto de presencia en ella. No somos tan especiales como nos creemos. Echando un vistazo a nuestro vecindario nos encontramos con que el agua está presente en él de una manera mucho más intensa a como creíamos hace apenas unas décadas. Aún no sabemos si esa agua fue, es o será precursora de la vida. Pero lo que sí sabemos es que, en nuestro planeta, si no valoramos y cuidamos la nuestra, estamos abocados a la desaparición.

25/02/2010 (19:33)

Están de moda y son un timo. Hablamos de las llamadas pulseras magnéticas, ésas que se comercializando bajo el argumento de que producen efectos beneficiosos para la salud gracias a que incorporan un holograma que reacciona con el campo electromagnético de las células de quien la luce. En algunos sitios incluso se advierte de que están indicadas para mejorar el rendimiento de las prácticas deportivas –las pulseras perfectas para todos los deportes que producen equilibrio, fuerza y elasticidad, cita uno de los anunciantes-. Las hay con correa de goma, de plástico, de tejido sintético e incluso de neopreno, siempre con una zona central que alberga un curioso dibujo. Éste es el que, supuestamente, emite las vibraciones responsables de mejorar la salud de quien la porta gracias a “una frecuencia almacenada en el holograma que restaura el equilibrio electromagnético del cuerpo”, como se anuncia en la web de uno de los fabricantes. Frecuencias, electromagnetismo, vibración, hologramas… Son términos con los que se pretende rodear el producto de un cierto halo de tecnología y desarrollo científico.

 

Como toda pulsera, ésta también sirve para su cometido: adornar la muñeca… y poco más. De hecho se trata de una nueva edición del mismo timo que hace unos años obligó a una empresa a devolver el importe de las pulseras vendidas por publicidad engañosa sobre sus efectos en la salud. En aquella ocasión se trataba de un brazalete metálico con dos esferas en su cierre. ¿Cuál era el argumento con el que se vendía? Que equilibraba la energía del cuerpo. Hubo denuncias, no hubo evidencias de las propiedades terapéuticas del producto y la cosa acabó en una sentencia judicial que fallaba a favor de los demandantes. “Estas propiedades son más ficción que ciencia”.

 

Ahora el timo vuelve a la carga, solo que ya no utiliza dos esferas metálicas como responsables de emitir vibraciones que mejoran el equilibrio celular. Ahora la novedad está en un holograma donde se almacena una frecuencia. ¿Pero qué significa esto? Nada más allá que si usted escribe la palabra FRECUENCIA en un dibujo. Porque eso es un holograma: una imagen. Sin más. Ni almacena datos, ni sirve como receptor ni emisor de vibraciones eléctricas ni nada. Es un dibujo con unas propiedades determinadas para que la luz se refleje de diferente manera en función del ángulo desde el que se mire, dando aspecto tridimensional. Dicho de otra forma, es la clásica pegatina del Phoskitos donde, según la giraras hacia arriba o hacia abajo, el personaje que aparecía ponía un gesto u otro, dando la sensación de movimiento. ¿Y emiten vibraciones en algún tipo de frecuencia determinada? Pues no, ni emiten vibraciones ni ejercen ninguna influencia significativa en campo electromagnético alguno. ¿Conclusión? Que se trata de un adorno inocuo. Puede que a usted le guste más o menos como luce en su muñeca y que por ello se haya decidido a comprarlo, o que el hecho de que se hayan puesto de moda le tiente a poseer una de ellas, pero no se lleve a engaños: su salud no va a verse beneficiada por ninguna propiedad ni acción directa de la pulsera en cuestión. Porque ni tienen efectos terapéuticos ni tampoco son magnéticas.

 

“Pues yo he visto que están avaladas por un estudio de la Universidad de Yale”, es lo que alguno puede decir. Sí, es cierto, el fabricante, para darle un mayor empaque científico a su producto ha desarrollado una curiosa estrategia: que una prestigiosa universidad realice un estudio para determinar si son seguras o no. La conclusión es que sí, que son seguras. Si usted manda un bolígrafo a la Universidad de Yale para que analicen si su uso es seguro también les dirán que sí, que lo es. Pero eso no significa que el bolígrafo vaya a mejorar su estado de salud. ¿Hay algún estudio que certifique que verdaderamente las pulseras magnéticas emiten una vibración en una determinada frecuencia que mejora el equilibrio celular? No, no lo hay. Y al fabricante tampoco le interesa encargarlo, porque sabe cuál será la conclusión: no es más que un timo de muñeca.

 

Para un análisis más exhaustivo sobre los presuntos efectos de las pulseras magnéticas, recomiendo encarecidamente la lectura de este artículo

26/01/2010 (23:07)

Seamos sinceros, nadie quiere tener un cementerio nuclear cerca de su casa. Paradójicamente, tampoco queremos renunciar a la comodidad de tener instalado un aparato de aire acondicionado en nuestro hogar, o contar con una cocina vitrocerámica que funciona con electricidad, o enchufar nuestro potente aspirador de 2.000 watios para limpiar las alfombras del salón. Cambiemos la pregunta. En lugar de formular “¿quiere usted tener un almacén de residuos nucleares en su localidad?”, preguntemos “¿aceptaría que la potencia energética que puede soportar su hogar se le limitara al 60 por ciento de la actual a cambio de cerrar todas las centrales nucleares?” En resumidas cuentas, no podemos renunciar a la energía nuclear si queremos satisfacer nuestra actual demanda energética.

Por otro lado, el rechazo a un cementerio nuclear parece que sólo se produce cuando afecta a nuestro vecindario. No es que no lo queramos, sino que preferimos que lo instalen lejos de nosotros, cuanto más mejor. Sucede lo mismo cuando se habla del cierre o apertura de una central. ¿De dónde viene ese miedo a lo nuclear? Principalmente del desconocimiento y de una falsa sensación de seguridad. Tenemos preconcebido el concepto de que la energía nuclear contamina, es peligrosa y provoca múltiples quebraderos de cabeza, cuando la realidad es bien distinta. Ahí va un ejemplo: imagine que en su localidad le dan a elegir entre instalar una central nuclear para producir energía o una central térmica que utiliza combustibles fósiles. Seguro que elige la segunda. Ahora bien, si la cuestión está entre tener al lado una central energética que no emite ningún agente contaminante a la atmósfera ni dispersa partículas nocivas en el aire, y otra que emite cientos de toneladas de CO2, además de compuestos volátiles cancerígenos, ¿qué elige? Pues sepa que la primera descripción corresponde al impacto ambiental que provoca una central nuclear en su entorno.

A diferencia de la opinión generalizada, la energía nuclear es limpia, eficiente y controlada. Es la única industria de transformación que no emite partículas contaminantes de manera directa a la atmósfera, y los residuos que genera indirectamente (los temidos residuos nucleares) son controlables. ¿Puede decir lo mismo una planta térmica que quema petróleo para producir electricidad? Esos mismos prejuicios son los que llevan a criticar la ampliación de la vida útil de Garoña y no decir nada del peligro que supone tener abierta una central como la de As Pontes, en Galicia, que produce electricidad a partir de combustibles fósiles y emite a la atmósfera una cantidad de gases contaminantes equivalente a tres millones de coches.

Otro prejuicio que tiene que soportar la energía nuclear es el de su supuesta peligrosidad. Las imágenes de la catástrofe de Chernobil constituyen un pesado lastre, aunque quizás no tanto si se compara con las cifras de muertos en accidentes aéreos. ¿Acaso se cuestiona la seguridad de la aeronavegación? Además, desde la Segunda Guerra Mundial el planeta ha abierto más de 430 reactores nucleares, de los que sólo se ha registrado un accidente. Tenemos menos miedo a coger un avión que a vivir cerca de una central nuclear, cuando estadísticamente hay un mayor riesgo de morir en un accidente aéreo que víctima de un escape radiactivo.

Muchos dirán que sí, que necesitamos la energía nuclear para satisfacer nuestra demanda, pero que podríamos sustituirla por fuentes renovables para no depender de ella. Es otro debate engañoso. La cuestión no está entre nuclear y renovables, sino entre nuclear y combustibles fósiles. No deberíamos plantearnos la manera de prescindir de la energía nuclear sin pensar primero en cómo descartar nuestra dependencia del petróleo y el carbón, este último elemento responsable de generar el 25 por ciento de la electricidad que consumimos. Si de verdad queremos una fuente limpia y no contaminante, nuestra preocupación debería ir enfocada hacia el cierre de centrales térmicas, y no hacia una fuente de energía rodeada de mitos y falsas etiquetas, como es la nuclear que, además, contribuye a combatir el cambio climático. Es nuestro propio desconocimiento lo que provoca el miedo. Si no, echen un vistazo a las listas de firmas y manifiestos contra los cementerios y centrales nucleares. ¿Cuántos físicos figuran en ellas?

2/12/2009 (20:04)

Ni es la primera ni tampoco será la última película que utilice el argumento del fin del mundo como punto de partida. El caso es que apenas quedan dos años para 2012, la fecha en la que, previsiblemente, los mayas habían previsto que se extinguiera el planeta –concretamente el 21 de diciembre, día de mi cumpleaños-, y la fecha que Roland Emmerich ha elegido para dar título a su última producción, que se puede ver en los cines. Críticas cinéfilas al margen, y dejando de lado apocalípticas predicciones sin fundamento científico alguno, lo cierto es que una de las amenazas más directas que podrían poner fin a nuestro planeta sería una colisión con otro objeto de nuestro entorno en el Sistema Solar. No sería la primera vez que algo así ocurriera. Hay indicios fundamentados sobre colisiones pasadas de nuestro planeta con grandes asteroides. Pero, ¿debe ser eso un signo de preocupación? ¿Podríamos sufrir el choque de otro astro a medio plazo, sea en 2012 o en otra fecha inmediata?

 

Primer dato: diariamente miles de fragmento de roca procedentes del espacio exterior caen a la Tierra. Sin embargo, la mayor parte de ellos se desintegra al atravesar la atmósfera y, los que logran impactar con la superficie del planeta, son tan pequeños que los daños estructurales que puedan producir resultan inapreciables. Segundo dato: la NASA cuenta con un departamento denominado NEO (Near Earth Object program, o programa de objetos cercanos a la Tierra), encargado de buscar y catalogar cualquier cuerpo extraterrestre potencialmente peligroso para la Tierra (PHAs). Desde principios de la década de los 70 se han catalogado hasta el pasado mes de octubre más de dos mil objetos, aunque sólo un centenar de ellos tienen la masa suficiente como para destruir el planeta. Sólo en 2005 ya se registraron más de 60 asteroides cuyas órbitas futuras podrían deparar un inesperado encuentro con la Tierra.

 

Tercer dato: ¿a qué llamamos un cuerpo potencialmente peligroso? A cualquier objeto con un diámetro superior a los 100 metros, que pueda pasar a menos de 745.000 kilómetros de la superficie de nuestro planeta. Con un catálogo tan amplio no es de extrañar que cada cierto tiempo aparezcan noticias, rumores, vaticinios y amenazas, en forma de película o no, sobre la colisión de un gran asteroide dentro de unos años. Sin embargo, no hay motivo para la alarma, ya que en la mayor parte de los casos las probabilidades de impacto son de una entre varios millones, o entre cientos de miles en el caso más pesimista. Es decir, que es más probable que nos toque la lotería de Navidad comprando un único décimo en toda nuestra vida a que seamos víctimas de un cataclismo meteroide.

 

Pero pongámonos en el peor de los casos. Imaginemos que, calculando órbitas y trayectorias, encontramos un asteroide que encaja en la definición de PHAs y cuya probabilidad de colisionar con la Tierra es absoluta. Ahí está el cine para ilustrarnos las consecuencias con títulos como Deep Impact, Armageddon o la reciente 2012. ¿Existe alguna posibilidad de evitar el cataclismo? La NASA y la ESA estudian la manera de desviar de su trayectoria hacia la Tierra un posible asteroide que amenazara nuestro futuro. En el caso de la agencia espacial norteamericana, en julio de 2005 hizo que la sonda Deep Impact colisionara con el cometa Tempel1. Su objetivo era analizar la composición de su núcleo para ayudarnos a determinar las condiciones iniciales del Sistema Solar… y de paso realizar un ensayo ante la eventualidad de tener que desviar un PHAs de su órbita. La agencia espacial europea, por su parte, tampoco ha descartado esta solución. A través de la misión Quijote, la ESA eligió dos asteroides (2002 AT4 y 1989 ML) como bancos de pruebas para ensayar tecnologías que puedan ayudarnos a desviar cuerpos que amenacen con una extinción en masa en la Tierra, como la que ocurrió hace 70 millones de años.

 

¿Y hay algún PHAs cuya trayectoria y órbita sea susceptible de provocar esa amenaza en 2012? Actualmente, el objeto que supone un mayor riesgo es el 2004MN4, que pasará muy cerca de la Tierra en el año 2029 (Paul Chodas, Steve Chesley, Jon Giorgini y Don Yeomans, del Programa NEO calculan que podrían pasar a 30.000 kilómetros de distancia). Aun así, la extinción en masa es una posibilidad exótica. Es más probable que se repita un suceso como el que provocó el último PHAs que entró en la atmósfera terrestre. Fue en junio de 1908 y explotó a una altura de 8.000 metros sobre el valle rocoso del río Tunguska, en Siberia.

 

(Este artículo ha sido elaborado a partir de un artículo anterior publicado por el mismo autor en el número 12 de la revista Espacio, en diciembre de 2005)

6/11/2009 (19:41)

Quizás no seamos plenamente conscientes de lo que representan, pero este año se celebran los centenarios de dos hitos que cambiaron completamente nuestra percepción del mundo, alterando los pilares del pensamiento, la filosofía, la ciencia e incluso la religión en sus respectivas épocas. Hablemos primero del más antiguo. Fue en el otoño de 1609 cuando Galileo Galilei, aprovechando el invento de un alemán que había desarrollado un artilugio con el que poder ver objetos lejanos con mayor grado de detalle que a simple vista, pensó que quizás sería más interesante apuntar hacia el cielo. Tomó un tubo hueco, le acopló dos lentes pulidas y dirigió su mirada hacia el firmamento. Había nacido la observación espacial moderna. El telescopio de Galileo, con una resolución de 30 aumentos, le permitió descubrir cuatro lunas en Júpiter (los denominados satélites galileanos: Io, Europa, Ganímedes y Calisto), describir las fases de Venus y cartografiar la Luna, entre otras curiosidades. Pero la trascendencia de sus descubrimientos va más allá del plano científico.

Recientemente fui invitado a una exposición que el Museo Nobel de Estocolmo dedica a Galileo, bajo el título de El instrumento que cambió el mundo. Allí tuve la oportunidad de charlar con Paolo Galluzzi, director del Museo de Historia de la Ciencia de Florencia sobre el modo en que aquel rudimentario telescopio cambió el mundo. “Cambió el concepto de la posición del hombre en el cosmos. Este descubrimiento no sólo afectó a la ciencia, sino también a la filosofía y a la religión, porque con el telescopio dejamos de ser el centro del universo. Fue un instrumento que cambió totalmente los pilares del conocimiento que se creían inamovibles desde hacía milenios”, me explicaba Galluzzi. Ciertamente, antes de la llegada de Galileo y Copérnico la Tierra era un astro especial, el más especial de todos. El Sol y los demás planetas giraban a su alrededor y el firmamento había sido concebido en función de nosotros. Pero Galileo dio al traste con todo aquello. Ahora resultaba que la Tierra era tan sólo un planeta más, que daba vueltas sobre sí mismo y sobre el Sol, y que eso significaba dejar de tener un papel protagonista en el universo. Su descubrimiento supuso una auténtica revolución. Al menos nos quedaba la satisfacción de pensar que los seres humanos seguíamos siendo la última joya de la creación, y eso aún nos confería un carácter especial.

Pero ahí es donde llega el segundo de los hitos que se conmemoran este año: el 150 aniversario de la publicación de El origen de las especies por medio de la selección natural, o la preservación de las razas preferidas en la lucha por la vida. Éste era el titulo del libro con el que Darwin desafió, 250 años después de Galileo, los pilares de su sociedad. Con Darwin perdimos el último atisbo de especialidad al que podíamos aferrarnos. A bordo del Beagle, constató durante su viaje cómo la adaptación a los diferentes ecosistemas no se debía a una especie de lucha por la vida entre las especies. Aunque Darwin no mencionó en su libro la palabra evolución, su teoría fue el punto de partida para certificar que, en última instancia, no somos más que un subgrupo de homínidos, primates que han evolucionado por un camino distinto al de gorilas y chimpancés. Aquello de que el hombre provenía del mono fue un cisma que sacudió todas las esferas del conocimiento, desde la filosofía a la religión.

En su momento, ni Galileo ni Darwin buscaban revolucionar nada. Fue tan sólo la curiosidad, de mirar al cielo en uno, y de estudiar el comportamiento de las especies animales en otro, lo que les llevó a percatarse de que algo fallaba en el esquema de conocimientos y valores de sus respectivas épocas. Eso es, en última instancia, lo que persigue la ciencia. No se trata de dar una explicación del mundo, sino simplemente de observar, analizar y describir lo que sucede en él. Quizás otra revolución se esté gestando.

21/10/2009 (17:51)

Ahí van dos fórmulas. La primera: se coge un soporte de silicio, se le aplican unos pases mágicos y se le transforma en un dispositivo que convierte la luz en corriente eléctrica. La segunda: tome una fotografía de alguien que no le caiga demasiado bien, introdúcala en un muñeco de tela y le clava un par de alfileres oxidados, con los correspondientes pases mágicos que harán del personaje de la foto un ser desgraciado.

¿Qué diferencia a una de otra? Pues que en la primera de las fórmulas, los ‘pases mágicos’ que se practican para conseguir el efecto descrito están perfectamente medidos, descritos, desarrollados y probados bajo parámetros independientes que han llevado a la misma conclusión: funciona. Tanto que por eso a William Boyle y George Smith les han concedido este año el Premio Nobel en la categoría de física. Partiendo del efecto fotoeléctrico predicho por Einstein, ambos idearon lo que se conoce como CCD, es decir, el sistema que utilizan las cámaras digitales y que permite transformar la luz en impulsos eléctricos o, lo que es lo mismo, tomar imágenes en formato digital.

Si la segunda de las fórmulas descritas en el primer párrafo también empleara ‘pases mágicos’ basados en el método científico, es decir, en pruebas empíricas que demostraran la relación causa-efecto, es probable que Pepe el Brujo se hubiera llevado el máximo reconocimiento en el campo de la física. ¿Se han parado a pensar lo que supondría la existencia de un método para desear el mal ajeno? Pero no, no hay ninguna evidencia de que tal magia sea fruto de la realidad. Y sí múltiples ejemplos de que no es más que la proyección de los cuentos de hadas infantiles, ya en la edad adulta, aderezados con altas dosis de fraude y estafa.

Puede que en su día, cuando Boyle y Smith formularon la hipótesis de utilizar el efecto fotoeléctrico para desarrollar la tecnología de la imagen digital alguien dijera que aquello sonaba a ficción. ¿Hay alguna prueba de ello? Se pusieron manos a la obra, con las herramientas de la matemática y la física, con la arquitectura conceptual del método científico, el único que ha demostrado ser efectivo y eficiente en la búsqueda de una explicación correcta de la realidad. Y consiguieron pruebas irrefutables. Tan irrefutables que seguramente usted, lector, tenga una cámara digital en su casa, si no cuenta ya con un teléfono móvil que incorpora esta tecnología en su bolsillo.

No veo, en cambio, a Pepe el Brujo ni a ningún chamán dispuesto a explicar de forma clara, concisa, precisa, medible y comprobable los supuestos ‘pases mágicos’ que conforman las reglas del vudú y sus aplicaciones. Quizás porque, más que ficción, sea pura fantasía. Por más vueltas que se le den al asunto, resulta un ejercicio de alta exigencia tratar de establecer una relación causa-efecto directa entre una aguja clavada en un muñeco de trapo y la lesión de un futbolista. También es cierto que más difícil es imaginar cómo un fotón que golpea una placa de silicio genera un flujo de electrones que permite transformar la información de ese paquete de fotones en bits. Pero existe un mecanismo de explicación para este segundo proceso, y es algo que puede comprobarse, una y otra vez, hasta certificar que efectivamente tal relación existe. Esta explicación no se da en el vudú. No puede medirse, no puede desarrollarse matemáticamente, las variables son confusas… en definitiva, no hay ningún indicio que invite a pensar que algo de cierto tiene todo aquello. A partir de aquí, que cada cual busque su propia explicación a por qué hay gente que cree verdaderamente en los supuestos poderes de Pepe el Brujo para mandar a Cristiano Ronaldo a la enfermería.

 
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Ismael Labrador


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